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ELEMENTOS DESTACADOS EN LA MUERTE SIEMPRE NOS DEJA CON ALGO POR HACER

ELEMENTOS DESTACADOS EN LA MUERTE SIEMPRE NOS DEJA CON ALGO POR HACER

 

CALIDAD LITERARIA

Voz y Estilo Autorial

La voz de Fernando Barbero Carrasco en La muerte siempre nos deja con algo por hacer es inmediatamente reconocible porque no está construida: está documentada. No hay persona poética distante entre el hombre que da talleres en prisiones, escala montañas y recorre el Sáhara y el que firma estos 77 poemas. Esa coherencia biográfica absoluta entre vida y escritura es la primera y más determinante característica de la voz autorial.

Barbero trabaja desde una tradición bien interiorizada —Celaya, Blas de Otero, Miguel Hernández, Paco Ibáñez— pero sin reproducirla mecánicamente. El libro cita esa genealogía de forma explícita en “Génesis”: “En mi cerebro se fueron alojando sus palabras: / Celaya, Quevedo, Alberti, Góngora, Hernández, Blas de Otero… / Mi obrera vida no cambió, pero desde entonces / otra luz la iluminaba y otras nubes la oscurecían”. Barbero no imita esos modelos; los digiere y los convierte en dicción propia.

La oscilación tonal es uno de los elementos más sofisticados del libro. Barbero alterna sin esfuerzo aparente el registro elegíaco grave (“la muerte asomándose a las puertas”), el coloquialismo irónico (“¡Joder!, ¿y si tiene razón?”) y la ternura directa (“Y tu espalda, suave y firme”). Esta alternancia no es inconsistencia: es la misma persona respondiendo a situaciones distintas con el tono que cada una merece.

La autoironía es una de las herramientas más efectivas del libro y la que más lo separa de la solemnidad habitual en la poesía comprometida. En “¿Por qué escribimos poemas?”, la cadena de preguntas retóricas incluye “¿Porque mola?” entre las motivaciones posibles. En “San Antonio de los Cobres (Salta)”, el poema termina con una llama que lo mira: “Está sola y yo soy su punto de interés / ¡Por fin sirvo para algo!”. La distancia crítica sobre el propio yo no abandona nunca al autor, incluso en los momentos de mayor intensidad emocional.

Recursos Estilísticos

Metáforas y lenguaje figurado

Barbero prefiere las metáforas sensoriales concretas a las construcciones abstractas. Sus imágenes parten de lo físico para llegar a lo conceptual, no al revés. La memoria no es un concepto filosófico: es “una jauría de perros babeantes” que se abalanza . El olvido no es pérdida abstracta: son las fotografías familiares con “la mitad de los retratados” desaparecidos . La bomba del franquismo no es metáfora bélica: “se llama hambre y aprieta cuerpos y espíritus” .

Cuatro metáforas clave del libro:

“Los recuerdos / como una jauría de perros babeantes / se abalanzaron sobre mí”: la memoria como amenaza animal incontrolable. La imagen es violenta y precisa: los recuerdos no llegan suavemente sino en manada.

“la muerte asomándose a las puertas / Y al final del pasillo: / la dulzura de la mirada de Pilar” : la contraposición no podría ser más directa. La muerte en las puertas, el amor al final del pasillo. La sintaxis visual del hospital como tablero donde se juega la vida.

“A este acto lo llaman la fiesta de la democracia /  fue conducido a la estabulación del voto” : la metáfora ganadera para describir el proceso electoral es de una eficacia devastadora. Los ciudadanos como ganado recién esquilado conducidos al corral del voto.

“Soy un hombre caminando sobre rescoldos”: el título del poema es la metáfora completa. Los rescoldos son lo que queda del fuego político y personal, ya sin llama pero todavía con calor suficiente para quemar.

