book1

METAFÍSICA DE LA SOLEDAD Y TRASCENDENCIA LÍRICA: ESTUDIO CRÍTICO DE LA OBRA ÉTER Y CREPÚSCULO DE LA EXISTENCIA DE FRANCISCO MARTÍNEZ IZQUIERDO

Olivares Tomás, Ana María. «METAFÍSICA DE LA SOLEDAD Y TRASCENDENCIA LÍRICA». Zenodo, 26 de octubre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.17448123

 

METAFÍSICA DE LA SOLEDAD Y TRASCENDENCIA LÍRICA: ESTUDIO CRÍTICO DE LA OBRA ÉTER Y CREPÚSCULO DE LA EXISTENCIA DE FRANCISCO MARTÍNEZ IZQUIERDO

 

Introducción

 

La soledad, ese territorio fronterizo entre el aislamiento y la plenitud, ha ocupado un lugar central en la tradición lírica occidental. Desde el Libro de Job hasta la poesía existencialista del siglo XX, el hombre solo ante el abismo de su propia conciencia ha sido figura recurrente de la condición humana. En Éter y crepúsculo de la existencia (2025), Francisco Martínez Izquierdo construye una metafísica personal de la soledad que trasciende el mero registro autobiográfico para convertirse en exploración ontológica del ser y el destino.

El título mismo del poemario plantea una dialéctica entre lo elevado y lo declinante, entre el “éter” —sustancia inmaterial, espacio de lo divino— y el “crepúsculo” —momento liminar entre la luz y la oscuridad, entre la existencia y su extinción. Esta tensión define la voz poética de Martínez Izquierdo: un sujeto que habita simultáneamente la altura espiritual y la caída existencial, que se reconoce en el tránsito perpetuo entre ser y no ser.

La presente monografía examina cómo la soledad funciona en esta obra no como carencia o desamparo, sino como método de conocimiento interior y vía de acceso a una trascendencia que el poeta no concibe en términos religiosos tradicionales, sino como apertura a lo sagrado inmanente: la naturaleza, el silencio, la contemplación. Siguiendo la estela de Hermann Hesse, Blaise Pascal y Octavio Paz —autores citados en el prefacio—, Martínez Izquierdo articula una poética de la soledad que reconcilia el aislamiento con la comunión, el silencio con la palabra, la muerte con la vida.

 

La soledad como categoría ontológica: influencias y genealogía

 

1.1. Hermann Hesse y el lobo estepario

 

La cita que abre el poemario, extraída de El lobo estepario de Hermann Hesse, funciona como declaración programática: “Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas”. Hesse concibe la soledad no como castigo sino como conquista, no como privación sino como liberación de las ataduras sociales que impiden el autoconocimiento.

En Martínez Izquierdo, esta independencia adopta tonos aún más radicales. Su soledad no es solo distanciamiento de la sociedad, sino rechazo de toda identificación colectiva: “No le canto a ningún siglo / no me vanaglorio de lo que digo / más bien al contrario / soy ecléctico conmigo y con todo” (XXIV). El poeta se sitúa fuera del tiempo histórico, en un no-lugar metafísico donde solo cuentan las preguntas esenciales sobre el ser y el destino.

La “frialdad” de la soledad hesseana se transforma en Martínez Izquierdo en cualidad mineral, casi geológica: “Es dura como el granito / tranquila cual lago dormido / fría como glaciar apartado” (VI). Esta materialización de la soledad revela su dimensión ontológica: no es un sentimiento psicológico, sino una sustancia del ser, un elemento constitutivo de la existencia humana comparable al fuego, el agua o el aire.

 

1.2. Pascal y la metafísica del aburrimiento

 

La referencia a los Pensamientos de Blaise Pascal introduce otra dimensión crucial: el aburrimiento como síntoma existencial. Pascal sostenía que el hombre huye de sí mismo mediante el divertissement (la distracción), incapaz de soportar el silencio de su propia interioridad. Martínez Izquierdo, por el contrario, se sitúa en el polo opuesto: abraza ese silencio y lo convierte en método de conocimiento.

