{"id":16,"date":"2026-09-27T20:48:16","date_gmt":"2026-09-27T18:48:16","guid":{"rendered":"https:\/\/nuestrosescritores.com\/daisel-lozada-fernandez\/?p=16"},"modified":"2026-09-27T20:48:16","modified_gmt":"2026-09-27T18:48:16","slug":"poetica-del-cuidador-el-acompanante-como-sujeto-lirico-en-cuando-falta-la-ansiedad-de-da","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nuestrosescritores.com\/daisel-lozada-fernandez\/2026\/09\/27\/poetica-del-cuidador-el-acompanante-como-sujeto-lirico-en-cuando-falta-la-ansiedad-de-da\/","title":{"rendered":"Po\u00e9tica del cuidador: el acompa\u00f1ante como sujeto l\u00edrico en Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fern\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"<p><em>Monograf\u00eda<\/em><\/p>\n<p><strong>Gema Mill\u00e1n Nieto<\/strong> \u00b7 Grupo Editorial P\u00e9rez-Ayala<br \/>\nORCID: <a href=\"https:\/\/orcid.org\/0009-0001-9586-8392\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">0009-0001-9586-8392<\/a><\/p>\n<p>Estudio sobre <em>Cuando falta la ansiedad<\/em>, de Daisel Lozada Fern\u00e1ndez (Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa, Madrid, 2026. ISBN 979-13-87806-53-8).<\/p>\n<h2>1. Introducci\u00f3n: el desplazamiento del sujeto de la enfermedad<\/h2>\n<p>La literatura de la enfermedad se ha escrito casi siempre desde dentro. Desde que Anne Hunsaker Hawkins acu\u00f1\u00f3 el t\u00e9rmino &#8220;patograf\u00eda&#8221; para designar el relato autobiogr\u00e1fico de una dolencia y Arthur W. Frank organiz\u00f3 esos relatos en tres modelos narrativos \u2014restituci\u00f3n, caos y b\u00fasqueda\u2014, el objeto de estudio ha sido de manera abrumadora el testimonio del propio enfermo: quien padece toma la palabra y, al tomarla, recupera una autoridad que la instituci\u00f3n m\u00e9dica le hab\u00eda retirado. Ese gesto de reapropiaci\u00f3n es el que confiere a la patograf\u00eda su valor \u00e9tico y su inter\u00e9s cr\u00edtico. Frank lo formula como una obligaci\u00f3n: el cuerpo herido no solo puede contar su historia, sino que necesita contarla, y quien escucha contrae con \u00e9l un compromiso. Toda la tradici\u00f3n posterior, de Rita Charon a la medicina narrativa institucionalizada, se apoya en esa premisa: hay una voz que sufre y hay una escucha que la honra.<\/p>\n<p>&#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221;, primer libro de Daisel Lozada Fern\u00e1ndez (Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa, Madrid, 2026), se sit\u00faa en el reverso exacto de esa premisa. Sus treinta y seis poemas est\u00e1n escritos desde el lugar del acompa\u00f1ante. El sujeto que enuncia no es quien padece el trastorno de ansiedad: es quien lo mira padecer. Y la enferma \u2014la esposa del autor, seg\u00fan declara el paratexto\u2014 no toma la palabra en ninguno de los treinta y seis poemas salvo en un solo verso, que adem\u00e1s el propio poema se encarga de reatribuir. La enferma existe en el libro en tercera persona, como objeto de una mirada, de un cuidado y de un relato que no son suyos.<\/p>\n<p>Este trabajo sostiene que ese desplazamiento no es un accidente ni una torpeza de \u00f3pera prima, sino el dispositivo enunciativo que organiza el volumen entero, y que en \u00e9l residen a la vez la aportaci\u00f3n mayor del libro y su problema cr\u00edtico central. La aportaci\u00f3n consiste en que &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; construye algo que la poes\u00eda espa\u00f1ola contempor\u00e1nea sobre la enfermedad apenas ha ensayado: una po\u00e9tica del cuidado, donde el sujeto l\u00edrico es el cuidador y el asunto es la experiencia \u2014propia, no delegada\u2014 de acompa\u00f1ar. El problema consiste en que esa construcci\u00f3n se levanta sobre el silencio enunciativo de la persona cuidada, y toda po\u00e9tica del cuidado que hable por quien no habla queda expuesta a la objeci\u00f3n que G. Thomas Couser formul\u00f3 para la escritura de vidas ajenas: la de representar a un sujeto vulnerable que no est\u00e1 en condiciones de consentir la representaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Conviene fijar desde el principio el alcance de esa segunda afirmaci\u00f3n, porque de ello depende la validez del an\u00e1lisis. No se discute aqu\u00ed la intenci\u00f3n del autor, que el paratexto declara expl\u00edcitamente y que no hay raz\u00f3n para poner en duda; tampoco la legitimidad de escribir sobre la enfermedad de un ser querido, que este trabajo no cuestiona en ning\u00fan momento. Lo que se analiza es un dispositivo textual: la manera en que un conjunto de poemas reparte las posiciones de enunciaci\u00f3n, y los efectos de sentido que ese reparto produce. La distinci\u00f3n es la misma que separa el estudio de la ret\u00f3rica de un discurso del juicio sobre la honestidad de quien lo pronuncia. Un dispositivo puede producir efectos que su autor no busc\u00f3, y describirlos no es acusarle de haberlos buscado.<\/p>\n<p>El libro se organiza en cuatro secciones cuyos t\u00edtulos trazan un arco terap\u00e9utico: la irrupci\u00f3n de lo invisible, el caos interior y sus sombras, la p\u00e9rdida, el miedo y la resistencia, y la luz que regresa. Esa arquitectura no es solo tem\u00e1tica. Como se ver\u00e1, coincide con notable exactitud con las cuatro fases del cuidado que Joan Tronto distingue en &#8220;Moral Boundaries&#8221; \u2014atenci\u00f3n, responsabilidad, competencia y responsividad\u2014, hasta el punto de que la rejilla de Tronto permite leer el libro secci\u00f3n por secci\u00f3n. Y la coincidencia se vuelve reveladora precisamente donde falla: la cuarta fase, la \u00fanica que en el modelo de Tronto exige la respuesta de la persona cuidada, es la \u00fanica que este libro no puede registrar, porque el dispositivo que lo sostiene no le ha reservado a esa persona ning\u00fan lugar desde el que responder.<\/p>\n<p>El trabajo se articula en diecinueve ep\u00edgrafes. Los cuatro primeros sit\u00faan el problema, revisan el estado de la cuesti\u00f3n, fijan el m\u00e9todo y levantan el inventario de las posiciones enunciativas del libro. Los ep\u00edgrafes 5 a 9 analizan esas posiciones en detalle: la cuarta posici\u00f3n que Lozada a\u00f1ade al esquema descrito por Sergio Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez para la poes\u00eda espa\u00f1ola del cuerpo enfermo, la morfolog\u00eda de la enferma referida, el \u00fanico verso en que se le cede la voz, los dos poemas en que el t\u00fa designa a la enferma y no a la ansiedad, y la inestabilidad de\u00edctica que de todo ello resulta. Los ep\u00edgrafes 10 a 15 aplican la rejilla de las fases del cuidado a las cuatro secciones y al poema que documenta el fracaso de la comunidad. Los ep\u00edgrafes 16 y 17 se ocupan del poema 33 como bisagra entre dos duelos de naturaleza distinta y de su relaci\u00f3n con la tradici\u00f3n eleg\u00edaca. El 18 afronta el problema de la ventriloquia y el 19 recoge las conclusiones.<\/p>\n<p>La hip\u00f3tesis de partida puede enunciarse as\u00ed: &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; es, hasta donde alcanza la bibliograf\u00eda verificable, el primer poemario espa\u00f1ol contempor\u00e1neo que construye de manera sostenida un sujeto l\u00edrico cuidador, y lo hace mediante un dispositivo de tres posiciones \u2014yo, t\u00fa, ella\u2014 cuya asimetr\u00eda produce simult\u00e1neamente el logro est\u00e9tico del libro y su punto ciego \u00e9tico. Demostrar esa hip\u00f3tesis exige, antes que nada, saber qu\u00e9 se ha dicho hasta ahora y qu\u00e9 no se ha dicho todav\u00eda.<\/p>\n<h2>2. Estado de la cuesti\u00f3n: patograf\u00eda, cuidador y un hueco en el hispanismo<\/h2>\n<p>La reflexi\u00f3n sobre el relato de enfermedad tiene un punto de partida can\u00f3nico en la distinci\u00f3n que Arthur Kleinman estableci\u00f3 entre &#8220;disease&#8221; y &#8220;illness&#8221;: la primera nombra la alteraci\u00f3n org\u00e1nica tal como la construye el saber m\u00e9dico; la segunda, la experiencia vivida de esa alteraci\u00f3n por quien la padece y por quienes conviven con ella. La distinci\u00f3n es decisiva para este trabajo porque Kleinman no restringe la &#8220;illness&#8221; al enfermo: la extiende expresamente al c\u00edrculo familiar, que tambi\u00e9n experimenta la dolencia y tambi\u00e9n construye sentido sobre ella. Si se toma en serio esa extensi\u00f3n, el relato del cuidador no es un relato de segunda mano sobre la enfermedad ajena, sino un relato de primera mano sobre una experiencia propia. Es una precisi\u00f3n que conviene retener, porque neutraliza de antemano la objeci\u00f3n m\u00e1s f\u00e1cil contra el libro de Lozada \u2014la de que habla de lo que no ha vivido\u2014 y permite concentrar la cr\u00edtica donde de verdad muerde.<\/p>\n<p>Hawkins sistematiz\u00f3 en &#8220;Reconstructing Illness&#8221; la patograf\u00eda como g\u00e9nero y estableci\u00f3 sus mitos recurrentes: el viaje, la batalla, el renacimiento. Los tres aparecen en &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; con tal literalidad que el libro podr\u00eda servir de manual: la secci\u00f3n IV se titula precisamente con una met\u00e1fora de retorno luminoso, la secci\u00f3n II presenta la mente como campo de batalla y el volumen entero se cierra con una recuperaci\u00f3n. Frank, por su parte, describi\u00f3 el &#8220;remission society&#8221; y clasific\u00f3 los relatos en restituci\u00f3n, caos y b\u00fasqueda. El de Lozada es, en su arquitectura global, un relato de restituci\u00f3n \u2014hay una ca\u00edda y hay un regreso\u2014, pero sus secciones centrales son inequ\u00edvocamente relatos de caos, y esa convivencia de modelos dentro de un mismo volumen es uno de sus rasgos formales m\u00e1s interesantes.<\/p>\n<p>La bibliograf\u00eda espec\u00edfica sobre el relato producido por el cuidador, y no por el enfermo, es m\u00e1s reciente y mucho m\u00e1s escasa. Martina Zimmermann la ha desarrollado con particular rigor en el terreno de las demencias. Su constataci\u00f3n de partida es demoledora y es la que legitima este estudio: en el caso del alzh\u00e9imer, el n\u00famero de pacientes que escriben su experiencia apenas supera la docena, mientras que la inmensa mayor\u00eda de los relatos est\u00e1n escritos por cuidadores; son, por tanto, esas deliberaciones de cuidador las que moldean la percepci\u00f3n p\u00fablica de la enfermedad. Zimmermann organiza su libro justamente como un contraste entre relatos de cuidador en tercera persona y autobiograf\u00edas de paciente en primera, y dedica un cap\u00edtulo espec\u00edfico a los hijos adultos que escriben sobre un progenitor, para el que acu\u00f1a la noci\u00f3n de una distancia &#8220;libre de cuidado&#8221; \u2014el var\u00f3n que escribe desde una posici\u00f3n menos afectada por la carga cotidiana del cuidado, lo que condiciona c\u00f3mo representa a la persona enferma\u2014.<\/p>\n<p>A esa l\u00ednea se suma, desde la ling\u00fc\u00edstica de los entornos digitales, el trabajo de Marianna Lya Zummo sobre los foros de cuidadores informales. Zummo propone leer esos mensajes como relatos de enfermedad en tercera persona y describe al cuidador como un &#8220;tercer ojo&#8221;: alguien que ocupa la posici\u00f3n singular de experimentar el avance de la dolencia sin padecerla en su propio cuerpo. La f\u00f3rmula es \u00fatil porque nombra con precisi\u00f3n la ambig\u00fcedad que define al sujeto l\u00edrico de Lozada: ni paciente ni observador neutral, sino testigo implicado cuya experiencia es real pero cuyo objeto es ajeno.<\/p>\n<p>En el \u00e1mbito hisp\u00e1nico, el panorama cambia de manera significativa. Mar\u00eda Victoria Utrera Torremocha ha estudiado la enfermedad como g\u00e9nesis y met\u00e1fora de la po\u00e9tica moderna, pero su objeto es la enfermedad del artista como categor\u00eda est\u00e9tica \u2014la inestabilidad del yo, el desdoblamiento, la po\u00e9tica de la pesadilla en H\u00f6lderlin, Dostoievski, Kafka o Cernuda\u2014, no la enfermedad como experiencia biogr\u00e1fica compartida ni, desde luego, la posici\u00f3n del acompa\u00f1ante. El trabajo de referencia sobre el periodo contempor\u00e1neo es el de Sergio Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez, que ha trazado el panorama del cuerpo enfermo en la poes\u00eda espa\u00f1ola del siglo XXI a partir de un corpus de dos d\u00e9cadas, de 2001 a 2020, y ha identificado en \u00e9l una estructura enunciativa recurrente: un yo que convive en el espacio de enunciaci\u00f3n con un t\u00fa que alude a la enfermedad y con un ellos que encarna el \u00e1mbito m\u00e9dico. Esa tr\u00edada \u2014yo, t\u00fa, ellos\u2014 es el modelo que Lozada hereda y, como se argumentar\u00e1, modifica.