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LA VOZ DEL MÍSTICO CONTEMPORÁNEO

Olivares Tomás, Ana María. «LA VOZ DEL MÍSTICO CONTEMPORÁNEO». Zenodo, 26 de octubre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.17449455

LA VOZ DEL MÍSTICO CONTEMPORÁNEO

MONOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO MARTÍNEZ IZQUIERDO Y LA LÍNEA ASCÉTICA Y TRASCENDENTALISTA EN LA POESÍA ESPAÑOLA ACTUAL

La obra Éter y crepúsculo de la existencia (2025) de Francisco Martínez Izquierdo se inscribe claramente en la tradición de la poesía mística y metafísica española, reinterpretando sus claves desde una sensibilidad laica y contemporánea. Al integrar la soledad, la introspección espiritual y el diálogo con lo divino en un marco existencial, el autor prolonga una línea ascética que pasa por Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y José Ángel Valente.

  1. La herencia unamuniana: fe trágica y razón interior

Como en Unamuno, la relación del poeta con Dios nace de la duda más que de la certeza. La fe es una lucha interna, no una convicción. En poemas como “Soledad que me aleja de los hombres en sueño beso diosas” o “Oh tumba, ábreme puertas de sosiego”, la voz poética convierte la oración en interrogación ontológica. Dios aparece como “templo solitario” y como presencia ausente: un interlocutor silencioso ante el cual el sujeto intenta justificar su vida.

La “razón de la soledad” y la “providencia del sol” son imágenes que evocan la agonía unamuniana: el deseo de vivir intensamente aun bajo el peso de la duda total. La trascendencia se busca dentro de los límites humanos; el autor alcanza una forma de fe interior, que no salva, pero ilumina.

  1. Juan Ramón Jiménez y la desnudez del alma

El tejido verbal de Éter y crepúsculo de la existencia revela afinidades profundas con la “poesía pura” de Juan Ramón Jiménez. Ambos aspiran a una palabra transparente, capaz de revelar lo invisible. En versos como “El viento de la soledad compartido conmigo únicamente aviva días y espíritu” o “Sublime como un hombre me sueño al contemplar árbol erguido”, Martínez Izquierdo comparte la búsqueda de armonía entre naturaleza y conciencia.

El éter del título remite al espacio inmaterial donde la percepción espiritual se funde con la materia. Esta condensación simbólica recuerda al “Dios deseado y deseante” de Juan Ramón: la poesía como forma de comunión entre lo humano y lo trascendente. En Martínez Izquierdo, sin embargo, el tono es más confesional y terrestre; el éxtasis no surge de la perfección formal sino del combate interior contra la desesperanza.

III. José Ángel Valente: palabra y vacío

Valente concibe la palabra poética como vehículo de desposesión: callar para escuchar el fondo del ser. Esa misma experiencia resuena en Éter y crepúsculo de la existencia cuando el poeta declara: “Nunca he sentido el universo como mío, no pertenezco a época alguna”. Esta renuncia al mundo, a toda pertenencia ideológica o estética, constituye un gesto de pureza moral. La soledad y el silencio se transforman en vértices de una experiencia trascendental: la lengua poética deviene espacio ritual, donde la conciencia es a la vez materia y vacío.

El poema XXV, “El árbol en reposo sacramental”, ilustra esta ética de lo sagrado natural. El árbol es figura de permanencia y símbolo de comunión: como en Valente, la divinidad no está fuera del mundo sino en la respiración de lo vivo. Este panteísmo sutil se enlaza con el deseo de fusión entre espíritu y materia, eco directo del pensamiento valentino de la “unidad de lo existente”.

  1. Ascetismo y renuncia

El autor practica una forma de ascetismo poético que rehúye los excesos retóricos. La iluminación se alcanza por la trayectoria de la renuncia: al amor carnal, al poder, al ruido social. El poema “No deseo la muerte física… pero sin materia no hay espíritu” concentra esta paradoja: la espiritualidad surge del cuerpo que reconoce su límite.

Como los místicos del Siglo de Oro, Martínez Izquierdo busca la unión del alma y el cosmos, pero su mística no es teológica ni institucional. Es una mística del yo frente al abismo, donde la lucidez sustituye a la fe. Su éter no es sustancia divina, sino conciencia pura. El poeta, como el asceta, se vacía de afectos, de orgullo y de certezas, alcanzando el estado del que observa su vida desde el infinito.

  1. Una mística laica del siglo XXI

En el contexto de la poesía española contemporánea, Martínez Izquierdo representa una figura singular. Frente al nihilismo irónico prevalente, reivindica una espiritualidad radicalmente personal. Su misticismo es laico, autobiográfico y terapéutico. El éxtasis sustituye al dogma, la experiencia sustituye a la doctrina.

El poeta es, ante todo, un buscador. La soledad, la enfermedad y la vejez son su vía ascética. De ahí la paradoja que permea toda su obra: cuanto más se despoja de los atributos del mundo, más cerca está de lo divino. La trascendencia ya no reside fuera de la carne, sino en la conciencia de su fugacidad.

En este sentido, Éter y crepúsculo de la existencia puede leerse como un tratado de contemplación moderna: la meditación de un hombre que asume la insuficiencia de la razón para, desde ella, acceder al silencio del alma.

La voz de Francisco Martínez Izquierdo prolonga la llama mística que atraviesa la poesía española desde San Juan de la Cruz hasta Valente, pero la traslada a un territorio ético donde creer equivale a resistir, y la palabra se convierte en la última forma de oración.

 

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