CÉSAR TOMÉ: EL POETA QUE VUELVE DESPUÉS DEL SILENCIO
Hay poetas que escriben sin pausa, publicando libro tras libro como quien respira. Y luego están aquellos para quienes cada palabra es una decisión meditada, cada libro una apuesta vital que no admite prisa ni concesión al mercado. César Tomé Martín (Lerma, Burgos, 1956) pertenece a esta segunda estirpe: la de los poetas que prefieren el silencio largo a la palabra apresurada.
El hombre que aprendió a esperar
Cuando César Tomé publicó Moneda del sentir en 2026, habían transcurrido dieciséis años desde su anterior libro significativo. Dieciséis años en los que no desapareció —siguió escribiendo, participando en tertulias, manteniendo viva la llama de TELIRA (Tertulia Literaria Ribereña y Arandina), colectivo que cofundó en 2001— pero sí guardó silencio editorial. ¿Capricho? ¿Bloqueo creativo? Nada de eso. Como él mismo declaró en la contraportada de su nuevo poemario: “no acepta la creación poética sin la lectura ajena”. Para Tomé, publicar no es vanidad sino necesidad de comunión, y esa comunión exige que el libro esté listo, maduro, sin artificio.
Nacido en Lerma —esa villa ducal castellana donde cada piedra respira historia— en pleno franquismo, Tomé pertenece a la generación que alcanzó la madurez poética durante la Transición. Mientras España pasaba de dictadura a democracia, mientras el país se transformaba de rural a urbano, él construyó en silencio una obra que no busca modas sino permanencia. Su formación fue la de los autodidactas verdaderos: leyendo a los clásicos, escribiendo desde muy joven, aprendiendo de otros poetas en encuentros y tertulias.
Una trayectoria de fidelidad al oficio
El encuentro decisivo de su vida literaria ocurrió en 1979, cuando conoció al poeta y crítico Antonio L. Bouza, director de la revista Artesa, quien años después publicaría su primer libro: Bajo este techo claro (1983). Pero antes, en 1982, ya había obtenido reconocimiento significativo: su Cuaderno de Poesía Masculina quedó finalista en el concurso ACENTOR de Poesía entre 274 originales presentados. No era el poeta local que busca palmaditas en su provincia: era voz que competía —y resistía— en el circuito nacional.
Desde entonces, su bibliografía se lee como mapa de una fidelidad inquebrantable: Lunas dolientes (1985), La otra oscuridad (1991), Adnaloy (1995), Temperatura (2006, con prólogo de José María Fernández Nieto), Piedras en los bolsillos de Dios (2009), Cuando los pasos crecen (2010, obra que reúne parte de sus publicaciones anteriores y el inédito Los versos del espejo). Cada título marca una etapa vital, un modo de mirar el mundo desde la experiencia acumulada.
Pero Tomé no es solo poeta de libros: es poeta de comunidad. Su participación en TELIRA durante quince años (2001-2016) lo convierte en figura central de la vida literaria de la Ribera del Duero burgalesa. Organizó recitales, impulsó publicaciones colectivas, acompañó a poetas jóvenes. Cuando las instituciones literarias oficiales miraban hacia Madrid o Barcelona, Tomé defendía que la poesía se hace también —y sobre todo— en los márgenes, en las tertulias de provincia donde la palabra no cotiza en bolsa pero sí en vida compartida.
El reconocimiento discreto
Los premios de Tomé son modestos pero significativos. Primer premio de Cartas de Amor UNAE-Aranda dos años consecutivos (2005 y 2006) —sí, reconocido también como escritor de cartas de amor—, segundo premio en el Certamen de Poesía de Salas de los Infantes (2009). Pero el reconocimiento más revelador llegó en 2007, cuando su “Poema de Amor” fue seleccionado para el VI Premio de Poesía Experimental de la Diputación de Badajoz y, en 2014, reproducido por la academia RAABE “RAAbists Spanisch” de Stuttgart, Alemania. Un poeta burgalés estudiado en Alemania: esa es la clase de internacionalización que importa, la que nace del valor intrínseco del texto.
Su inclusión en antologías clave como 30 en oro, poetas burgaleses (2004, Editorial CELYA) y 50 Poetas Contemporáneos de Castilla y León (2011) lo sitúa entre las voces esenciales de su generación en esa región. No es casualidad: el pintor Vela Zanetti, tras leer sus versos, le escribió una carta memorable: “Voz soterrada y ligeramente melancólica, virilmente melancólica; y que pese a su lirismo, veo bien que tiene la tierra presente”. Esa es la clave: Tomé escribe con los pies en la tierra castellana pero la mirada en lo universal.