<\/p>\n<p>Ahora bien, el corpus de Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez est\u00e1 constituido casi en su totalidad por poemarios de enfermedad f\u00edsica: el c\u00e1ncer, el VIH, el dolor cr\u00f3nico, el cuerpo gestante. Y, sobre todo, est\u00e1 constituido por libros en los que el yo enunciador coincide con el cuerpo enfermo. La b\u00fasqueda bibliogr\u00e1fica realizada para este trabajo no ha localizado ning\u00fan estudio acad\u00e9mico verificable que se ocupe de la ansiedad o de la depresi\u00f3n como asunto de la poes\u00eda espa\u00f1ola contempor\u00e1nea, ni ninguno que analice la figura del cuidador como sujeto l\u00edrico en verso espa\u00f1ol. El hueco se declara aqu\u00ed sin rellenarlo con aproximaciones: no es que la bibliograf\u00eda diga poco, es que no dice nada, y esa ausencia es a la vez la dificultad y la oportunidad de este trabajo. Se analiza un objeto sobre el que no hay tradici\u00f3n cr\u00edtica previa, de modo que el marco te\u00f3rico ha de importarse de la teor\u00eda del cuidado, de la \u00e9tica de la escritura de vidas y de los estudios sobre el relato de enfermedad en prosa, disciplinas todas ellas ajenas al verso.<\/p>\n<p>Esa importaci\u00f3n tiene un coste metodol\u00f3gico que conviene declarar: los conceptos de Tronto, Couser o Zimmermann fueron elaborados para la filosof\u00eda pol\u00edtica, la autobiograf\u00eda y la narrativa, no para la l\u00edrica. Aplicarlos a un poemario exige traducirlos, y toda traducci\u00f3n pierde algo. El ep\u00edgrafe siguiente explicita c\u00f3mo se ha hecho esa traducci\u00f3n y con qu\u00e9 cautelas.<\/p>\n<h2>3. Metodolog\u00eda y cautela: el dispositivo textual como objeto<\/h2>\n<p>El objeto de este estudio es un dispositivo textual, entendido como el conjunto de decisiones de enunciaci\u00f3n \u2014qui\u00e9n habla, a qui\u00e9n, de qui\u00e9n\u2014 que un texto sostiene a lo largo de su extensi\u00f3n y que producen, con independencia de las intenciones de su autor, determinados efectos de sentido. Esta precisi\u00f3n no es un formalismo defensivo: es una condici\u00f3n de validez. Un estudio que confundiera el dispositivo con la intenci\u00f3n estar\u00eda haciendo psicolog\u00eda del autor a partir de indicios textuales, que es exactamente el tipo de inferencia que la cr\u00edtica contempor\u00e1nea ha aprendido a desconfiar.<\/p>\n<p>La cautela se vuelve imperativa en los ep\u00edgrafes 14 y 18, donde se analiza lo que aqu\u00ed se denomina el problema de la ventriloquia. Decir que un texto habla en nombre de alguien que no habla es una descripci\u00f3n de la estructura del texto. Decir que su autor quiso hablar en nombre de alguien, o que lo hizo sin su consentimiento, o que ese gesto merece reproche, ser\u00edan tres afirmaciones de naturaleza completamente distinta, ninguna de las cuales puede sostenerse desde el an\u00e1lisis textual y ninguna de las cuales se formula en este trabajo. Cuando Couser habla de sujetos vulnerables, se refiere a una categor\u00eda de personas representadas en la escritura de vidas, y su an\u00e1lisis se dirige a las condiciones estructurales de esa representaci\u00f3n, no a la moralidad de los escritores individuales. Aqu\u00ed se procede igual.<\/p>\n<p>Hay adem\u00e1s una raz\u00f3n interna al propio libro para extremar esa cautela. El paratexto de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; declara de manera expl\u00edcita la posici\u00f3n del autor: \u00abAqu\u00ed no hablo como paciente: hablo como hijo, como esposo, como ser humano que ha visto c\u00f3mo la sombra puede tocar a quienes m\u00e1s amas\u00bb. La declaraci\u00f3n es notable por dos motivos. Primero, porque nombra sin ambages el desplazamiento que este trabajo analiza: el autor sabe que no ocupa la posici\u00f3n del paciente y lo dice. Segundo, porque el libro no oculta su dispositivo, sino que lo enuncia en el umbral. Un texto que declara su propia posici\u00f3n enunciativa no puede ser acusado de disimularla, y esa transparencia paratextual es un argumento a favor de la deliberaci\u00f3n del procedimiento, no de su inadvertencia.<\/p>\n<p>El procedimiento anal\u00edtico ha sido el siguiente. En primer lugar se ha levantado un inventario completo de las posiciones enunciativas de los treinta y seis poemas, anotando para cada uno la presencia de primera persona expl\u00edcita del sujeto l\u00edrico, la presencia de segunda persona y la identidad de su destinatario, y la presencia de tercera persona referida a la enferma. Ese inventario se ha construido poema a poema sobre el texto \u00edntegro, sin muestreo, y sus resultados se exponen en el ep\u00edgrafe 4. En segundo lugar se han contrastado los resultados con el esquema de tres posiciones descrito por Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez para el corpus espa\u00f1ol, lo que ha permitido aislar la especificidad del libro. En tercer lugar se ha aplicado la rejilla de las fases del cuidado de Tronto a la divisi\u00f3n en cuatro secciones, comprobando en cada secci\u00f3n qu\u00e9 fase domina y, sobre todo, d\u00f3nde la correspondencia se quiebra. Finalmente se han analizado los dos poemas que funcionan como excepciones internas al dispositivo \u2014el 28 y el 21\u2014 y el poema 33, que articula los dos duelos del volumen.<\/p>\n<p>Todas las citas del manuscrito reproducidas entre comillas angulares son literales y han sido verificadas una a una contra el texto de la edici\u00f3n. Cuando un argumento requiere versos no contiguos, se ofrecen como citas separadas y no se empalman: unir con barras versos distantes crear\u00eda un texto que el libro no contiene, y en un trabajo cuyo objeto es precisamente el reparto de las voces, fabricar continuidades ser\u00eda una contradicci\u00f3n de m\u00e9todo.<\/p>\n<p>Una \u00faltima advertencia sobre lo que este trabajo no hace. No emite juicio cl\u00ednico de ninguna clase. Los poemas describen s\u00edntomas reconocibles \u2014taquicardia, despersonalizaci\u00f3n, evitaci\u00f3n agoraf\u00f3bica, rumiaci\u00f3n\u2014, pero describirlos no es diagnosticarlos, y el an\u00e1lisis literario no est\u00e1 capacitado para convertir un poema en un historial. Tampoco valora la eficacia de los recursos de afrontamiento que el libro menciona. Y no eval\u00faa la calidad est\u00e9tica del volumen: no es una rese\u00f1a, sino un estudio de su funcionamiento enunciativo. Que el libro sea desigual \u2014lo es, como casi toda \u00f3pera prima\u2014 no afecta a la validez del dispositivo que se describe, del mismo modo que la desigualdad de un edificio no invalida la descripci\u00f3n de su estructura.<\/p>\n<h2>4. El dispositivo yo\/t\u00fa\/ella: inventario de las posiciones enunciativas<\/h2>\n<p>El primer dato que arroja el inventario es que el libro no distribuye sus tres posiciones de manera uniforme. La tercera persona referida a la enferma es la \u00fanica que aparece en los treinta y seis poemas sin excepci\u00f3n: no hay una sola pieza del volumen en la que no comparezca, de manera expl\u00edcita o mediante cl\u00edticos y posesivos, la mujer de quien se habla. La segunda persona, en cambio, est\u00e1 lejos de ser universal, y la primera es minoritaria hasta un extremo que sorprende en un libro cuya tesis consiste, precisamente, en poner al cuidador en el centro.<\/p>\n<p>Empecemos por la segunda persona, que es la posici\u00f3n m\u00e1s visible del libro y la que ha recibido mayor atenci\u00f3n en la lectura inicial de la obra. Veinti\u00fan poemas de los treinta y seis interpelan directamente a la ansiedad personificada. El ap\u00f3strofe es intenso y sostenido all\u00ed donde aparece: el poema 1 abre el volumen con un reproche al hu\u00e9sped no invitado, el 13 le atribuye legislaci\u00f3n sobre el lenguaje, el 32 celebra su derrota y el 34 le declara desconfianza. Pero quince poemas no la interpelan en absoluto. Y la distribuci\u00f3n de esos quince no es aleatoria: se concentran de manera muy marcada en la secci\u00f3n III. De los diez poemas que componen esa secci\u00f3n \u2014del 17 al 26\u2014, solo uno, el 19, dirige la palabra a la ansiedad. Los nueve restantes hablan de ella en tercera persona o simplemente no la nombran como interlocutora.<\/p>\n<p>Este dato tiene consecuencias de m\u00e9todo que conviene explicitar, porque corrige una impresi\u00f3n de lectura muy natural. Quien recorra el libro de principio a fin percibir\u00e1 un ap\u00f3strofe continuado, casi obsesivo, dirigido a la enfermedad. Esa percepci\u00f3n es correcta en las secciones I, II y IV, e incorrecta en la III. El recuento poema a poema muestra una ca\u00edda abrupta del ap\u00f3strofe justo en la secci\u00f3n que el propio libro titula con la palabra &#8220;p\u00e9rdida&#8221;, y esa ca\u00edda, como se argumentar\u00e1 en el ep\u00edgrafe 13, es significativa: all\u00ed donde la experiencia se vuelve m\u00e1s grave, el sujeto l\u00edrico deja de hablarle a la enfermedad y pasa a describirla. La interpelaci\u00f3n resiste la irrupci\u00f3n y celebra la victoria, pero se apaga en el centro del da\u00f1o.<\/p>\n<p>Hay adem\u00e1s dos poemas en que la segunda persona no designa a la ansiedad. En el 21 el t\u00fa es la esposa: \u00abporque ya no est\u00e1s aqu\u00ed\u00bb. En el 35 el t\u00fa comienza designando a alguien cuyo arco es objeto de elogio y termina designando inequ\u00edvocamente a la enfermedad, en una transici\u00f3n que el ep\u00edgrafe 9 analiza. Y hay un caso m\u00e1s, singular: el poema 10 dirige su ap\u00f3strofe a la red social, no a la dolencia, con lo que el procedimiento de personificaci\u00f3n se desplaza a un tercer objeto. El libro, por tanto, no tiene un solo destinatario de segunda persona: tiene tres, y solo uno de ellos \u2014la enfermedad\u2014 es el dominante.<\/p>\n<p>La primera persona es la posici\u00f3n m\u00e1s escasa y a la vez la m\u00e1s decisiva. Aplicando el criterio m\u00e1s restrictivo \u2014presencia de pronombre, posesivo o cl\u00edtico de primera persona del singular, y no meras desinencias verbales\u2014, solo siete de los treinta y seis poemas contienen esa marca: el 1, el 16, el 21, el 28, el 29, el 33 y el 34. Y de esos siete hay que descontar uno, porque en el 28 la \u00fanica ocurrencia es el cl\u00edtico del verso que el poema pone en boca de la mujer, no del cuidador. Quedan, por tanto, seis poemas en los que el acompa\u00f1ante se nombra pronominalmente a s\u00ed mismo. El recuento total de esas marcas en todo el volumen asciende a catorce, y la mitad exacta se concentra en un solo poema, el 21.<\/p>\n<p>Si se relaja el criterio y se admiten tambi\u00e9n las desinencias verbales sin pronombre expreso, el cuidador aflora en algunos poemas m\u00e1s \u2014el 2 y el 3 con sus declaraciones de desconocimiento, el 6 con el verbo de conducci\u00f3n, el 17 con una forma de saber, el 19 con otra declaraci\u00f3n de ignorancia, el 22 y el 23 con sendos verbos de comprensi\u00f3n\u2014, pero la proporci\u00f3n sigue siendo minoritaria y la conclusi\u00f3n no var\u00eda. Es un dato contraintuitivo: un libro que se presenta como testimonio del acompa\u00f1ante enmascara gramaticalmente a ese acompa\u00f1ante en la mayor parte de sus piezas. El cuidador est\u00e1 siempre presente como instancia que mira y organiza el relato, pero casi nunca como persona gramatical.<\/p>\n<p>Cuando comparece, lo hace adem\u00e1s con una marca de g\u00e9nero. El poema 17 contiene la \u00fanica autodesignaci\u00f3n morfol\u00f3gicamente masculina del sujeto l\u00edrico: \u00abRodeado de los destellos\u00bb. El adjetivo concuerda en masculino singular y fija, de manera discreta pero inequ\u00edvoca, el sexo del yo que habla, distingui\u00e9ndolo del de la mujer de quien se habla. Es una marca m\u00ednima y, precisamente por m\u00ednima, reveladora: el libro no insiste en la identidad del cuidador, la deja caer una sola vez.<\/p>\n<p>Resumiendo el inventario: treinta y seis poemas con ella, veintiuno con t\u00fa-ansiedad, ocho con yo expl\u00edcito, dos con t\u00fa-esposa, uno con t\u00fa-red. El dispositivo no es sim\u00e9trico ni pretende serlo. Es un dispositivo en el que la persona cuidada ocupa de manera constante el lugar del referido, la enfermedad ocupa de manera dominante el lugar del interlocutor, y el cuidador ocupa de manera casi siempre impl\u00edcita el lugar del enunciador. Dicho de la manera m\u00e1s directa posible: en este libro se habla constantemente de una mujer, se le habla constantemente a su enfermedad, y casi nunca se le habla a ella.<\/p>\n<h2>5. La cuarta posici\u00f3n enunciativa: una ampliaci\u00f3n del esquema yo\/t\u00fa\/ellos<\/h2>\n<p>Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez describe, para el corpus de poes\u00eda espa\u00f1ola del cuerpo enfermo comprendido entre 2001 y 2020, una estructura enunciativa de tres posiciones: un yo que enuncia, un t\u00fa que alude a la enfermedad y un ellos que encarna el \u00e1mbito m\u00e9dico. La descripci\u00f3n es econ\u00f3mica y tiene un valor tipol\u00f3gico indudable, pero descansa sobre un supuesto que el propio corpus vuelve invisible por evidencia: el yo enunciador es el cuerpo enfermo. La primera persona del corpus espa\u00f1ol es la persona que padece. De ah\u00ed que el esquema no necesite una cuarta posici\u00f3n: el enfermo no aparece en tercera persona porque el enfermo es quien habla.