book4

Metáforas de intercambio y economía afectiva en Moneda del sentir

de Claudia Soneira, Ángela. «Artículo de análisis lingüístico y teoría de la metáfora conceptual: metáforas de intercambio y economía afectiva en moneda del sentir de césar tomé martín. campo semántico económico en la poesía amorosa española contemporánea». MONEDA DEL SENTIR. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 15 de febrero de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.18650979

Metáforas de intercambio y economía afectiva en Moneda del sentir

Introducción

El poemario Moneda del sentir, de César Tomé Martín, construye una de las metáforas arquitectónicas más coherentes de la poesía amorosa española reciente: el sentimiento como moneda, con sus dos caras visibles (Anverso y Reverso) y un canto intermedio donde se condensa la verdad no exhibida. El título remite a un sistema conceptual preciso: el «sentir» no es pura intensidad inagotable, sino un recurso que circula, se pone en juego, adquiere valor y sufre desgaste en el intercambio con el otro, con el tiempo y con la propia conciencia.

Este artículo propone leer Moneda del sentir como un caso ejemplar de economía afectiva representada poéticamente mediante un campo semántico económico que incluye metáforas de moneda, valor, intercambio, acopio y gasto. A partir de un análisis detallado del léxico del libro, se examina cómo la metáfora de la moneda transforma nuestro entendimiento del sentimiento como «forma de pago» y «moneda de curso legal», y qué implicaciones éticas tiene concebir el deseo como recurso finito, negociable y susceptible de desgaste.

  1. Marco teórico: metáfora conceptual y economía afectiva

1.1. Metáfora conceptual y transferencia de dominios

La teoría de la metáfora conceptual ha mostrado cómo ciertos campos abstractos se comprenden a través de dominios más concretos y experienciales (tiempo como dinero, amor como viaje, etc.). En Moneda del sentir, el dominio fuente es el económico (moneda, valor, pago, acopio, desgaste) y el dominio meta es el afectivo (deseo, vínculo, autenticidad, dolor).

Esta transferencia no se limita a algunos versos aislados, sino que estructura la macroforma del libro: la propia división en «ANVERSO», «CANTO O PARTE OLVIDADA» y «REVERSO» convierte el volumen en una moneda materializada que el lector recorre físicamente. El gesto de «dar la vuelta» al libro reproduce el gesto de dar la vuelta a una moneda para ver su otra cara, de modo que la metáfora se encarna en la experiencia de lectura.

1.2. Economía afectiva y representación poética

Los estudios sobre economía afectiva han explorado cómo las emociones circulan, se invierten, se capitalizan o se despilfarran en contextos contemporáneos atravesados por el mercado y la imagen. En Moneda del sentir, esta lógica se vuelve explícita: la contraportada define el sentimiento como «forma de pago de quien desea», y el análisis interno destaca que el título «introduce materialidad, pragmatismo, desgaste» en el tratamiento del afecto.

El poemario no se limita a denunciar una mercantilización del amor, sino que asume la metáfora económica como herramienta para pensar con precisión la gestión del deseo maduro: qué se da, qué se recibe, qué se acumula, qué se pierde, qué se considera valioso y qué se devalúa.

  1. Campo semántico económico: léxico y distribución

2.1. Núcleo explícito: moneda, forma de pago y valor

El núcleo del campo económico aparece formulado en el paratexto y en el concepto general del libro. El informe de análisis resume:

«Como una moneda de curso legal, el sentimiento tiene valor de cambio —“O la forma de pago de quien desea”, dice la contraportada— y sirve para negociar con la realidad, con el otro, con uno mismo.»

Aunque la expresión «moneda de curso legal» no figure literal en los poemas, el análisis señala que la metáfora se sostiene por un campo léxico coherente de intercambio, valor y circulación. El propio título, Moneda del sentir, marca el eje: el sentir se concibe como unidad de valor que puede ponerse en juego, perderse, guardarse o gastarse.

En el Anverso, la expresión «la estrategia de marca / de las cosas que aluden al ingenio del roce» introduce la lógica de la «marca» en el terreno del afecto:

«Es, en señal de fuerza, la identidad o alcance
de los breves, ocultos, resolutivos fuegos
que completan el día: la estrategia de marca
de las cosas que aluden al ingenio del roce,
que en su rica grafía proliferan, conviven
predicciones, retornos, intensidades, méritos.»

Aquí, «estrategia de marca», «identidad» y «alcance» pertenecen al léxico del valor y del posicionamiento, aplicado al campo del roce y del encuentro.