La poética de la autenticidad
¿Qué define la voz de César Tomé? La negativa radical a la impostura. En tiempos de poesía confesional de redes sociales que promete sanación inmediata, Tomé construye una poética del pensamiento sostenido. Sus versos no buscan likes ni viralización: buscan lectores dispuestos a concentrarse, a releer, a trabajar con el texto. “Créeme… con la tolerancia de la tierra, / la pulcra exactitud de los puntos suspensivos / y el rubor del cerezo”, escribió en sus primeros años. Esa combinación de elementos naturales concretos (tierra, cerezo) con conceptos abstractos precisos (tolerancia, exactitud, rubor) marca toda su obra.
Su poesía es amorosa sin idealismo, reflexiva sin academicismo, castellana sin regionalismo. Habla del deseo, del tiempo, de la muerte, del encuentro y el desencuentro con esa densidad formal que exige al lector pero no lo excluye. No es poeta para todos los públicos —y no le importa serlo—. Es poeta para quienes entienden que la profundidad no está reñida con la emoción, que pensar y sentir no son actividades separadas.
El regreso con Moneda del sentir
Cuando en 2026, a los setenta años, Tomé publica Moneda del sentir con Ediciones Rilke, no lo hace como quien vuelve del exilio sino como quien ha esperado pacientemente el momento exacto. Dieciséis años no son vacío: son maduración. El libro —estructurado como una moneda real con Anverso, Canto y Reverso— es apuesta arquitectónica ambiciosa que pocos poetas de su generación se atreven a intentar. Mientras otros publican colecciones de poemas unidos por vago aire de familia, Tomé construye un sistema donde cada decisión responde al concepto central.
Este no es poeta que necesite estar en el escaparate constantemente. Es voz que se construye en el tiempo largo, que privilegia coherencia sobre productividad, que rechaza tanto el populismo poético como el hermetismo académico. En panorama poético español saturado de extremos —confesionalismo de Instagram versus experimentalismo opaco—, Tomé representa tercera vía: poesía de madurez reflexiva que no renuncia ni a la complejidad formal ni a la intensidad emocional.
Su público no es masivo pero sí fiel: lectores de poesía española contemporánea que conocen a García Montero o Marzal pero buscan mayor densidad; estudiantes y profesores que necesitan ejemplos de coherencia arquitectónica en poesía; lectores maduros que vivieron el amor pre-digital y reconocen en sus versos experiencia compartida sin nostalgia. No es poeta de moda —nunca lo fue, nunca lo será— pero sí es poeta necesario, de esos que construyen obra sólida mientras otros persiguen trending topics.
El legado de quien no se apresura
César Tomé Martín representa una estirpe en peligro de extinción: la de los poetas que escriben porque no pueden no escribir, pero publican solo cuando tienen algo que decir. La de los que privilegian el valor literario sobre el éxito comercial, la maduración sobre la productividad, la coherencia sobre la dispersión. En tiempos de ansiedad editorial donde se espera un libro por año, Tomé responde con silencios de dieciséis años que no son ausencia sino gestación.
Su obra —discreta en volumen, sólida en sustancia— habla de experiencias que trascienden lo anecdótico: el deseo que insiste pese al tiempo, la autenticidad como resistencia frente a la simulación, el cuerpo como territorio de verdad. Y lo hace desde Castilla, desde esa Ribera del Duero que produce vinos que necesitan años para alcanzar su punto. Tomé es poeta-vino de crianza larga: cada libro es añada que no se entiende sin los anteriores, que mejora con el tiempo, que exige paciencia del bebedor.
Cuando dentro de décadas los historiadores literarios tracen el mapa de la poesía española de finales del siglo XX y principios del XXI, encontrarán en los márgenes —lejos de los focos mediáticos— a poetas como César Tomé: los que construyeron obra verdadera mientras otros acumulaban titulares. Y entonces, quizá, se comprenderá que la poesía que permanece no es la que más suena, sino la que mejor resiste el paso del tiempo. La que se escribe, como Tomé, “con la pulcra exactitud de los puntos suspensivos”.
Para descubrir a César Tomé:
- Comienza por Moneda del sentir (2026): su obra más ambiciosa y madura
- Continúa con Cuando los pasos crecen (2010): recopilación que permite ver su evolución
- Busca sus poemas en las antologías 30 en oro y 50 Poetas Contemporáneos de Castilla y León
Perfil de lector ideal:
- Lectores habituales de poesía española que buscan complejidad sin hermetismo
- Estudiantes y profesores interesados en arquitectura poética
- Lectores maduros (40+) que valoran lucidez sobre consuelo emocional
Quienes entienden que la poesía es trabajo compartido entre autor y lector
CESÁR TOMÉ . Escritor, poeta. Compartir en X











