MARÍA NAVAS
Hay personas que viven con la piel demasiado fina. María Navas es una de ellas, y ha hecho de esa vulnerabilidad su mayor fortaleza literaria.
Nacida en Málaga, esa ciudad donde los jazmines explotan de madrugada y la luz mediterránea todo lo perdona, María creció entre el jardín de su abuela Margarita y la certeza de que el mundo podía ser más amable si alguien se empeñaba en documentar sus heridas. Quizás por eso estudió periodismo. Quizás por eso lleva quince años dedicada a la promoción cultural en el tercer sector, trabajando en la sensibilización social a través del arte y la cultura. O quizás simplemente entendió desde joven que las palabras pueden ser medicina cuando se administran con honestidad.
Como periodista, María dirige el PdV, un semanario digital de información social donde las historias de los márgenes encuentran voz. Ha escrito sobre adicciones para el Plan Nacional sobre Drogas, sobre diversidad sexual para el Ministerio de Sanidad, sobre todas esas vidas que la sociedad prefiere no mirar directamente. Su compromiso con los invisibles no es pose ideológica sino militancia cotidiana: catorce horas frente al ordenador, cafés fríos, reuniones interminables con asociaciones que sostienen el mundo con presupuestos ridículos.
Pero hay un momento del día en que María guarda su credencial de periodista y saca del bolso unos papeles arrugados. Son poemas. Llevan años ahí, revueltos entre chicles rancios y caramelos, amenazados por el océano de basura de algún contenedor de Sainz de Baranda. Porque María escribe poesía como quien respira: sin aspavientos, sin esperar que nadie la lea, simplemente porque hay dolores que el reportaje no alcanza a nombrar.
Su debut literario llegó en 2013 con Las Amapolas crecen junto a las Vías del Tren, un libro de cuentos sobre diversidad que publicó Editorial Seeler cuando aún nadie usaba la palabra “inclusión” en cada eslogan corporativo. Luego vinieron los guiones: cómics sociales para ministerios donde María demostraba que el formato popular puede vehicular contenido profundo. En 2020, en plena pandemia, publicó En el Límite con UNAD, explorando adicciones desde la empatía radical de quien sabe que cualquiera puede romperse.
Pero la poesía la perseguía. O ella perseguía a la poesía. En realidad, se perseguían mutuamente por las calles de un Madrid sofocante donde María vive con una gata que enloqueció el mismo día que ella recibió un guantazo emocional que le cambió la vida.
Porque María tuvo que migrar. No cruzó fronteras internacionales pero sí atravesó la España vertical: del sur luminoso al norte brumoso, de la Málaga de su infancia al Madrid de la supervivencia precaria, finalmente a una Asturias donde el mar mira en dirección contraria y todo la extraña. “Soy yo la extraviada”, escribe. Y esa confesión podría ser el himno de miles de migrantes internos que cambiaron el acento, regalaron los tacones de lunares, revendieron poco a poco los recuerdos hasta despertar periféricos y absurdos sin entenderse en el espejo.
Pero el verdadero terremoto biográfico llegó cuando murió su amigo. El que la llamaba hermana sin serlo. El gay de soles mediterráneos que decidió irse “cuando comienza la fiesta, maricón”. Y María descubrió que no tenía nombre para su dolor: no era viuda, ni hermana biológica, ni nada que la burocracia del duelo reconociera. Era mariliendre. Y al no tener nombre, no tenía espacio en el funeral ni derecho al llanto oficial.
Entonces escribió. Escribió porque “¿se perderá lo vivido si no conservo las palabras?” Escribió en el metro, en salas de espera de hospitales, en terrazas madrileñas a las tres de la mañana cuando el insomnio del duelo no perdona. Escribió hasta completar veinticinco poemas que ahora se publican como Poemas en el bolso, su primer poemario.
La voz de María Navas no se parece a nada que esté sonando ahora en poesía española. No es la confesionalidad millennial de Elvira Sastre ni el feminismo materialista de Elena Medel ni el experimentalismo rupturista de las vanguardias. Es algo más seco, más contenido, más verdadero. Escribe como habla la gente cuando piensa en voz alta, sin poses, sin efectismos. Sus versos huelen a vida real: a WhatsApp borrado durante una canción de Spotify, a chocolate lamido en jardines andaluces, a cemento masticado en casas sin notificaciones.
Corporaliza el dolor con precisión anatómica. Las palabras en su poesía no son metáforas etéreas sino objetos físicos que se tragan, que circulan del cerebro al estómago sin detenerse en los labios, que arañan tejidos intentando escapar por el ombligo. El duelo no es abstracto sino hachazo en las costillas. La piel no es frontera metafórica sino membrana de uva que con un roce se desuella.
Pero bajo esa crudeza late ternura infinita. María escribe sobre gatas locas y hombres que nos gustaban, sobre madres que pensaban que la infancia es banda de pájaros nuevos, sobre vírgenes gay-friendly en santuarios asturianos, sobre amor bueno que no inflama las tripas ni deja el cuerpo roto. Escribe, finalmente, sobre la posibilidad de seguir cuando todo indica que no hay manera: “Para seguir, basta estar viva”.
Hoy, María Navas alterna su trabajo en el tercer sector con lecturas poéticas en librerías de barrio donde descubre asombrada que sus palabras resuenan en desconocidos. Sigue guardando poemas en el bolso, sigue conviviendo con la gata loca, sigue buscando veranos en jardines que ya no existen. Sigue siendo demasiado vulnerable para este mundo brutal. Sigue escribiendo precisamente por eso.
Porque algunas personas tienen la piel tan fina que sienten el dolor ajeno como propio. Y algunas de esas personas, las menos, encuentran palabras para nombrarlo. María Navas es una de ellas. Y eso, en tiempos de insensibilidad algorítmica, es un acto de resistencia revolucionaria.
Poemas en el bolso no es solo un libro de versos: es un mapa para quienes también llevan la piel de uva, para quienes tampoco tienen nombre en duelos oficiales, para quienes despertaron extraviados en ciudades que no reconocen. Es poesía que importa porque nos ayuda a seguir. Y seguir, como dice María, a veces basta.
María Navas . Escritor, poeta. Compartir en X