2.2. Léxico de acopio, riqueza y escasez

En el Poema 1, el lenguaje económico se hace visible en el sintagma «un tal acopio exento de insipidez y añicos»:

«Además, en la mesa y en el plano de siempre,
un tal acopio exento de insipidez y añicos.»

«Acopio» remite a acumulación de recursos; en este caso, de experiencias, presencias o vínculos que enriquecen la vida cotidiana («la mesa y el plano de siempre»). La condición de estar «exento de insipidez y añicos» marca un criterio de calidad para ese acopio afectivo: no se trata de acumular contactos rotos o vivencias insípidas, sino de atesorar lo que realmente nutre.

El libro trabaja también con el campo de la riqueza y la pobreza simbólicas. En el Poema 22, el sujeto se pregunta:

«Supongamos que muero
por lo mismo que vivo, ¿habrían mis cometas,
mis pilares, mis dianas errado su tamaño?»

Los «cometas», «pilares» y «dianas» funcionan como inversiones afectivas: proyectos, apoyos, objetivos. La pregunta por si «han errado su tamaño» equivale a interrogarse por la correcta distribución de recursos emocionales: si se ha querido demasiado, demasiado poco o en la dirección equivocada.

2.3. Léxico de gasto, desgaste y pérdida

El campo del gasto y de la pérdida se despliega en imágenes donde el tiempo y la experiencia se consumen. El título mismo introduce el desgaste en el corazón de la metáfora: toda moneda circula y se erosiona.

En el análisis general se señala que el término «moneda» «introduce materialidad, pragmatismo, desgaste», alejando el sentimiento de cualquier idealización estática. Esta idea aparece encarnada en versos donde el tiempo o la intensidad se perciben como recursos que se agotan:

«Un enorme insensato con pus en los bolsillos,
el que deja caer enlaces de cristal
o que el lloro disponga de altar en la negrura.» (Poema 15)

Aquí los «enlaces de cristal» que «deja caer» sugieren vínculos quebradizos, inversiones afectivas que se rompen y se pierden.

En el Reverso, la referencia a «engastar mediodías y amenazas de amor» refuerza la idea de que los momentos y los riesgos se convierten en piezas que se montan y desmontan, como si el tiempo fuera un capital a organizar:

«Tratemos
de engastar mediodías y amenazas de amor:
que si endeble un festivo, vergonzoso su brindis.»

«Engastar» remite al trabajo de engarzar piedras preciosas; aplicado a «mediodías» y «amenazas de amor», convierte la experiencia en joyería afectiva, donde cada acto y cada riesgo se fija como parte de un patrimonio.

 

 

 

  1. La metáfora de la moneda como modelo de sentimiento finito y negociable

3.1. Moneda y circulación del sentir

El análisis editorial subraya que «el sentimiento tiene valor de cambio» y «sirve para negociar con la realidad, con el otro, con uno mismo». Esta formulación conceptual permite leer numerosos versos como descripciones de transacciones afectivas.

En el Anverso, el acto de «posicionarse» tiene un componente de inversión inicial: el sujeto decide dónde coloca su capital de atención y de deseo:

«POSICIONARSE pronto, qué solución creíble.
Qué calidad de rapto,
posicionarse siempre a favor de los cuerpos
que, sin fruto prohibido, se contemplan.»

El «rapto» no es puro arrebato, sino calidad de la apuesta: el posicionamiento a favor de ciertos cuerpos y no de otros implica una elección de uso del propio sentir.

En el Poema 1, el deseo de convertir un periodo en «el año de los lustres» introduce la idea de una temporada particularmente fértil en términos de rendimiento afectivo:

«¿Por qué no puede éste, con sus finos presagios,
pintar discursos, ser el año de los lustres?»

«Lustres» remite a brillo, pero también a periodos temporales significativos; concebido como «año de los lustres», el tiempo se presenta como ventana de oportunidad para un rendimiento emocional elevado.

3.2. Deseo como recurso finito: paciencia, espera y riesgo

Uno de los efectos más interesantes de la metáfora económica es la percepción del deseo como recurso finito, que debe administrarse. El Poema 22 refleja esta conciencia cuando habla de «Después de mucho» y de «la llegada que la paciencia gesta»:

«Después de mucho,
prefiero la llegada que la paciencia gesta
o un hágase-el-fulgor-del-apasionamiento
cuando en cesión y tácto las cosas rivalizan.»

El deseo no puede estar permanentemente en estado de explosión; requiere gestión temporal («paciencia») y decisiones sobre cuándo y cómo invertir la propia energía afectiva.

