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TÉCNICAS LITERARIAS EN “TEMPESTADES”

TÉCNICAS LITERARIAS EN “TEMPESTADES”

  1. METÁFORAS SENSORIALES

Vista y luz

La vista es el sentido dominante del poemario. Mellado construye sus estados emocionales a través de la presencia o ausencia de luz con una consistencia que atraviesa las tres secciones. La extinción del amor se traduce en apagón: “Y de repente ya no hay luz; no hay nada. / Solo destellos de lo que fue algún día” (“Luces off”). La muerte se convierte en fenómeno lumínico: “La noche azabache se ha llevado una estrella más, / tus carcajadas se apagaron y no volverán a sonar” (“Último suspiro”). La crisis psicológica opera con los mismos instrumentos: “la sangre y las sombras / cubrirán toda la luz” (“Penumbra”).

Lo que hace eficaz este sistema es que Mellado evita el uso abstracto del símbolo luz/oscuridad. La luz siempre viene anclada a una experiencia concreta —el brillo del cielo, el destello del recuerdo, el halo de una figura— que la arraiga en lo perceptible antes de elevarse a lo emocional.

Tacto y textura

El tacto en Tempestades es el sentido de la intimidad y también de la pérdida. Cuando el contacto es posible, es sedoso e intenso: “Tu tacto es seda para mi pobre cuerpo, / amapolas para el árido desierto” (“Jardín”). Cuando se pierde, el tacto se convierte en frío físico real: “Se sentía fría al tacto y débil al calor” (“Game over”), “los abrazos que no calentaban” (“Everest”).

La ausencia de calor como metáfora del abandono amoroso reaparece en “La llama” con precisión quirúrgica: “Todavía noto esa ausencia de calor en el pecho”. Mellado hace de la temperatura una escala emocional: el calor es amor, el frío es pérdida, el hielo es parálisis definitiva.

Olfato

El olfato aparece de manera más puntual pero con notable eficacia. En “Jardín” construye el retrato amoroso enteramente a través de aromas: “Hueles a lavanda recién levantada, / a notas de jazmín en tu cara. / Hueles a rosas todas las mañanas, / a gotas de rocío recién duchada”. La anáfora del verbo oler convierte al olfato en el sentido de la presencia viva, de lo que aún está. En contraste, “Everest” usa el olfato para la ausencia: “solo un viento sin rostro / oliendo a ausencia”. La ausencia huele: es quizás la imagen sinestésica más lograda del libro.

Gusto

El gusto funciona principalmente como registro de la memoria afectiva. “ni si sus labios sabían a caramelo” (“Luces off”) es la pregunta por lo irrecuperable: no se recuerda si la persona amada sabía a caramelo, lo cual equivale a decir que se ha perdido hasta la memoria sensorial de ella. En “La llama” aparece con mayor violencia: “el dulce sonido de las rocas en mi lengua, / escuchando cómo se rompen por la mitad”. Aquí el gusto coexiste ya con el sonido —primera sinestesia marcada del poemario—.

Oído

El oído es el sentido de la comunidad y el consuelo en la Sección I, y el sentido de la amenaza en la Sección II. En “Sonata nocturna” las aves cantan baladas y hacen “vibrar al hielo”; en “Pentagrama” el amado es “la melodía más hermosa jamás cantada”. En “Amenaza” el mismo sentido se convierte en paranoia: “Escucho voces en cada altavoz, en cada bocina”, “Grita cada vez con más fuerza; no puedo soportarlo”. Mellado usa el mismo sentido para registros emocionalmente opuestos, lo cual otorga coherencia sonora al libro.

Síntesis sensorial

Los cinco sentidos están presentes en Tempestades, pero operan con jerarquía clara. La vista domina como organizador del campo emocional; el tacto articula la intimidad y su pérdida; el oído diferencia la salud del colapso psicológico. El olfato y el gusto actúan como disparadores mnémicos puntuales de alta eficacia. Lo notable es que Mellado rara vez usa un solo sentido en aislamiento: sus mejores imágenes fusionan dos o más registros sensoriales, lo que nos lleva directamente al siguiente apartado.