Sinestesia

Presente y funcionalmente significativa. El caso más elaborado está en “Tren de alta velocidad”: “Un muro rocoso nos sumerge en la oscuridad / y unos segundos más tarde, la luz del cielo / se introduce en nuestros cerebros”. La luz, fenómeno visual, realiza una acción táctil-cerebral que convierte la percepción física del viaje en metáfora del conocimiento. En “San Antonio de los Cobres”: “El sonido del viento blanco” aplica un adjetivo cromático a un fenómeno sonoro-táctil, fusionando tres sentidos en una sola imagen que captura la experiencia física de la altura andina.

Anáforas y repeticiones

La anáfora es la herramienta técnica más característica del libro. Barbero no enuncia conclusiones; las demuestra por acumulación. En “Yo he buscado —sin éxito— a Dios (1958-1961)”, “Era un colegio” se repite seis veces variando solo el complemento  hasta que la conclusión resulta inevitable: “os lo aseguro: no estaba Dios”. En “La felicidad”, cinco repeticiones de “Eras feliz” seguidas de sus consecuencias concretas construyen el retrato de una relación tóxica sin un solo adjetivo moral. La anáfora funciona aquí como método de demostración empírica aplicado a la lírica.

Otros recursos destacables

Los diálogos poéticos con ausentes, objetos y animales recorren el libro: el río Antas, el baobab del desierto, el amigo muerto en “¡Qué prisas!” al que se le reprocha: “¡Qué cabrón! No me has esperado”. Las personificaciones de la naturaleza no son decorativas sino relacionales: Barbero habla con el río y el árbol porque los considera interlocutores legítimos. Las enumeraciones inventariales —listas de camas, de ciudades, de muertos ausentes en fotografías— acumulan evidencia sin jerarquizar, tratando cada elemento con el mismo peso específico.

Estructura y Coherencia

Arco narrativo o temático

El libro no tiene arco narrativo en sentido estricto. La coherencia es expansiva y centrífuga: parte del yo íntimo (primera sección) y se abre progresivamente hacia el mundo (segunda sección: geografía política) y la trascendencia (tercera sección: montaña como metáfora de libertad) hasta el compromiso colectivo (cuarta sección: la plaza como ágora). No hay una historia que se cuenta; hay un sujeto que se despliega desde adentro hacia afuera.

Los títulos de sección —”De epidermis para adentro”, “De tomar el morral y salir”, “De pillar el piolet y mirar hacia la cumbre”, “De juntarnos en la plaza para hablar o caminar por la calle en la noche” — son instrucciones de movimiento, no descripciones de contenido. Proponen gestos físicos que metaforizan la progresión emocional del libro.

Equilibrio entre autonomía y unidad

Cada poema funciona con plena autonomía: los textos más breves, como “Tenía frío” (“Ayer cuando me levanté / tenía frío / Y era primavera”), son completos en sí mismos. Pero la lectura en secuencia añade densidad: “Drogas” se comprende mejor después de “¡Una biblioteca!”, porque ambas establecen las condiciones materiales que produjeron una generación. “¿Dónde?” gana resonancia tras los poemas de amor y viaje que lo preceden, porque el lector ya sabe qué se está perdiendo en ese inventario de ausencias.

Ritmo de lectura

La alternancia de extensiones es una de las decisiones arquitectónicas más cuidadas del libro. Después del poema devastador “Drogas” (15 estrofas sobre la herida generacional), aparece “Mi botijo” (contemplativo, casi lúdico) antes de que “Me voy de mi casa (1983)” vuelva a la intensidad. La función de “Mi botijo” en ese punto no es decorativa sino respiratoria: permite al lector procesar lo anterior sin saltar lo siguiente. Los poemas epigramáticos brevísimos cumplen la misma función a lo largo del libro.

Decisiones estructurales clave

El cierre del libro —”Preparan una guerra más en la tele”— termina con “Miro a mis hijas y tengo miedo”. Es el final más honesto posible: sin resolución épica, sin esperanza declarada, sin llamada a la acción. Solo miedo concreto. Después de 77 poemas que han rechazado sistemáticamente el sentimentalismo y la consolación fácil, cerrar con miedo en lugar de con valor es la coherencia más rigurosa.

