Olivares Tomás, Ana María. «Artículo académico — barbero, celaya, blas de otero: continuidades y rupturas en la poesía civil española del siglo XXI. análisis comparativo de la muerte siempre nos deja con algo por hacer (ediciones rilke, 2026)». LA MUERTE SIEMPRE NOS DEJA CON ALGO POR HACER. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 21 de febrero de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.18725997
BARBERO, CELAYA, BLAS DE OTERO: CONTINUIDADES Y RUPTURAS EN LA POESÍA CIVIL ESPAÑOLA DEL SIGLO XXI
Artículo académico
Propuesta de publicación en Ínsula. Revista de Letras y Ciencias Humanas / Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
Resumen
El poemario La muerte siempre nos deja con algo por hacer (Ediciones Rilke, 2026), de Fernando Barbero Carrasco, declara abiertamente en su poema “Génesis” una doble filiación literaria: la de Gabriel Celaya y la de Blas de Otero. El presente artículo establece un análisis comparativo sistemático entre la poética de Barbero y la de sus predecesores de la llamada generación del cincuenta, midiendo las continuidades ideológicas y formales que los unen y las diferencias que el contexto histórico impone entre un proyecto poético concebido bajo la dictadura franquista y uno escrito en la democracia española del siglo XXI, desde la perspectiva de la derrota de los proyectos emancipadores de los años setenta. La hipótesis central sostiene que Barbero reactualiza el programa de la poesía como herramienta social de Celaya, adopta el horizonte de destinatario colectivo de Blas de Otero y transforma ambos modelos en función de un contexto histórico radicalmente distinto: el de la postverdad democrática, el desencanto y la melancolía generacional.
Palabras clave: poesía social española, generación del cincuenta, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Fernando Barbero Carrasco, poesía comprometida, siglo XXI, literatura comparada.
- Introducción
Toda tradición literaria se reproduce mediante la lectura, la apropiación y la transformación de sus modelos. En la tradición de la poesía civil española, el mecanismo de reproducción ha sido particularmente explícito: los poetas comprometidos del siglo XX y del XXI han tendido a declarar sus filiaciones, a citar a sus maestros y a construir su posición en el campo literario tanto desde lo que dicen como desde lo que nombran. En el caso de Fernando Barbero Carrasco, esta declaración de filiación aparece en el poema “Génesis”, donde el yo poético enumera los nombres que fueron formando su conciencia poética y política:
En mi cerebro se fueron alojando sus palabras:
Celaya, Quevedo, Alberti, Góngora, Hernández, Blas de Otero…
Mi obrera vida no cambió, pero desde entonces
otra luz la iluminaba y otras nubes la oscurecían
La lista es heterogénea y su heterogeneidad es significativa. Junto a los nombres del canon académico —Quevedo, Góngora— aparecen los nombres de quienes hicieron de la poesía un instrumento de combate político y social: Hernández, Alberti, Celaya, Blas de Otero. La convivencia de ambas tradiciones en la lista no implica una equivalencia: lo que el yo poético ha asimilado de Quevedo y Góngora es, presumiblemente, el arte del lenguaje; lo que ha asimilado de Celaya y de Otero es, ante todo, una ética y una función para la escritura. Esa función —la poesía como instrumento de conocimiento, de denuncia y de construcción de comunidad— es el eje en torno al cual gira el presente análisis.
El corpus del artículo comprende tres obras: Cantos iberos (1955) de Gabriel Celaya, Ángel fieramente humano (1950) de Blas de Otero, y La muerte siempre nos deja con algo por hacer (2026) de Fernando Barbero Carrasco. La metodología combina la literatura comparada —análisis de intertextos, tradiciones y apropiaciones— con el análisis estilístico de recursos formales específicos y el análisis ideológico del discurso poético, prestando especial atención a la construcción del “nosotros” poético, a la relación entre forma y contenido, y a la función asignada a la escritura en cada uno de los tres autores.