En el prefacio, el poeta confiesa haber “aprendido a gestionar la soledad a través de un enfermizo diletantismo”, reconociendo así el peligro que Pascal advierte: la soledad no acompañada de disciplina espiritual puede derivar en melancolía, locura o muerte. Sin embargo, Martínez Izquierdo encuentra en esa gestión una vía de acceso al “nirvana” budista, estado de serenidad y plenitud que trasciende el dualismo entre soledad y compañía.

 

1.3. Octavio Paz: soledad y comunión

 

La segunda cita liminar, tomada de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, establece la tensión dialéctica que atraviesa todo el poemario: “El amor es uno de los más claros ejemplos de ese doble instinto que nos lleva a cavar y ahondar en nosotros mismos, y simultáneamente a salir de nosotros y realizarnos en otro. Muerte y recreación, soledad y comunión”.

Para Paz, la soledad mexicana (y por extensión, latinoamericana) es producto de una historia de rupturas: la conquista, la independencia, la revolución. Cada período histórico es “ruptura y reunión, separación y reconciliación”. Martínez Izquierdo universaliza esta dialéctica: la soledad no es condición cultural sino estructura ontológica de lo humano. El hombre está solo porque está separado del origen, del Todo, de Dios; pero precisamente esa separación es condición de posibilidad para el encuentro auténtico, para la comunión que no es fusión sino reconocimiento de la alteridad.

 

  1. Estructura y arquitectura del poemario: itinerario de la conciencia solitaria

 

2.1. Primera parte: el descubrimiento de la soledad

 

Los trece primeros poemas (I-XIII) constituyen una fenomenología de la soledad. El poeta se retira del mundo para contemplarlo desde la distancia: “Fuera del mundo / estar sin estar / existir sin existir” (epígrafe). Esta posición extramundana no implica desaparición, sino intensificación de la existencia. El sujeto lírico se descubre como “loco o un dios”, “bestia o ángel”, figuras liminares que habitan la frontera entre lo humano y lo absoluto.

En el poema I, la soledad se define por oposición a la falsa comunión de “bares y tabernas”, espacios donde la “algarabía de personas / entremezcladas con alcohol y drogas” produce una “soledad / que no trasciende”. La verdadera soledad, por el contrario, es aquella que “aviva días y espíritu”, que alimenta “el fuego de la imaginación / la contemplación”. No se trata de huir de los hombres, sino de encontrar una forma de presencia más auténtica.

El poema II introduce el motivo del océano espiritual: “Calmo la soledad / de mi corazón y cuerpo / con la soledad misma / que llena todo el océano / de mi espíritu azul”. La soledad no se cura con compañía, sino con más soledad, con una profundización que transforma el vacío en plenitud. Este paradoja define la lógica del poemario: la soledad es homeopática, se cura con su propio veneno.

 

2.2. Segunda parte: la soledad encarnada

 

La segunda parte (XIV-XIX) introduce textos en prosa que encarnan la soledad en experiencias concretas: la vida del canario, el intento de suicidio, las reflexiones políticas sobre Cataluña y España, la contaminación ambiental, la carta de amor a Ángeles. Estos textos funcionan como contrapunto realista a la abstracción lírica de la primera parte.

El relato “La vida de mi canario” es especialmente revelador. El canario, animal solitario enjaulado, deviene espejo del poeta: “De él, aunque me tenía a mí y sabía que yo lo quería, no hubiese soportado la existencia”. La relación entre el poeta y el pájaro ilustra la imposibilidad de salvar al otro de su soledad. Cada ser está solo con su destino, y cualquier intento de rescate es ilusorio. Sin embargo, el poeta puede acompañar esa soledad sin pretender disolverla: “si él quiere lo dejaré vivir como él desee y a su manera”.