En otros pasajes, la fatiga y el cansancio aparecen como signos de un gasto excesivo o mal orientado. El Poema 23 advierte:

«Pues un don sin entregas termina siendo un golpe,
un cansancio que agota el crédito del alba.»

El «crédito del alba» sugiere una cuota de esperanza o de energía disponible al inicio de cada día, que puede agotarse si el «don» no se convierte en entregas reales. La metáfora contable permite pensar en límites: no todo puede darse ni todo puede esperar; hay un equilibrio delicado entre inversión y desgaste.

3.3. Negociación y conflicto de valores

La metáfora de la moneda no implica una aceptación acrítica de la lógica mercantil; al contrario, se usa para mostrar conflictos de valor. El Poema 19 se rebela contra el «postureo» y la «conciencia fotogénica», que representarían una economía afectiva regida por la imagen y no por el contenido:

«Ni en bolsitas de un gramo, el postureo.
Además de presión de parajes de moda,
su vigencia supone engominado acento
de uno mismo, conciencia fotogénica,
sacrificios de frasco.»

Aquí se denuncia un régimen afectivo donde la inversión emocional se destina a la autopromoción («conciencia fotogénica») y a «sacrificios de frasco» (productos, apariencias) en lugar de a vínculos significativos.

El poemario propone, así, una revisión crítica de los criterios de valor que rigen la economía del deseo contemporáneo, preguntándose qué formas de inversión afectiva resultan finalmente rentables en términos de verdad y de bienestar.

  1. Deseo como «forma de pago» y «moneda de curso legal»: implicaciones éticas

4.1. Pagar con el propio sentir

La contraportada resume la lógica profunda del libro: el sentimiento es «la forma de pago de quien desea». Esto implica que el sujeto no paga sólo con dinero, tiempo o gestos, sino con su propia capacidad de sentir. Cada apuesta, cada entrega, cada renuncia equivale a un desembolso de la propia reserva afectiva.

En el Poema 32, esta idea se condensa en la negativa rotunda al desprecio:

«El desprecio, ni en átomos de un idioma de paja,
pues dispone de un hondo carapacho perverso
y consterna, degrada, trunca más que el saludo
expectante o virtual de un verdugo en activo.»

Aceptar el desprecio sería pagar con una parte irrecuperable de la propia dignidad afectiva; el coste ético de ese «trueque» es demasiado alto.

En el Poema 22, la frase «Me desvivo por ser el dueño de mi historia» puede leerse como la decisión de controlar cómo se paga y en qué condiciones:

«Calor de sentimiento recién aparecido,
o el talento que adoptas, regálame excelencia,
la atmósfera que lacra y ahoga tiranías.
Me desvivo por ser el dueño de mi historia.»

El sujeto reclama «excelencia» en la atmósfera afectiva y quiere reservarse la autoridad sobre su propia economía emocional.

4.2. Curso legal: normas y legitimidad del intercambio

La expresión «moneda de curso legal», utilizada en el análisis editorial para describir el estatuto simbólico del sentimiento, implica que ciertas formas de afecto se consideran aceptables, legítimas, reconocidas socialmente, mientras que otras quedan fuera de circulación.

En el Poema 2, la «valiosa justicia» y «la respuesta de cielo» sugieren que hay formas de trato afectivo que merecen una legitimidad especial:

«Y un cuidado especial, o de fiesta mayor,
merece —mientras fluyen primitivas ternuras—
la respuesta de cielo, que en la unidad ahonda
y secunda a quien viene vendiendo despertares.
La valiosa justicia.»

El sujeto valora como «justicia» aquello que profundiza la «unidad» y «secunda» al que trae «despertares», es decir, al que introduce experiencias de verdad. En términos éticos, esto equivale a aceptar como «curso legal» aquellas transacciones afectivas que amplían la unidad y la lucidez, y rechazar las que refuerzan la simulación o el abuso.

4.3. Contra la gratuidad falsa y la deuda tóxica

La metáfora económica permite también denunciar relaciones donde uno de los términos asume una deuda que nunca se salda o paga por adelantado sin reciprocidad. En el Poema 25 se percibe este desequilibrio cuando se critica el «postureo» y se reivindica la «sencillez que auxilia»:

«Eh, no nos engañemos, pues sube de lo hondo,
sin grillos de volcán ni reflexión de losa,
la sencillez que auxilia. Y, tentadoramente,
tal vez un espejismo, lo peor de cada uno.»

La «sencillez que auxilia» sería un intercambio limpio, donde lo dado y lo recibido se corresponden, frente al «espejismo» que oculta «lo peor de cada uno».