- Marco teórico
El análisis se apoya en tres grandes tradiciones teóricas. La primera es la historia de la poesía española moderna, tal como la han reconstruido Juan José Lanz en La poesía española en los años setenta (1994) y en sus diversos trabajos sobre la generación del cincuenta y las generaciones posteriores, así como Fanny Rubio y José Luis Falcó en su influyente antología Poesía española contemporánea (1939-1980). Estos estudios permiten situar a Celaya y a Blas de Otero dentro de las coordenadas históricas y estéticas en las que sus obras se produjeron, y al mismo tiempo identificar los cambios de paradigma que separan la poesía social del período franquista de las escrituras comprometidas del siglo XXI.
La segunda tradición es la de la teoría del realismo literario, en su articulación con la poética comprometida. Lukács distinguió, en El alma y las formas (1910) y en escritos posteriores, entre un realismo que refleja la superficie de lo real y un realismo que penetra en sus contradicciones estructurales. En la poesía española, esta distinción se ha aplicado con resultados productivos para analizar la diferencia entre una poesía costumbrista y testimonial y una poesía que aspira a ser instrumento de transformación. La obra de Celaya y de Otero se inscribe inequívocamente en el segundo registro; la de Barbero también, aunque con las modulaciones que se analizarán.
La tercera tradición es la de la pragmática literaria y la teoría de los actos de habla. Una poesía que se concibe como herramienta social no solo describe el mundo: actúa sobre él. Analizar sus actos de habla —las interpelaciones al lector, las declaraciones programáticas, las denuncias, los elogios, los duelos— permite entender en qué medida y de qué manera el poema pretende modificar la conciencia y, a través de ella, la conducta de sus destinatarios.
- La tradición de la poesía social española: Celaya y Blas de Otero
3.1 Gabriel Celaya: la poesía como arma
Cantos iberos (1955) es la obra en que Gabriel Celaya formula de manera más explícita y programática su concepción de la poesía como instrumento de acción política. El poema “La poesía es un arma cargada de futuro” contiene la declaración más citada de toda la poesía social española del siglo XX: “Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día, / pan de los simples, manjar de los fuertes, / eternamente, / en nuestro amor infundida”. Y también su contrapartida crítica: “Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, al margen de nuestro mundo, se aspiran / eternamente / en las olas del mar”. El programa que estos versos formulan es nítido en sus coordenadas: la poesía tiene un destinatario colectivo (“el pobre”, “los simples”), una función social (“el pan de cada día”), y un adversario ideológico (la poesía como “lujo cultural”, la estética de los “neutrales” que se desentienden de la realidad histórica).
El Celaya de Cantos iberos escribe desde un horizonte de lucha activa. Su “nosotros” es el de quienes combaten contra el franquismo, y la función de la poesía es contribuir a esa lucha dotando al combatiente de conciencia, de palabra y de comunidad. El optimismo militante que impregna el libro —la convicción de que la poesía cargada de futuro puede realmente contribuir a construir ese futuro— es inseparable del contexto de resistencia antifranquista en el que se produce. La poesía de Celaya no puede entenderse sin ese enemigo concreto y sin esa esperanza igualmente concreta de derrotarlo.
3.2 Blas de Otero: del yo existencial al nosotros social
La trayectoria de Blas de Otero describe un arco que va del yo torturado de Ángel fieramente humano (1950) al nosotros colectivo de Pido la paz y la palabra (1955). En Ángel fieramente humano, la angustia existencial ante el silencio de Dios coexiste ya con la conciencia de una responsabilidad social: el poeta no puede limitarse al grito privado cuando el mundo que lo rodea está lleno de injusticia y de dolor. La famosa dedicatoria “A la inmensa mayoría” —que invierte el programa de Gerardo Diego, quien dedicara su poesía “a la exigua minoría”— es el gesto fundacional de esta transición: el yo poético decide que su destinatario no es la élite culta sino el pueblo. Este gesto tiene consecuencias formales inmediatas: la lengua se hace más directa, los metros se flexibilizan, la imagen hermética retrocede ante el verso que busca ser entendido.