<\/p>\n<p>&#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; mantiene las tres posiciones del esquema y a\u00f1ade una cuarta. El yo sigue ah\u00ed, pero ya no coincide con el cuerpo enfermo. El t\u00fa sigue aludiendo a la enfermedad, y lo hace con una insistencia que hace de este libro un caso casi de laboratorio del procedimiento. El ellos del \u00e1mbito m\u00e9dico comparece de forma m\u00e1s d\u00e9bil, aunque comparece: en el poema 24 aparecen los resultados anal\u00edticos que contradicen el padecimiento \u2014\u00abLos niveles dan normal\u00bb\u2014, y en el 23 el centro sanitario se ha convertido en itinerario cotidiano \u2014\u00abAhora la veo llegar\u00bb\u2014. Pero junto a esas tres posiciones el libro instala una cuarta, que en el corpus descrito por Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez simplemente no tiene lugar: una ella, tercera persona del singular, que es el cuerpo enfermo y que no enuncia.<\/p>\n<p>La operaci\u00f3n no consiste en a\u00f1adir un personaje. Consiste en desdoblar la posici\u00f3n que el corpus espa\u00f1ol manten\u00eda unificada. Donde antes hab\u00eda un yo enfermo que hablaba de su enfermedad, aqu\u00ed hay un yo cuidador que habla de una enferma. El cuerpo enfermo se ha desplazado de la casilla del sujeto a la casilla del objeto, y el hueco del sujeto lo ha ocupado otro. Este desdoblamiento es, hasta donde alcanza la bibliograf\u00eda consultada, la aportaci\u00f3n tipol\u00f3gica del libro a la poes\u00eda espa\u00f1ola de la enfermedad, y el motivo por el que merece estudio con independencia de sus desigualdades t\u00e9cnicas.<\/p>\n<p>Conviene medir el alcance de la novedad sin exagerarlo. La literatura del cuidador existe, y es abundante, pero existe sobre todo en prosa y sobre todo en lenguas distintas del espa\u00f1ol. Zimmermann analiza un corpus considerable de memorias, diarios y documentales de c\u00f3nyuges e hijos de pacientes de demencia, y Zummo trabaja sobre miles de mensajes de cuidadores informales en plataformas digitales. En ambos casos se trata de escritura narrativa o conversacional. Lo que no consta en la bibliograf\u00eda verificable es la existencia de un poemario espa\u00f1ol contempor\u00e1neo que sostenga esa posici\u00f3n a lo largo de un volumen entero y con una arquitectura deliberada. No se afirma aqu\u00ed que no exista: se afirma que la b\u00fasqueda no lo ha localizado, que es una afirmaci\u00f3n mucho m\u00e1s modesta y mucho m\u00e1s defendible.<\/p>\n<p>La cuarta posici\u00f3n tiene adem\u00e1s una consecuencia formal inmediata sobre el reparto de la deixis. En el corpus de Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez, el yo y el cuerpo enfermo son el mismo referente, de modo que los posesivos de primera persona \u2014mi cuerpo, mi dolor, mi miedo\u2014 vinculan sin fricci\u00f3n la experiencia y el sujeto que la enuncia. En Lozada, los posesivos que acompa\u00f1an a los s\u00edntomas son de tercera persona: su coraz\u00f3n, su mente, su cuerpo, sus sentidos. El poema 9 lo condensa en un solo movimiento: \u00abDe su cuerpo a su control\u00bb. Esa erre tercera, repetida a lo largo de treinta y seis poemas, es el \u00edndice gramatical constante de la asimetr\u00eda. El cuerpo del que se habla nunca es el cuerpo de quien habla.<\/p>\n<p>Y hay un efecto de sentido que se sigue de ah\u00ed y que conviene anticipar. Cuando el yo y el cuerpo enfermo coinciden, el testimonio tiene una garant\u00eda interna: quien lo enuncia responde de \u00e9l con su propia experiencia. Cuando no coinciden, esa garant\u00eda se rompe y hay que reponerla de otro modo. El libro de Lozada repone la garant\u00eda apelando a la visi\u00f3n: el sujeto l\u00edrico afirma haber visto. El poema 29 lo formula con crudeza \u2014\u00abVi sangrando sus heridas\u00bb\u2014 y el paratexto lo hab\u00eda anticipado. La autoridad del cuidador no es la del que padece, sino la del que presencia. Es exactamente la posici\u00f3n que Zummo denomina el tercer ojo, y su fuerza \u2014como su l\u00edmite\u2014 reside en que ve todo y no siente nada de lo que ve.<\/p>\n<h2>6. Morfolog\u00eda de la enferma referida<\/h2>\n<p>Si la enferma ocupa la posici\u00f3n del referido en los treinta y seis poemas, cabe preguntarse qu\u00e9 clase de sujeto construye esa posici\u00f3n. La pregunta no es ret\u00f3rica: una tercera persona puede ser un agente pleno o un mero paciente gramatical, y la diferencia importa. El inventario de los verbos que tienen a la mujer por sujeto ofrece un resultado n\u00edtido y, en un primer momento, desalentador.<\/p>\n<p>En la mayor parte del volumen, los verbos que la tienen por sujeto son verbos de estado, de percepci\u00f3n pasiva o de intento fallido. Ella siente, ella teme, ella no sabe, ella no puede, ella busca sin encontrar. El poema 5 la construye entera sobre la imposibilidad del movimiento; el 6 encadena tres intentos frustrados \u2014sonre\u00edr, bailar, caminar\u2014; el 11 convierte cada ensayo terap\u00e9utico en un fracaso anticipado. Incluso cuando el verbo es de acci\u00f3n, la acci\u00f3n se anula en el mismo verso: \u00abIntenta apoyar los pies\u00bb va seguido de la constataci\u00f3n de que la calma le roba el d\u00eda. La morfolog\u00eda dominante de la enferma referida es la del sujeto que intenta y no logra.<\/p>\n<p>A esa morfolog\u00eda se suma una segunda caracter\u00edstica, m\u00e1s sutil: la enferma es objeto de verbos de percepci\u00f3n cuyo sujeto es el cuidador o la comunidad. Se la ve, se la mira, se la lleva, se la escucha sin o\u00edrla. El poema 6 contiene el ejemplo m\u00e1s claro de este r\u00e9gimen: \u00abLa llevo a caminar\u00bb. El verso es importante por partida doble. Es la \u00fanica comparecencia gramatical del cuidador en toda la secci\u00f3n I; y construye a la mujer como complemento directo de un verbo de conducci\u00f3n, es decir, como cuerpo que es llevado. No hay reproche en esa observaci\u00f3n: llevar a caminar a quien no puede salir de casa es, literalmente, una de las acciones m\u00e1s concretas y m\u00e1s generosas que un cuidador puede realizar. Pero desde el punto de vista del dispositivo, el verso reparte con exactitud los papeles: uno conduce, otra es conducida.<\/p>\n<p>Hay, con todo, una excepci\u00f3n importante y es de justicia registrarla, porque una lectura que solo acumulara pasividades falsear\u00eda el libro. La secci\u00f3n IV modifica la morfolog\u00eda. A partir del poema 28 los verbos que tienen a la mujer por sujeto pasan a ser de acci\u00f3n plena y de resistencia: ella se alza, ella camina, ella respira, ella recupera. El poema 28 la nombra guerrera y le atribuye una historia de combate propia, con hitos biogr\u00e1ficos que no pertenecen al cuidador: los estudios, el hijo, la muerte que toc\u00f3 la casa. Y el 36 la convierte en sujeto de un desplazamiento victorioso: \u00abElla va mil pasos delante de ti\u00bb. La enferma referida no es, por tanto, un sujeto uniformemente pasivo: es un sujeto cuya agencia se restituye en el \u00faltimo cuarto del libro. Esa restituci\u00f3n es uno de los aciertos mayores del volumen y desmiente cualquier lectura que quisiera reducirlo a una galer\u00eda de impotencias.<\/p>\n<p>Lo que no cambia con la restituci\u00f3n es la posici\u00f3n enunciativa. La mujer recupera la agencia verbal, pero la recupera en tercera persona: sigue siendo alguien de quien se dice que camina, no alguien que dice que camina. El poema 30, que narra la reconciliaci\u00f3n entre el cuerpo y la mente, ofrece la formulaci\u00f3n m\u00e1s precisa de esa restituci\u00f3n mediada: \u00abElla siente el encuentro\u00bb. El verbo es de percepci\u00f3n interna \u2014sentir\u2014, esto es, el verbo que por definici\u00f3n nadie puede conjugar en nombre ajeno, y sin embargo aqu\u00ed aparece conjugado desde fuera. El cuidador certifica una experiencia \u00edntima a la que, por definici\u00f3n, no tiene acceso. Es el punto exacto donde la morfolog\u00eda de la enferma referida roza el problema que el ep\u00edgrafe 18 abordar\u00e1 de frente.<\/p>\n<p>Cabe a\u00fan una observaci\u00f3n sobre la nominaci\u00f3n. La mujer no tiene nombre propio en ning\u00fan poema. Es ella, es la mujer, es una guerrera, es mi gigante colibr\u00ed. La ausencia de nombre propio funciona de dos maneras a la vez: protege la identidad de una persona real, lo que es una decisi\u00f3n defendible y probablemente deliberada, y a la vez la despoja del identificador m\u00ednimo que la convertir\u00eda en individuo y no en figura. El poema 21 lleva esa tensi\u00f3n a su l\u00edmite desde el propio t\u00edtulo, al declarar que la mujer ya no est\u00e1: lo que ha desaparecido no es la persona, que sigue en la casa, sino la figura que el cuidador reconoc\u00eda. \u00absin la mujer que ella sol\u00eda ser\u00bb es el verso que cierra ese poema y que formula, con una econom\u00eda notable, la sustituci\u00f3n de una persona por su versi\u00f3n anterior.<\/p>\n<h2>7. La \u00fanica palabra: el poema 28 y la voz devuelta<\/h2>\n<p>La afirmaci\u00f3n de que la enferma no toma la palabra en el libro debe ser matizada, y la matizaci\u00f3n es tan relevante que merece ep\u00edgrafe propio. Hay exactamente un lugar en los treinta y seis poemas donde la mujer habla en estilo directo. Est\u00e1 en el poema 28, y ocupa tres palabras: \u00abnunca me rend\u00ed\u00bb. Van precedidas del verbo introductor correspondiente y constituyen el \u00fanico fragmento de todo el volumen en el que una primera persona del singular no pertenece al cuidador. El dato se deja verificar con exactitud: el poema 28 contiene una sola marca pronominal de primera persona en sus ciento treinta y cuatro palabras, y esa marca es el cl\u00edtico de la frase que el texto atribuye a la mujer. El recuento no admite lectura ambigua: en todo el libro, la enferma dispone de un pronombre de primera persona.<\/p>\n<p>Localizar esa excepci\u00f3n no la neutraliza: la vuelve m\u00e1s interesante. Y lo que la vuelve extraordinariamente interesante es lo que el poema hace inmediatamente despu\u00e9s. Tras la cita, en los dos versos siguientes, el texto atribuye a esa voz un origen que no es la mujer: \u00abalgo dentro habl\u00f3 por ella\u00bb. La cesi\u00f3n de la palabra dura tres palabras y es retirada en el mismo movimiento que la concede. La mujer habla, y el poema explica acto seguido que lo que habl\u00f3 no fue exactamente ella, sino algo que hab\u00eda dentro de ella y que tom\u00f3 la palabra en su lugar.<\/p>\n<p>Ser\u00eda un error de m\u00e9todo leer ese verso como un descuido. La f\u00f3rmula tiene una larga tradici\u00f3n: es la del entusiasmo en sentido etimol\u00f3gico, la voz que viene de otro sitio, y en el contexto del poema funciona como elogio \u2014lo que habl\u00f3 por ella fue una fuerza superior a las circunstancias\u2014. Pero desde el punto de vista del dispositivo enunciativo, su efecto es inequ\u00edvoco: el \u00fanico acto de habla de la persona enferma queda desautorizado como acto propio en el verso inmediatamente posterior. El libro no la silencia; le concede la palabra y a continuaci\u00f3n explica que la palabra no era suya.<\/p>\n<p>Conviene adem\u00e1s observar d\u00f3nde se produce la excepci\u00f3n. No ocurre en la secci\u00f3n I, donde la enfermedad irrumpe; ni en la II, donde el caos se describe; ni en la III, donde la p\u00e9rdida se consuma. Ocurre en la secci\u00f3n IV, en el primer poema que narra la resistencia victoriosa. Es decir: la palabra se le concede a la mujer exactamente cuando lo que tiene que decir es la frase que confirma el relato de restituci\u00f3n. El \u00fanico enunciado en primera persona que el libro le atribuye es un enunciado de resiliencia. Nada se le concede decir sobre el miedo, sobre el cuerpo, sobre el consejo ajeno, sobre la medicaci\u00f3n, sobre la noche. Se le concede decir que no se rindi\u00f3.<\/p>\n<p>Este detalle permite formular con precisi\u00f3n lo que est\u00e1 en juego. No es que el libro haga callar a la mujer por descuido o por desinter\u00e9s: la estructura del volumen es coherente y la excepci\u00f3n est\u00e1 colocada donde el arco narrativo la necesita. Es que el dispositivo solo tolera la voz de la enferma cuando esa voz ratifica la lectura que el cuidador ha construido. En t\u00e9rminos de Couser, se trata del mecanismo por el cual la representaci\u00f3n de un sujeto vulnerable tiende a producir una versi\u00f3n del sujeto que confirma las necesidades narrativas de quien representa. Couser lo describe como un riesgo estructural de toda escritura de vidas ajenas, no como una mala intenci\u00f3n de autores concretos, y as\u00ed se recoge aqu\u00ed.<\/p>\n<p>Hay un segundo lugar del libro donde algo se aproxima al estilo directo, y es instructivo compararlo. El poema 13 reproduce, tambi\u00e9n en discurso directo, las frases de quienes rodean a la enferma: \u00abPon de tu parte\u00bb, \u00abdepende de ti\u00bb, \u00abte lo advert\u00ed\u00bb. Son tres citas, frente a la \u00fanica cita de la mujer, y son citas hostiles, recogidas para ser refutadas. El libro, por tanto, s\u00ed practica el estilo directo y lo practica con soltura; simplemente lo reserva, en tres de sus cuatro ocurrencias, para las voces ajenas que el poema quiere desmontar. La mujer obtiene una; la comunidad que la desautoriza, tres.