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Estudio literario: bestiario existencial: Animales como espejos del alma en existencial de Ángel Jesús Martín González

Pérez-Ayala, Javier. «Estudio literario: bestiario existencial: animales como espejos del alma en existencial de ángel jesús martín gonzález». EXISTENCIAL. Spain: Zenodo, 30 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.18094788

BESTIARIO EXISTENCIAL: ANIMALES COMO ESPEJOS DEL ALMA EN EXISTENCIAL DE ÁNGEL JESÚS MARTÍN GONZÁLEZ

Resumen

El presente artículo analiza la función simbólica de los animales en el poemario Existencial (2025) de Ángel Jesús Martín González, demostrando que el bestiario del poemario actualiza la tradición medieval del bestiario moralizante en clave existencial contemporánea. Mediante el análisis de seis poemas clave (“Camino seguro”, “Ladrido en la noche”, “Mi gaviota y yo”, “Gorriones de capuchón gris”, “Ciervo rojo”, “Mi caballo y yo”), se establece que los animales funcionan simultáneamente como compañeros de soledad, proyecciones de aspectos escindidos del yo lírico y guías espirituales en la travesía del dolor. El estudio comparativo con la tradición del bestiario medieval y la aplicación de conceptos de psicología arquetipal junguiana permite concluir que el bestiario martingonzaliano representa desplazamiento significativo: del animal como símbolo moral abstracto al animal como presencia que acompaña sin juzgar, del animal como alegoría al animal como compañero existencial.

Introducción

La representación de animales en la literatura occidental posee historia milenaria que se remonta a las fábulas de Esopo, los bestiarios medievales y la literatura emblemática renacentista. En la tradición del bestiario medieval, los animales funcionaban como símbolos morales: el león representaba a Cristo, el pelícano simbolizaba el sacrificio, la serpiente encarnaba el mal. Esta tradición alegórica establecía correspondencia rígida entre animal y significado moral, convirtiendo la naturaleza en texto que debía descifrarse según claves teológicas.

El poemario Existencial de Ángel Jesús Martín González recupera la tradición del bestiario pero la transforma radicalmente. Los animales del poemario no son símbolos abstractos sino presencias concretas que acompañan al yo lírico en su travesía existencial marcada por veinticinco años de dolor físico y emocional. El perro guía en la oscuridad, la gaviota enseña a volar, los gorriones ofrecen compañía sin exigir nada, el ciervo transmite paz, el caballo escucha sin juzgar. Estos animales no representan virtudes morales sino funciones existenciales: guía, liberación, compañía, contemplación, confesión.

El presente estudio parte de tres hipótesis interrelacionadas. Primera: el bestiario de Martín González actualiza la tradición medieval desplazando el foco desde el significado moral abstracto hacia la función existencial concreta. Segunda: los animales funcionan como proyecciones de aspectos del yo lírico que no pueden expresarse directamente en primera persona, siguiendo dinámica que la psicología arquetipal junguiana denomina proyección de la sombra. Tercera: el bestiario establece jerarquía implícita que va desde animales domésticos que acompañan (perro) hasta animales salvajes que guían hacia trascendencia (ciervo, gaviota).

El análisis se estructura en cinco secciones principales. La primera examina la función del perro como guía en la oscuridad existencial. La segunda analiza las aves (gaviota, gorriones) como símbolos de libertad y compañía sin exigencia. La tercera estudia los animales salvajes contemplativos (ciervo). La cuarta examina el caballo como confidente que guarda secretos. La quinta sitúa el bestiario martingonzaliano en diálogo con la tradición del bestiario medieval y con la poesía española contemporánea que utiliza animales simbólicamente.

El perro como guía en la noche oscura: “Camino seguro” y “Ladrido en la noche”

El perro como psicopompo secular

La tradición mitológica de distintas culturas ha asignado al perro función de psicopompo: guía de almas entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En la mitología griega, Cerbero guardaba las puertas del Hades. En la mitología egipcia, Anubis con cabeza de chacal conducía las almas. Esta función de guía se seculariza en el poemario de Martín González: el perro no guía hacia el más allá sino a través de la oscuridad existencial del dolor y la soledad.