El texto sobre el intento de suicidio (XV) dramatiza el límite de la soledad: el encuentro con la nada absoluta. El poeta sueña que es llevado al cielo, donde se encuentra con sus padres muertos. El diálogo con la madre revela la incomunicabilidad esencial: “ella hablaba el lenguaje de su mundo y yo uno muy distinto que era el mío. La quería igual”. La soledad no se rompe ni siquiera en el más allá; cada conciencia permanece encerrada en su propio lenguaje, en su propio mundo.

 

2.3. Tercera parte: trascendencia y reconciliación

 

Los poemas finales (XX-XXVII) alcanzan una síntesis entre soledad y trascendencia. El sujeto lírico se reconcilia con su condición: “No diré en secreto / o en público / si soy bueno o malo, / simplemente no soy / así que me es igual” (XX). Esta afirmación de la inexistencia del yo como sustancia fija abre la posibilidad de ser “todo”, de trascender las identidades limitadas.

El poema XXI introduce el motivo del tabaco como símbolo de autodestrucción. La soledad mal gestionada puede derivar en adicción, enfermedad, muerte. El poeta reconoce que “cada calada de tabaco / es una enfermedad eterna / volverá incompleta la felicidad / de materia, espíritu / y me destruirá sin remedio”. La soledad exige disciplina, cuidado de sí, para no convertirse en camino de aniquilación.

Los poemas XXV y XXVI establecen una identificación entre el poeta y el árbol, figura de verticalidad y arraigo. El árbol “sublime”, “erguido, distanciado, solitario”, es modelo de cómo habitar la soledad sin sucumbir a ella. A diferencia del hombre moderno, “podado” y mutilado por la civilización, el árbol mantiene su integridad, su conexión con la tierra y el cielo.

El poemario cierra con dos poemas que llevan el mismo número (XXVII), gesto que sugiere una multiplicidad irreductible, una imposibilidad de clausura. El primero es una meditación sobre la muerte: “¡Oh tumba! Ábreme / puertas de sosiego, paz / ¡nada!”. El segundo, basado en un escrito de Xavi (¿un amigo, un amante?), introduce la voz del deseo frustrado: “El sueño de un beso / por escribir / ¡Oh Dios! / Todo eso eres tú”. La soledad persiste hasta el final, pero ya no es vivida como carencia sino como forma de relación con lo absoluto.

 

III. Imágenes y símbolos de la soledad trascendente

 

3.1. El fuego y el éter: elevación y purificación

El fuego aparece desde el primer poema como imagen de la intensidad vital: “El fuego de la imaginación / la contemplación / llenan mis días” (I). A diferencia del fuego destructivo, este es fuego que ilumina, que calienta sin consumir. En el poema V, las “llamas de corazón / rojas, puras, eternas” simbolizan la pasión que sobrevive al mundo, que trasciende las contingencias históricas.

El éter, sustancia inmaterial de los cielos según la física aristotélica, representa en Martínez Izquierdo el espacio de la trascendencia. La soledad es “azul, espiritual, como / éter inaccesible” (VI), elevación por encima de lo terrenal. Pero este éter no es el paraíso cristiano; es más bien el vacío budista, el espacio donde el yo se disuelve en la totalidad.

 

3.2. El ciprés y el árbol: soledad vertical

 

El ciprés, árbol funerario por excelencia en la tradición mediterránea, aparece como símbolo del poeta: “Esbelto es el tallo / de mi vida, / cual ciprés solitario” (III). La verticalidad del ciprés sugiere una soledad que no es repliegue horizontal sino elevación vertical, aspiración a lo alto.

Los poemas XXV y XXVI desarrollan extensamente la figura del árbol como modelo ontológico. El árbol es autosuficiente, “en reposo / sacramental”, capaz de dar “sublimidad / beldad, anhelo de soledad / y comunión también”. A diferencia del hombre, el árbol no necesita justificar su existencia; simplemente es. El poeta aspira a esa forma de ser-en-el-mundo que no requiere legitimación externa.