<\/p>\n<h2>8. El t\u00fa que no es la ansiedad: los poemas 21 y 35<\/h2>\n<p>El ap\u00f3strofe dominante del libro se dirige a la ansiedad personificada, y esa es su operaci\u00f3n ret\u00f3rica m\u00e1s visible. Pero hay dos poemas en los que la segunda persona designa a la mujer, y su an\u00e1lisis obliga a corregir cualquier descripci\u00f3n que presente el dispositivo como estable.<\/p>\n<p>El primero es el poema 21, titulado con una declaraci\u00f3n de ausencia. Su arranque es de tercera persona y de primera: la mujer despierta con su ausencia y el vac\u00edo golpea al yo. El poema acumula durante cuatro estrofas un inventario de lo perdido \u2014los pasos firmes, el canto, la fuerza, la luz\u2014 en un r\u00e9gimen enunciativo de tercera persona. Y entonces, en el pen\u00faltimo grupo de versos, la deixis se desplaza: \u00abporque ya no est\u00e1s aqu\u00ed\u00bb. El t\u00fa aparece por primera y \u00fanica vez en el poema y designa, sin ambig\u00fcedad posible, a la mujer. El desplazamiento dura un verso. La estrofa siguiente vuelve a la tercera persona y cierra: \u00absin la mujer que ella sol\u00eda ser\u00bb.<\/p>\n<p>Lo que ese vaiv\u00e9n construye es notable. El poema le habla a la mujer exactamente en el momento en que declara que la mujer no est\u00e1. Es un ap\u00f3strofe a un ausente, procedimiento eleg\u00edaco can\u00f3nico \u2014Sacks lo describe como uno de los gestos constitutivos del g\u00e9nero\u2014, con la particularidad de que aqu\u00ed el ausente no ha muerto: sigue en la casa, sigue siendo objeto de cuidado, y la ausencia que se lamenta es la de una versi\u00f3n anterior de la misma persona. El poema 21 es, en rigor, una eleg\u00eda por alguien que est\u00e1 vivo, y su mecanismo consiste en tratar a la persona presente como destinataria de un duelo. Volveremos sobre esto en el ep\u00edgrafe 17.<\/p>\n<p>El segundo caso es el poema 35 y es considerablemente m\u00e1s complejo. Arranca con una superposici\u00f3n de personas en un solo verso: \u00abAhora entiende por qu\u00e9 conf\u00edas\u00bb. El verbo de la principal est\u00e1 en tercera persona \u2014entiende\u2014 y el de la subordinada en segunda \u2014conf\u00edas\u2014, de modo que el sujeto que comprende y el sujeto que conf\u00eda se presentan como distintos en la superficie gramatical y como id\u00e9nticos en la referencia. La construcci\u00f3n se prolonga durante buena parte del poema: el arco es del t\u00fa, la olimpiada del d\u00eda es del t\u00fa, el miedo que se caza es del t\u00fa. El lector construye por tanto un destinatario de segunda persona que es la mujer, o el yo habl\u00e1ndose a s\u00ed mismo, sin que el texto lo desambig\u00fce.<\/p>\n<p>A mitad del poema, la referencia del t\u00fa cambia. El verso \u00abLa ansiedad secuestr\u00f3 ese arco\u00bb introduce a la enfermedad en tercera persona, y a partir de ah\u00ed los posesivos de segunda persona empiezan a designarla a ella: el reino macabro es suyo, y el poema se cierra con una apelaci\u00f3n inequ\u00edvoca y nominal. En medio de esa transici\u00f3n aparece el verso que separa definitivamente los referentes: \u00abElla lo sab\u00eda tambi\u00e9n\u00bb. La mujer, que hasta ese momento pod\u00eda ser el t\u00fa, pasa a ser la ella, y el lugar del t\u00fa queda vacante para la enfermedad.<\/p>\n<p>El poema 35 es, por tanto, el lugar del libro donde las tres posiciones circulan por las mismas casillas gramaticales. Es un pasaje dif\u00edcil de leer y probablemente no del todo controlado, pero es tambi\u00e9n el m\u00e1s revelador del volumen, porque muestra que las posiciones del dispositivo no son compartimentos estancos: son lugares por los que los referentes pueden transitar. Que la mujer ocupe transitoriamente la casilla del t\u00fa y sea desalojada de ella por la enfermedad, en el interior de un mismo poema, constituye una miniatura exacta del funcionamiento del libro entero.<\/p>\n<h2>9. Inestabilidad del de\u00edctico y superposici\u00f3n de destinatarios<\/h2>\n<p>La circulaci\u00f3n descrita en el ep\u00edgrafe anterior no es un caso aislado. Un examen sistem\u00e1tico de la deixis revela varios lugares en los que el destinatario de la segunda persona resulta indeterminable, y esa indeterminaci\u00f3n tiene consecuencias interpretativas que conviene explicitar en lugar de resolverlas por decreto.<\/p>\n<p>El caso m\u00e1s temprano est\u00e1 en el poema 5. En una enumeraci\u00f3n de espacios que han dejado de sostener a la enferma aparece la forma verbal \u00abcuando sales\u00bb, segunda persona del singular en medio de un poema que hasta ese momento se ha mantenido en tercera. El destinatario no se nombra. Puede leerse como un uso impersonal de la segunda persona, frecuente en el habla y admitido en la lengua literaria; puede leerse como una apelaci\u00f3n a la ansiedad, coherente con el resto del volumen; y puede leerse como una apelaci\u00f3n a la propia mujer. El texto no permite decidir. Registrar la ambig\u00fcedad es m\u00e1s honesto que adjudicarla, y en un an\u00e1lisis cuyo objeto es precisamente el reparto de las personas gramaticales, los lugares donde el reparto falla son datos y no ruido.<\/p>\n<p>El poema 10 ofrece un tipo distinto de deslizamiento. Su ap\u00f3strofe no va dirigido a la ansiedad sino a la red \u2014a las pantallas, al mundo conectado\u2014, personificada con los mismos recursos que la enfermedad: invocaci\u00f3n, atributos morales contradictorios, capacidad de agencia sobre la mujer. Y en la parte final del poema, la segunda persona se generaliza hasta designar a cualquiera: \u00abTe alegra o te mortifica\u00bb. El t\u00fa ha dejado de ser un interlocutor determinado para convertirse en la segunda persona impersonal del discurso sapiencial. Tres valores distintos del mismo pronombre conviven dentro de un solo poema.<\/p>\n<p>Esta plasticidad del destinatario puede describirse con el aparato que Jonathan Culler ha desarrollado para la l\u00edrica. Culler sostiene que la estructura subyacente del poema l\u00edrico es la de un ap\u00f3strofe triangulado: una audiencia de lectores es interpelada a trav\u00e9s del acto de dirigirse a un destinatario imaginado. Desde ese marco, la indeterminaci\u00f3n del t\u00fa no es un defecto que haya que reparar, sino el modo normal de funcionamiento del g\u00e9nero: el lector ocupa la posici\u00f3n de enunciaci\u00f3n, pronuncia los versos y, al pronunciarlos, se instala en el lugar del que habla y en el del que es interpelado a la vez. Culler observa adem\u00e1s que la apelaci\u00f3n a m\u00e1s de un objeto dentro de un mismo poema es frecuente y que cuanto m\u00e1s inusual es el destinatario, m\u00e1s se aproxima el poema a la invocaci\u00f3n ritual.<\/p>\n<p>Aplicado a &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221;, el marco de Culler explica por qu\u00e9 el libro produce, pese a sus vacilaciones, un efecto de conjunto coherente: el lector que pronuncia los versos ocupa la posici\u00f3n del cuidador, y desde ella mira a una mujer y le habla a una enfermedad. La triangulaci\u00f3n funciona. Pero conviene notar que produce tambi\u00e9n un efecto secundario que Culler no ten\u00eda por qu\u00e9 prever: si el lector ocupa la posici\u00f3n del yo, y esa posici\u00f3n es la del cuidador, entonces el lector queda instalado en la mirada del cuidador y nunca en la experiencia de la enferma. La estructura triangulada del ap\u00f3strofe, que en la l\u00edrica de enfermedad escrita desde dentro permite al lector habitar el cuerpo que padece, aqu\u00ed le permite habitar el cuerpo que observa. No es un defecto del poema: es una consecuencia del dispositivo, y es la raz\u00f3n \u00faltima por la que el libro, siendo un libro sobre la ansiedad, no es un libro desde la ansiedad.<\/p>\n<p>Hay un \u00faltimo dato de\u00edctico que conviene consignar, porque contradice la idea de un cuidador omnisciente. El sujeto l\u00edrico confiesa en varias ocasiones los l\u00edmites de su conocimiento, y lo hace con una f\u00f3rmula que se repite: el poema 2 arranca su segunda mitad con \u00abNo s\u00e9 cu\u00e1ndo te encontr\u00f3\u00bb, el 3 empieza con \u00abNo s\u00e9 si fue por el cuello\u00bb, el 19 abre con \u00abNo s\u00e9 c\u00f3mo t\u00fa has logrado\u00bb y el 21 declara \u00abNo s\u00e9 c\u00f3mo todo va a ser\u00bb. Cuatro poemas comienzan o giran sobre una declaraci\u00f3n de ignorancia. El cuidador que mira no pretende saber lo que la mujer siente: declara reiteradamente que no lo sabe. Esa reserva epist\u00e9mica es uno de los aciertos \u00e9ticos del libro y matiza de modo importante el problema de la ventriloquia, como se argumentar\u00e1 en su momento: quien confiesa que no sabe est\u00e1 muy lejos de quien afirma saber.<\/p>\n<h2>10. Las cuatro fases del cuidado como rejilla de lectura<\/h2>\n<p>Joan Tronto distingue en &#8220;Moral Boundaries&#8221; cuatro fases en el proceso del cuidado, cada una de las cuales se corresponde con una disposici\u00f3n moral. La primera, atender \u2014&#8221;caring about&#8221;\u2014, consiste en identificar una necesidad no cubierta; su virtud es la atenci\u00f3n. La segunda, hacerse cargo \u2014&#8221;taking care of&#8221;\u2014, consiste en que alguien asuma la responsabilidad de satisfacer esa necesidad; su virtud es la responsabilidad. La tercera, dar cuidado \u2014&#8221;care-giving&#8221;\u2014, consiste en el trabajo material y directo de satisfacerla; su virtud es la competencia. La cuarta, recibir cuidado \u2014&#8221;care-receiving&#8221;\u2014, consiste en la respuesta de la persona cuidada, incluido su juicio sobre si el cuidado recibido ha satisfecho o no su necesidad; su virtud es la responsividad. Veinte a\u00f1os despu\u00e9s, en &#8220;Caring Democracy&#8221;, Tronto a\u00f1adi\u00f3 una quinta fase, cuidar con \u2014&#8221;caring with&#8221;\u2014, que ya no es descriptiva sino normativa y que remite a la dimensi\u00f3n colectiva, solidaria y pol\u00edtica del cuidado.<\/p>\n<p>La aplicaci\u00f3n de esta rejilla a un poemario exige dos precauciones. La primera es que las fases de Tronto describen un proceso social, no una estructura literaria: no hay ninguna raz\u00f3n a priori para que un libro de poemas las reproduzca. La segunda es que Tronto subraya expresamente que su esquema de cuatro fases es descriptivo y no evaluativo, y que solo se vuelve normativo cuando se inserta en una teor\u00eda pol\u00edtica determinada. Trasladarlo a la cr\u00edtica literaria sin esa advertencia convertir\u00eda un instrumento de descripci\u00f3n en un baremo de m\u00e9rito, que es justamente lo que aqu\u00ed no se pretende.<\/p>\n<p>Hechas esas salvedades, la correspondencia entre las cuatro fases y las cuatro secciones de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; es lo bastante precisa como para merecer an\u00e1lisis. La secci\u00f3n I, que el libro titula con la irrupci\u00f3n de lo invisible, es una secci\u00f3n de atenci\u00f3n: sus seis poemas registran la aparici\u00f3n de una necesidad que nadie esperaba y que hay que aprender a reconocer. La secci\u00f3n II, dedicada al caos interior, es una secci\u00f3n de asunci\u00f3n de la responsabilidad: el cuidador se instala en el problema, lo nombra, ensaya remedios. La secci\u00f3n III, que agrupa la p\u00e9rdida, el miedo y la resistencia, es la secci\u00f3n del trabajo directo del cuidado y de su fracaso: urgencias, medicaci\u00f3n, vigilancia. Y la secci\u00f3n IV, la luz que regresa, corresponde a la fase de recepci\u00f3n del cuidado: la persona cuidada responde y el proceso se cierra.<\/p>\n<p>Esta correspondencia no debe presentarse como un hallazgo mayor de lo que es. Que un libro sobre una enfermedad con desenlace favorable se organice en irrupci\u00f3n, agravamiento, crisis y recuperaci\u00f3n no requiere teor\u00eda del cuidado: es la forma del relato de restituci\u00f3n que Frank describi\u00f3 y que Hawkins hab\u00eda identificado como mito del viaje. La rejilla de Tronto no aporta gran cosa mientras se limita a confirmar ese arco.<\/p>\n<p>Su rendimiento anal\u00edtico aparece en otro lugar: en el punto donde la correspondencia se rompe. Las tres primeras fases de Tronto son fases del cuidador; la cuarta, y solo la cuarta, es una fase de la persona cuidada. La responsividad consiste en que quien recibe el cuidado responda a \u00e9l, y esa respuesta es el \u00fanico mecanismo que el modelo prev\u00e9 para verificar que el cuidado fue adecuado. Sin ella, el cuidador queda como \u00fanico juez de su propia obra. Ahora bien: en &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; la persona cuidada no dispone de posici\u00f3n enunciativa, de modo que la cuarta fase no puede realizarse en los t\u00e9rminos que el modelo exige. Puede narrarse, y de hecho se narra con detalle; pero se narra desde fuera. Los cuatro ep\u00edgrafes siguientes recorren las cuatro secciones para mostrar c\u00f3mo se produce esa asimetr\u00eda.<\/p>\n<h2>11. Atenci\u00f3n: la secci\u00f3n I y el acto de advertir<\/h2>\n<p>La primera fase del cuidado consiste en advertir que hay una necesidad, y su dificultad caracter\u00edstica es que la necesidad puede no ser visible. Tronto insiste en que la atenci\u00f3n es una capacidad moral y no un reflejo: hay que aprender a ver lo que no se impone a la vista. La secci\u00f3n I de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; est\u00e1 construida enteramente sobre esa dificultad, empezando por su t\u00edtulo, que nombra a lo invisible como aquello que irrumpe.