Quédate aquí dormido
Quédate aquí dormido
a la sombra del sauce,
y que sus tiernas ramas acaricien
con llanto delicado
tu ardoroso latido.
Que el sentir amoroso no perturbe
ni altere este sosiego de susurros
que envolviendo tus sueños
da paz a tus sentidos.
Deja que el suave arrullo del arroyo,
con canturreo alegre,
te haga olvidar del alma las pasiones
y bese tus oídos.
Déjate descansar
en un lecho de olvidos que serene
el alma, tu sentir y tu gemido.
Ámame
Antes de que la fruta hallar no pueda
el paladar que su sabor acoja
con grata sensación a las papilas,
antes de que el jazmín destile en vano
para olfato marchito e insensible
su embriagador aroma de frescura,
antes de que la música no encuentre
el eco de un latido receptivo
de tierno corazón que la perciba,
antes de que la luz de la mañana
en oscura y eterna sombra mude
negándole el fulgor al blanco día,
antes de que arrebate el tiempo el eco
a las palabras y la fría brisa
hiele un aliento de fragantes rosas,
antes de que el invierno blanco y gélido
cubra con manto helado los cabellos
y congele los miembros extenuados,
regálame la fresa de tus labios
e imprégname el perfume de tu piel,
deléitame con notas de una voz
que hechice los sentidos embebidos,
sedúceme con ojos complacientes
y acaricia mi piel con tu ternura.
Entrégale tu amor a mis sentidos
antes de que el invierno blanco y gélido
cubra con manto helado los cabellos
y congele los miembros abatidos.
No quisiera morir
Yo quisiera morir como en otoño el árbol,
y poder revivir florido en primavera,
mostrar mi flor al aire que desde las montañas
viene para impregnarse de aromas en mi huerta.
Quisiera ser la tierra que el duro arado hiere
para que en mí germinen las verdes sementeras,
o la hierba que, mustia, con el paso del tiempo,
nutrida por la fuente, constante se renueva.
No quisiera morir definitivamente.
Sí renacer de nuevo en florida ribera,
y que liben abejas en mis vistosas flores
y ornarme de amapolas, la sangre de la tierra.
No quisiera morir como muere cualquiera
pues soy hombre que vive, que ama, y hasta sueña.
Finalista en el Certamen Internacional de Poesía “El mejor poema del mundo”
Como un niño
Ha venido a mi mente
sin anunciarse, por sorpresa grata,
aquella imagen tuya que de niña
rompía corazones con su trenza
sobre el hombro, dorada.
Con ojos picarones
y aquellos incipientes pechos,
de nuestros ojos infantiles
eras centro de todas las miradas.
Y mis tiernas mejillas, al mirarte,
de color se teñían, coloradas.
Hace mucho que yo no sé de ti,
pero quiero decirte que el cerezo
aún sigue echando flores.
¿Lo recuerdas?: aquel frondoso árbol
que acogió con su sombra mi latido
al ofrecerte el fruto deseado
de tu labio de rosa.
Ha llovido en el campo
y pequeñas violetas han nacido.
¡Qué bien si te pudiera yo ofrecer
un pequeño ramito de violetas!
Quizás pudiera revivir en mí
lo que, bajo el cerezo,
aquel niño que fui hubo sentido.
No siento ya el calor en mis mejillas
ni el galopar del corazón herido.
Sólo oigo el latido de la tarde
y el caer al vacío
de las hojas del árbol,
y la noche que llega
por ese lóbrego horizonte umbrío.
Pero ha venido aquella imagen tuya,
rescate del olvido,
y ha hecho que me sienta todavía,
ilusionado e ingenuo, como un niño.
¡Despiértate, alma mía!
¿Cómo es que se ha dormido el alma mía
en limbo de amapolas y trigales,
con el vaivén del viento
en sedosa caricia y armonía?
¿Será que ya madura de experiencia,
retirada del mundo,
ha buscado la paz,
huida la fe en la vida?
¿Por qué no te despierta este rugido
de pólvora quemada?
¿Por qué no te estremeces ante el grito
de una voz malherida?
Mas tú sigues meciéndote
en limbo de amapolas y trigales,
y una nana del viento
te tiene a ti adormida.
¿No sientes el rugido de la bestia
con alas de metal bañado en sangre?
¿No percibes aliento envenenado
de brutal alimaña
que está invadiendo el campo en que te meces?
¿No ves las amapolas ya marchitas?
Estás adormecida sobre lanzas
y de la tierra bárbaras heridas.
El desquiciado mundo que hemos hecho
más que nunca, que nunca,
a ti te necesita.
¡Despiértate, despiértate alma mía!