El poema “Camino seguro” establece la función fundamental del perro en el sistema simbólico del poemario:

Guiándome en silencio en la noche siempre oscura de mi vida
compañero fiel que camina y guía despacio
Que mira con cándida mirada mis ojos muertos
Camina suave, aliento constante
Que escoge el camino seguro en calles con prisas
donde el ruido me aturde y abruma

El poema no nombra al perro hasta el séptimo verso (“Mi perro y yo, almas gemelas”) pero el lector identifica al animal desde el primer verso por las acciones que se le atribuyen: guiar en silencio, caminar despacio, mirar con candidez, escoger el camino seguro. Esta descripción mediante acciones antes que mediante denominación replica la experiencia del yo lírico: el perro no es concepto abstracto sino presencia que se manifiesta mediante lo que hace.

La primera función del perro es guiar “en la noche siempre oscura de mi vida”. La “noche oscura” es eco directo de San Juan de la Cruz, pero el adverbio “siempre” marca diferencia fundamental. La noche oscura sanjuanista es transitoria: el místico la atraviesa para alcanzar la unión con Dios. La noche oscura martingonzaliana es permanente: no es fase que se supera sino condición constante de la vida con dolor crónico. El perro no saca al yo lírico de la oscuridad sino que lo guía dentro de ella.

La segunda función es caminar “despacio”. La lentitud no es defecto sino adaptación necesaria. El cuerpo que duele no puede caminar rápido. El perro ajusta su paso al paso del yo lírico. Esta sincronización establece la relación como colaboración entre iguales, no como subordinación del animal al humano. El adjetivo “fiel” no implica sumisión sino lealtad que se mantiene a pesar de la lentitud, a pesar de que el camino sea más largo de lo normal.

La tercera función es mirar “con cándida mirada mis ojos muertos”. La candidez de la mirada del perro contrasta con los ojos muertos del yo lírico. El perro mira sin juzgar, sin exigir que los ojos vuelvan a vivir. Esta mirada cándida (inocente, sin malicia, sin expectativas) es precisamente lo que el yo lírico necesita. El mundo humano mira con expectativas, con juicios, con impaciencia. El perro mira sin esperar nada.

La cuarta función es escoger “el camino seguro en calles con prisas / donde el ruido me aturde y abruma”. El perro posee sabiduría práctica que el yo lírico no tiene: sabe qué calles evitar, qué caminos tomar para minimizar el ruido. Esta función convierte al perro en guía genuino: no solo acompaña sino que dirige, que toma decisiones que protegen al yo lírico.

El poema establece relación de reciprocidad mediante la imagen de “almas gemelas”:

Mi perro y yo, almas gemelas en días y noches, sin poder ver las estrellas
Ladra suave para que le diga algo y que su corazón se conmueva
y que lame mis pantalones cuando me siento y descanso
Compañero de vida, que callado, me acompaña y mima
en días y noches sin miedo

La expresión “almas gemelas” sugiere igualdad ontológica. No es relación de amo-mascota sino de dos seres que comparten destino. Ambos están “sin poder ver las estrellas”. La imposibilidad de ver las estrellas puede interpretarse literalmente (la noche es muy oscura) o metafóricamente (ambos están privados de trascendencia, de esperanza). El perro “ladra suave para que le diga algo y que su corazón se conmueva”. Esta acción invierte la jerarquía tradicional: el perro solicita que el humano le hable. El perro necesita la voz del yo lírico igual que el yo lírico necesita la guía del perro.

La muerte del perro y la culpa del superviviente

El poema “Ladrido en la noche” documenta la muerte del perro mediante economía expresiva extrema:

Mi perro ladra en la noche que acaba
¿Será que la oscuridad hoy lo asusta?
Mi perro me llama y yo en mis sueños no escucho sus penas
¿Qué le pasa a mi perro si es ya primavera?
Mi perro se fue y me dijo en mis sueños, que se fue sin pena

El poema contiene cinco versos que documentan ciclo completo: el perro ladra (señal de auxilio), el yo lírico no escucha (culpa), el perro muere (pérdida), el perro se despide en sueños (reconciliación). La anáfora “Mi perro” (aparece cuatro veces en cinco versos) genera ritmo obsesivo que replica la insistencia del recuerdo culpable.