  1. SINESTESIA Y FUSIÓN SENSORIAL

La sinestesia es una de las herramientas más sofisticadas del poemario, y aparece con mayor frecuencia de lo que una primera lectura revela.

El caso más elaborado está en “La llama”: “el dulce sonido de las rocas en mi lengua, / escuchando cómo se rompen por la mitad”. Aquí se fusionan gusto (dulce), oído (sonido, escuchando) y tacto (la roca rompiéndose). La emoción que genera —la incapacidad de corresponder al amor— no cabría en un solo sentido; necesita los tres simultáneamente para producir la sensación de desbordamiento.

En “Everest” la sinestesia se vuelve narrativa: “el silencio masticándome despacio por dentro” funde oído (silencio) con tacto y gusto (masticar, despacio). El efecto es la representación física del agotamiento psicológico: el silencio no se oye, se come. Es una de las imágenes más originales del libro.

“Amenaza” explota la sinestesia como síntoma de desintegración perceptiva: “Siento frío en la lumbre, calor en la noche de enero”. Vista, tacto y temperatura se invierten y confunden. La fusión sensorial aquí no es recurso estético sino representación del estado disociativo del sujeto poético.

En “Inferno”, la sinestesia construye el cuerpo enamorado como volcán: “Vapores que calientan mi cuerpo al verte, / que me dan fiebre al tenerte presente”. Vista (verte), tacto (calientan) y temperatura (fiebre) se funden en la experiencia única de la presencia del ser amado.

El efecto global de la sinestesia en Tempestades es la representación de estados emocionales que exceden los límites de un solo canal perceptivo. Cuando Mellado necesita expresar desbordamiento —amoroso, psicológico, político— recurre a la fusión sensorial. Es un uso funcionalmente preciso, no ornamental.

  1. ANÁFORAS Y ENUMERACIONES

Anáforas como martillo emocional

“Una rosa y un poeta” es el ejemplo más sistemático: la repetición de “Hay una rosa que…” en cinco variaciones construye un retrato acumulativo de la persona amada que funciona porque cada iteración añade una dimensión nueva —el dolor, el silencio, el veneno, el llanto— antes de concluir con el verso más desnudo: “su idioma es mi sangre, / y no paro de sangrar”. La anáfora prepara emocionalmente al lector para el golpe final.

“Mala vida” usa la anáfora binaria “No recuerdo… / Recuerdo…” para construir una conciencia fragmentada que recuerda lo secundario y olvida lo esencial. La alternancia sistemática produce un efecto de vértigo cognitivo que representa la desorientación amorosa sin necesidad de declararla.

En “Lumbre”, la anáfora “Te hace…” repetida tres veces —“Te hace olvidar”, “Te hace ver”, “Confundes”— construye la acción corrosiva de la ira sobre la conciencia con la lógica de un diagnóstico clínico en verso.

Enumeraciones acumulativas

“En la yema de tus dedos” lleva la enumeración al extremo: el poema más largo del libro es una acumulación de metáforas apositivas (“Eres luz”, “Eres la sombra”, “El son de los pájaros”, “La época dorada de la poesía”, “el fuego intenso”, “amor en forma de bomba de Hiroshima”) que construye un retrato hiperbólico por saturación. La enumeración no busca precisión sino abundancia: el amado excede cualquier definición singular.

“Invisible” usa la enumeración comparativa —“Como el perro abandonado… / como el vagabundo… / como el hombre destruido… / como una mujer abatida”— para construir colectivo de marginalidad antes de la conclusión individual. La enumeración de otros convierte la queja personal en diagnóstico social.

La combinación de anáfora y enumeración es el recurso rítmico más característico de Mellado. Donde otros poetas condensan, él acumula; donde otros eliden, él despliega. Esta preferencia por la acumulación genera una densidad emocional que, en sus mejores poemas, resulta abrumadora en el mejor sentido.

  1. ENCABALGAMIENTO

Mellado usa el encabalgamiento como instrumento de caída emocional más que de tensión. La pausa métrica al final del verso crea expectativa; el verso siguiente la derrumba.

