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LA ENFERMEDAD, EL CUERPO Y LO DIVINO EN LA POESÍA DEL DESENCANTO TESIS COMPARADA: FRANCISCO MARTÍNEZ IZQUIERDO, ÁNGEL GONZÁLEZ Y ANTONIO GAMONEDA

Olivares Tomás, Ana María. «LA ENFERMEDAD, EL CUERPO Y LO DIVINO EN LA POESÍA DEL DESENCANTO». Zenodo, 26 de octubre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.17449496

LA ENFERMEDAD, EL CUERPO Y LO DIVINO EN LA POESÍA DEL DESENCANTO

TESIS COMPARADA: FRANCISCO MARTÍNEZ IZQUIERDO, ÁNGEL GONZÁLEZ Y ANTONIO GAMONEDA

La poesía de Francisco Martínez Izquierdo, representada en Éter y crepúsculo de la existencia, desarrolla un discurso espiritual a partir del deterioro del cuerpo y la fragilidad de la mente —una estética de la enfermedad que da paso a la revelación. Esta dinámica lo vincula con la “poesía del desencanto” surgida en la posguerra española (Ángel González, Blas de Otero, José Ángel Valente) y con poetas de la conciencia del siglo XXI (Antonio Gamoneda, Clara Janés, Olvido García Valdés). En Martínez Izquierdo, el cuerpo es el lugar donde la destrucción biológica y la búsqueda de lo divino confluyen como síntomas de madurez espiritual.

La enfermedad como vía del conocimiento

El autor define su biografía y la soledad como formas de padecimiento. En el prefacio se autodescribe “enfermo, iluminado quizás y solo ante la divinidad”. Su enfermedad no es únicamente física: es moral, espiritual y epistemológica. Esta afirmación inicial se conecta con la tradición existencial de Unamuno y con el nihilismo poético de Blas de Otero (“Me queda la palabra”). En ambos, la dolencia del cuerpo proyecta una crisis de sentido que solo el lenguaje puede resolver.

En el poema XXI (“El tabaco que tanto odio me mata cruelmente […] Sin materia no hay espíritu”), la enfermedad se convierte en símbolo de dependencia universal: el vicio material anticipa la muerte, pero también la hace inteligible. Este enfoque lo emparenta con Gamoneda en Libro del frío, donde el dolor físico se sublima en experiencia estética. Martínez Izquierdo traduce esa catarsis en un credo propio: la salud del ser solo se logra aceptando la enfermedad como umbral de conciencia.

 

 

El cuerpo profanado y redentor

El cuerpo es el escenario del conflicto entre Eros y Thanatos. Su degradación en poemas como “Carta de amor para Ángeles” o “La vida de mi canario” expresa una compasión que une lo humano con lo divino. El cuerpo de los seres amados, enfermos o animales, se convierte en metáfora de la pulsión de trascendencia que invade al poeta. La enfermedad no degrada; revela.

La carne es una epifanía ambivalente: destructora y sagrada. “Cada calada de tabaco es una enfermedad eterna”, escribe el autor, consolidando el cuerpo como territorio sacrificial donde se encarna el destino. En esta dialéctica emerge la espiritualidad somática que también recorre la obra de José Ángel Valente, para quien “el cuerpo es el lugar de la revelación del espíritu”. Ambos conciben la carne como templo abismal, un receptáculo que alumbra sentido bajo el dolor.

III. Lo divino en crisis: Dios enfermo

Lo divino en Martínez Izquierdo es una presencia inestable —a veces juez, a veces consuelo—, figura de un Dios desgastado por la modernidad. En “Escrito después de superar un intento autolítico”, la voz divina que interrumpe el suicidio es simultáneamente cruel y amorosa. “Te crearon para amar la vida”, ordena el ángel-dios, imponiendo la vida como condena. La teología del poemario se asemeja a la mística negativa de Valente y a la angustia teológica de Blas de Otero: el poeta cree porque sufre, y sufre porque siente que no puede creer plenamente.

Martínez Izquierdo elabora, así, la figura de un Dios enfermo: un ente que refleja la vulnerabilidad humana. Su mirada sobre la divinidad no busca salvación, sino correspondencia emotiva. La oración se sustituye por el monólogo interior del místico desamparado, más cercano a Cioran que al clero. La “divinidad” del libro es la quietud inmanente: lo eterno que se transparenta en la tristeza.

Estética del desencanto: del escepticismo a la serenidad

Como los poetas de la posguerra, Martínez Izquierdo escribe desde la fatiga moral. La soledad, la enfermedad y la corrupción del mundo son evidencias de la derrota de la razón, pero el poeta las convierte en materia de contemplación. En el poema XIII (“La paz, la vida, el universo se enferman”), el tono profético e incrédulo anticipa la visión ecológica y moral del siglo XXI: el cuerpo social está tan enfermo como el cuerpo físico del autor. El dinero, la contaminación y la pérdida del amor son expresiones seculares de la caída espiritual.

Frente a esto, la poética del desencanto se resuelve en aceptación. La serenidad final de Éter y crepúsculo de la existencia no consiste en negar la muerte, sino en convivir con ella. El poeta alcanza una ética de la finitud: “Mi cárcel es la ciencia”. Esta frase resume el diagnóstico contemporáneo: la razón técnica ha sustituido a la fe, pero no ha curado la angustia. Solo la poesía —entendida como contemplación curativa— mantiene viva la posibilidad de sentido.

Comparación transversal: continuidad del dolor metafísico

Rasgo Poetas de posguerra (Blas de Otero, González) Poetas contemporáneos (Gamoneda, García Valdés) Francisco Martínez Izquierdo
Visión del cuerpo Dolor y límite humano Cuerpo como fuente del alma Cuerpo enfermo como puente a la trascendencia
Concepción de Dios Distante o silente Sustancia inmanente en la materia Voz interior ambivalente: divino y punitivo
Tono Moral y social Contemplativo, ascético Confesional, místico-terrestre
Lenguaje Directo, filosófico Espectral, elíptico Visionario y oracular

 

 

Conclusión: una espiritualidad de la enfermedad

Francisco Martínez Izquierdo hereda la tensión entre fe y desesperanza característica de la poesía española del desencanto, pero ofrece una resolución inédita: la enfermedad es su teología. En su universo poético, el cuerpo doliente sustituye al altar y la consciencia sustituye a la fe. Sus poemas transforman el dolor en conocimiento y el agotamiento vital en experiencia iluminadora.

En diálogo con los autores de posguerra y del siglo XXI, Martínez Izquierdo erige una espiritualidad sin dogma: un humanismo sagrado nacido del cansancio. Su poesía demuestra que lo divino sobrevive solo cuando el cuerpo, enfermo y lúcido, lo redescubre en la penumbra de la existencia.

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