El tercer verso contiene la declaración de culpa: “Mi perro me llama y yo en mis sueños no escucho sus penas”. El yo lírico estaba dormido cuando el perro necesitaba ayuda. La expresión “en mis sueños” puede interpretarse literalmente (dormía) o metafóricamente (estaba ensimismado en sus propias preocupaciones). La culpa deriva de no haber escuchado cuando el compañero fiel que siempre escuchaba necesitaba ser escuchado.

Las dos preguntas retóricas expresan incomprensión ante la muerte: “¿Será que la oscuridad hoy lo asusta?” y “¿Qué le pasa a mi perro si es ya primavera?”. La segunda pregunta es especialmente desgarradora: la primavera es tiempo de renovación, de vida. La muerte en primavera contradice el orden natural. El poema no responde las preguntas porque no tienen respuesta. La muerte del compañero es incomprensible.

El verso final introduce consolación ambigua: “Mi perro se fue y me dijo en mis sueños, que se fue sin pena”. El mensaje viene en sueños, territorio ambiguo entre comunicación real y deseo proyectado. El perro comunica que “se fue sin pena”, lo que podría aliviar la culpa del yo lírico (el animal no sufrió, no guarda rencor). Pero el poema no confirma si el mensaje es real o si es fantasía necesaria para soportar la culpa.

La función simbólica del perro queda clara al comparar ambos poemas. En “Camino seguro” el perro es guía activo que protege al yo lírico. En “Ladrido en la noche” el yo lírico fracasa en proteger al perro cuando este lo necesita. Esta inversión establece que la relación no es unidireccional: ambos se necesitan, ambos se protegen, y cuando uno falla se genera culpa insoportable.

Las aves como símbolos de libertad y trascendencia: “Mi gaviota y yo” y “Gorriones de capuchón gris”

La gaviota como alter ego liberado

La tradición simbólica de las aves las asocia con libertad, trascendencia y capacidad de moverse entre tierra y cielo. En la poesía occidental, las aves funcionan frecuentemente como símbolos del alma (paloma del Espíritu Santo, águila de San Juan evangelista) o como proyecciones del deseo de libertad (alondra en Shelley, albatros en Baudelaire).

El poema “Mi gaviota y yo” establece relación de fusión entre el yo lírico y el ave:

Que a mis miedos ayuda disipar
que me lleva alto y enseña a volar
Caminos de libertad
entre el cielo y el mar
Cometamos travesuras por el más allá
Hablemos de aventuras y fusionémonos
como almas gemelas, que nadie
las puede parar

El poema está construido en primera persona plural (“Cometamos”, “Hablemos”, “fusionémonos”) lo que sugiere fusión entre yo lírico y gaviota. No es relación de observación (yo miro a la gaviota) sino de identificación (yo soy la gaviota, la gaviota es yo). La expresión “almas gemelas” replica la usada en “Camino seguro” para el perro, pero con diferencia fundamental: el perro guía en la oscuridad terrestre, la gaviota enseña a volar hacia la altura.

La primera función de la gaviota es “disipar” miedos. El verbo es significativo: no elimina ni destruye sino que disipa, que dispersa. Los miedos no desaparecen totalmente pero pierden densidad, se vuelven menos compactos. La segunda función es “llevar alto y enseñar a volar”. La gaviota no solo vuela ella misma sino que enseña al yo lírico a volar. Esta función pedagógica convierte al animal en maestro espiritual.

Los “Caminos de libertad / entre el cielo y el mar” establecen el territorio de la gaviota: el espacio intermedio entre dos elementos. La gaviota no pertenece totalmente ni al cielo ni al mar sino que habita la frontera. Esta posición liminal replica la posición del yo lírico: no pertenece totalmente ni al mundo de los sanos ni al mundo de los muertos sino que habita frontera entre ambos.