En “Parásito” el encabalgamiento replica la lógica de la autoanulación: “Espero que me devores con despecho, / que me arranques este corazón mal hecho, / y dejes que me pudra en el suelo. // Convertirme en tierra, / estar siempre bajo tus pies.” Los dos últimos versos, fragmentados del resto, caen como consecuencia inevitable de la entrega. La forma es la rendición.

En “Everest” el encabalgamiento más preciso es: “y las manos dejaron de ser manos / mucho antes de llegar.” La pausa entre manos y mucho antes produce suspensión: el lector aguarda una continuación que no amplía sino que retrocede en el tiempo. El encabalgamiento aquí sirve al flashback emocional.

En “Único suspiro”, el fragmento final —“hasta que la muerte cobra / lo que la vida / no nos dejó cuidar”— distribuye el verso en tres líneas con pausas que ralentizan la lectura hasta el ritmo de un lamento. La forma fuerza al lector a detenerse donde el dolor lo requiere.

En “Cremallera”, la fragmentación extrema “Los dientes de león / buscan encajar / en otra flor” produce un efecto de búsqueda incompleta: cada verso termina antes de resolver, como la propia situación que describe. Los encabalgamientos de Mellado no son arbitrarios. Responden sistemáticamente al contenido emocional del verso y producen efectos de caída, suspensión o ralentización según el poema.

  1. REGISTRO LINGÜÍSTICO: CULTO VS. COLOQUIAL

Registro culto — Ejemplos:

Término Verso
apeiron Título y concepto del poema homónimo
ataráxia “La calma después del caos, cuando solo queda orden”
crisálida “y cada una nos ha dejado un trozo / de su crisálida en nuestros ojos”
letargo “deseando que todo fuera un placentero letargo”
azabache “La noche azabache se ha llevado una estrella más”
Gea, Apeiron, ecuación de Dirac Referencias filosóficas, mitológicas y científicas dispersas

 

Registro coloquial — Ejemplos:

Expresión Verso
se le caía la baba “ni por qué al verla se te caía la baba”
Paso de creer “Paso de creer en tradiciones”
ni a la muerte le importes “¿Cómo de pobre has de ser para que ni a la muerte le importes?”
se llenó el buche “Se llenan el buche con el fracaso ajeno”
maldita y problemática pizca “esa maldita y problemática pizca / que me tiene perdido”
hablar por chat “Soy más de hablar en persona que de hablar por chat”

 

Función del contraste:

La oscilación de registro en Tempestades no es inconsistencia sino estrategia de identificación dual. Mellado escribe para un lector que puede reconocer el concepto presocrático de apeiron y también decir me tiene perdido en la misma tarde. El registro culto eleva el texto por encima del poema de estado de ánimo sin alejar al lector; el registro coloquial ancla la experiencia en lo cotidiano sin trivializarla. El efecto es de franqueza: un poeta que no necesita elegir entre lo intelectual y lo directo porque su lector tampoco necesita esa elección.

Donde este contraste funciona mejor es en los poemas de mayor ambición —”Apeiron”, “Everest”, “Game over”— que combinan referencias culturales complejas con expresiones de registro oral. Donde es menos eficaz es en algunos poemas de la Sección III, donde la coloquialidad se impone sin suficiente contrapeso formal.

  1. DIÁLOGOS POÉTICOS

Diálogo implícito yo-tú

La segunda persona singular atraviesa Tempestades como modo de interpelación constante. En la Sección I, el es el ser amado: “No sé cómo recibir tu cariño, ni cómo devolvértelo” (“La llama”), “Prefiero que me muestres tú la opción” (“Parásito”). El diálogo es asimétrico: el yo habla, el nunca responde en el texto. Esta asimetría estructural es la metáfora más eficaz del amor no correspondido.

Monólogo dirigido al otro

En la Sección II, el migra: ya no es el amado sino el lector o la sociedad. “Ansía devorarte sin ofrecer tregua” (“Penumbra”) interpela directamente al lector sobre su propia sombra interior. “No caigas en su juego; no te rindas” (“Amazonas”) convierte el monólogo en consejo. Este desplazamiento del receptor —del amado al lector— es uno de los recursos más inteligentes del libro para ampliar el alcance emocional sin cambiar de voz.