En Otero, sin embargo, la tensión entre la complejidad formal —sus sonetos erizados de quiebros sintácticos, sus juegos conceptistas heredados de Quevedo— y la aspiración a la comunicación directa nunca se resuelve del todo. Su poesía es un campo de batalla estético en el que la dificultad y la accesibilidad se confrontan permanentemente. Esta tensión es, a su manera, más honesta que el populismo formal de algunos de sus contemporáneos: reconoce que la poesía no puede simplificarse sin coste, y que la lucha por la comunicación con la “inmensa mayoría” pasa necesariamente por una negociación con la tradición literaria.
- Barbero en el campo de la poesía civil española del siglo XXI
El poemario de Barbero se inscribe en este campo como una voz singular dentro de una genealogía reconocible. La declaración de filiación en “Génesis” no es un gesto arqueológico ni una referencia erudita: es el reconocimiento explícito de una herencia que el autor ha interiorizado y transformado. Pero la transformación es tan importante como la herencia, y el análisis comparativo debe dar cuenta de ambas dimensiones con igual rigor.
El contexto en que Barbero escribe en 2026 es radicalmente distinto al de Celaya en 1955 y al de Otero en 1950. Ya no hay una dictadura contra la que combatir: hay una democracia que el yo poético considera, con argumentos desarrollados a lo largo del libro, una forma de neutralización de los proyectos emancipadores más que un logro irreversible. El enemigo no es el franquismo sino la normalización, el conformismo, el sistema de valores del capitalismo de consumo que convirtió a los militantes de los años setenta en compradores de “coches, casas, televisores de plasma”. Esta diferencia de contexto transforma profundamente la función y el tono de la escritura: donde Celaya podía aún apelar a un futuro posible, Barbero escribe desde la perspectiva de un futuro que llegó y resultó ser diferente de lo prometido.
- Continuidades: el programa de la poesía como herramienta
5.1 La poesía necesaria
La continuidad más directa entre Celaya y Barbero es la concepción de la poesía como algo necesario: no un ornamento de la vida sino una de sus condiciones de posibilidad. Celaya lo formuló con la imagen del pan cotidiano; Barbero lo formula desde la pregunta radical sobre el origen del impulso poético:
¿Por qué escribimos poemas?
¿Porque los escriben los demás?
¿Porque los escribe el vecino?
¿Porque mola?
¿Porque nuestro ego nos lo solicita amablemente?
¿Porque una idea nos taladra el cerebro?
¿Porque una palabra busca el sol?
¿Porque los deseos se transforman en frases?
¿Porque es nuestra espita de huida?
¿Porque tenemos dudas?
¿Porque algunas certezas nos rodean?
No lo sé, pero hoy he escrito otro
Me buscaba y me encontró
La enumeración de once preguntas sin respuesta y la resolución paradójica en el verso final —”Me buscaba y me encontró”— invierten la relación de causalidad que Celaya establecía entre la necesidad social y el acto de escritura. En Celaya, el poeta escribe porque el pueblo lo necesita, porque la historia lo requiere, porque la lucha reclama una voz. En Barbero, el poema llega sin ser convocado, se impone desde dentro: “me buscaba”. Esta diferencia no es una traición al programa social de Celaya sino una modulación de él: la necesidad ha pasado del exterior al interior, del mandato histórico a la compulsión existencial. Pero el resultado —el poema escrito, la palabra pronunciada— sigue siendo necesario en el sentido de que no puede no ser.
La continuidad aparece también en la definición que Barbero hace de la función de sus poemas en el texto-manifiesto “Poemas”: “Mis poemas son contundentes en su aparente fragilidad”. La “contundencia” es el atributo que también Celaya reclamaba para su poesía —un arma, no un adorno—, y la “aparente fragilidad” reconoce que esa contundencia no depende de la fuerza retórica sino de la precisión del golpe. La metáfora bélica subyacente —el arma, el golpe— conecta con la terminología militante de la poesía social de los cincuenta sin reproducirla literalmente.