<\/p>\n<p>El poema inaugural del libro instala el problema con una figura de hospitalidad invertida. La ansiedad llega sin haber sido convocada, se instala como si tuviera derecho y desplaza a la ocupante leg\u00edtima: \u00abCon rapidez te adue\u00f1aste\u00bb, \u00abSu tranquilidad ahuyentaste\u00bb. La estructura es la del hu\u00e9sped clandestino, y el poema la nombra as\u00ed de manera expl\u00edcita. Lo relevante para el an\u00e1lisis del dispositivo es que el sujeto que constata la irrupci\u00f3n no es el sujeto que la padece: los verbos de la intrusi\u00f3n tienen por complemento a la mujer \u2014\u00able lograste sorprender\u00bb\u2014, y el que lo narra es alguien que lo ha visto ocurrir.<\/p>\n<p>El poema 2 desarrolla ese r\u00e9gimen hasta su formulaci\u00f3n m\u00e1s depurada. Es un poema \u00edntegramente construido sobre la observaci\u00f3n de un cambio: algo se ha torcido en el pulso de las cosas y el sujeto l\u00edrico no sabe cu\u00e1ndo empez\u00f3. La f\u00f3rmula de ignorancia que ya se coment\u00f3 \u2014\u00abNo s\u00e9 cu\u00e1ndo te encontr\u00f3\u00bb\u2014 aparece aqu\u00ed en su versi\u00f3n m\u00e1s significativa, porque va seguida de una segunda: \u00abNo s\u00e9 cu\u00e1ndo se perdi\u00f3\u00bb. Dos declaraciones de desconocimiento en un mismo poema, ambas referidas al momento de inicio. La atenci\u00f3n, en el sentido de Tronto, se ejerce sobre un proceso cuyo origen se le escapa: el cuidador advierte el resultado y no la causa.<\/p>\n<p>Los poemas 3, 4 y 5 catalogan manifestaciones som\u00e1ticas y espaciales. El 3 describe la disnea y el v\u00e9rtigo; el 4 recorre habitaci\u00f3n por habitaci\u00f3n una casa que ha dejado de ser habitable; el 5 nombra la imposibilidad de caminar por miedo a caer. En los tres el sujeto que enumera es exterior al cuerpo enumerado. El poema 4 es particularmente instructivo porque construye su estructura entera como un itinerario dom\u00e9stico observado: sal\u00f3n, cocina, habitaci\u00f3n, pasillo, ba\u00f1o. Ese recorrido solo puede realizarlo alguien que comparte la casa y que ve a la mujer moverse por ella sin poder quedarse en ning\u00fan sitio. Es la mirada del conviviente, y es exactamente la posici\u00f3n que Zummo denomina tercer ojo: la experiencia del avance de la dolencia sin la experiencia de la dolencia.<\/p>\n<p>El poema 6 cierra la secci\u00f3n y es el primero en que el sujeto l\u00edrico comparece gramaticalmente. Su estructura es un encadenamiento de intentos fallidos: la sonrisa que no responde, la m\u00fasica que no levanta, y entonces el verso que introduce al cuidador en escena, \u00abLa llevo a caminar\u00bb. Lo que sigue a ese verso es el fracaso tambi\u00e9n de esa iniciativa: la cabeza se aprieta, la fuerza invisible cierra el paso. La primera comparecencia del yo en el libro coincide, por tanto, con la primera constataci\u00f3n de que la atenci\u00f3n no basta. Advertir la necesidad y actuar en consecuencia son cosas distintas, y el poema 6 marca con exactitud el momento en que la primera fase del cuidado se agota y exige la segunda.<\/p>\n<p>Un detalle de composici\u00f3n confirma la lectura. La secci\u00f3n I contiene seis poemas y solo uno de ellos, el \u00faltimo, incluye una marca de primera persona. Las cinco piezas anteriores mantienen al cuidador como instancia invisible: hay una mirada que organiza el relato, pero no hay nadie que diga yo. La secci\u00f3n de la atenci\u00f3n es, coherentemente, la secci\u00f3n en que el cuidador todav\u00eda no se ha nombrado a s\u00ed mismo como tal.<\/p>\n<h2>12. Responsabilidad: la secci\u00f3n II y la asunci\u00f3n del cargo<\/h2>\n<p>La segunda fase del cuidado, en el esquema de Tronto, consiste en que alguien asuma la responsabilidad de satisfacer la necesidad detectada. Es la fase en que el problema pasa de ser percibido a ser propio. La secci\u00f3n II de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221;, que agrupa diez poemas bajo el r\u00f3tulo del caos interior, es la m\u00e1s extensa del libro y la que despliega con mayor variedad los recursos que el cuidador ensaya.<\/p>\n<p>El poema 7 abre la secci\u00f3n con una escena de responsabilidad ajena mal ejercida, y por contraste define la propia. Un coro de voces ofrece consejos que no sirven: \u00abLe ofrecen consejos\u00bb, \u00abCada voz trae una receta\u00bb. La acumulaci\u00f3n construye un retrato de la comunidad como emisora de f\u00f3rmulas que no tocan a la persona. El verso \u00aby ninguna acompa\u00f1a\u00bb condensa el diagn\u00f3stico: hablar no es acompa\u00f1ar, y la secci\u00f3n entera se dedicar\u00e1 a mostrar qu\u00e9 s\u00ed lo es. Volveremos sobre este poema en el ep\u00edgrafe 15, porque su alcance excede el de esta fase.<\/p>\n<p>Los poemas 9 y 11 documentan dos formas distintas de hacerse cargo. El 9 es un intento de comprensi\u00f3n t\u00e9cnica: describe la ansiedad como una aver\u00eda de sistema, con vocabulario de conexi\u00f3n, secuencia, proceso y eje modular. Es la respuesta del que quiere entender el mecanismo para poder intervenir en \u00e9l, y su fracaso se enuncia en la propia pregunta ret\u00f3rica con que el poema termina. El 11 es un intento de intervenci\u00f3n material: los frascos, el magnesio, el sodio, el citrato, las infusiones que otros recomiendan. La enumeraci\u00f3n de sustancias es el inventario de un cuidador que prueba remedios, y su conclusi\u00f3n es id\u00e9ntica: \u00abLa qu\u00edmica no responde\u00bb.<\/p>\n<p>Lo notable de esta secci\u00f3n desde el punto de vista del dispositivo es que la asunci\u00f3n de responsabilidad se expresa casi siempre sin primera persona. Los remedios se ensayan, las hip\u00f3tesis se formulan, los frascos se miran, pero el sujeto de esos verbos es en muchos casos la propia mujer: es ella quien mira los frascos, quien piensa en t\u00e9s, quien imagina un laboratorio. El cuidador ha asumido el problema, y sin embargo la superficie gramatical se lo atribuye a ella. Esa discordancia entre la responsabilidad efectiva y la atribuci\u00f3n gramatical es uno de los rasgos m\u00e1s caracter\u00edsticos del libro, y produce un efecto de sentido preciso: el cuidador se hace cargo y a la vez se borra de la escena en la que se hace cargo.<\/p>\n<p>El poema 16 cierra la secci\u00f3n con la \u00fanica formulaci\u00f3n expl\u00edcita del v\u00ednculo triangular que sostiene el volumen. Su t\u00edtulo enumera tres habitantes y el poema los nombra al final: \u00abya conoces los habitantes\u00bb. La enumeraci\u00f3n que sigue \u2014el t\u00fa, el yo y la fatalidad\u2014 es la declaraci\u00f3n m\u00e1s clara que el libro ofrece de su propia estructura: no hay dos t\u00e9rminos, hay tres, y el tercero no es la mujer sino el destino. Conviene subrayar la ausencia. En el poema que enumera a los habitantes de la situaci\u00f3n, la persona enferma no figura entre ellos. Est\u00e1n la enfermedad, el cuidador y la fatalidad. La mujer, que es de quien todo el libro habla, no aparece en la lista de los que est\u00e1n.<\/p>\n<p>Esa omisi\u00f3n no debe leerse como descuido ni como desd\u00e9n: el poema 16 es breve y su enumeraci\u00f3n responde a una l\u00f3gica de cierre r\u00edtmico m\u00e1s que de inventario ontol\u00f3gico. Pero, considerada dentro del dispositivo, resulta congruente con todo lo dem\u00e1s. En el \u00fanico poema que se detiene a enumerar qui\u00e9nes est\u00e1n en la habitaci\u00f3n, el lugar de la enferma est\u00e1 ocupado por una abstracci\u00f3n.<\/p>\n<p>La secci\u00f3n II contiene, por lo dem\u00e1s, el segundo dato cuantitativo relevante del libro: nueve de sus diez poemas interpelan a la ansiedad en segunda persona. Es la secci\u00f3n de mayor densidad apostr\u00f3fica del volumen, y no es casual que coincida con la fase de asunci\u00f3n de la responsabilidad. Hablarle a la enfermedad es, en el plano ret\u00f3rico, una forma de constituirla en adversario con el que se puede negociar; y constituir un adversario es el primer movimiento de quien decide hacerse cargo de un problema. El ap\u00f3strofe, aqu\u00ed, es el \u00edndice ret\u00f3rico de la responsabilidad asumida.<\/p>\n<h2>13. Competencia: la secci\u00f3n III y el eclipse del ap\u00f3strofe<\/h2>\n<p>La tercera fase del cuidado es el trabajo material de atender: la competencia, en t\u00e9rminos de Tronto, entendida no como destreza t\u00e9cnica sino como adecuaci\u00f3n efectiva del cuidado a la necesidad. La secci\u00f3n III de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; agrupa diez poemas, del 17 al 26, bajo un r\u00f3tulo que combina p\u00e9rdida, miedo y resistencia, y es la secci\u00f3n m\u00e1s sombr\u00eda del libro. Tambi\u00e9n es, y este es el hallazgo central de este ep\u00edgrafe, la secci\u00f3n en que el ap\u00f3strofe a la ansiedad pr\u00e1cticamente desaparece.<\/p>\n<p>El dato es inequ\u00edvoco. De los diez poemas de la secci\u00f3n, solo el 19 se dirige a la enfermedad en segunda persona: \u00abNo s\u00e9 c\u00f3mo t\u00fa has logrado\u00bb. Los nueve restantes \u201417, 18, 20, 21, 22, 23, 24, 25 y 26\u2014 no la interpelan. La nombran, la describen, la padecen, pero no le hablan. En el conjunto del libro, veinti\u00fan poemas practican el ap\u00f3strofe; en esta secci\u00f3n, uno de cada diez. La ca\u00edda es demasiado pronunciada para atribuirla al azar de la composici\u00f3n.<\/p>\n<p>Cabe proponer una explicaci\u00f3n que el propio libro sugiere. El ap\u00f3strofe es un acto de habla dirigido: presupone un interlocutor capaz, en alg\u00fan sentido, de escuchar, y por tanto una relaci\u00f3n. Hablarle a la ansiedad es tratarla como entidad con la que se mantiene un trato, por hostil que sea. En la secci\u00f3n III esa relaci\u00f3n se suspende. Los poemas describen episodios de urgencia \u2014el poema 20 narra una crisis tor\u00e1cica con vocabulario de erupci\u00f3n volc\u00e1nica, el 24 la visita a urgencias con resultados normales, el 26 el temor a la dependencia farmacol\u00f3gica\u2014 y en todos ellos el sujeto l\u00edrico se limita a registrar. Cuando la situaci\u00f3n se agrava, el libro deja de negociar con el adversario y pasa a levantar acta.<\/p>\n<p>Hay una segunda explicaci\u00f3n, compatible con la anterior y m\u00e1s interesante para la tesis de este trabajo. La secci\u00f3n III es tambi\u00e9n la secci\u00f3n en que el cuidador comparece con mayor intensidad en primera persona. La mitad exacta de todas las marcas pronominales de primera persona del singular del volumen \u2014siete de catorce\u2014 se concentra en uno de sus poemas, el 21; y a ellas se suman las desinencias verbales del 17, del 22 y del 23. Es decir: all\u00ed donde el cuidador deja de hablarle a la enfermedad, empieza a hablar de s\u00ed mismo. La retirada del ap\u00f3strofe libera la posici\u00f3n del sujeto, y lo que la ocupa no es la voz de la enferma \u2014que sigue ausente\u2014 sino la del acompa\u00f1ante. El silencio dirigido a la ansiedad no se convierte en escucha: se convierte en autobiograf\u00eda del testigo.<\/p>\n<p>El poema 21 es el documento mayor de ese desplazamiento y merece detenimiento. Es el poema del libro con mayor densidad de primera persona: el vac\u00edo golpea al yo, el yo extra\u00f1a lo que ella hac\u00eda, el yo contaba con ella, al yo le duele lo perdido, el mundo del yo empieza a ceder. Y su declaraci\u00f3n central \u2014\u00abYo siempre cont\u00e9 con ella\u00bb\u2014 formula el v\u00ednculo en t\u00e9rminos de dependencia invertida: no es la enferma quien contaba con el cuidador, es el cuidador quien contaba con ella. El verso siguiente lo confirma desde el lado de la p\u00e9rdida: \u00abhoy la miro y ya no llego\u00bb. El cuidador enuncia su propia orfandad.<\/p>\n<p>Esta inversi\u00f3n es, desde la \u00e9tica del cuidado, un dato de primer orden y no un reproche. Eva Feder Kittay ha insistido en que las teor\u00edas de la justicia construidas sobre la ficci\u00f3n de personas aut\u00f3nomas e iguales no pueden dar cuenta de la dependencia, y en que el trabajo de cuidado genera a su vez una dependencia propia en quien lo ejerce: el cuidador necesita ser sostenido para poder sostener. El poema 21 documenta precisamente esa necesidad, y la documenta sin autocompasi\u00f3n y sin pedir nada. Que un poemario sobre la enfermedad de otra persona dedique su pieza m\u00e1s intensa al desamparo del que cuida es una de las razones por las que el libro merece atenci\u00f3n cr\u00edtica.<\/p>\n<p>Los poemas 22 y 23 completan el retrato de la competencia y de su desgaste. El 22 construye el d\u00eda como inventario de s\u00edntomas \u2014una lista funesta que hay que pasar cada ma\u00f1ana\u2014 y cierra con una comparecencia del yo: \u00abY entonces comprendo\u00bb. El 23 documenta la reorganizaci\u00f3n completa de la vida en torno a la dolencia: los lugares de ocio sustituidos por el centro m\u00e9dico, la habitaci\u00f3n convertida en refugio. Su verso \u00abAhora la veo llegar\u00bb sit\u00faa de nuevo al cuidador en la posici\u00f3n del que mira, y la frase con que el poema cierra su reflexi\u00f3n \u2014\u00abcomprendo que la cadena empieza dentro, al pensar\u00bb\u2014 constituye un diagn\u00f3stico etiol\u00f3gico formulado por quien observa, no por quien padece. Es, t\u00e9cnicamente, una interpretaci\u00f3n de la experiencia ajena, y es el antecedente inmediato del problema que se tratar\u00e1 en el ep\u00edgrafe 18.