El libro insiste en que el deseo maduro debe evitar las deudas afectivas imposibles y las promesas que no pueden cumplirse, porque ambas prácticas generan un desajuste que termina por agotar el «crédito del alba» del sujeto.

  1. Economía del desgaste y ética de la resistencia

5.1. Desgaste inevitable y resistencia activa

El desgaste es inherente a toda moneda en circulación; Moneda del sentir asume este principio y lo traduce en una ética del desgaste consciente. El Reverso abre con una frase que relativiza el valor de lo que «nada es», siempre que contribuya a acoger el deseo:

«QUÉ más da lo que nada es
si conforta acogerse, sin tapujos,
a las temperaturas o cinceles
de arrobo del deseo.»

Hay pérdidas, momentos menores, elementos que «nada son» en términos de valor absoluto, pero que pueden servir para «confortar» y mantener viva la capacidad de sentir. El sujeto acepta un cierto desgaste como coste de la circulación afectiva.

Al mismo tiempo, el libro propone resistir a las formas de desgaste que no aportan nada al capital emocional. El Poema 31 expulsa los «trazos venenosos» que imponen «el metal del disgusto»:

«Odio la confusión, que malgasta los claros,
y el hábito de polvo del mustio desencuentro.
Expulso de mis ratos los trazos venenosos,
que imponen la ronquera y el metal del disgusto.»

«Malgastar los claros» equivale a usar mal el tiempo y la atención; el sujeto decide expulsar aquello que sólo añade «desencuentro» y «disgusto».

5.2. Redistribución afectiva y selección de inversiones

La ética que se desprende del poemario no es la del ahorro extremo, sino la de la redistribución inteligente del deseo. En el Poema 21, el yo reconoce:

«Prosigo porque traigo sorpresas sin abrir;
y delante de mí, intencionadamente,
susurros como broches, que eliminan molestias
de lámpara mojada.»

El sujeto se percibe a sí mismo como portador de «sorpresas sin abrir», es decir, de recursos afectivos aún no utilizados, y se dispone a invertirlos selectivamente para eliminar «molestias» y «lámpara mojada» (apagos, humedades afectivas).

En el Poema 26, la redistribución se formula como expansión de la confianza:

«Expandida, ganada la confianza
—que es la copia indiscreta de uno mismo—,
modula tu latido al arraigo de todo
lo pensado y resuelto, lo besable.»

La «confianza» es definida como «copia indiscreta de uno mismo», lo que implica que su entrega es costosa: pone al sujeto en manos del otro. Por eso se insiste en «modular» el latido «al arraigo de todo lo pensado y resuelto, lo besable», es decir, alineando la inversión afectiva con lo que ha sido reflexionado y merece el riesgo.

  1. Conclusiones: un modelo exportable de economía emocional poética

El análisis de Moneda del sentir muestra cómo la metáfora de la moneda, lejos de ser un adorno, articula un modelo complejo de economía afectiva en el que el deseo se entiende como recurso finito, negociable y sujeto a desgaste, pero también como capital capaz de generar valor cuando se invierte en encuentros auténticos. El campo semántico económico —acopio, valor, brillo, desgaste, crédito, engastar— ofrece un vocabulario analítico que puede exportarse a otros textos para estudiar la representación poética de la economía emocional.

Las implicaciones éticas de este modelo son nítidas: concebir el deseo como «forma de pago» obliga a preguntarse en qué contextos se paga, qué se recibe a cambio, qué deudas se aceptan y cuáles se rechazan, y cómo evitar las transacciones que sólo producen desgaste tóxico. La categoría de «moneda de curso legal» permite, además, delimitar qué formas de intercambio afectivo resultan legítimas para una poética del deseo maduro que rechaza tanto la simulación como la victimización.

En este sentido, Moneda del sentir se convierte en un caso de estudio privilegiado para la representación poética de la economía emocional en la lírica contemporánea, ofreciendo un sistema metáforico que no se agota en el libro, sino que puede funcionar como herramienta para leer otros poemarios donde las metáforas de intercambio, deuda y gasto articulen el relato del deseo.

 

  1. Análisis de ocurrencias: distribución del léxico económico en el Canto

7.1. Términos de acumulación y patrimonio

El campo de la acumulación aparece en diversos poemas del Canto, configurando una preocupación constante por lo que se guarda, lo que se pierde y lo que se multiplica. En el Poema 1, además del «acopio» ya citado, se menciona el deseo de multiplicación:

«Cómo se multiplican con furia de gigante
las ganas de escuchar lo que ansiamos oír.»