5.2 El destinatario colectivo y la desconfianza del canon
Otra continuidad fundamental es la orientación de la escritura hacia un destinatario que no es la élite literaria sino el lector común, el que no tiene tiempo de aprender prosodía ni de descifrar imágenes herméticas. Esta orientación se manifiesta en los tres autores como una desconfianza activa de las formas poéticas que requieren un capital cultural específico para ser apreciadas.
En Celaya, la desconfianza se expresa como maldición explícita de la poesía concebida como “lujo cultural”. En Otero, se expresa como una tensión productiva entre la herencia formal (el soneto, el endecasílabo) y la aspiración a la comunicación directa. En Barbero, la desconfianza se expresa como ironía y como declaración de principios en “Poemas”:
Sonetos, alejandrinos y endecasílabos
no son, demasiada complejidad
Elegías, odas y madrigales tampoco
La lista de formas rechazadas menciona con precisión las mismas formas que Otero usaba y que Celaya utilizaba todavía en algunos de los poemas más elaborados de Cantos iberos. El gesto de Barbero va, pues, un paso más allá que el de sus predecesores: donde Otero negociaba con las formas del canon sin renunciar a ellas del todo, Barbero las descarta sin nostalgia. La “demasiada complejidad” no es una limitación del autor sino una crítica de las formas en cuanto mecanismos de exclusión cultural.
La continuidad en la orientación hacia el destinatario colectivo se refuerza en el poemario a través de la herencia explícita de la definición que el padre del yo poético hace de Miguel Hernández:
Mi padre me contaba la serena fuerza de un pobre
que se mezcla con los burgueses de la cultura
Un hombre que escribe derecho y fuerte
una poesía entendible por los trabajadores
La definición —”entendible por los trabajadores”— es el criterio de legitimación de la escritura que Barbero hereda de su padre y, a través de él, de la tradición de la poesía comprometida. No es el criterio del académico ni el del crítico literario: es el criterio de la recepción popular. Esta herencia del padre convierte la tradición literaria comprometida en una tradición oral y familiar, transmitida de generación en generación por los vínculos afectivos más que por las instituciones culturales.
5.3 La denuncia del poder eclesiástico y político
Los tres autores comparten la denuncia del poder eclesiástico como instrumento de dominación ideológica. En Blas de Otero, la lucha con Dios es el eje estructural de Ángel fieramente humano: el poeta interela a un Dios que no responde y acaba concluyendo que ese silencio es una forma de complicidad con el sufrimiento humano. En Celaya, la Iglesia aparece como aliada del franquismo, como parte del aparato ideológico que legitima la dictadura y neutraliza la resistencia popular. En Barbero, la crítica eclesiástica aparece en el poema “Yo he buscado —sin éxito— a Dios (1958-1961)”, donde la anáfora “Era un colegio…” construye una imagen sistemática del colegio religioso como espacio de represión y de mentira:
Era un colegio lleno de curas
y yo buscaba en ellos el Dios
del que nos hablaban continuamente
Era un colegio en Atocha
y la mirada de los frailes
era oscura y plena de ira
Era un colegio en Madrid
y en las sotanas de los clérigos
y profesores se ocultaban mentiras
La estructura anafórica —”Era un colegio…”— tiene una función acumulativa que recuerda los paralelismos de la poesía bíblica y de la poesía popular, y que conecta con el procedimiento anafórico que Otero utilizaba en sus poemas de mayor aliento retórico. La conclusión del poema — “os lo aseguro: no estaba Dios” — comparte con Otero la búsqueda fallida de lo divino, pero la sitúa en un espacio histórico concreto —el colegio jesuita de Atocha en el Madrid de finales de los cincuenta— en lugar de proyectarla hacia el absoluto metafísico. La denuncia de Barbero es más sociológica y menos teológica que la de Otero: lo que falla no es Dios en cuanto entidad metafísica sino la institución eclesiástica en cuanto aparato de dominación.