El verso “Cometamos travesuras por el más allá” introduce dimensión lúdica ausente en otros poemas del poemario. Las “travesuras” son transgresiones menores, juegos que desafían normas sin romperlas gravemente. Esta invitación al juego en el territorio del “más allá” sugiere que la trascendencia no tiene que ser solemne sino que puede incluir alegría, transgresión, aventura.

El poema cierra con descenso que balancea el ascenso previo:

Y en la noche oscura, descenderemos a mis infiernos
para que tú los sanes y yo los pueda superar
Graznido de gaviota, vuelo de libertad

La gaviota no solo lleva alto sino que también desciende “a mis infiernos”. El posesivo “mis” marca que los infiernos pertenecen al yo lírico, no a la gaviota. Pero la gaviota está dispuesta a descender a territorio ajeno “para que tú los sanes y yo los pueda superar”. Esta función terapéutica convierte a la gaviota en figura de salvación secular: no redime mediante gracia divina sino mediante acompañamiento en el descenso.

La función simbólica de la gaviota es doble: representa la libertad que el yo lírico desea pero no puede alcanzar por sí mismo (el cuerpo que duele no puede volar) y representa el aspecto del yo que aún conserva capacidad de trascendencia. Desde perspectiva junguiana, la gaviota funciona como proyección del ánima: el aspecto femenino del psiquismo masculino que conecta con el mundo emocional y espiritual.

Los gorriones como compañía que no exige

El poema “Gorriones de capuchón gris” presenta aves domésticas que contrastan con la gaviota salvaje:

Hoy me siento feliz dándoles de comer a
gorriones de capuchón gris y mejillas color canela
Me han cercado y entre todos acurrucado
Todos me pían con sus cantos entrecortados
la mañana se hace menos fría

La primera diferencia con la gaviota es la precisión descriptiva. La gaviota no recibe descripción física detallada. Los gorriones son descritos con exactitud ornitológica: “capuchón gris y mejillas color canela”. Esta precisión sugiere observación prolongada, familiaridad. El yo lírico conoce a estos gorriones, los ha observado repetidamente.

La segunda diferencia es la acción del yo lírico. Con la gaviota, el yo lírico recibe (la gaviota disipa miedos, enseña a volar, sana infiernos). Con los gorriones, el yo lírico da: “dándoles de comer”. Esta inversión establece reciprocidad: algunos animales dan al yo lírico, otros reciben del yo lírico. La capacidad de dar, de nutrir, confirma que el yo lírico no está totalmente destruido por el dolor. Aún puede cuidar de otros seres.

Los gorriones responden cercando y acurrucando al yo lírico: “Me han cercado y entre todos acurrucado”. El cerco no es amenazante sino protector. El acurrucamiento es gesto de intimidad, de confianza. Los gorriones ofrecen calor corporal colectivo. El resultado es que “la mañana se hace menos fría”. El frío de la mañana (que puede leerse literalmente o como metáfora de la soledad) se mitiga mediante la presencia de los pájaros.

El poema continúa expandiendo la comunidad de necesitados que se reúnen alrededor del yo lírico:

Perro callejero se acerca también que andaba
buscando consuelo
Migajas de pan tierno reparto a mis gorriones
y perro callejero
Sin darme cuenta, jilgueros se acercan,
cantos suenan
Fría mañana mis sentidos desgranan
Me siento feliz

El “perro callejero” replica la función del perro de “Camino seguro” pero en versión sin dueño. Este perro “andaba buscando consuelo”, igual que el yo lírico busca consuelo. La identificación es inmediata: ambos son seres que necesitan. El yo lírico reparte “migajas de pan tierno” tanto a gorriones como a perro. La expresión “pan tierno” sugiere cuidado: no da pan duro sino tierno, pan que no lastima.

Los jilgueros que se acercan “sin darme cuenta” amplían la comunidad. La expresión sugiere que los animales vienen espontáneamente, sin ser convocados. El yo lírico se convierte en centro de congregación de seres necesitados. Esta función de proveedor transforma al yo lírico: ya no es solo el que recibe cuidado (del perro guía) sino el que ofrece cuidado (a gorriones, perro callejero, jilgueros).