 

3.3. El océano: soledad profunda

 

El océano aparece primero en el poema II como metáfora del “espíritu azul” del poeta, espacio infinito de interioridad. En el texto en prosa “Los océanos” (XIX), esta imagen se desarrolla como figura de curación. Los océanos son “médicos que curan con sus aguas, sus sales, sus medicinas naturales”. La inmersión en el océano es inmersión en la soledad profunda, en el inconsciente, en las aguas primordiales donde la vida comenzó.

La comparación con Dios es explícita: los océanos “se parecen mucho a Dios” porque “se basta[n] por sí mismo[s] con sólo saber que existe[n] para saber curar”. La soledad auténtica, como el océano, no necesita reciprocidad; su sola existencia es terapéutica, redentora.

 

La soledad y el otro: amor, muerte, comunión

 

4.1. María Ángeles: el amor imposible

 

A lo largo del poemario aparecen referencias recurrentes a María Ángeles, figura femenina que encarna el amor perdido o imposible. En el poema IX, el poeta declara: “El aura de María Ángeles / pervivirá en su corazón / también en el cuerpo / que ama todavía”. La separación física no anula el amor; al contrario, lo eterniza. La ausencia del otro es condición de su presencia absoluta en la memoria y la imaginación.

Este amor imposible no contradice la soledad sino que la profundiza. Como escribe Octavio Paz en la cita liminar, el amor es “muerte y recreación, soledad y comunión”. El poeta ama a María Ángeles precisamente porque ella está ausente, porque la distancia permite idealizar, mitificar, convertir a la mujer real en diosa: “en sueño beso diosas” (I).

La carta de amor del poema XVIII intensifica esta paradoja: “No tengo palabras suficientes para expresar todos mis sentimientos, que me abrasan por dentro y me dan vida por fuera”. El lenguaje fracasa ante el amor absoluto; solo queda el silencio, la soledad compartida de dos seres que se aman sin poder poseerse.

 

4.2. La familia muerta: reconciliación póstuma

 

El texto “Escrito después de superar un intento autolítico” (XV) narra el encuentro del poeta con sus padres muertos en un sueño o visión. La madre pregunta por los vivos con ansiedad material: “¿Y cómo está José? ¿Y las nenas también están bien?”. El padre, en cambio, aparece silencioso, místico, con “una túnica que le cubría todo el cuerpo” y un libro titulado “El libro que tenía que haber escrito siempre”.

Este encuentro revela que la muerte no disuelve la soledad sino que la consuma. Los muertos están tan solos como los vivos; cada uno habita su propio mundo incomunicable. Sin embargo, hay una reconciliación posible: el reconocimiento mutuo de esa soledad, la aceptación de que el amor no elimina la distancia sino que la hace habitable.

 

4.3. La soledad colectiva: crítica social y política

 

Los textos sobre Cataluña (XVI) y la contaminación (XVII) introducen una dimensión política en la meditación sobre la soledad. El poeta rechaza las identidades colectivas —nacionales, ideológicas— porque falsifican la soledad auténtica: “No rindo reverencia / a ningún credo creado / ni estado conocido por mí / no me identifico con banderas, / himnos, ideologías” (XXIV).

Esta posición no es apoliticismo, sino rechazo de la política como religión secular. El poeta se sitúa más allá de las divisiones partidarias para señalar problemas radicales: la miseria del Tercer Mundo, la destrucción del medio ambiente, la esclavitud del dinero. Su soledad es también solidaridad con los excluidos, con los que sufren la soledad no elegida de la pobreza y la opresión.