- La construcción del “nosotros”: del antifranquismo a la democracia fallida
6.1 El “nosotros” militante de Celaya
En Cantos iberos, el “nosotros” de Celaya es fundamentalmente prospectivo: es el sujeto colectivo que construye el futuro, que porta el arma cargada de esperanza, que se solidariza con “cuantos con sus venas / abren caminos al mundo nuevo en España”. Este “nosotros” está constituido por la urgencia del presente histórico: el franquismo es el enemigo real, la represión es inmediata y concreta, y la poesía debe ser tan urgente como la situación que la genera. El tono es el de la proclama, del llamamiento: la poesía de Celaya interpela directamente a sus destinatarios para pedirles que se sumen al combate.
6.2 El “nosotros” de Blas de Otero: entre el yo y la mayoría
En Otero, la construcción del “nosotros” es más problemática y más rica en tensiones. El poeta parte de un yo profundamente individualizado —el yo angustiado, existencialmente solo— y aspira a disolver ese yo en la “inmensa mayoría”. Pero esa disolución nunca es completa: hay siempre en Otero una conciencia del poeta como voz singular que habla en nombre de una colectividad a la que no se confunde con ella. El “nosotros” de Otero es representativo, no fusional: el poeta es el que articula lo que los demás sienten pero no pueden decir. Esta concepción del poeta como portavoz tiene una tradición romántica y tiene también una dimensión política: el poeta asume una responsabilidad de representación que implica tanto un privilegio —la capacidad de hablar— como una obligación —la de no traicionar a los representados.
6.3 El “nosotros” retrospectivo y elegíaco de Barbero
El “nosotros” de Barbero es estructuralmente diferente de los dos anteriores. No es prospectivo como el de Celaya ni representativo como el de Otero: es retrospectivo y elegíaco. Es el “nosotros” de los que estuvieron juntos, lucharon juntos y fueron derrotados juntos. Este “nosotros” se construye mirando hacia atrás, hacia el tiempo en que todavía era posible creer que “esta vez, sí”:
Teníamos la esperanza
Jamás nos rendíamos y volvíamos
a las calles. Los hicimos temblar
Teníamos la esperanza
y la fe de que esta vez sí…
que esta vez lo lograríamos
La lucha era el pan cotidiano
Teníamos la belleza y la luz con nosotros
y la pertinaz solidaridad de los hermanos
El pretérito imperfecto —”teníamos”, “nos rendíamos”, “íbamos”— sitúa el “nosotros” en un pasado que ya no es. La construcción temporal es la inversa de la que usaba Celaya: donde Celaya conjugaba en presente y en futuro (“la poesía es un arma”, “abre caminos al mundo nuevo”), Barbero conjuga en pasado. Esta diferencia gramatical es también una diferencia ideológica: el horizonte de esperanza que sustentaba el “nosotros” militante de Celaya ya no está disponible para Barbero, no porque el autor haya abandonado sus convicciones sino porque la historia ha transcurrido y sus resultados son visibles.
El “nosotros” de Barbero incluye también a los que no sobrevivieron para contar la historia. El poema “Drogas” termina con una imagen que condensa décadas de pérdida: “De las viejas fotografías ha desaparecido / la mitad de los retratados, ¡ya no están!”. El “nosotros” es, pues, un colectivo parcialmente fantasmal: incluye a los vivos y a los muertos, a los que resistieron y a los que se rindieron, a los que se convirtieron en “conformistas” y a los que siguieron pintando A circuladas en las paredes. En este sentido, el “nosotros” de Barbero es más inclusivo y más trágico que el de Celaya: no excluye a los derrotados ni a los caídos, sino que los convoca como parte de una comunidad que la derrota no ha podido disolver del todo.
- La derrota como tema nuevo: la ruptura histórica fundamental
La diferencia más profunda entre Barbero y sus predecesores no es formal sino histórica: Barbero escribe sobre la derrota de unos proyectos que Celaya y Otero contribuyeron a construir. Esta posición —la del heredero que debe dar cuenta de lo que se hizo con la herencia— no tiene equivalente en Cantos iberos ni en Ángel fieramente humano, porque esas obras se escriben antes de saber cómo termina la historia. Barbero escribe después de saberlo, y esa asimetría temporal transforma radicalmente el tenor de su escritura.