<\/p>\n<h2>14. Responsividad: la secci\u00f3n IV y el testimonio que falta<\/h2>\n<p>La cuarta fase del cuidado es la \u00fanica del esquema de Tronto que no pertenece al cuidador. La responsividad consiste en que la persona cuidada responda al cuidado recibido y emita un juicio sobre si ese cuidado ha satisfecho su necesidad. Tronto le concede una importancia decisiva porque es la \u00fanica salvaguarda contra el paternalismo: sin la respuesta de quien recibe, el cuidador eval\u00faa su propia intervenci\u00f3n y la evaluaci\u00f3n carece de contraste. Es tambi\u00e9n la fase m\u00e1s fr\u00e1gil, porque exige que quien recibe el cuidado est\u00e9 en condiciones de hablar y sea escuchado.<\/p>\n<p>La secci\u00f3n IV de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; narra esa cuarta fase con abundancia. Sus diez poemas, del 27 al 36, documentan el descenso hasta el fondo, la resistencia, la recuperaci\u00f3n de la coordinaci\u00f3n entre mente y cuerpo, el regreso de la alegr\u00eda y la reconquista del espacio p\u00fablico. El poema 30 describe la reconciliaci\u00f3n con una imagen de ensamblaje \u2014el cuerpo que esperaba y la mente que vuelve\u2014; el 32 celebra la derrota de la enfermedad; el 36 devuelve a la mujer a las calles, al parque, a los jardines. Es una secci\u00f3n luminosa y, en t\u00e9rminos del arco de restituci\u00f3n, perfectamente lograda.<\/p>\n<p>Y sin embargo la respuesta de la persona cuidada no aparece en ella. Lo que aparece es la certificaci\u00f3n de esa respuesta por parte del cuidador. El poema 30 lo formula en el verso ya citado, \u00abElla siente el encuentro\u00bb, donde un verbo de experiencia interna se conjuga desde fuera. El 36 lo hace con una construcci\u00f3n a\u00fan m\u00e1s reveladora: \u00abHoy, para ella, es tiempo de disfrutar\u00bb. La f\u00f3rmula &#8220;para ella&#8221; declara expl\u00edcitamente que quien enuncia no es ella; alguien determina, en su nombre, que ha llegado el momento del disfrute. Y el 35 cierra el arco con un gesto que condensa todo el dispositivo: \u00abHoy vuelve a tensar el arco\u00bb. El regreso de la sonrisa se narra en tercera persona por quien la echaba de menos.<\/p>\n<p>Es necesario insistir en que nada de esto constituye un defecto de escritura ni, mucho menos, una falta. Un poemario no est\u00e1 obligado a incorporar la voz de las personas sobre las que trata, y hacerlo plantear\u00eda problemas \u00e9ticos propios, empezando por el de fabricar un discurso ajeno. El punto es estrictamente descriptivo: el modelo de Tronto exige, para que el ciclo del cuidado se cierre, un juicio emitido por quien recibi\u00f3 el cuidado; y el dispositivo enunciativo de este libro no dispone de ning\u00fan lugar donde alojar ese juicio. La cuarta fase se narra, pero no se realiza.<\/p>\n<p>La consecuencia puede formularse con precisi\u00f3n. En &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; el cuidador es a la vez agente y juez del cuidado. Es quien advierte la necesidad, quien asume la responsabilidad, quien ejecuta el trabajo y quien certifica el resultado. Las cuatro fases del proceso recaen sobre la misma instancia enunciativa, cuando el modelo las reparte entre dos. Esa concentraci\u00f3n no es un fallo moral del autor: es un efecto estructural de escribir un libro entero desde una sola posici\u00f3n.<\/p>\n<p>Hay, con todo, un contrapeso interno que ser\u00eda injusto omitir, y que el an\u00e1lisis del poema 34 permite exponer. El \u00faltimo tercio del volumen no es triunfalista. El poema 34 declara desconfianza hacia la calma recuperada con una imagen meteorol\u00f3gica precisa: el ojo de la tormenta tambi\u00e9n enga\u00f1a, promete paz mientras oculta el golpe. La quietud, dice el poema, puede ser amenaza y tambi\u00e9n preparaci\u00f3n. Y el t\u00edtulo mismo formula la reserva: \u00abde tu fuerza no me f\u00edo\u00bb. Un libro que cerrara con la certificaci\u00f3n incondicional de la curaci\u00f3n ser\u00eda mucho m\u00e1s vulnerable a la objeci\u00f3n de este ep\u00edgrafe. Este cierra reconociendo que el desenlace es provisional, y esa provisionalidad es una forma indirecta de admitir que el juicio del cuidador no es definitivo.<\/p>\n<p>Cabe a\u00f1adir una consideraci\u00f3n sobre el t\u00edtulo del libro. La expresi\u00f3n que lo nombra designa una ausencia: no la salud, sino la falta de la enfermedad. El bienestar se define por sustracci\u00f3n del mal, que es exactamente el modo en que lo percibe quien ha organizado su vida alrededor de ese mal. Un enfermo que se recupera suele nombrar lo que gana; un cuidador que ve recuperarse a alguien nombra lo que deja de ocurrir. El t\u00edtulo, le\u00eddo as\u00ed, es el resumen m\u00e1s econ\u00f3mico del dispositivo: la obra se llama por la ausencia de aquello que el cuidador vigilaba.<\/p>\n<h2>15. Cuidar con: el poema 7 y el fracaso de la comunidad<\/h2>\n<p>La quinta fase que Tronto incorpor\u00f3 en &#8220;Caring Democracy&#8221; \u2014cuidar con\u2014 no describe una etapa del proceso sino la condici\u00f3n colectiva que lo hace posible. Su contenido es la solidaridad: el reconocimiento de que las responsabilidades de cuidado no son asignaciones privadas sino asuntos p\u00fablicos, y de que una sociedad que las privatiza produce lo que Tronto llama un d\u00e9ficit de cuidado. A diferencia de las cuatro primeras, esta quinta fase es expl\u00edcitamente normativa: no se limita a describir c\u00f3mo funciona el cuidado, establece un criterio para juzgar si una comunidad cuida bien.<\/p>\n<p>&#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; dedica a esa dimensi\u00f3n colectiva un poema entero, el 7, y el balance que arroja es de fracaso completo. El poema abre con una an\u00e1fora que reproduce el ruido de la comunidad: hablan todos, hablan a la vez, hablan como si el ruido fuera ayuda. La estructura ret\u00f3rica es de acumulaci\u00f3n creciente, y lo que se acumula son formas del consejo in\u00fatil. El s\u00edmil que el poema elige para describir su eficacia es preciso y despiadado: los consejos se arrojan \u00abcomo quien arroja piedras al agua\u00bb, se hunden sin dejar reflejo y sin tocarla.<\/p>\n<p>El diagn\u00f3stico que el poema formula es m\u00e1s fino de lo que su tono podr\u00eda sugerir. No dice que la comunidad sea malintencionada: dice que su intervenci\u00f3n no alcanza la experiencia sobre la que pretende actuar. La causa que aduce es epist\u00e9mica \u2014\u00abPorque nadie que habla ha sentido ese temblor interno\u00bb\u2014 y no moral. Quienes aconsejan no han vivido lo que aconsejan resolver, y por eso sus f\u00f3rmulas rebotan en la superficie. El poema a\u00f1ade una taxonom\u00eda de esas f\u00f3rmulas que merece registro: una receta, un remedio improvisado, una teor\u00eda sin experiencia, \u00abuna sentencia disfrazada de cari\u00f1o\u00bb. La \u00faltima es la m\u00e1s severa, porque no describe una torpeza sino una operaci\u00f3n: el juicio que se presenta como afecto.<\/p>\n<p>El poema cierra con una imagen de aislamiento que tiene consecuencias para la tesis de este trabajo. La mujer queda sola, rodeada de voces, y el \u00fanico silencio que la escucha es el suyo propio. El verso que lo sintetiza \u2014\u00aby ninguna acompa\u00f1a\u00bb\u2014 distingue con nitidez dos operaciones que el sentido com\u00fan confunde: hablar a alguien y acompa\u00f1ar a alguien. La comunidad hace lo primero en abundancia y lo segundo en ninguna medida.<\/p>\n<p>Si se lee este poema con la rejilla de Tronto, el resultado es que el libro documenta la ausencia de cuidar con. No hay red, no hay instituci\u00f3n, no hay grupo que sostenga el cuidado: hay una comunidad que opina y un cuidador que se las arregla solo. Esa constataci\u00f3n tiene alcance sociol\u00f3gico y no solo literario. Tronto sostiene que la privatizaci\u00f3n del cuidado es el mecanismo por el cual las sociedades contempor\u00e1neas descargan sobre individuos aislados \u2014mayoritariamente mujeres, aunque no solo\u2014 un trabajo que deber\u00eda ser colectivo. El libro de Lozada ofrece, sin propon\u00e9rselo, un testimonio de esa privatizaci\u00f3n desde el lado del cuidador var\u00f3n: nadie comparte la carga, y las voces que se ofrecen a compartirla lo hacen en forma de consejo, que es la forma m\u00e1s barata de la ayuda.<\/p>\n<p>Hay una consecuencia adicional y es relevante para el problema de la ventriloquia. Si nadie m\u00e1s acompa\u00f1a, el cuidador queda como \u00fanico interlocutor posible de la enferma y, por tanto, como \u00fanico mediador entre su experiencia y el mundo. El monopolio de la representaci\u00f3n no es aqu\u00ed una usurpaci\u00f3n: es el efecto de un vac\u00edo. El libro no habla por ella porque le haya arrebatado la palabra, sino porque es el \u00fanico que qued\u00f3 en la habitaci\u00f3n. Esa precisi\u00f3n no disuelve el problema \u2014el efecto sobre el texto es el mismo\u2014, pero lo sit\u00faa donde corresponde: en una estructura social de cuidado deficiente, no en una decisi\u00f3n individual de silenciamiento.<\/p>\n<p>Conviene se\u00f1alar, para terminar, que el poema 7 es tambi\u00e9n uno de los pocos lugares donde el libro se acerca a la experiencia interna de la enferma sin certificarla. Los versos que describen lo que la comunidad ignora \u2014c\u00f3mo la ansiedad ahueca, c\u00f3mo anida, c\u00f3mo se instala en el pecho\u2014 est\u00e1n formulados como ap\u00f3strofe a la enfermedad y no como descripci\u00f3n del estado de la mujer. El cuidador dice lo que la ansiedad hace, no lo que la mujer siente. La diferencia es sutil y es, precisamente, la clase de precauci\u00f3n enunciativa que el ep\u00edgrafe 18 echar\u00e1 en falta en otros lugares del volumen.<\/p>\n<h2>16. El poema 33 como bisagra: dos duelos en una sintaxis afectiva<\/h2>\n<p>El poema 33 es, con diferencia, el m\u00e1s extenso del libro \u2014trescientas ochenta y una palabras, frente a las doscientas setenta y ocho del segundo en extensi\u00f3n, que es el 34\u2014 y el propio autor lo se\u00f1ala en el paratexto como eje simb\u00f3lico del volumen, apoy\u00e1ndose en la carga del n\u00famero que le corresponde. Es tambi\u00e9n el \u00fanico poema en el que comparecen las dos mujeres del libro: la madre, muerta, y la esposa, salvada. Su funci\u00f3n estructural es la de bisagra entre dos duelos de naturaleza distinta, y su an\u00e1lisis permite entender por qu\u00e9 el libro necesitaba dos y no uno.<\/p>\n<p>El primer duelo es consumado. Los versos iniciales del poema narran la muerte de la madre tras a\u00f1os de lucha, y lo hacen manteniendo el ap\u00f3strofe a la enfermedad como agente: \u00aba mi madre enviaste la muerte\u00bb. La atribuci\u00f3n es directa y no metaf\u00f3rica dentro de la l\u00f3gica del poema: la enfermedad es quien env\u00eda, y la muerte es quien viene a buscar. Lo que sigue es el repertorio eleg\u00edaco cl\u00e1sico \u2014el silencio, el vac\u00edo, el mundo que se desmorona, la memoria quebrada como faro sin destino\u2014, y no hay en ello ninguna originalidad ni falta que la haya: es el lenguaje que el g\u00e9nero ha decantado durante siglos para una situaci\u00f3n que se repite.<\/p>\n<p>El segundo duelo es de otra especie. El poema lo introduce con una f\u00f3rmula de repetici\u00f3n \u2014la sombra que vuelve en otro cuerpo, en otro imperio\u2014 y lo desarrolla como amenaza en curso, no como p\u00e9rdida ocurrida. Aqu\u00ed el cuidador no llora a una muerta: teme por una viva. Y ese temor tiene un nombre en la bibliograf\u00eda cl\u00ednica reciente: el duelo previo a la p\u00e9rdida. Nielsen y su equipo revisaron sistem\u00e1ticamente la literatura sobre el llamado duelo anticipatorio y concluyeron que el constructo, tal como se ven\u00eda usando, no se sostiene: la hip\u00f3tesis de que elaborar el duelo antes de la p\u00e9rdida mejora el resultado posterior no se confirma, y lo que los estudios miden en realidad es lo que ellos proponen denominar duelo previo a la p\u00e9rdida, esto es, la presencia efectiva de s\u00edntomas de duelo durante el cuidado. En un trabajo posterior lo definieron con precisi\u00f3n como la reacci\u00f3n de duelo debida a las m\u00faltiples p\u00e9rdidas que ocurren durante el cuidado al final de la vida.<\/p>\n<p>La precisi\u00f3n terminol\u00f3gica importa aqu\u00ed m\u00e1s de lo que parece. Si se hablara de duelo anticipatorio, el poema 33 quedar\u00eda descrito como la anticipaci\u00f3n de una muerte que no lleg\u00f3, y su desenlace feliz lo convertir\u00eda en un duelo innecesario, casi en un falso positivo. Con el concepto de duelo previo a la p\u00e9rdida la descripci\u00f3n cambia por completo: lo que el poema registra no es la anticipaci\u00f3n de una muerte futura, sino el duelo efectivo por las p\u00e9rdidas que ya se han producido durante el cuidado. Y esas p\u00e9rdidas son exactamente las que el poema 21 hab\u00eda inventariado: los pasos firmes, el canto, la fuerza, la luz. El libro tiene, por tanto, dos poemas de duelo por la esposa, y ninguno de los dos supone su muerte.