MAK DIZDAR: EL POETA QUE HIZO HABLAR A LAS PIEDRAS
Había un hombre en Stolac, Herzegovina, que firmaba sus textos como “Mak” —amapola en bosnio— aunque su nombre de pila era Mehmedalija. No era capricho poético sino declaración de intenciones: igual que la amapola crece silvestre entre ruinas, él haría florecer la poesía en una tierra de invasiones y cementerios olvidados.
Mak Dizdar (1917-1971) nació en el otoño del último año del Imperio Otomano, cuando Bosnia estaba bajo ocupación austrohúngara y Europa se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Su vida cabría entera en ese paréntesis trágico que va del colapso de los imperios antiguos a la consolidación de Yugoslavia socialista bajo Tito, pasando por la ocupación nazi y la resistencia partisana. No eligió vivir en tiempos interesantes; los tiempos interesantes lo eligieron a él.
EL PARTISANO QUE SE ESCONDÍA CON LIBROS
Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras Yugoslavia ardía bajo invasión nazi y el Estado Independiente de Croacia ejecutaba su programa de exterminio, Dizdar se unió a los Partisanos comunistas de Tito. No fue soldado de primera línea sino lo que podríamos llamar un “guerrillero cultural”: se movía constantemente de pueblo en pueblo, ocultándose de las autoridades del régimen ustasha, pero siempre con libros bajo el brazo. Documentaba la lengua vernácula bosnia, registraba poemas orales que la guerra amenazaba con borrar, estudiaba inscripciones medievales que nadie más miraba porque todos estaban demasiado ocupados sobreviviendo.
Hay algo profundamente dizdariano en esta imagen: el hombre que huye de la muerte documentando cementerios. Porque fue precisamente durante esos años caóticos cuando desarrolló su fascinación por las stećci, esas estelas funerarias medievales bosnias (siglos XI-XVI) que salpican montañas y valles como un ejército de durmientes pétreos. Monumentos de caliza blanca tallados por canteros anónimos, muchos con inscripciones en alfabeto cirílico y glagolítico, algunos decorados con vides, cruces, manos en alto, jinetes, espadas. Testigos mudos de una Bosnia anterior a los imperios, cuando existía un reino independiente con identidad religiosa sincretista que fusionaba cristianismo ortodoxo, catolicismo, y la herejía bogomila —un dualismo gnóstico que rechazaba las instituciones eclesiásticas y predicaba que el mundo material era creación del mal.
Para Dizdar, esas estelas no eran simples objetos arqueológicos sino archivos culturales de una civilización enterrada. Bosnia había sido conquistada sucesivamente por otomanos, austrohúngaros, nazis, y ahora estaba bajo socialismo yugoslavo. Cada régimen había intentado redefinir qué significaba “ser bosnio”. Las estelas representaban identidad anterior a todas las invasiones, memoria material que ningún imperio había logrado borrar del todo.
EL EDITOR QUE CONSTRUÍA CULTURA DESDE LAS CENIZAS
Terminada la guerra, Dizdar no se retiró a contemplar ruinas sino que se lanzó a construir infraestructura cultural en Bosnia devastada. Fue director del diario Oslobođenje (Liberación), el periódico más importante de Sarajevo; dirigió varias editoriales estatales; editó antologías que rescataban poetas bosnios olvidados; publicó estudios sobre tradición medieval bosnia que nadie antes había sistematizado. Finalmente, en 1967, se convirtió en escritor profesional y presidente de la Unión de Escritores de Bosnia-Herzegovina, cargo que ocupó hasta su muerte en 1971.
Era figura omnipresente en vida cultural de Sarajevo: el hombre que todos conocían, que conectaba generaciones, que defendía a poetas jóvenes ante censura burocrática, que bebía rakija en tertulias hasta el amanecer discutiendo sobre simbolismo herético en estelas medievales. Amigos lo describían como hombre de presencia física imponente pero voz suave, que hablaba poco pero cuando hablaba todos escuchaban. Fumador empedernido, murió de cáncer pulmonar a los 53 años, justo cuando preparaba edición ampliada de su obra cumbre.
LA OBRA QUE LO INMORTALIZÓ: CUANDO LAS ESTELAS TOMARON LA PALABRA
Dizdar publicó varios poemarios desde su juventud —Plivačica (La Nadadora, 1954), Povratak (El Regreso, 1958), Koljena za Madonu (Rodillas para Madonna, 1963)— pero fue en 1966, a los 49 años, cuando alcanzó plenitud literaria con Kameni spavač (El Durmiente Pétreo). El libro fue terremoto sísmico en poesía yugoslava: nada sonaba como aquello. No era confesionalismo (el poeta no hablaba de sí), ni experimentalismo de vanguardia (el lenguaje era accesible aunque arcaico), ni poesía social panfletaria (no había denuncia directa aunque el libro era profundamente político). Era algo nuevo: poesía arqueológica, donde las estelas funerarias medievales tomaban la palabra y narraban su propia muerte, su petrificación, su espera del destructor futuro.
El libro contenía 82 poemas donde soldados muertos en batallas olvidadas, madres que perdieron hijos, campesinos, herreros, nobles y siervos hablaban desde la piedra. Todos compartían la misma condición ontológica: estaban petrificados pero conscientes, sepultados pero parlantes. “Hace mucho que me he tumbado / Y mucho tengo que / Yacer”, decía uno. “Por la piedra viva llevaba las dos manos / Como dos insignias / Ahora esas manos están embarazadas / Y viven en el corazón de piedra”, declaraba otro. La paradoja fundacional del libro era la “piedra viva”: materia inerte que gestaba memoria, dureza mineral que contenía testimonio de civilización desaparecida.