«Multiplicar» pertenece al vocabulario del crecimiento económico; aplicado a «las ganas de escuchar», traduce el deseo de reciprocidad en términos de rendimiento creciente. La «furia de gigante» intensifica la velocidad de esa multiplicación, como si el deseo tuviera capacidad de generar interés compuesto cuando encuentra las condiciones adecuadas.

En el Poema 3, la referencia a «los tesoros» introduce la idea de un patrimonio afectivo acumulado:

«Aunque frágiles sean los tesoros, sigamos
hasta el filo escogido o la provocación
sentimental, resuelta, apasionada, liosa.»

Los «tesoros» no son objetos materiales, sino momentos, vínculos o experiencias que el sujeto considera valiosos a pesar de su fragilidad. La decisión de «seguir» implica seguir invirtiendo en esos tesoros, aceptando el riesgo de pérdida.

En el Poema 7, la expresión «custodia de apuntes de alhaja en una piel» refuerza la idea de un cuerpo que guarda, como un cofre, momentos preciosos:

«Dispuesto a ser portal de avales, el pasado;
y custodia de apuntes de alhaja en una piel,
cada atisbo de luz.»

La «custodia» es función de guardián; los «apuntes de alhaja» son fragmentos de experiencias valiosas que la piel conserva como memoria sensorial. Cada «atisbo de luz» equivale a un pequeño capital de verdad y belleza que no debe dilapidarse.

7.2. Términos de gasto, pérdida y bancarrota afectiva

El campo del gasto negativo aparece en imágenes de desperdicio y de agotamiento de recursos. En el Poema 5, se reconoce la amenaza de un colapso total:

«Y sin lo necesario, te mustia la vergüenza.
Y rendido al declive, me declaro eremita.»

«Sin lo necesario» indica una situación de pobreza afectiva donde faltan las condiciones mínimas para seguir apostando. «Rendido al declive» describe un sujeto que ha agotado su margen de inversión emocional y se refugia en la retirada («me declaro eremita»).

En el Poema 10, la pérdida se formula en términos de riesgo asumido:

«Un lugar arriesgado,
regresar sin el cofre de los ases.»

El «cofre de los ases» representa un capital ganado en apuestas anteriores; regresar sin él equivale a haber perdido en la transacción. El verbo «regresar» sugiere que el sujeto salió a buscar algo y vuelve con las manos vacías, habiendo gastado energía sin obtener retorno.

En el Poema 23, el gasto mal orientado aparece como «un don sin entregas»:

«Pues un don sin entregas termina siendo un golpe,
un cansancio que agota el crédito del alba.»

El «crédito del alba» es una línea de confianza renovada cada día, que se puede agotar si se invierte mal. Un «don» que no se traduce en «entregas» reales es un activo que no genera flujo, que permanece inerte y termina convirtiéndose en pérdida («golpe») y en agotamiento.

7.3. Términos de intercambio, trueque y reciprocidad

El campo del intercambio es central, porque la metáfora de la moneda se sostiene en la idea de que el afecto circula entre sujetos. En el Poema 2, quien «viene vendiendo despertares» es alguien que ofrece experiencias de intensidad a cambio de una respuesta:

«Y un cuidado especial, o de fiesta mayor,
merece —mientras fluyen primitivas ternuras—
la respuesta de cielo, que en la unidad ahonda
y secunda a quien viene vendiendo despertares.»

«Vendiendo despertares» convierte la capacidad de provocar lucidez en un bien ofrecido en el mercado afectivo. La «respuesta de cielo» sería el pago que ese vendedor merece: no dinero, sino reconocimiento, profundización del vínculo, reciprocidad en intensidad.

En el Poema 14, la idea de «intercambio» aparece en la pregunta por «El grado de intercambio entre el brillo y la altura»:

«¿La postura que va de los pliegues vidriosos
de la arena a la torre tapizada de gloria?
¿El grado de intercambio entre el brillo y la altura,
el azar y la fecha, la cadencia y el rumbo?»

El «grado de intercambio» mide la tasa de conversión entre términos distintos: cuánto «brillo» equivale a cuánta «altura», cuánto «azar» se puede canjear por «fecha». Es una forma de preguntarse por la equivalencia de valores en el encuentro amoroso: ¿qué se da por qué? ¿Cuál es el tipo de cambio entre belleza y profundidad, entre espontaneidad y compromiso?

En el Poema 18, el trueque aparece como tensión entre «la propaganda de consumo» y «mis rubios papeles enredados de noche»:

«¿Vocación de pellizco, la incitación al duelo
entre la propaganda de consumo
y mis rubios papeles enredados de noche?»