La nota en prosa de “¡Qué prisas!” —”En este poema que te dispones a leer o a escuchar, el poeta ha representado / en una persona inexistente a todas aquellas que, amadas, cruzaron al lado / de Tánatos”— rompe brevemente la convención lírica para señalar que el contenido es representación, no confesión directa. Es el único momento en que Barbero pone en evidencia el artefacto poético, y que lo haga una sola vez hace que resulte más significativo.

ELEMENTOS TÉCNICOS ESPECÍFICOS

Aspectos Formales

Formas métricas presentes

Verso libre sin estructura fija es la forma dominante en más de 60 de los 77 poemas. No es el verso libre de musicalidad interna trabajada, sino el que imita el ritmo del habla razonada: frases completas, pausas marcadas por el sentido antes que por la métrica. La elección es coherente con el proyecto ético del libro: una poesía que quiere ser accesible no puede permitirse el hermetismo formal.

El mínimo epigramático aparece en “Tenía frío” (3 versos), “Buenos Aires” (3 versos estructurados como haiku) y varios poemas de la sección de montaña. “Buenos Aires: / En Buenos Aires / nubes navegan altas / El río fluye”. Estos textos no son borradores de poemas más largos: son poemas completos que demuestran que Barbero domina la contención tanto como la expansión.

El poema-crónica aparece en “Tindouf campamentos de refugiados de El Sáhara”, “Ocho millas”, “OTAN en Madrid (2022)” y varios poemas geopolíticos. Son poemas de testigo texturizados con nombres propios verificables, datos precisos y referentes históricos: “El simún y el siroco nos traen / ecos de una palabra en hasanía: / Hurria —independencia—”.

El poema-inventario anafórico en “Camas”, “Yo he buscado —sin éxito— a Dios” y “La felicidad”: poemas organizados en torno a una anáfora estructurante que acumula variaciones de un mismo núcleo.

Heterogeneidad vs. homogeneidad formal

La heterogeneidad formal es estratégica, no arbitraria. El poema epigramático no alterna con el extenso por capricho: aparece cuando el tema lo requiere. “Tenía frío / Y era primavera” no necesita más versos porque la contradicción está completa. “Lisboa” necesita veinte versos porque la ciudad y su historia requieren acumulación. La forma sigue al contenido con consistencia.

Encabalgamiento

Selectivo y funcional. En “La Sierra Norte Guadalajareña”: “Una bomba más poderosa que la atómica / ha desalojado urgentemente a los pobladores”: la pausa después de “atómica” crea un segundo de suspensión bélica. La resolución en la siguiente línea —que la bomba es el hambre— convierte la espera lectora en experiencia del engaño ideológico. La forma produce exactamente el efecto que el contenido describe.

Coherencia Interna

Consistencia temática

El campo semántico dominante es autobiográfico-político, pero no se sostiene uniformemente: se desplaza entre lo íntimo (amor, hijas, vejez), lo geográfico (viajes, montaña, desierto) y lo político (represión, capitalismo, guerra). Esta multiplicidad no genera incoherencia porque todos los campos están mediados por la misma voz. Lo que une el poema sobre el botijo y el poema sobre los refugiados saharauis no es el tema sino la mirada que los observa: alguien que trata ambas realidades con la misma atención y el mismo respeto.

Equilibrio tensión-calma

La distribución de intensidades es una de las grandes virtudes estructurales del libro. El poema “Solo a veces” —con su hipérbole cómica de “se me resucitan las ganas de matar” — aparece entre textos de mayor gravedad emocional y descomprime la acumulación sin traicionar el tono general. Los poemas más contemplativos de la sección de montaña funcionan como válvula de decompresión entre la denuncia política de la segunda y cuarta sección. La alternancia es consciente y bien calibrada.