El poema cierra con declaración simple: “Me siento feliz”. Esta afirmación es notable en poemario marcado por dolor y pérdida. La felicidad no viene de ausencia de dolor sino de capacidad de dar, de nutrir, de estar rodeado de seres vivos que confían. La función simbólica de los gorriones es demostrar que la compañía sin exigencia, la presencia que solo pide alimento y ofrece calor, puede generar felicidad genuina incluso en contexto de sufrimiento sostenido.

El ciervo rojo como símbolo de pureza y trascendencia contemplativa

El ciervo en la tradición simbólica occidental

La tradición simbólica del ciervo en Occidente posee raíces que se remontan a la mitología celta (donde el ciervo era animal sagrado asociado con el dios Cernunnos) y al cristianismo medieval (donde el ciervo simbolizaba el alma que busca a Dios, basándose en el Salmo 42: “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así te anhela a ti, oh Dios, el alma mía”). En los bestiarios medievales, el ciervo aparecía como símbolo de pureza y como enemigo natural de la serpiente, lo que le confería valor moral positivo.

El poema “Ciervo rojo” de Martín González recupera parte de esta tradición simbólica pero la seculariza:

Elegancia, dulzura y luz en las
noches oscuras
Mensajero en tus bosques del más allá
sueños de libertad
Transmites la paz que a los humanos
les falta aún por alcanzar

El ciervo es descrito mediante tres sustantivos abstractos que no son cualidades físicas sino espirituales: “Elegancia, dulzura y luz”. La elegancia sugiere movimiento armonioso, forma perfecta. La dulzura sugiere carácter benigno, ausencia de violencia. La luz sugiere capacidad de iluminar “las noches oscuras”. Esta última función conecta al ciervo con la gaviota: ambos animales operan en la oscuridad (la gaviota desciende “a mis infiernos”, el ciervo brilla “en las noches oscuras”) y ambos ofrecen luz.

La función del ciervo como “Mensajero en tus bosques del más allá” le asigna rol de intermediario entre mundos. El ciervo habita bosques que pertenecen al “más allá”, territorio que no es completamente terrenal ni completamente celestial. Esta función de mensajero replica la función tradicional del ciervo en mitología celta, donde el animal servía de guía entre el mundo humano y el Otro Mundo.

El verso “Transmites la paz que a los humanos / les falta aún por alcanzar” establece jerarquía moral implícita: el ciervo posee paz que los humanos no tienen. Esta inversión de la jerarquía tradicional (donde el humano es superior al animal) es característica de todo el bestiario martingonzaliano. Los animales no están debajo de los humanos sino que poseen cualidades que los humanos han perdido o nunca tuvieron.

El poema continúa con imagen de fertilidad espiritual:

De tus potentes cuernos gotean agua
de rocío, para formar los ríos que recorren mi alma
Ciervo rojo, pureza en tus ojos
Elegancia por los bosques al caminar
tu luz nos hace callar y a la vez meditar

La imagen de los cuernos que gotean “agua de rocío, para formar los ríos que recorren mi alma” es una de las más complejas del poemario. Los cuernos del ciervo son símbolo de poder y renovación (el ciervo pierde y regenera los cuernos anualmente). El agua de rocío que gotea de ellos conecta el animal con ciclo de renovación natural. Esta agua forma los ríos que recorren el alma del yo lírico, estableciendo que el interior del sujeto está irrigado por agua que viene del ciervo, del animal sagrado.

La “pureza en tus ojos” replica el tema de la mirada pura que ya apareció en el perro (“cándida mirada”). Tanto perro como ciervo miran sin juzgar, sin contaminar con expectativas humanas. Esta pureza de la mirada es lo que el yo lírico necesita: ser visto sin juicio.

El verso final establece doble efecto de la presencia del ciervo: “tu luz nos hace callar y a la vez meditar”. El ciervo induce silencio (hacer callar) y contemplación (meditar). Esta doble función replica la poética del silencio contemplativo que atraviesa todo el poemario. El ciervo no habla pero su sola presencia genera condiciones para la meditación.