Dizdar no inventaba voces arbitrariamente; cada símbolo, cada imagen, cada detalle iconográfico provenía de estelas reales que había estudiado durante décadas. La mano tallada en alto que aparece en muchas estelas se convertía en poema: “Esta mano te dice que te pares / Y detalladamente mires tus propias manos”. La vid tallada (símbolo cristiano pero también herético bogomilo) generaba otro: “Soy la Parra y mi padre verdadero es el dueño del viñedo”. El libro era simultáneamente documento arqueológico (catalogaba iconografía real) y profecía política (advertía que el invasor futuro repetiría invasiones pasadas).
EL PREMIO QUE LO CONSAGRÓ Y LA EDICIÓN QUE NO VIO
En 1969, El Durmiente Pétreo le valió la Corona de Oro del Festival de Poesía de Struga (Macedonia del Norte), uno de los premios poéticos más prestigiosos de Europa. Dizdar fue el primer yugoslavo en recibirlo y el cuarto ganador en la historia del premio, después del poeta soviético Bulat Okudzhava. La lista de ganadores posteriores incluiría nombres como Eugenio Montale, Pablo Neruda, Joseph Brodsky y Seamus Heaney —todos ellos Premios Nobel de Literatura. El reconocimiento internacional consolidó a Dizdar como voz central no solo de Bosnia sino de poesía eslava del siglo XX.
Consciente de que su salud se deterioraba, Dizdar preparó edición ampliada de Kameni spavač que reflejaba “aún más explícitamente el misterio del destino de Bosnia”. No llegó a verla publicada. Murió en julio de 1971; la nueva edición apareció en 1973, impresa por Primera Comuna Literaria de Mostar. Ese mismo año se publicó también Modra rijeka (Río Azul), su segundo gran poemario, que desarrollaba simbolismo místico iniciado en El Durmiente Pétreo.
EL PROFETA INVOLUNTARIO
Hay algo inquietante en la biografía de Dizdar cuando se lee desde el presente: el libro que publicó en 1966 profetizó con precisión terrible la guerra de Bosnia que estallaría 26 años después de su muerte. “te espero porque sé que vendrás un día”, advertía el poema final al invasor futuro. En 1992, cuando Sarajevo fue sitiada durante 1.425 días (el sitio más largo de una capital en historia moderna), cuando se ejecutó el genocidio de Srebrenica (8.372 musulmanes bosnios asesinados en julio de 1995), cuando se destruyó sistemáticamente patrimonio cultural (biblioteca de Sarajevo incendiada, puentes otomanos dinamitados, mezquitas convertidas en escombro), las palabras de Dizdar resonaron con espanto: el invasor había llegado, tal como predijo. El durmiente pétreo había despertado en pesadilla.
Para lector bosnio contemporáneo, Kameni spavač no es arqueología sino memoria viva del trauma reciente. Las estelas que Dizdar documentó fueron, muchas de ellas, destruidas o dañadas durante la guerra. La UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad en 2016, 45 años después de la muerte del poeta, reconociendo que representan “testimonio excepcional de civilización desaparecida”. Dizdar había anticipado todo: la destrucción, la necesidad de preservación, la importancia de convertir memoria oral en testimonio material (piedra, inscripción, libro) que resiste olvido.
LEGADO: LA VOZ QUE SIGUE HABLANDO DESDE LA PIEDRA
Mak Dizdar murió sin ver 50 años de recepciones críticas internacionales, traducciones a más de veinte idiomas, tesis doctorales que analizan su simbolismo, festivales poéticos que llevan su nombre, ediciones críticas que estudian cada metáfora. Tampoco vio la guerra que profetizó. Pero dejó algo más duradero que biografía: dejó método poético para preservar memoria cultural amenazada. En época donde poesía española oscila entre confesionalismo viral de redes sociales y hermetismo académico, Dizdar propone tercera vía: poesía que documenta, que excava, que hace hablar a objetos culturales enterrados.
La primera traducción completa al español de El Durmiente Pétreo, publicada por Ediciones Rilke en 2025 con traducción de Dragan Bećirović, llega en momento crucial: cuando Europa vuelve a pensar sus fronteras, sus identidades enterradas, sus memorias en conflicto. Leer a Dizdar hoy no es ejercicio de nostalgia sino acto de reconocimiento político: entender que civilizaciones desaparecen pero la piedra tallada persiste, que testimonio material resiste más que discursos, que los muertos hablan si alguien se detiene a escucharlos.
Hay estelas medievales en montañas de Bosnia con inscripciones que la lluvia ha erosionado hasta hacerlas ilegibles. Dizdar pasó vida descifrándolas, convirtiéndolas en voz poética que atraviesa siglos para advertir: la violencia es ciclo, no accidente; la memoria es materia, no metafísica; el durmiente pétreo no duerme del todo. Su cuerpo descansa en cementerio de Sarajevo, pero su voz continúa hablando desde cada estela que aún se mantiene en pie, desde cada verso que un lector español descubre en 2025, desde cada amapola silvestre que florece entre ruinas.
MAK DIZDAR . Escritor, poeta. Compartir en X