Desdoblamiento y autointerpelación

“Monstruo” y “Amenaza” llevan el diálogo al extremo del desdoblamiento: el sujeto se descubre hablando consigo mismo. “Y yo, furioso, le atino un puñetazo al espejo, / donde solo me veo yo…” (“Monstruo”). “No me deshago de él, porque yo soy él. / Soy el monstruo.” (“Amenaza”). La autointerpelación produce el efecto más perturbador del libro: el enemigo y el yo son la misma figura. La forma dialogada se cierra sobre sí misma.

La función global de estos diálogos es construir el libro como espacio de escucha activa. Tempestades nunca es un monólogo ensimismado: siempre hay un destinatario —amado, lector, el propio sujeto— que mantiene el texto abierto hacia afuera.

  1. MECANISMO DE COHERENCIA — TIPO D

Tempestades no se sostiene sobre una metáfora única ni un tema exclusivo, sino sobre un sistema de cuatro mecanismos que generan coherencia sin reducir la diversidad temática.

El primero es la constancia de voz. Independientemente del tema —amor, crisis psicológica, denuncia política—, la voz poética de Mellado mantiene los mismos rasgos: primera persona directa, ausencia de ironía, exposición emocional sin pantalla retórica, preferencia por el cuerpo como escenario. Un lector que abre el libro en cualquier página reconoce la misma voz. Eso es más difícil de conseguir de lo que parece en un primer poemario.

El segundo mecanismo es la recurrencia simbólica transversal. Sangre, fuego, luz, animales y cuerpo atraviesan las tres secciones transformándose: el fuego del amor en la Sección I se convierte en la llama infinita de la ira en la II y en el incendio de la resistencia en la III. Esta transformación de los mismos símbolos a través de contextos distintos crea una red de ecos internos que el lector percibe incluso sin identificarla conscientemente.

El tercer mecanismo es la progresión emocional real. DESANGRE-ABISMO-RESISTENCIAS no es decoración estructural: el libro cambia genuinamente de temperatura emocional entre secciones. La coherencia no viene de la repetición sino del desarrollo. El lector siente que el libro avanza aunque no siga una narrativa lineal.

El cuarto mecanismo es la alternancia rítmica de densidad. Mellado distribuye los poemas más exigentes —”Everest”, “Game over”, “Lumbre”— entre poemas más breves y de mayor respiración. Esta arquitectura de tensión y pausa impide que el libro colapse en monotonía emocional. La diversidad formal es parte del sistema de coherencia, no su negación.

  1. REFLEXIÓN FINAL

La voz de Mellado en Tempestades se construye sobre la combinación de cuatro técnicas interdependientes: la corporización sistemática de la emoción a través de metáforas sensoriales, el uso de anáforas y enumeraciones como instrumentos de acumulación rítmica, la sinestesia como representación del desbordamiento perceptivo, y la oscilación de registro como puente entre lo literario y lo oral. Ninguna de estas técnicas opera en aislamiento; es su interacción la que produce una voz reconocible en cualquier poema del libro, sin importar la sección en que aparezca.

La apuesta técnica más notable es la sinestesia funcional: Mellado fusiona sentidos no como ornamento sino como diagnóstico emocional. Que el silencio mastique en “Everest”, que la ausencia huela en el mismo poema, que el frío aparezca en la lumbre en “Amenaza”, no son imágenes decorativas. Son representaciones precisas de estados donde la percepción ordinaria se desintegra. En poesía contemporánea de acceso masivo, este uso riguroso de la sinestesia es inusual.

El impacto en el lector opera en doble dirección simultánea: reconocimiento inmediato —el léxico coloquial, la primera persona directa, los referentes generacionales— y extrañamiento posterior, cuando la imagen sinestésica o la anáfora acumulativa producen una experiencia que excede el estado de ánimo y se convierte en hallazgo. Tempestades busca que el lector se sienta comprendido en la primera lectura y sorprendido en la segunda.

 

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