<\/p>\n<p>El cierre del poema 33 opera la torsi\u00f3n que le da t\u00edtulo. El cuidador no dice que la esposa se salvara, ni que la medicina la salvara, ni que ella se salvara a s\u00ed misma: dice que \u00e9l le quit\u00f3 la victoria a la enfermedad. \u00abY as\u00ed evit\u00e9 que tu gloria a mi esposa alcanzara\u00bb, y a continuaci\u00f3n, \u00abte secuestr\u00e9 la victoria\u00bb. Los dos verbos son de primera persona y de agencia plena: evitar y secuestrar. En el poema central del libro, el que el autor designa como su eje, la supervivencia de la esposa se atribuye gramaticalmente al cuidador.<\/p>\n<p>Ser\u00eda injusto convertir esa atribuci\u00f3n en acusaci\u00f3n. La f\u00f3rmula tiene una l\u00f3gica po\u00e9tica evidente: el poema ha construido a la enfermedad como adversario que gan\u00f3 la primera batalla \u2014la madre\u2014 y perdi\u00f3 la segunda; declarar secuestrada su victoria es una manera vigorosa de cerrar esa estructura de venganza simb\u00f3lica, y funciona. Pero desde el an\u00e1lisis del dispositivo es imposible no registrar lo que la f\u00f3rmula hace: convierte la recuperaci\u00f3n de una persona en un logro de otra. El poema 28, que s\u00ed atribu\u00eda a la mujer una historia de combate propia, y el 36, que la pon\u00eda mil pasos por delante, compensan en parte ese desplazamiento. El 33 no lo compensa: lo consuma.<\/p>\n<p>Cabe una observaci\u00f3n sobre el v\u00ednculo entre los dos duelos. El libro los articula mediante una figura de repetici\u00f3n: la misma sombra, la misma herida, la misma muerte latente en otro cuerpo. Esa figura permite que el duelo consumado por la madre preste su lenguaje al duelo previo por la esposa, lo que explica la homogeneidad tonal del volumen. Pero produce tambi\u00e9n un efecto secundario que conviene nombrar: al equiparar ambas situaciones, el poema trata la ansiedad de la esposa con el mismo vocabulario con el que ha tratado la muerte de la madre. La enfermedad mental viva y la muerte consumada comparten met\u00e1foras. Es una decisi\u00f3n de gran eficacia dram\u00e1tica y de considerable riesgo, porque instala el desenlace fatal como horizonte constante de una dolencia que, en la inmensa mayor\u00eda de los casos, no lo tiene.<\/p>\n<h2>17. Eleg\u00eda, anti-eleg\u00eda y duelo previo a la p\u00e9rdida<\/h2>\n<p>El an\u00e1lisis del ep\u00edgrafe anterior invita a situar el libro en la tradici\u00f3n eleg\u00edaca, y conviene hacerlo con las distinciones que esa tradici\u00f3n ha decantado. Peter Sacks describi\u00f3 la eleg\u00eda inglesa como un g\u00e9nero de trabajo de duelo en sentido freudiano: un conjunto de convenciones \u2014la invocaci\u00f3n, el cortejo de dolientes, las preguntas a la naturaleza, la sustituci\u00f3n del objeto perdido por un s\u00edmbolo\u2014 cuya funci\u00f3n es permitir al doliente desprenderse del muerto y aceptar la compensaci\u00f3n que el poema ofrece. Jahan Ramazani, medio siglo despu\u00e9s, sostuvo que la eleg\u00eda moderna invierte ese funcionamiento: se vuelve antieleg\u00edaca en t\u00e9rminos gen\u00e9ricos y melanc\u00f3lica en t\u00e9rminos psicol\u00f3gicos, es decir, se niega al consuelo, mantiene la c\u00f3lera y reabre la herida en lugar de cerrarla.<\/p>\n<p>&#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; ocupa una posici\u00f3n curiosa respecto de ambos modelos. En lo que toca a la madre, el libro es netamente eleg\u00edaco en el sentido de Sacks: hay invocaci\u00f3n, hay sustituci\u00f3n simb\u00f3lica \u2014la memoria como faro\u2014, hay consuelo final y hay compensaci\u00f3n, y esa compensaci\u00f3n es precisamente la supervivencia de la esposa. La estructura es de reparaci\u00f3n: lo que se perdi\u00f3 en el primer combate se recupera en el segundo. Ramazani describir\u00eda esto como una eleg\u00eda tradicional, de las que ofrecen lo que \u00e9l llama paliativos sentimentales, y en t\u00e9rminos de su tipolog\u00eda el juicio ser\u00eda severo.<\/p>\n<p>En lo que toca a la esposa, en cambio, el libro hace algo que ninguno de los dos modelos prev\u00e9, porque ninguno de los dos contempla un duelo por alguien que no ha muerto. El poema 21 llora a una persona viva; el 33 teme por ella; el 34 desconf\u00eda de su recuperaci\u00f3n. Estamos ante lo que la bibliograf\u00eda cl\u00ednica denomina duelo previo a la p\u00e9rdida, trasladado a un molde gen\u00e9rico que fue construido para la muerte. Y el traslado produce un efecto formal notable: las convenciones eleg\u00edacas funcionan, pero su objeto sigue en la casa. El ap\u00f3strofe al ausente se dirige a alguien presente. La sustituci\u00f3n simb\u00f3lica del objeto perdido se realiza sustituyendo a la mujer actual por la mujer anterior. El cortejo de dolientes est\u00e1 formado por una sola persona.<\/p>\n<p>Ese desajuste explica el rasgo m\u00e1s inc\u00f3modo del libro y a la vez el m\u00e1s original. El poema 21 es inc\u00f3modo porque llora a alguien que podr\u00eda leerlo, y la incomodidad no es un defecto: es el efecto propio de un duelo previo a la p\u00e9rdida llevado al verso. Nielsen y su equipo documentaron que los niveles altos de duelo previo se asocian con la carga del cuidador, con la baja preparaci\u00f3n y con la escasa comunicaci\u00f3n sobre lo que ocurre. El poema 21 re\u00fane los tres factores: el cuidador est\u00e1 sobrecargado, no estaba preparado y declara expl\u00edcitamente que no sabe c\u00f3mo ser\u00e1 lo que viene. Que un poema logre registrar esa configuraci\u00f3n sin acudir a un vocabulario cl\u00ednico es un m\u00e9rito literario que conviene consignar.<\/p>\n<p>Hay, adem\u00e1s, un rasgo antieleg\u00edaco en el sentido de Ramazani que conviene destacar porque matiza el juicio severo formulado m\u00e1s arriba. El libro no se cierra con la consolaci\u00f3n. Se cierra con dos poemas, el 34 y el 36, de los cuales el primero declara desconfianza expl\u00edcita hacia la calma y el segundo describe un regreso que sigue formul\u00e1ndose contra alguien. En el \u00faltimo poema del volumen la enfermedad contin\u00faa siendo interlocutora: lo que se recupera se recupera de ella, y se nombra como robado. La estructura no es la de un duelo elaborado y cerrado, sino la de una tregua vigilada. Ramazani ver\u00eda en esa negativa al cierre un rasgo moderno, y tendr\u00eda raz\u00f3n.<\/p>\n<p>Una \u00faltima consideraci\u00f3n gen\u00e9rica. La eleg\u00eda cl\u00e1sica dispone de un procedimiento que este libro no emplea y cuya ausencia es reveladora: la prosopopeya del muerto, esto es, la ficci\u00f3n ret\u00f3rica por la cual el difunto toma la palabra y habla desde su ausencia. Paul de Man la describi\u00f3 como el tropo constitutivo de la autobiograf\u00eda y del epitafio. Lozada no la usa nunca. Ni la madre ni la esposa hablan por medio de esa ficci\u00f3n. El libro, que personifica sin reservas a la ansiedad y le atribuye voluntad, m\u00e1scara y estrategia, no le concede a ninguna de las dos mujeres el recurso ret\u00f3rico que habr\u00eda bastado para darles voz. Personifica a la enfermedad y no prosopopeyiza a las enfermas. Ese contraste es, probablemente, el dato formal m\u00e1s elocuente de todo el an\u00e1lisis.<\/p>\n<h2>18. El problema de la ventriloquia: escribir por quien no consiente<\/h2>\n<p>Llegamos al punto que exige mayor cuidado en la formulaci\u00f3n. G. Thomas Couser analiz\u00f3 en &#8220;Vulnerable Subjects&#8221; las condiciones \u00e9ticas de la escritura de vidas ajenas, con atenci\u00f3n particular a los casos en que el sujeto representado se encuentra en situaci\u00f3n de vulnerabilidad: enfermedad, discapacidad, deterioro cognitivo, dependencia. Su tesis no es que esa escritura sea ileg\u00edtima, sino que plantea problemas espec\u00edficos de consentimiento, de representaci\u00f3n y de beneficio que la escritura autobiogr\u00e1fica no plantea, y que la cr\u00edtica tiene la obligaci\u00f3n de examinar en lugar de darlos por resueltos.<\/p>\n<p>El primero de esos problemas es el del consentimiento. Couser observa que en las relaciones de cuidado el consentimiento es estructuralmente dif\u00edcil de obtener en condiciones de libertad, porque quien lo otorga depende materialmente de quien lo solicita. No se trata de sospechar coacci\u00f3n, sino de reconocer que la asimetr\u00eda de poder contamina el acto de consentir. Aplicado a &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221;, el an\u00e1lisis textual no dispone de informaci\u00f3n alguna sobre si hubo consentimiento ni sobre en qu\u00e9 t\u00e9rminos: esa informaci\u00f3n no est\u00e1 en el libro y este trabajo no la busca ni la supone. Lo que s\u00ed puede afirmarse es que el texto no la tematiza. El libro no contiene ninguna reflexi\u00f3n sobre el hecho de estar contando la enfermedad de otra persona, ni ninguna marca de negociaci\u00f3n con ella.<\/p>\n<p>El segundo problema es el de la representaci\u00f3n, y es el que el an\u00e1lisis textual s\u00ed puede abordar plenamente. La cuesti\u00f3n no es si el retrato es fiel \u2014algo que el cr\u00edtico no puede saber\u2014, sino qu\u00e9 clase de sujeto construye. Aqu\u00ed los datos del ep\u00edgrafe 6 son concluyentes: la mujer se construye mayoritariamente mediante verbos de estado y de intento fallido, es objeto de verbos de percepci\u00f3n cuyo sujeto es otro, carece de nombre propio y dispone de un \u00fanico acto de habla que el poema reatribuye. John Beverley, al analizar el testimonio latinoamericano, describi\u00f3 una estructura an\u00e1loga: el relato del subalterno llega mediado por un interlocutor letrado que lo transcribe, lo ordena y lo publica, y esa mediaci\u00f3n no es neutral aunque sea bienintencionada. La diferencia con el testimonio es que all\u00ed el subalterno al menos habla y el letrado transcribe; aqu\u00ed no hay transcripci\u00f3n que mediar.<\/p>\n<p>El tercer problema es el del beneficio, y es el m\u00e1s delicado. Couser pregunta qui\u00e9n obtiene qu\u00e9 de la representaci\u00f3n. En el caso de un poemario de un sello independiente, el beneficio material es irrelevante; el simb\u00f3lico, en cambio, no lo es. El libro atribuye al cuidador una posici\u00f3n de agencia \u2014el que ve, el que lleva, el que comprende, el que secuestra la victoria\u2014 que la enferma no tiene. Zimmermann observ\u00f3 un fen\u00f3meno equivalente en los relatos de cuidadores de pacientes con demencia: la representaci\u00f3n del paciente est\u00e1 fuertemente condicionada por la posici\u00f3n y la agenda del cuidador, que inevitablemente difiere de la del paciente, y esa condicionalidad opera aunque el cuidador no lo advierta.<\/p>\n<p>Es imprescindible, llegados aqu\u00ed, enunciar con toda claridad lo que este an\u00e1lisis no afirma. No afirma que el autor de &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; haya silenciado a nadie. No afirma que haya escrito sin permiso. No afirma que su retrato sea injusto, ni que su libro deba ser le\u00eddo con desconfianza, ni que el gesto de escribirlo merezca reproche. El objeto del an\u00e1lisis es el dispositivo textual, y la conclusi\u00f3n del an\u00e1lisis es que ese dispositivo \u2014como todo dispositivo de representaci\u00f3n de un sujeto vulnerable, seg\u00fan Couser\u2014 produce estructuralmente un desequilibrio entre quien representa y quien es representado. Lo produce con independencia de las intenciones, y por eso el an\u00e1lisis no necesita pronunciarse sobre ellas.<\/p>\n<p>Hay adem\u00e1s dos rasgos del libro que act\u00faan como contrapeso y que un an\u00e1lisis honesto debe poner en la balanza. El primero es la reserva epist\u00e9mica ya comentada: el sujeto l\u00edrico declara repetidamente que no sabe. Cuatro poemas se abren o giran sobre una confesi\u00f3n de desconocimiento, y esa confesi\u00f3n es lo contrario de la pretensi\u00f3n de saber que caracteriza a la representaci\u00f3n abusiva. El segundo es la transparencia paratextual: el autor declara en el umbral del libro desde qu\u00e9 lugar habla y qu\u00e9 lugar no ocupa. Couser se\u00f1ala que uno de los correctivos posibles al desequilibrio de la representaci\u00f3n es la explicitaci\u00f3n de la posici\u00f3n del representante, y este libro la practica.<\/p>\n<p>Queda, finalmente, una cuesti\u00f3n que el an\u00e1lisis no puede resolver y que conviene dejar planteada antes que fingir cerrada. \u00bfQu\u00e9 habr\u00eda significado que el libro incorporase la voz de la mujer? Dos respuestas son posibles y ambas tienen problemas. Si el autor hubiera puesto en su boca versos inventados, habr\u00eda hecho exactamente lo que este ep\u00edgrafe describe, solo que de manera m\u00e1s ostensible: ventriloquia declarada. Si hubiera incorporado palabras suyas reales, el problema del consentimiento se habr\u00eda agravado en lugar de resolverse. La ausencia de voz no es, por tanto, un error que hubiera podido corregirse con un procedimiento mejor: es el residuo insoluble de una situaci\u00f3n en la que alguien escribe sobre el sufrimiento de otro. Reconocer que el problema no tiene soluci\u00f3n t\u00e9cnica es, probablemente, la conclusi\u00f3n m\u00e1s \u00fatil que este ep\u00edgrafe puede ofrecer.