El análisis de la derrota en el poemario es implacable en su precisión. El poema “No leímos a Homero” identifica los mecanismos concretos de la rendición —”Leyes, votos, dinero y sonrisas falsas” — y los efectos materiales e ideológicos de la integración en el sistema: “Compramos coches, casas, televisores de plasma / Abandonamos la idea de clase / y descartamos la palabra dignidad”. Esta enumeración del fracaso no tiene precedente en la poesía de Celaya ni en la de Otero: no porque esos autores fueran incapaces de verlo sino porque en su momento histórico la derrota todavía no había ocurrido. Barbero escribe desde el otro lado del fracaso, y esa perspectiva le obliga a una honestidad que el militantismo activo no siempre permite.
El poema “Un espacio de tiempo” desarrolla esta misma lógica con una radicalidad que convierte el análisis político en elegía personal:
La revolución quedó primero aplazada
Luego postergada y más tarde suspendida
Pero no todo fue derrota
Nos queda el ejercicio de la libertad total
La montaña y la amistad
La gradación —aplazada, postergada, suspendida— es un análisis político en tres tiempos que describe con precisión el proceso de neutralización de la energía revolucionaria durante la Transición. La paradoja es que esta gradación, que debería conducir a la desesperación, concluye con una afirmación de lo que queda: la libertad total del cuerpo en la montaña y la amistad entre compañeros. Esta conclusión sería imposible en Celaya, cuyo horizonte de valores no incluye la naturaleza como espacio de resistencia política, y tiene solo un precedente lejano en la valoración que Otero hace de los vínculos humanos concretos como contrapeso a la angustia existencial.
- Innovaciones formales de Barbero respecto al modelo de la poesía social
8.1 El verso libre absoluto frente a la persistencia del metro en Celaya y Otero
La primera innovación formal de Barbero es la más visible: la adopción de un verso libre absoluto que rompe con cualquier recurrencia silábica o acentual sistemática. Esta elección lo distingue de ambos predecesores de manera significativa. Celaya, aunque tendía hacia formas más libres en sus poemas más coloquiales y declarativos, mantuvo a lo largo de su carrera una relación productiva con los metros de la tradición: el verso endecasílabo, el verso de arte mayor, el versículo de resonancias bíblicas. Otero, por su parte, utilizó el soneto como forma central de Ángel fieramente humano, precisamente porque la tensión entre la forma clásica y el contenido moderno y angustiado creaba una energía poética específica que él supo explotar. La quiebra del endecasílabo, el verso que se desborda del molde, el encabalgamiento violento: todos esos procedimientos son posibles solo en relación con una norma métrica de la que el poema se aleja conscientemente.
Barbero rechaza esa relación con la norma. Su verso libre no nace del metro clásico ni dialoga con él: simplemente prescinde de él. El propio autor lo declara en el poema “Poemas” con una exactitud casi documental:
En cuanto al número de sílabas: las cuento
Dos, cuatro, seis, ocho, diez…, ¡nada!
cada verso tiene una cantidad diferente
No son octosílabos ni poemas japoneses
La enumeración numérica —dos, cuatro, seis, ocho, diez— y su cancelación mediante la exclamación “¡nada!” escenifica el proceso de escansión y su resultado: la irregularidad total. Esta irregularidad no es una limitación sino una declaración de principios: el verso de Barbero no quiere ser medido porque la medida es una imposición de la autoridad académica sobre la voz libre.
8.2 La anáfora como sustituto estructural de la rima
El recurso que en el poemario de Barbero cumple la función organizativa que la rima y el metro cumplen en la poesía formal es la anáfora. Este procedimiento —la repetición de una misma unidad sintáctica al inicio de versos o estrofas sucesivas— aparece de manera sistemática en los poemas de mayor contenido político y emocional. “No leímos a Homero” abre tres estrofas con “Teníamos la esperanza”; “Yo he buscado —sin éxito— a Dios” construye siete estrofas sobre la fórmula “Era un colegio…”; “La felicidad” repite “Eras feliz” en cuatro estrofas antes de invertirla en “Soy feliz”.