Fluidez de lectura

El lenguaje es accesible por principio, no por simplificación. Los términos cultos que aparecen —”concupiscencia”, “entelequia”, “piélago”, “sarcopterigios” — se integran en contextos que los explican implícitamente o los convierten en objeto de atención explícita: “Concupiscencia, ¡qué bella palabra! Pecadora y arrebatada”. No hay ningún término que requiera nota al pie. Las referencias culturales (Homero, Kropotkin, Los Rolling Stones en Lisboa) se sitúan siempre en contextos que permiten su comprensión sin conocimiento previo obligatorio.

ANÁLISIS DE CONTENIDO TEMÁTICO

Temas Principales y Secundarios

El tema principal es el tiempo como sustancia que escapa: lo que se interrumpe, lo que queda sin completar, lo que existió y ya no está. El título lo enuncia con precisión programática y el libro lo desarrolla en todas sus variantes: la revolución política que quedó pendiente, la generación diezmada por la heroína, los amores que terminaron, los amigos muertos demasiado pronto, las montañas no ascendidas.

Los temas secundarios que lo atraviesan son tres. La memoria histórica del franquismo y la transición no como ejercicio nostálgico sino como diagnóstico del presente: “No habíamos leído a Homero”  es simultáneamente descripción de los años 70 y explicación de por qué se perdió aquella oportunidad política. El viaje como forma de conocimiento político: cada geografía lleva inscrita una injusticia o una utopía, nunca es turismo. La escritura poética como acto ético: “¿Por qué escribimos poemas? /  No lo sé, pero hoy he escrito otro / Me buscaba y me encontró”.

Los temas se desarrollan en capas. “Camas” es literalmente un inventario de lugares donde se durmió; simbólicamente, es una autobiografía de las situaciones vitales que esas camas contienen (calabozo, hospital, amor, deseo); conceptualmente, es una reflexión sobre lo que nos marca y lo que elegimos recordar.

Originalidad temática

La originalidad no está en los temas —muerte, viaje, amor, compromiso político son materia poética de todas las tradiciones— sino en el tratamiento. Lo que hace que este libro no sea uno más sobre la muerte o la militancia es la coherencia entre sujeto vivido y sujeto poético. Barbero no escribe sobre la represión franquista desde la distancia académica ni sobre los refugiados saharauis desde el altruismo turístico: escribe desde la experiencia directa de quien estuvo allí. Esa verificabilidad biográfica es la diferencia específica del libro.

Profundidad Emocional

La capacidad de conexión emocional del libro es profunda pero no inmediata: requiere que el lector permita la acumulación. Un poema aislado de Barbero puede parecer demasiado directo, demasiado llano. En secuencia, la acumulación de experiencias concretas construye un retrato emocional de gran densidad. “¿Dónde?” solo funciona plenamente si el lector ha acompañado al poeta durante los poemas anteriores: “Yo estaba allí / y no sé dónde han ido / los álamos brillantes de mi juventud / las nieblas matutinas / y las personas amadas”.

Ambigüedad vs. claridad

El libro elige la claridad en la mayoría de los poemas, pero sus finales son frecuentemente ambiguos. “Hospital Clínico de Madrid” cierra con “Merece la pena haber sobrevivido”: ¿afirmación o pregunta que se contesta afirmativamente? El cierre del libro, “Miro a mis hijas y tengo miedo”, es intencionalmente abierto: el miedo concreto no se resuelve en esperanza ni en resignación. La ambigüedad de los finales no es indecisión sino honestidad: la realidad tampoco se resuelve limpiamente.

Sentimentalismo

Barbero evita el sentimentalismo mediante tres mecanismos que operan simultáneamente. La autoironía: en los momentos de mayor carga emocional, una imagen o un giro cómico desactiva el patetismo sin anular el sentimiento. La concreción: las emociones se anclan siempre en objetos físicos o situaciones verificables, lo que las sustrae del territorio vago donde vive el sentimentalismo. Y la ausencia de resolución: los poemas no consuelan porque la realidad que describen tampoco consuela.