<\/p>\n<h2>19. Conclusiones<\/h2>\n<p>Este trabajo part\u00eda de una hip\u00f3tesis doble: que &#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; construye de manera sostenida y deliberada un sujeto l\u00edrico cuidador, y que ese dispositivo constituye simult\u00e1neamente la aportaci\u00f3n mayor del libro y su punto ciego. El recorrido por los dieciocho ep\u00edgrafes anteriores permite ahora precisar ambas afirmaciones y extraer cinco conclusiones.<\/p>\n<p>La primera es de orden tipol\u00f3gico. El libro ampl\u00eda a cuatro el esquema de tres posiciones enunciativas que Sergio Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez describi\u00f3 para la poes\u00eda espa\u00f1ola del cuerpo enfermo entre 2001 y 2020. Donde ese corpus presenta un yo que padece, un t\u00fa que es la enfermedad y un ellos que es el \u00e1mbito m\u00e9dico, Lozada desdobla la primera posici\u00f3n: el yo que enuncia deja de coincidir con el cuerpo enfermo, y el cuerpo enfermo pasa a ocupar una cuarta casilla, la de una ella que es referida y no enuncia. Ese desdoblamiento se sostiene sin excepciones en los treinta y seis poemas y tiene consecuencias gramaticales verificables: los posesivos que acompa\u00f1an a los s\u00edntomas son sistem\u00e1ticamente de tercera persona, y el cuerpo del que se habla nunca es el cuerpo de quien habla. La b\u00fasqueda bibliogr\u00e1fica no ha localizado ning\u00fan precedente espa\u00f1ol en verso para esa configuraci\u00f3n, y esa ausencia \u2014declarada como ausencia y no rellenada con aproximaciones\u2014 es lo que confiere inter\u00e9s cr\u00edtico a la obra m\u00e1s all\u00e1 de sus desigualdades t\u00e9cnicas.<\/p>\n<p>La segunda conclusi\u00f3n corrige una impresi\u00f3n de lectura y es el hallazgo emp\u00edrico del trabajo. El libro no practica un ap\u00f3strofe uniforme a la ansiedad. Veintiuno de los treinta y seis poemas la interpelan; quince no lo hacen, y esos quince se concentran de manera muy marcada en la secci\u00f3n III, donde solo uno de los diez poemas dirige la palabra a la enfermedad. La interpelaci\u00f3n resiste la irrupci\u00f3n y celebra la victoria, pero se apaga en el centro del da\u00f1o. A esa retirada del ap\u00f3strofe corresponde, adem\u00e1s, la m\u00e1xima comparecencia del cuidador en primera persona: la mitad exacta de las marcas pronominales de primera persona del volumen se concentra en un solo poema de esa secci\u00f3n, el 21. Cuando el cuidador deja de hablarle a la enfermedad, no cede el turno a la enferma: lo ocupa \u00e9l. El silencio dirigido al adversario se convierte en autobiograf\u00eda del testigo, no en escucha.<\/p>\n<p>La tercera conclusi\u00f3n resulta de aplicar la rejilla de Joan Tronto a la divisi\u00f3n del libro en cuatro secciones. La correspondencia entre las cuatro fases del cuidado y las cuatro partes del volumen es notable, pero su rendimiento anal\u00edtico no est\u00e1 en la coincidencia sino en la fractura. Las tres primeras fases \u2014atenci\u00f3n, responsabilidad, competencia\u2014 pertenecen al cuidador y el libro las despliega sin dificultad. La cuarta, la responsividad, es la \u00fanica que pertenece a la persona cuidada, y es la \u00fanica que el dispositivo no puede realizar: la secci\u00f3n IV narra con abundancia la recuperaci\u00f3n, pero la narra desde fuera y la certifica quien la observ\u00f3. El ciclo del cuidado, que en el modelo de Tronto se cierra con el juicio de quien recibi\u00f3 el cuidado, aqu\u00ed se cierra con el juicio de quien lo prest\u00f3. A ello se a\u00f1ade la ausencia completa de la quinta fase, el cuidar con: el poema 7 documenta una comunidad que opina en abundancia y no acompa\u00f1a en ninguna medida, de modo que el monopolio de la representaci\u00f3n que ejerce el cuidador es, antes que una usurpaci\u00f3n, el efecto de un vac\u00edo social.<\/p>\n<p>La cuarta conclusi\u00f3n concierne a la excepci\u00f3n interna del dispositivo y es la m\u00e1s precisa de todas. La afirmaci\u00f3n de que la enferma no toma nunca la palabra debe matizarse: la toma exactamente una vez, en tres palabras del poema 28, y el recuento pronominal lo confirma sin ambig\u00fcedad \u2014en todo el volumen, la mujer dispone de un solo pronombre de primera persona\u2014. Lo decisivo no es, sin embargo, la escasez, sino lo que el texto hace inmediatamente despu\u00e9s: en los dos versos siguientes reatribuye esa voz a una instancia interior que habl\u00f3 en su lugar. La cesi\u00f3n se concede y se retira en el mismo movimiento. A ello se a\u00f1ade que la excepci\u00f3n est\u00e1 situada en la secci\u00f3n de la recuperaci\u00f3n y que lo \u00fanico que se le concede decir es la frase que ratifica el relato de resiliencia que el cuidador ha construido. Frente a esa \u00fanica cita, el libro reproduce en estilo directo tres f\u00f3rmulas de la comunidad hostil. El volumen practica el discurso directo con soltura; simplemente lo reserva, en su mayor parte, para las voces que quiere refutar.<\/p>\n<p>La quinta y \u00faltima conclusi\u00f3n es la que exig\u00eda mayor cautela en su formulaci\u00f3n y con ella se cierra el trabajo. El dispositivo descrito plantea, en los t\u00e9rminos que G. Thomas Couser estableci\u00f3 para la escritura de vidas ajenas, un problema estructural de representaci\u00f3n de un sujeto vulnerable: quien es representado no dispone de lugar desde el que confirmar, matizar o desmentir la representaci\u00f3n. El an\u00e1lisis sostiene esa descripci\u00f3n y no sostiene ninguna afirmaci\u00f3n sobre la intenci\u00f3n del autor, sobre la existencia o inexistencia de consentimiento, ni sobre la justicia del retrato, porque ninguna de esas afirmaciones puede derivarse del examen de un texto. Y el propio libro ofrece dos contrapesos que un an\u00e1lisis honesto debe consignar. El primero es la reserva epist\u00e9mica: cuatro poemas se abren o giran sobre una declaraci\u00f3n de desconocimiento, y quien confiesa que no sabe est\u00e1 en las ant\u00edpodas de quien pretende saber por otro. El segundo es la transparencia paratextual: el autor declara en el umbral del libro que no habla como paciente sino como hijo y como esposo, es decir, explicita su posici\u00f3n en lugar de disimularla, que es precisamente uno de los correctivos que Couser propone.<\/p>\n<p>Queda una cuesti\u00f3n que el trabajo deja abierta porque no admite cierre t\u00e9cnico. Se ha planteado en el ep\u00edgrafe 18 y conviene repetirla aqu\u00ed como resultado y no como carencia: no existe un procedimiento mejor que hubiera resuelto el problema. Poner versos inventados en boca de la mujer habr\u00eda convertido la ventriloquia estructural en ventriloquia declarada; incorporar palabras suyas reales habr\u00eda agravado el problema del consentimiento en vez de resolverlo. La ausencia de voz no es un error corregible: es el residuo insoluble de toda escritura sobre el sufrimiento ajeno. Nombrar ese residuo, medirlo y describir sus efectos sobre el texto es lo m\u00e1ximo que la cr\u00edtica puede hacer, y es lo que aqu\u00ed se ha intentado.<\/p>\n<p>Cabe se\u00f1alar, por \u00faltimo, tres l\u00edneas de continuaci\u00f3n que este estudio no ha podido recorrer. La primera es comparativa: convendr\u00eda contrastar el dispositivo descrito con el de los poemarios espa\u00f1oles del cuerpo enfermo escritos desde la enfermedad, para medir con precisi\u00f3n qu\u00e9 se gana y qu\u00e9 se pierde en cada posici\u00f3n enunciativa. La segunda es gen\u00e9rica: el duelo previo a la p\u00e9rdida, tal como lo definieron Nielsen y su equipo, carece de tratamiento en la teor\u00eda de la eleg\u00eda, construida \u00edntegramente sobre la muerte consumada; un libro como este muestra que las convenciones eleg\u00edacas pueden aplicarse a un objeto vivo y que al hacerlo se deforman de maneras que merecen estudio. La tercera es de g\u00e9nero en el otro sentido del t\u00e9rmino: la bibliograf\u00eda sobre cuidado, desde Gilligan hasta Kittay, se ha construido mayoritariamente sobre la experiencia de cuidadoras, y este libro ofrece el caso poco frecuente de un cuidador var\u00f3n que escribe desde el interior de la carga y no desde la distancia que Zimmermann describi\u00f3 para los hijos adultos. Las tres l\u00edneas exceden el alcance de esta monograf\u00eda y quedan aqu\u00ed consignadas como invitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8220;Cuando falta la ansiedad&#8221; es, en suma, un libro cuya importancia cr\u00edtica no reside en la calidad desigual de sus poemas sino en la coherencia de su dispositivo. Construye una po\u00e9tica del cuidado en un \u00e1mbito \u2014el verso espa\u00f1ol contempor\u00e1neo\u2014 donde no consta que exista otra, y la construye con un procedimiento cuyos l\u00edmites el propio libro no oculta. Que esos l\u00edmites sean estructurales y no imputables a su autor no los hace menos reales; y que sean reales no disminuye el logro de haber puesto por primera vez, en un volumen entero de poes\u00eda espa\u00f1ola, al acompa\u00f1ante en el lugar del sujeto l\u00edrico.<\/p>\n<h2>Bibliograf\u00eda<\/h2>\n<p>Beverley, J. (2004). Testimonio: On the Politics of Truth. Minneapolis: University of Minnesota Press. ISBN 978-0-8166-2841-4.<\/p>\n<p>Charon, R. (2006). Narrative Medicine: Honoring the Stories of Illness. Oxford: Oxford University Press. ISBN 978-0-19-516675-0.<\/p>\n<p>Couser, G. T. (2004). Vulnerable Subjects: Ethics and Life Writing. Ithaca: Cornell University Press. ISBN 978-0-8014-8863-4.<\/p>\n<p>Culler, J. (2015). Theory of the Lyric. Cambridge (Mass.): Harvard University Press. https:\/\/doi.org\/10.4159\/9780674425781<\/p>\n<p>De Man, P. (1979). Autobiography as De-facement. MLN, 94(5), 919-930. Reimpreso en The Rhetoric of Romanticism (1984), Nueva York: Columbia University Press, pp. 67-81.<\/p>\n<p>Fern\u00e1ndez Mart\u00ednez, S. (2023). El cuerpo enfermo en la poes\u00eda espa\u00f1ola del siglo XXI: la renovaci\u00f3n de un motivo literario. Castilla. Estudios de Literatura, 14, 195-224. https:\/\/doi.org\/10.24197\/cel.14.2023.195-224<\/p>\n<p>Frank, A. W. (2013). The Wounded Storyteller: Body, Illness, and Ethics (2.\u00aa ed.). Chicago: University of Chicago Press. ISBN 978-0-226-00497-6. (Ed. original, 1995.)<\/p>\n<p>Gilligan, C. (1982). In a Different Voice: Psychological Theory and Women\u2019s Development. Cambridge (Mass.): Harvard University Press. ISBN 978-0-674-97096-0.<\/p>\n<p>Hawkins, A. H. (1999). Reconstructing Illness: Studies in Pathography (2.\u00aa ed.). West Lafayette (Ind.): Purdue University Press. ISBN 978-1-55753-126-1.<\/p>\n<p>Kittay, E. F. (2019). Love\u2019s Labor: Essays on Women, Equality, and Dependency (2.\u00aa ed.). Nueva York: Routledge. https:\/\/doi.org\/10.4324\/9781315108926 (Ed. original, 1999.)<\/p>\n<p>Kleinman, A. (1988). The Illness Narratives: Suffering, Healing, and the Human Condition. Nueva York: Basic Books. ISBN 978-0-465-03202-0.<\/p>\n<p>Lozada Fern\u00e1ndez, D. (2026). Cuando falta la ansiedad. Madrid: Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa. ISBN 979-13-87806-53-8.<\/p>\n<p>Nielsen, M. K., Neergaard, M. A., Jensen, A. B., Bro, F., y Guldin, M.-B. (2016). 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Baltimore: Johns Hopkins University Press. https:\/\/doi.org\/10.56021\/9780801832543<\/p>\n<p>Tronto, J. C. (1993). Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. Nueva York: Routledge. https:\/\/doi.org\/10.4324\/9781003070672<\/p>\n<p>Tronto, J. C. (2013). Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. Nueva York: New York University Press. ISBN 978-0-8147-8278-1.<\/p>\n<p>Utrera Torremocha, M. V. (2015). Po\u00e9ticas de la enfermedad en la literatura moderna. Madrid: Dykinson. ISBN 978-84-9085-351-1.<\/p>\n<p>Zimmermann, M. (2013). \u201cJourneys\u201d in the Life-Writing of Adult-Child Dementia Caregivers. Journal of Medical Humanities, 34(3), 385-397. https:\/\/doi.org\/10.1007\/s10912-013-9233-9<\/p>\n<p>Zimmermann, M. (2017). From a \u201cCare-Free\u201d Distance: Sons Talking About Cultural Concepts. En The Poetics and Politics of Alzheimer\u2019s Disease Life-Writing (pp. 49-73). Londres: Palgrave Macmillan. https:\/\/doi.org\/10.1007\/978-3-319-44388-1_3<\/p>\n<p>Zummo, M. L. (2020). \u201cIsn\u2019t it so heartbreaking to see our loved ones decline right before our eyes&#8230;\u201d: Exploring posts as illness stories. Altre Modernit\u00e0, 24. https:\/\/doi.org\/10.13130\/2035-7680\/14514<\/p>\n<hr \/>\n<p><strong>DOI:<\/strong> <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.5281\/zenodo.22847793\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">10.5281\/zenodo.22847793<\/a><br \/>\nRegistro en Zenodo: <a href=\"https:\/\/zenodo.org\/records\/22847793\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">https:\/\/zenodo.org\/records\/22847793<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Monograf\u00eda que sit\u00faa \u00abCuando falta la ansiedad\u00bb frente a la tradici\u00f3n de la patograf\u00eda y estudia el desplazamiento del sujeto l\u00edrico hacia quien acompa\u00f1a al 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