La función simbólica del ciervo en el bestiario martingonzaliano es representar la trascendencia contemplativa. Mientras el perro guía en la acción cotidiana (caminar por calles ruidosas) y la gaviota enseña a volar (movimiento ascendente), el ciervo enseña a estar quieto, a contemplar, a meditar. Es el animal de la inmovilidad sagrada.

 

 

El caballo como confidente que guarda secretos

El caballo en la tradición literaria española

El caballo ocupa lugar central en la tradición literaria española desde el Poema de Mio Cid (donde Babieca es compañero indispensable del héroe) hasta la poesía de Rafael Alberti (“El caballo perdido”) y Miguel Hernández. El caballo español tradicional representa nobleza, fuerza, lealtad al jinete. En la poesía contemporánea, el caballo frecuentemente simboliza libertad perdida o nostalgia de mundo pre-industrial.

El poema “Mi caballo y yo” de Martín González recupera la tradición del caballo como compañero pero la actualiza mediante función específica: el caballo como confidente que escucha sin juzgar.

Que en grandes praderas trota y vuela
Que juntos hablamos y todo, entre nosotros queda
Que me guía al río para refrescarnos del sol que aprieta
Sus penas son mis penas que juntos compartimos, a lomos
por la vereda

La primera función del caballo es compartir movimiento: “trota y vuela”. El verbo “vuela” no es literal (los caballos no vuelan) sino hiperbólico: expresa velocidad, libertad, sensación de elevación que el trote rápido produce. Este movimiento contrasta con la lentitud del perro que “camina despacio”. El caballo permite movimiento rápido que el cuerpo doliente del yo lírico no puede producir por sí mismo.

La segunda función es escuchar: “juntos hablamos y todo, entre nosotros queda”. La expresión “entre nosotros queda” establece al caballo como confidente perfecto: no repite lo que escucha, guarda secretos. Esta función de confesionario secular es fundamental. El yo lírico necesita hablar pero no puede hablar con humanos que juzgan, interrumpen, alzan la voz (como se queja en el poema “Existencial”). El caballo escucha sin interrumpir.

La tercera función es guiar: “me guía al río para refrescarnos del sol que aprieta”. Como el perro, el caballo posee sabiduría práctica: sabe dónde está el río, cuándo es necesario refrescarse. El plural “refrescarnos” establece que ambos necesitan agua. No es relación de servicio (el caballo sirve al humano) sino de necesidad compartida (ambos sufren calor, ambos buscan agua).

La cuarta función es compartir penas: “Sus penas son mis penas que juntos compartimos”. Esta fusión emocional es característica de todo el bestiario: los animales no son diferentes del yo lírico sino que comparten sus estados emocionales. El dolor del caballo es dolor del jinete y viceversa.

El poema continúa con imagen cervantina:

Historias de conquistas que nunca llegan
Rumiamos palabras que el aire se queda
Juntos divisamos molinos de viento por las hijuelas,
molinos de viento que el aire mueve y donde nuestras palabras,
allí atrapadas para siempre, en silencio mueren

La referencia a “molinos de viento” evoca directamente el Quijote de Cervantes. Pero mientras Don Quijote ataca los molinos creyéndolos gigantes, el yo lírico y su caballo simplemente los divisan. No hay batalla, no hay locura heroica. Solo observación compartida de paisaje donde “nuestras palabras, / allí atrapadas para siempre, en silencio mueren”.

Esta imagen final es crucial para entender la función del caballo. Las palabras que el yo lírico y el caballo rumian quedan atrapadas en los molinos y mueren en silencio. Los molinos funcionan como depositarios de secretos: las palabras entran pero no salen. El caballo permite al yo lírico expresar lo que no puede expresar a humanos, sabiendo que esas palabras quedarán guardadas, que morirán sin ser repetidas.