La anáfora tiene precedentes en los tres poetas comparados. En Otero, la anáfora funciona como procedimiento retórico de intensificación emocional heredado de la tradición bíblica y del cante jondo. En Celaya, la anáfora tiene una función performativa: la repetición construye la solidaridad mediante la incantación colectiva, como en un coro o en un mitin. En Barbero, la anáfora cumple ambas funciones —intensificación emocional y estructuración del discurso— sin añadir la función incantatorio-militante que tenía en Celaya. El tono de Barbero es más narrativo y más melancólico que el de sus predecesores, y la anáfora refleja esa diferencia de registro.
8.3 La ironía y el humor como recursos diferenciadores
La tercera innovación formal de Barbero respecto a sus predecesores es el uso sistemático de la ironía y del humor como recursos expresivos. Celaya y Otero escriben casi siempre en serio: la gravedad del momento histórico y la urgencia de la lucha no parecen compatibles con el humor. Hay excepciones —Celaya tiene poemas de tono más ligero, y Otero cultiva a veces el juego verbal— pero el registro dominante en ambos autores es el de la intensidad emocional y la dicción elevada.
En Barbero, el humor aparece con una naturalidad que lo convierte en uno de los rasgos estilísticos más característicos del libro. El poema “Poemas” responde a la acusación de no escribir poesía con una ironía que desactiva la autoridad del censor: “¡Joder!, ¿y si tiene razón? Veamos:”. El poema “Un poema de amor” incorpora la irrupción de un amigo que destruye con un argumento teórico el poema romántico que el yo poético estaba construyendo: “Me dice Matías Escalera que el amor romántico / no existe, que es un constructo mental / inventado y artificial…, ¡qué cabrón!”. El poema “Un homenaje a Monty Python” convierte el análisis del franquismo en una parodia de asamblea libertaria. En todos estos casos, el humor no vacía el contenido político sino que lo refuerza: la risa es un instrumento de crítica que desenmascara la seriedad del poder.
Esta diferencia de registro responde a la diferencia de contexto. Celaya y Otero escriben contra un poder que los censura, los persigue y los encarcela: la gravedad es una respuesta proporcionada a esa amenaza real. Barbero escribe en democracia, contra un poder que no censura ni encarcela sino que normaliza y absorbe: la ironía es la respuesta proporcionada a ese tipo de amenaza, porque solo la distancia irónica puede desactivar la seducción del conformismo. La risa de Barbero no es la risa de quien ha ganado sino la de quien sobrevive y mantiene lúcida la conciencia crítica.
8.4 La dimensión autobiográfica como innovación estructural
Una cuarta innovación formal de Barbero respecto al modelo de la poesía social clásica es la centralidad de la dimensión autobiográfica. En Celaya y en Otero, el yo poético tiende a funcionar como portavoz de una colectividad: se disuelve en ella o la representa. En Barbero, el yo poético es, ante todo, una persona concreta con una historia específica: el joven madrileño de clase obrera que se inicia en la poesía a través de un LP de Paco Ibáñez, que conoce la cárcel, que escala en la Sierra Norte de Guadalajara, que pierde amigos a las drogas, que enferma y es operado en el Hospital Clínico de Madrid. Esta especificidad autobiográfica no debilita la dimensión colectiva: la refuerza, porque hace visible el proceso mediante el cual una experiencia individual se convierte en experiencia generacional.
Los poemas que incluyen fechas en el título —”Me voy de mi casa (1983)”, “Yo he buscado —sin éxito— a Dios (1958-1961)”, “La Sierra Norte guadalajareña (invierno 1974)”— son la manifestación más clara de esta estrategia autobiográfica. Las fechas convierten el poema en un documento: no solo literario sino histórico, biográfico, verificable en principio. Esta voluntad de precisión documental tiene más en común con el diario o con las memorias que con la oda civil de Celaya o con el soneto existencial de Otero. Es una innovación que refleja el agotamiento de las formas impersonales de la poesía comprometida y la búsqueda de una nueva forma de autoridad poética basada en el testimonio directo.