Aquí se plantea una confrontación entre dos economías: la del consumo masivo (publicidad, superficialidad) y la del trabajo poético nocturno. El «duelo» es un combate por establecer qué tipo de intercambio tiene más valor: el inmediato y visible o el lento y profundo.

 

 

 

  1. Transformación del sentimiento como recurso finito: de lo ilimitado a lo administrable

8.1. Ruptura con el idealismo romántico

La tradición romántica tiende a presentar el amor como fuerza infinita, inagotable, que se regenera por sí misma. La metáfora de la moneda en Moneda del sentir rompe con esa concepción: el deseo es recurso limitado que debe gestionarse. Esta ruptura no implica cinismo, sino realismo.

En el Poema 15, el sujeto pregunta:

«Mira que lo deseo con vigor de montaña,
¿pero qué puede el siglo regalarnos, tejernos
sin la paz y los gestos propios de la existencia?»

El «vigor de montaña» es intensidad física del deseo, pero la pregunta introduce una restricción: el «siglo» (el contexto histórico, social, cultural) condiciona qué es posible tejer con ese vigor. No basta con desear intensamente; es necesario que el entorno ofrezca «la paz y los gestos propios de la existencia», es decir, condiciones estructurales que permitan convertir el deseo en vínculo sostenible.

En el Poema 20, la conciencia de límite se hace explícita en la imagen de «el rayo que se atreve a palpar» y «el ensueño que suprime la línea / donde cesa la euforia»:

«Hay quien piensa en el rayo que se atreve a palpar.
Sus dorados disiden del contorno de lágrima
que desvela un retrato descolorido y terco.
Hay quien cita al ensueño que suprime la línea
donde cesa la euforia en puntual equilibrio.»

La «línea donde cesa la euforia» marca un límite real del deseo. El «ensueño» intenta suprimir ese límite, pero el poema lo reconoce como condición insuperable. Admitir que el deseo tiene un punto donde «cesa» es aceptar su carácter finito.

8.2. Gestión del deseo: distribución temporal y espacial

La finitud del deseo obliga a decidir dónde y cuándo invertir la propia energía afectiva. El Poema 21 expresa esta necesidad de gestión:

«Prosigo porque traigo sorpresas sin abrir;
y delante de mí, intencionadamente,
susurros como broches, que eliminan molestias
de lámpara mojada.»

El sujeto «prosigue» porque aún conserva «sorpresas sin abrir», es decir, recursos afectivos no gastados. La palabra «intencionadamente» subraya que la distribución de esos recursos es consciente, no azarosa: se colocan «delante de mí» de manera estratégica para eliminar «molestias».

En el Poema 23, la gestión implica recuperar la capacidad de «admirar»:

«Voluntario otra vez de aquellas sensaciones
que me hicieron mirar, disentir del sigilo,
avanzar con hombría, presentarme en la puerta…
Otra vez mis adentros, que se exponen y crecen
cuando regresa alguien.»

El sujeto decide volver a ser «voluntario» de ciertas sensaciones, es decir, reinvertir en experiencias que en el pasado resultaron rentables en términos de intensidad y verdad. Es una forma de redistribuir capital emocional hacia zonas que han demostrado capacidad de «exponer» y «hacer crecer» los «adentros».

8.3. Desgaste como pérdida de valor: erosión y obsolescencia afectiva

El desgaste no es sólo pérdida cuantitativa de energía, sino también pérdida cualitativa de valor. Una moneda desgastada sigue siendo moneda, pero vale menos; un afecto desgastado puede seguir existiendo, pero haber perdido su capacidad de generar intensidad.

En el Poema 27, la soledad se describe como espacio donde ciertos objetos afectivos se han desvalorizado completamente:

«¿Los aliados perfectos?
De la posible soledad, belleza.
En absoluto, abrojos, tatuajes, telarañas,
blancuras pesarosas, postales sin pasión,
agujas, llaves barro, ecos del lado impuro.»

Los «abrojos, tatuajes, telarañas» son restos de inversiones afectivas que se han convertido en cargas. Las «postales sin pasión» representan una comunicación que ha perdido toda intensidad; las «llaves barro» son accesos que ya no abren nada. Son formas de capital afectivo obsoleto, que ya no sirve para generar encuentro.

En el Poema 30, el desgaste aparece como «fragmentos drásticos» donde antes hubo vitalidad:

«Y donde fue radiante colibrí
el pecho, sin retórica,
duermen fragmentos drásticos,
picaduras adictas a lo que desfallece.»

