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ESTRUCTURA TRIPARTITA Y POÉTICA DEL TRÁNSITO VITAL INVESTIGACIÓN SOBRE LA FUNCIÓN SIMBÓLICA DE LAS TRES PARTES DEL POEMARIO ÉTER Y CREPÚSCULO DE LA EXISTENCIA

Olivares Tomás, Ana María. «ESTRUCTURA TRIPARTITA Y POÉTICA DEL TRÁNSITO VITAL INVESTIGACIÓN SOBRE LA FUNCIÓN SIMBÓLICA DE LAS TRES PARTES DEL POEMARIO ÉTER Y CREPÚSCULO DE LA EXISTENCIA». Zenodo, 26 de octubre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.17449551

ESTRUCTURA TRIPARTITA Y POÉTICA DEL TRÁNSITO VITAL

INVESTIGACIÓN SOBRE LA FUNCIÓN SIMBÓLICA DE LAS TRES PARTES DEL POEMARIO ÉTER Y CREPÚSCULO DE LA EXISTENCIA

Francisco Martínez Izquierdo estructura su obra en tres secciones claramente diferenciadas —Soledad, Comunión y Trascendencia— que constituyen un itinerario espiritual de maduración consciente. Cada parte simboliza una etapa del tránsito vital del sujeto lírico: del aislamiento inicial a la apertura amorosa y, finalmente, a la reconciliación cósmica. Esta organización tripartita no responde a una división temática convencional, sino al desarrollo de un proceso de conocimiento interior que transforma la experiencia biográfica en materia metafísica.

Primera parte: la soledad como génesis del yo

La primera sección (poemas I–XIII) define el estado germinal del sujeto: la soledad ontológica. Desde el primer texto —“Esto oigo, veo en bares y tabernas…” hasta “El sueño del dinero es poderoso”— el hablante poético asume la soledad como condición constitutiva, “enferma y sabia”, fuente de aprendizaje y revelación.

El autor concibe la soledad como una fuerza creadora comparable al éter, la sustancia primordial. La cita de Hermann Hesse al inicio —“Soledad era independencia” (El lobo estepario)— establece la afinidad entre conciencia y aislamiento. El yo poético se erige como figura del asceta moderno: contempla su destino desde la introspección, “solo ante la divinidad”, en una mezcla de lucidez y resignación.

La estructura interna de esta parte sigue un ritmo ascendente: del dolor existencial al descubrimiento de un disfrute silencioso. En poemas como VI (“La soledad la quiero para mí…”) la voz alcanza un tono casi litúrgico. La soledad deviene acto de fe secular, una elección ética. Simbólicamente, representa el nacimiento del espíritu a través de la negación del mundo.

Segunda parte: comunión y diálogo con la vida

La segunda parte (poemas XIV–XIX) constituye el eje narrativo del libro. Aquí se da la apertura a la alteridad: el poeta, antes replegado en sí, empieza a dialogar con la vida, los otros y la materia. Se abandona la voz oracular para dar paso al monólogo conversacional y reflexivo.

El tono inicial, doméstico y afectivo de “La vida de mi canario”, introduce una lección moral sobre la empatía: el sufrimiento del animal funciona como espejo de la propia fragilidad humana. La evolución culmina en “Escrito después de superar un intento autolítico”, donde el sujeto experimenta la muerte simbólica y renace bajo una nueva conciencia.

Filosóficamente, esta segunda parte representa el tránsito de la autoconciencia al amor compasivo. El dolor físico y emocional se expande hacia una comprensión universal. Más adelante, la serie de poemas sobre naciones, contaminación y amor (XVI–XVIII) proyecta el pensamiento íntimo hacia lo colectivo: la comunión ética del místico laico. El delirio personal se traduce en preocupación por el mundo.

El símbolo axial de esta parte es el canario, ser frágil que encarna la vida vulnerable. Su canto, ausente y luego prometido, resume la esperanza del despertar.

Tercera parte: trascendencia y disolución del yo

La tercera parte (poemas XX–XXVII) cierra el ciclo con una espiritualidad de plenitud y desapego. El poeta abandona la confesión autobiográfica y adopta la perspectiva del testigo contemplativo. La soledad inicial se ha transformado en comunión universal: el yo ya no sufre por estar solo, porque ha comprendido su lugar en el orden total del ser.

En XXII, la frase “Soledad es la distancia entre un yo irreal y todo lo real” define la culminación filosófica del libro: la conciencia se libera del dualismo materia/espíritu y alcanza la unidad del éter. El poema XXV, “El árbol en reposo sacramental”, condensa el principio de la trascendencia: la naturaleza como espejo de lo divino. El árbol, que sufre y resiste, se convierte en símbolo del alma iluminada que ha aceptado la finitud.

El tránsito vital culmina con “Sublime como un hombre me sueño” y “Ay, busco el centro de mi mundo de plata vacío”, donde el sujeto confiesa la serenidad final: “Oh tumba, ábreme puertas de sosiego”. Este cierre no representa renuncia, sino integración. El yo individual se disuelve en un cosmos que respira con él.

Simbolismo estructural: del éter al crepúsculo

El título Éter y crepúsculo de la existencia resume el movimiento dialéctico del poemario. El éter simboliza la sustancia divina, incorruptible y esencial, mientras que el crepúsculo representa el límite temporal, la conciencia de finitud. Entre ambos polos se desarrolla la historia del alma moderna: una voz que busca trascender el desencanto mediante una forma de fe interior.

La estructura tripartita reproduce un itinerario místico secular, afín a los Tres caminos del alma de San Juan de la Cruz, pero reinterpretado desde la psicología contemporánea. Cada parte equivale a una etapa del despertar espiritual:

Etapa simbólica Función poética Estado de conciencia
Soledad (I–XIII) Autoconocimiento y purificación Retiro interior, sufrimiento lúcido
Comunión (XIV–XIX) Apertura amorosa al mundo Sanación por empatía y experiencia
Trascendencia (XX–XXVII) Disolución en lo absoluto Plenitud serena y conciencia cósmica

 

Este recorrido transforma la experiencia biográfica en alegoría de la conciencia universal, donde la voz poética ya no es individual, sino arquetípica.

Conclusión: una poética del tránsito

Éter y crepúsculo de la existencia presenta, bajo forma tripartita, un relato espiritual completo: desde la caída de la materia hasta la sublimación del espíritu. En él, el tránsito vital no implica huida del dolor, sino comprensión del sufrimiento como escuela. Las tres partes constituyen una arquitectura simbólica que ilustra la jornada del alma moderna: solitaria, reflexiva y, finalmente, reconciliada con lo divino natural.

Martínez Izquierdo convierte la estructura del libro en el verdadero significado de su mensaje: vivir es aprender a pasar del yo clausurado al éter compartido; del cuerpo doliente al espíritu luminoso; del silencio de la soledad a la palabra de la trascendencia.

 

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