- El contexto histórico como variable transformadora: del combate al duelo
El análisis comparativo permite concluir que la diferencia más profunda entre Barbero y sus predecesores no es ni formal ni ideológica en sentido estricto: es temporal y afectiva. Celaya y Otero escriben en el tiempo de la lucha; Barbero escribe en el tiempo del duelo. Esta diferencia no implica una continuidad menor ni una filiación menos genuina: implica una transformación de los instrumentos y del tono que es en sí misma una respuesta creativa al cambio histórico.
El duelo que el poemario de Barbero elabora es un duelo por la generación, por la utopía y por los muertos. El programa de Celaya —”la poesía es un arma cargada de futuro”— se transforma en el de Barbero en algo más complejo y más melancólico: la poesía es un archivo de la memoria de quienes lucharon, una forma de resistir el olvido que la normalización democrática impone. “De las viejas fotografías ha desaparecido / la mitad de los retratados, ¡ya no están!”: esta imagen es el reverso exacto del optimismo militante de Celaya. No hay futuro cargado de esperanza; hay un pasado lleno de ausencias. La escritura ya no puede transformar el presente, pero puede impedir que ese presente borre lo que ocurrió.
Este desplazamiento del arma al archivo no supone una traición al programa de la poesía comprometida: supone su continuación bajo las condiciones históricas en que esa continuación es posible. Barbero no puede escribir como Celaya porque el momento de Celaya ha pasado. Lo que puede hacer —y lo que hace con considerable eficacia— es mantener vivo el horizonte crítico de esa tradición adaptándolo a la experiencia de quien llegó después y vio cómo terminaba aquella historia. En ese sentido, el poemario es un acto de fidelidad tan exigente como el que Celaya y Otero practicaron en su momento: la fidelidad al compromiso en un tiempo en que el compromiso no tiene ya la claridad heroica que le otorgaba la dictadura.
- Conclusiones
El análisis comparativo entre Cantos iberos de Gabriel Celaya, Ángel fieramente humano de Blas de Otero y La muerte siempre nos deja con algo por hacer de Fernando Barbero Carrasco permite establecer las siguientes conclusiones.
En el plano de las continuidades, los tres autores comparten la concepción de la poesía como instrumento social y no como ornamento cultural; la orientación hacia un destinatario colectivo que no coincide con la élite literaria; la desconfianza de las formas poéticas que requieren un capital cultural específico para ser apreciadas; la denuncia del poder eclesiástico y político como instrumentos de dominación; y la valoración de la solidaridad horizontal entre iguales como fundamento ético de la escritura. Estas continuidades permiten hablar de una genealogía directa que conecta el compromiso de la generación del cincuenta con el de Barbero, y que constituye una de las líneas más coherentes de la poesía civil española del siglo XX y del XXI.
En el plano de las rupturas, las diferencias entre los tres autores responden fundamentalmente al cambio de contexto histórico. Barbero escribe desde la perspectiva de la derrota de los proyectos que Celaya y Otero contribuyeron a construir, y esa posición temporal transforma el “nosotros” prospectivo y militante de sus predecesores en un “nosotros” retrospectivo y elegíaco. La ironía y el humor, casi ausentes en Celaya y Otero, se convierten en instrumentos centrales de la poética de Barbero como formas de resistencia frente a la seducción del conformismo democrático. El verso libre absoluto sustituye a los metros clásicos sin añoranza. La dimensión autobiográfica ocupa el centro de la escritura como nueva forma de autoridad poética.
La aportación diferencial de Barbero respecto a sus predecesores es, en definitiva, la de un testigo que escribe desde el otro lado de la historia que Celaya y Otero anticipaban. Ese testimonio no es más ni menos valioso que el de sus maestros: es complementario e imprescindible. La tradición de la poesía civil española necesitaba a alguien que dijera, con la misma honestidad con que Celaya decía “la poesía es un arma cargada de futuro”, que ese futuro llegó y resultó ser más difícil de lo previsto. Barbero lo dice. Y al decirlo, mantiene viva la única virtud que la poesía comprometida no puede permitirse perder: la verdad.
Bibliografía
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