SEMBLANZA DE J. CARLOS MELLADO FERNÁNDEZ
Hay poetas que llegan con el tiempo. Y hay poetas que llegan con urgencia, como si el lenguaje fuera el único instrumento disponible para soportar lo que están viviendo. J. Carlos Mellado Fernández, nacido el 31 de octubre de 2002 en Escóznar —una pequeña localidad del corazón de Granada— pertenece sin duda a los segundos.
Escóznar no aparece en los mapas literarios españoles. Es un municipio del término de Pinos Puente, en la comarca de la Vega de Granada, territorio de agricultores y horizonte abierto. Crecer ahí con vocación literaria exige algo más que talento: exige construir el propio universo cultural sin el andamiaje que ofrecen las capitales. Mellado lo hizo rodeándose de libros desde niño, encontrando en la escritura, según sus propias palabras, “un espacio de refugio y expresión emocional” antes de que nadie le explicara que eso también podía llamarse poesía.
Pertenece a la Generación Z española en su sentido más preciso: nació en 2002, lo que significa que vivió la crisis económica de 2008 como aprendizaje familiar de la precariedad, que llegó a la adolescencia en la era de las redes sociales como escenario primario del deseo y del desamor, y que atravesó la pandemia de 2020 —diecisiete años, confinamiento— en el momento exacto en que una persona comienza a construir su identidad adulta. Ese conjunto de circunstancias no aparece en Tempestades como declaración autobiográfica, sino como atmósfera constitutiva: la sustancia emocional de la que está hecho el libro.
Tempestades, publicado en 2026 por Editorial Poesía eres tú con el ISBN 979-13-87806-33-0, es su primer poemario. Tiene veintitrés años cuando lo publica. Pero la madurez de un libro no se mide en años de vida del autor sino en años de experiencia honestamente procesada, y en ese sentido Tempestades es un libro adulto. Sus cincuenta poemas, organizados en las secciones DESANGRE, ABISMO y RESISTENCIAS, trazan un arco completo: de la herida amorosa al colapso psicológico, y de ahí a la conciencia política. No muchos primeros poemarios tienen arco. El de Mellado lo tiene, y esa arquitectura es la primera señal de que estamos ante un autor que ya piensa en términos de libro y no solo de poema.
Su escritura nace, según confesión propia, “de los pensamientos que duelen, de las emociones que a menudo se callan y de las verdades que cuesta aceptar”. Esta declaración podría ser el pie de foto de cualquier poeta confesional del siglo XXI. Lo que la diferencia en el caso de Mellado es que el libro cumple exactamente esa promesa sin recurrir a la autocompasión ni al exhibicionismo sentimental. Cuando escribe “Me susurra que me mate frente al cristal, / que me suba a la azotea y pruebe a volar” (“Monstruo”), no está buscando la identificación fácil del lector: está documentando con precisión clínica un estado que merece ser nombrado sin eufemismos.
La voz que construye en Tempestades es híbrida de manera orgánica: convoca el concepto presocrático de apeiron, la ecuación de Dirac y la biblioteca de Alejandría en el mismo espacio en que dice “se le caía la baba” o “hablar por chat”. No es incoherencia; es el retrato lingüístico de una generación que consume filosofía en podcasts y declara amor en notas de voz. Que esa dualidad suene natural y no forzada en sus poemas es uno de los logros más difíciles de señalar y más fáciles de percibir en la lectura.
Su campo semántico dominante —sangre, fuego, cuerpo, cosmos, animales— no cambia entre las tres secciones del libro: se transforma. La sangre del amor que consume en la Sección I se convierte en imagen de autodestrucción en la II y en denuncia política en la III. El fuego de la pasión amorosa en “Inferno” es la enfermedad psicológica en “Lumbre” y la resistencia colectiva en “El pueblo salva al pueblo”. Un mismo sistema simbólico atraviesa el libro entero sin agotarse. Eso exige una conciencia del conjunto que los primeros libros raramente poseen.
Granada está en él de maneras que no son folclóricas. No hay referencia explícita a su tierra, pero hay algo en la manera en que Mellado escribe sobre la herida —sin distancia, sin ironia que enfríe, con la intemperie como condición natural— que recuerda a esa tradición lírica andaluza que va de Lorca a los poetas de la Generación del 50 granadina: la convicción de que el dolor es material poético suficiente y que no hace falta adornarlo para que dure.
Lo que queda después de leer Tempestades no es una colección de versos memorables, aunque los hay. Queda la sensación de haber acompañado a alguien desde la confusión hasta la lucidez; de haber leído un libro escrito por alguien que todavía no sabe si saldrá de la tormenta pero ha decidido, al menos, comprender qué clase de tormenta es. Eso, en poesía, es suficiente. A veces es todo.
J. CARLOS MELLADO FERNÁNDEZ . Escritor, poeta. Compartir en X