 

La metafísica del destino: soledad y providencia

 

5.1. El destino como interlocutor

 

El subtítulo del poemario —”Dedicado al DESTINO”— señala que la soledad no es solipsismo sino diálogo con una instancia trascendente. El destino no es aquí la fatalidad ciega de los griegos ni la providencia cristiana, sino una fuerza impersonal que rige el cosmos y la vida individual. El poeta se dirige al destino como a un tú: “La certeza de este soplo / ¡Oh, destino último!” (III).

En el poema V, el destino aparece como compañero de la soledad: “con la soledad, destino / juicioso y honrado”. Esta asociación sugiere que la soledad es el modo en que el destino se manifiesta en la existencia humana. Estar solo es estar en manos del destino, aceptar la contingencia y la finitud sin pretender controlarlas.

 

5.2. La soledad como preparación para la muerte

 

El prefacio advierte que “una soledad, sobre todo si no es deseada, puede desembocar en una demencia, un alzhéimer, una locura e incluso dolencias físicas”. La soledad mal vivida anticipa la muerte, acelera la descomposición del cuerpo y la mente. Pero la soledad bien vivida prepara para la muerte, enseña a morir.

El poema XXIII imagina el destino post-mortem del poeta: “Las cenizas del polvo / de mi vida serán estiércol / pasto para otros animales, / lo que somos al fin”. No hay inmortalidad del alma, solo reintegración en el ciclo natural. Sin embargo, el poeta concibe la posibilidad de una trascendencia inmanente: “Si el espíritu vuela libre / será fuego en el cielo / un crisol de tristeza, / el éter misericordioso, bondadoso, / me ofrecerá trabajo como ángel, / seré apóstol del destino, / hermano de Dios”.

Esta escatología heterodoxa combina materialismo y misticismo. El cuerpo vuelve a la tierra, pero el espíritu se reintegra en el éter, en la sustancia inmaterial del cosmos. No hay cielo ni infierno, solo transformación perpetua de la energía vital.

 

Poética de la soledad: lenguaje y forma

 

6.1. El verso libre y la prosa: alternancia de registros

 

Martínez Izquierdo alterna verso libre y prosa, lírica y narrativa, abstracción y concreción. Esta heterogeneidad formal refleja la multiplicidad de la soledad, que no puede ser capturada en un solo registro. El verso libre permite la concentración metafórica, la intensidad lírica; la prosa posibilita el relato, la anécdota, la reflexión discursiva.

Los poemas en verso tienden a la sentencia, al aforismo: “La soledad es individual / en la soledad de lo colectivo / esbozo del misterio / por resolver” (II). Los textos en prosa, en cambio, desarrollan situaciones concretas que ejemplifican o problematizan las afirmaciones líricas. Esta dialéctica entre lo general y lo particular, lo conceptual y lo vivido, enriquece la exploración de la soledad.

 

6.2. Influencias y tradición: de Valente a Rodríguez

 

La poética de Martínez Izquierdo se inscribe en la tradición de la poesía metafísica española de la segunda mitad del siglo XX, especialmente en la línea de José Ángel Valente y Claudio Rodríguez. Como Valente, Martínez Izquierdo concibe la poesía como conocimiento interior, exploración de las zonas oscuras de la conciencia. Como Rodríguez, busca una comunión con lo elemental —aire, fuego, agua, tierra— que trascienda el yo empírico.

Sin embargo, la voz de Martínez Izquierdo es más confesional, más expuesta a la vulnerabilidad. Mientras Valente mantiene una distancia intelectual y Rodríguez una exaltación casi mística, Martínez Izquierdo no oculta sus heridas: el intento de suicidio, la adicción al tabaco, la enfermedad, la miseria afectiva. Esta desnudez emocional acerca su poesía a la tradición anglosajona de la poesía confesional (Sylvia Plath, Anne Sexton), aunque sin el patetismo de esta.