TÉCNICAS LITERARIAS DESTACADAS

Recursos Sensoriales

Los cinco sentidos están presentes con funciones diferenciadas. La vista domina el libro y actúa como reveladora de estados emocionales: “la luz vespertina / me inunda como una bella metáfora” . El olfato activa la memoria y convierte el pasado en presente continuo: “Lisboa aún huele a los claveles revolucionarios / y a la pólvora del arma republicana”. El tacto dice lo más difícil: “Y tu espalda, suave y firme” ; “la fuerza en las manos de Paula / el abrazo cálido y reconfortante de Andrea” . El oído capta lo político: “El simún y el siroco nos traen / ecos de una palabra en hasanía: / Hurria —independencia—”. El gusto marca los momentos de hospitalidad y comunidad: “qué rica está el agua” ; “¿Otro vaso?: no dudo, no me niego / Me entrego al juego” .

Sinestesia como técnica específica

Presente en momentos estratégicos. “El sonido del viento blanco”  funde oído, vista y tacto. La “luz azulada” que “nos inocula las ganas de quedarnos”  mezcla percepción visual con efecto anímico mediante un verbo médico. La sinestesia aparece cuando la intensidad perceptiva supera la capacidad de un solo sentido para contenerla.

Corporalidad del lenguaje

Las emociones se anclan sistemáticamente en el cuerpo. “Me tumbo y siento en mis sienes / el golpeteo de la bomba que mueve mi sangre”. El corazón como bomba mecánica no deshace el lirismo; lo corporaliza. “Yo he sacudido la cabeza / y las gotas de agua han precipitado / los pensamientos contra el suelo” : los pensamientos tienen peso físico, caen como gotas.

Estructura Retórica

Las anáforas son el recurso más frecuente y el más definitorio. En “¿Por qué escribimos poemas?”, doce preguntas anafóricas con “¿Porque…?” acumulan motivaciones hasta que la respuesta simple suena como revelación. En “La felicidad”, la repetición de “Eras feliz” seguida de sus consecuencias construye el diagnóstico de una relación sin necesidad de adjetivos.

Las enumeraciones funcionan como inventarios democráticos: “las miradas / los madrugones / los polvos / ¿dónde están?” . La acumulación sin jerarquía dice que todos esos elementos perdidos tienen el mismo peso en la memoria. En “Génesis”, la enumeración de poetas —”Celaya, Quevedo, Alberti, Góngora, Hernández, Blas de Otero”— mezclando siglos y estilos, dice que ese armario familiar no distinguía épocas ni clases.

El recurso retórico más notable es la anáfora como método epistemológico: Barbero no declara la verdad, la demuestra por acumulación de casos. Cada repetición añade evidencia hasta que la conclusión resulta inevitable. Es una técnica de persuasión empírica aplicada a la lírica que resulta extraordinariamente eficaz para una poesía que quiere ser comprendida sin necesitar ser descifrada.

SÍNTESIS FINAL

Las fortalezas técnicas principales del poemario son cuatro. La coherencia biográfica absoluta entre voz poética y vida vivida, que sustrae al libro del riesgo de la impostura. La arquitectura de cuatro secciones en expansión centrífuga que organiza la multiplicidad temática sin asfixiarla. El uso estratégico de la anáfora como demostración empírica en lugar de ornamento lírico. Y la alternancia de extensiones y registros tonales que gestiona la intensidad emocional del conjunto evitando la saturación.

Como aspecto mejorable, algunos poemas de la primera sección permanecen en el registro del diario personal sin llegar a trascenderlo: la experiencia concreta no siempre alcanza la carga simbólica que los mejores textos del libro logran. Es la tensión natural de una poesía que apuesta por la autenticidad biográfica como método: el precio de la veracidad es que no todos los momentos vividos tienen la misma densidad poética.

Lo que hace funcionar La muerte siempre nos deja con algo por hacer como conjunto es que resuelve el problema más difícil de la poesía comprometida española: ser accesible sin ser superficial, ser política sin ser panfletaria, ser confesional sin ser autocomplaciente. Barbero lo consigue porque su compromiso ético precede y condiciona todas las decisiones técnicas. La forma sirve al proyecto, y el proyecto es suficientemente honesto para que la forma no necesite disimularlo.

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