El «radiante colibrí» simboliza un momento de alta intensidad afectiva, ahora reducido a «fragmentos drásticos». Las «picaduras adictas a lo que desfallece» sugieren que el desgaste se autoalimenta: lo que ya está debilitado sigue siendo atacado, acelerando su desvalorización.

  1. Implicaciones éticas: hacia una economía afectiva justa y sostenible

9.1. Justicia distributiva en el afecto

Una economía afectiva regida por la metáfora de la moneda plantea cuestiones de justicia: ¿qué se debe dar y recibir? ¿Cuándo un intercambio es equitativo? El Poema 32 formula un principio de reciprocidad exigente:

«Yo quiero tu exigencia a punto de sumar.
El desprecio, ni en átomos de un idioma de paja,
pues dispone de un hondo carapacho perverso
y consterna, degrada, trunca más que el saludo
expectante o virtual de un verdugo en activo.»

«Tu exigencia a punto de sumar» significa que el otro debe exigir, debe pedir, debe poner condiciones, de modo que el intercambio no sea unilateral. El rechazo del «desprecio» se fundamenta en que este destruye el valor del sujeto sin compensación alguna: no es un intercambio, sino una confiscación.

En el Poema 18, la demanda de justicia afectiva se formula en términos de «equipar la extrañeza con rachas de sonrisa»:

«Cuánto nos urge aliar la certeza al hallazgo
y al recuerdo del gozo la humildad de la aurora.
Cuánto nos templaría decidirnos, mirarnos
por instinto al espejo que nos tilda de cómplices,
y equipar la extrañeza con rachas de sonrisa
que tolera y socorre los traspiés del corazón.»

«Equipar» es distribuir de manera equilibrada; «la extrañeza» (lo que desconcierta) debe compensarse con «rachas de sonrisa» que «toleran y socorren». No se trata de eliminar la dificultad, sino de balancear la cuenta con momentos que restauren el equilibrio.

9.2. Ética de la transparencia: contra la falsificación del valor

Una economía justa exige que las monedas no sean falsas. En el campo afectivo, esto se traduce en la exigencia de autenticidad. El Poema 19 critica las formas de falsificación mediante la imagen y la pose:

«Ni en bolsitas de un gramo, el postureo.
Además de presión de parajes de moda,
su vigencia supone engominado acento
de uno mismo, conciencia fotogénica,
sacrificios de frasco.»

El «postureo» es una moneda falsa: parece tener valor (brillo, visibilidad), pero carece de contenido real. Los «sacrificios de frasco» son inversiones en apariencia sin sustancia, que no generan encuentro auténtico.

En el Poema 31, la denuncia de lo falso se extiende al mundo digital:

«Ay, cuánta irrelevancia pulula por la Red,
pues si no es un montaje, lo parece:
estridencias de araña y volubles antojos.»

La «irrelevancia» es contenido afectivo sin valor, que circula como si lo tuviera. El problema no es sólo que sea «montaje», sino que «lo parece»: la distinción entre moneda verdadera y falsa se vuelve imposible, lo que colapsa el sistema de confianza necesario para cualquier intercambio.

9.3. Sostenibilidad afectiva: evitar el agotamiento

La sostenibilidad implica que el sistema afectivo pueda seguir funcionando a largo plazo sin colapsar. El Poema 28 advierte contra formas de relación que agotan el stock emocional:

«Sin mapa ceniciento ni adorno trasnochado,
la confesión tardía, lo que somos,
las consideraciones de unos brazos
alentados por frutos, por brasas, por firmezas;
y el resto de las causas, sin descuidar el tono
de cuanto nos pasó.»

La «confesión tardía» introduce honestidad cuando aún es posible reorientar el vínculo. Los «brazos alentados por frutos, por brasas, por firmezas» representan un cuerpo que aún conserva recursos (frutos, brasas, firmezas) y puede seguir invirtiendo. La advertencia es contra el descuido del «tono de cuanto nos pasó», es decir, contra el olvido de la historia compartida que constituye el capital relacional acumulado.

En el Reverso, la imagen del «bosque que entona un derroche de embrujos» propone una forma de sostenibilidad basada en la renovación constante:

«Y si salta el runrún del letal desamor,
volvamos a la estrella de salida, mostrémonos
como bosque que entona un derroche de embrujos.»

El «bosque» es ecosistema donde hay pérdida (hojas que caen) y regeneración constante. «Volver a la estrella de salida» no es repetir mecánicamente, sino reiniciar con la experiencia acumulada, como un sistema que se resetea pero conserva aprendizajes.