 

6.3. El silencio y la palabra: paradoja del lenguaje

 

El poeta es consciente de la paradoja fundamental de su empresa: la soledad auténtica es silenciosa, pero solo puede comunicarse mediante la palabra. En el poema XXIV, declara: “No deberíamos pensar, hablar, / seríamos más felices”. El lenguaje falsifica la experiencia inmediata, introduce la mediación conceptual que destruye la plenitud del instante.

Sin embargo, el poeta no puede renunciar a la palabra. Su vocación es testimoniar la soledad, darle forma lingüística para que otros puedan reconocerse en ella. El poema es así un fracaso necesario, una traición inevitable a la experiencia que pretende expresar. Pero en ese fracaso reside su verdad: la imposibilidad de decir plenamente la soledad es índice de su realidad, de su resistencia a la objetivación.

 

Conclusión: hacia una ética de la soledad

 

Éter y crepúsculo de la existencia propone una ética de la soledad que trasciende tanto el individualismo moderno como el comunitarismo tradicional. No se trata de elegir entre el yo y el nosotros, sino de reconocer que toda comunión auténtica presupone la soledad, que solo desde la propia profundidad es posible el encuentro con el otro.

Esta ética tiene implicaciones existenciales y políticas. En el plano existencial, enseña a habitar la finitud sin buscar refugio en ilusiones metafísicas o psicológicas. La soledad es aceptación de la contingencia, del carácter infundado de la existencia. No hay respuestas últimas, solo preguntas que cada uno debe formular desde su propia experiencia.

En el plano político, la soledad ética de Martínez Izquierdo es crítica de todas las formas de totalitarismo —ideológico, religioso, nacional. El poeta se niega a diluir su singularidad en cualquier identidad colectiva. Su solidaridad con los oprimidos no es adhesión a una causa, sino reconocimiento de una vulnerabilidad compartida. Todos estamos solos ante el sufrimiento y la muerte; esta soledad común es el único fundamento posible de una comunidad no totalitaria.

El poemario inscribe así la tradición metafísica española en el contexto de la crisis contemporánea de sentido. Frente al nihilismo destructivo y al fundamentalismo reactivo, Martínez Izquierdo propone una tercera vía: la soledad como ascesis, como ejercicio espiritual que no busca la salvación sino la lucidez. Su poesía es una escuela de desengaño en el mejor sentido barroco del término: aprender a ver la realidad sin velos, a aceptar la precariedad de la existencia sin resentimiento ni autocompasión.

“Fuera del mundo / estar sin estar / existir sin existir”: este es el programa de una metafísica de la soledad que no huye del mundo sino que lo habita de otro modo, desde una distancia que es también proximidad, desde un desapego que es también amor. El poeta solitario no es un misántropo sino un místico laico, alguien que ha aprendido que la plenitud no está en la acumulación —de bienes, relaciones, experiencias— sino en la intensidad de la presencia, en la capacidad de estar solo sin estar vacío, de existir sin necesitar justificación.

En tiempos de hiperconectividad y soledad masiva, cuando millones de personas están solas en medio de la multitud, Éter y crepúsculo de la existencia ofrece no un consuelo sino un camino: el de la soledad elegida, cultivada, convertida en forma de vida. Esta soledad no es para todos; requiere “estar preparado física y espiritualmente”, como advierte el poeta en el prefacio. Pero para quienes sean capaces de transitarla, promete lo que ninguna compañía puede dar: la reconciliación con uno mismo, la paz de quien ha aprendido a ser su propia morada.

 

 

 

Bibliografía

Hesse, Hermann. El lobo estepario. Madrid: Alianza, 2015.

Martínez Izquierdo, Francisco. Éter y crepúsculo de la existencia (Dedicado al destino). Madrid: Editorial Poesía eres tú, 2025.

Pascal, Blaise. Pensamientos. Madrid: Cátedra, 2018.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México: FCE, 2015.

Rodríguez, Claudio. Don de la ebriedad. Barcelona: Tusquets, 2015.

Valente, José Ángel. Material memoria. Madrid: Alianza, 1992.

 

Tags: No tags