EVEREST
(Sección II: Abismo)
El aire cortaba los pulmones como vidrio frío,
cada paso crujía bajo el peso del miedo,
la nieve sabía a hierro en la lengua
y las manos dejaron de ser manos
mucho antes de llegar.
Subí sin rezos, solo con el latido
golpeando las sienes y el silencio
masticándome despacio por dentro.
Perdí la voz en mitad de la pendiente
y la dejé colgada en una grieta,
junto a otros nombres que nadie volvió a pronunciar.
Arriba no había gloria,
solo un viento sin rostro
oliendo a ausencia.
Vi a los que llegaron antes,
con los ojos huecos,
los abrazos que no calentaban
y los corazones partidos
como tiendas mal clavadas en plena tormenta.
No los rompió la subida,
fue quedarse.
Ahora sé la verdad de la cima:
no es llegar lo que te cambia,
es descubrir que para sobrevivir ahí arriba
tienes que dejar de ser humano.
Y mientras bajo, con los dedos entumecidos
y el pecho vacío,
entiendo por fin que el Everest no se escala:
él te escala a ti.
GENERACIÓN Z
(Sección III: Resistencias — poema de cierre)
Vivo en un mundo al que se le olvidó amar:
pesa más el desinterés que el mostrar.
Viven pegados a una conexión constante
que no les deja ver la naturaleza, el arte y el paisaje.
Abusan de las adicciones y de las contradicciones.
Ya no buscan caricias, no buscan puros corazones.
No hay cartas escritas ni encuentros a escondidas:
solo una señal gigante que indica la salida.
Solo quedan telarañas en el pasado,
que tejen recuerdos olvidados
sobre un tiempo que no disfrutamos.
Alguien quitará el polvo de los libros
para leer nuevas páginas de un capítulo
que nosotros nunca abrimos.
UNA ROSA Y UN POETA
(Sección I: Desangre)
Hay una rosa que me hiere cada vez que la toco.
Aun así, quiero esa rosa solo para mi disfrute.
Hay una rosa con la que mi voz se queda en silencio,
y quiero ser el único al que esa rosa vuelva loco.
Hay una rosa que cada día me envenena;
ese veneno es amor, calor a presión.
Esa rosa me enseña un rastro en su vientre,
quiere aprisionar mi vida con su cadena.
Hay una rosa que siempre me hace llorar;
quizás no le doy toda el agua que merece,
y por eso me quiere abandonar.
Hay una rosa que ya no dice nada;
su idioma es mi sangre,
y no paro de sangrar.
ÚNICA
(Sección I: Desangre — poema de cierre)
Gracias a mi primer amor, aprendí a creer;
también me enseñó que se puede soñar.
Que no importaba la diferencia de edad;
no sé cómo, pero siempre tuvo la habilidad,
siempre supo ayudarme en mi debilidad.
En todo momento me supo cuidar
y fue mi primer amor de verdad.
Y nunca me besó los labios;
jamás se fijó en mis ojos.
La noche que más recuerdo
fue cuando, apenas con fuerza,
en el hospital, agarraste mi cuerpo.
La única mujer de mi vida.
M
A
M
Á
MONSTRUO
(Sección II: Abismo)
Hay un monstruo que me dice qué hacer,
que me quiere ver hundido, sin flotar.
Me odia y yo le odio a él; vive de mi dolor.
Yo sufro por su existir y lloro por su devenir.
Vive pegado a mí como si fuera mi sombra,
está siempre a mi lado sin que pueda hacer nada.
Me susurra que me mate frente al cristal,
que me suba a la azotea y pruebe a volar.
A menudo me molesta mientras duermo,
me quita el hambre y las ganas de jugar,
siempre intenta arrebatármelo todo.
Me grita que abandone, que no soy capaz.
Y yo, furioso, le atino un puñetazo al espejo,
donde solo me veo yo…