  1. Aportación conceptual: un vocabulario analítico exportable

10.1. Categorías analíticas derivadas de Moneda del sentir

El análisis del campo semántico económico en Moneda del sentir permite proponer un conjunto de categorías analíticas útiles para estudiar la economía afectiva en otros textos poéticos:

  1. Capital afectivo inicial: recursos emocionales disponibles al inicio de una relación o de un periodo (equivalente al «acopio» o a las «sorpresas sin abrir»).
  2. Inversión afectiva: acto de comprometer recursos emocionales en una persona, un proyecto o una experiencia (equivalente a «posicionarse», «entregar», «pagar con el sentir»).
  3. Rendimiento o rédito: resultado positivo de una inversión afectiva, que aumenta el capital disponible (equivalente a «multiplicar», «brillar», «generar lustres»).
  4. Pérdida o devaluación: resultado negativo de una inversión, que reduce el capital o lo erosiona (equivalente a «regresar sin el cofre», «agotar el crédito», «fragmentos drásticos»).
  5. Intercambio o trueque: operación en la que dos sujetos dan y reciben (equivalente a «vendiendo despertares», «grado de intercambio», «equipar la extrañeza»).
  6. Desgaste o erosión: pérdida gradual de valor por uso y tiempo (equivalente al «desgaste» implícito en la circulación de la moneda, a las «postales sin pasión», a lo que «desfallece»).
  7. Falsificación o simulación: presentación de valor afectivo inexistente (equivalente al «postureo», al «montaje», a los «sacrificios de frasco»).
  8. Redistribución o gestión: decisión consciente sobre dónde, cuándo y cómo invertir los recursos disponibles (equivalente a «intencionadamente», «voluntario otra vez», «modular el latido»).

10.2. Aplicabilidad a otros corpus poéticos

Este vocabulario puede aplicarse a otros poemarios de la lírica amorosa contemporánea donde aparezcan metáforas económicas, aunque no estén tan sistemáticamente desplegadas como en Moneda del sentir. Por ejemplo, en libros donde se hable de «dar», «recibir», «esperar», «invertir tiempo», «desgastarse», «perder», estas categorías permitirían leer esos términos no como meras expresiones coloquiales, sino como indicios de una economía afectiva subyacente que estructura la experiencia del deseo.

La ventaja de usar este vocabulario es que permite comparar textos diversos sin forzar lecturas uniformes: un libro puede presentar una economía del derroche (inversión sin cálculo), otro una economía del ahorro (miedo a perder), otro una economía del intercambio justo (reciprocidad estricta), y un cuarto una economía del agotamiento (recursos consumidos sin reposición). Moneda del sentir se situaría en un modelo mixto: reconocimiento del desgaste, voluntad de inversión, exigencia de reciprocidad y rechazo de la falsificación.

  1. Conclusión: la moneda como modelo epistemológico del afecto

El análisis detallado del campo semántico económico en Moneda del sentir muestra que la metáfora de la moneda no es ornamental ni accidental, sino que constituye un modelo epistemológico completo para pensar el afecto contemporáneo. El sentir se entiende como recurso finito que circula, se invierte, genera réditos o pérdidas, sufre desgaste y puede falsificarse, lo que obliga al sujeto a tomar decisiones éticas sobre cómo gestionar su capital emocional.

Esta concepción transforma radicalmente el modo de representar el amor en la poesía: frente a la tradición romántica que idealizaba el deseo como fuerza infinita, y frente al cinismo posmoderno que lo reduce a pura simulación, Moneda del sentir propone una tercera vía donde el deseo es real pero limitado, auténtico pero negociable, intenso pero administrable.

Las implicaciones éticas son múltiples: reconocer el deseo como moneda obliga a plantearse cuestiones de justicia (¿es equitativo el intercambio?), de autenticidad (¿la moneda es verdadera o falsa?), de sostenibilidad (¿puede el sistema seguir funcionando sin colapsar?) y de redistribución (¿dónde conviene invertir los recursos?). El libro no ofrece respuestas cerradas, pero propone un marco conceptual riguroso para pensar estas preguntas.

Finalmente, el vocabulario analítico derivado de Moneda del sentir constituye una aportación metodológica exportable a otros textos donde las metáforas económicas articulen la experiencia afectiva, abriendo una línea de investigación sobre la representación poética de la economía emocional en la lírica contemporánea.

Bibliografía

Tomé Martín, César. Moneda del sentir. Madrid: Ediciones Rilke, 2026.

Lakoff, George y Mark Johnson. Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra, 1986.

Estudios sobre economía afectiva en teoría cultural contemporánea.

Teoría de la metáfora conceptual aplicada a la poesía contemporánea.

Tags: No tags