El poema cierra con melancolía del final del día:

Mi caballo se queja porque la tarde nos deja y
palabras se quedan
Juntos partimos, que la noche arrecia y el frío aprieta

El caballo “se queja porque la tarde nos deja”: lamenta el final del tiempo compartido. Las “palabras se quedan” porque no hubo tiempo de decirlas todas. La noche que arrecia y el frío que aprieta obligan a regresar. Esta limitación temporal establece que los momentos con el caballo son refugio temporal, no permanente. El yo lírico debe volver al mundo humano donde el ruido lo espera.

La función simbólica del caballo en el bestiario martingonzaliano es representar el espacio de la confesión sin juicio. Mientras el perro guía, la gaviota libera y el ciervo inspira contemplación, el caballo escucha. Es el animal del diálogo, del secreto compartido, del movimiento que permite alejarse temporalmente del mundo ruidoso.

El bestiario martingonzaliano en diálogo con la tradición del bestiario medieval

Estructura y función del bestiario medieval

Los bestiarios medievales (como el Physiologus, siglo II d.C., y sus versiones latinas posteriores) seguían estructura fija: descripción física del animal, narración de sus comportamientos característicos, interpretación moral o teológica (moralitas). El animal no importaba por sí mismo sino como símbolo de verdades espirituales. El león que duerme con los ojos abiertos simbolizaba a Cristo que está despierto incluso en la muerte. El pelícano que alimenta a sus crías con su propia sangre simbolizaba el sacrificio redentor.

Esta estructura alegórica establecía correspondencia rígida entre significante (animal) y significado (verdad moral). El lector debía descifrar el símbolo aplicando clave interpretativa correcta. La naturaleza funcionaba como texto escrito por Dios que debía leerse correctamente.

El bestiario de Martín González rompe con esta estructura en aspectos fundamentales:

Primero, los animales no simbolizan virtudes abstractas sino que cumplen funciones existenciales concretas. El perro no representa la fidelidad en abstracto sino que guía concretamente al yo lírico por calles ruidosas. La gaviota no representa la libertad en abstracto sino que enseña concretamente a volar. Esta concreción funcional desplaza el foco desde el significado moral hacia la utilidad existencial.

Segundo, no hay moralitas explícita. Los poemas no cierran con explicación de qué virtud representa cada animal. El lector debe inferir la función simbólica a partir de las acciones descritas. Esta ausencia de moralización explícita seculariza el bestiario: no hay autoridad externa (Dios, Iglesia) que valide la interpretación.

Tercero, la relación entre humano y animal no es jerárquica sino horizontal. En el bestiario medieval, el humano está por encima del animal porque posee alma racional. En el bestiario martingonzaliano, humano y animal son “almas gemelas” que comparten penas, que se necesitan mutuamente. En varios momentos, el animal posee cualidades superiores a las del humano (el ciervo tiene paz que los humanos no alcanzan, el perro tiene sabiduría práctica que el humano no posee).

Sin embargo, el bestiario martingonzaliano conserva un aspecto estructural del bestiario medieval: la selección de animales no es aleatoria sino que responde a sistema coherente. Cada animal cumple función específica en la economía simbólica del poemario.

Jerarquía implícita del bestiario martingonzaliano

Aunque el poemario no explicita jerarquía, el análisis permite establecer gradación desde animales domésticos cercanos hasta animales salvajes que representan trascendencia:

Nivel 1: El perro (animal doméstico, guía cotidiano). Es el compañero más cercano, el que acompaña “en días y noches”. Su función es práctica: guiar por calles ruidosas, escoger caminos seguros. Representa la ayuda inmediata para sobrevivir el día a día.

Nivel 2: Los gorriones (aves domésticas, compañía sin exigencia). Son múltiples (no hay un gorrión singular sino comunidad de gorriones). Su función es ofrecer calor, compañía, alegría pequeña. Representan la felicidad posible en medio del sufrimiento.

Nivel 3: El caballo (animal doméstico-salvaje, confidente). Es más grande que el perro, permite movimiento más rápido, lleva al yo lírico lejos de la ciudad. Su función es escuchar secretos. Representa el espacio de la confesión.

Nivel 4: La gaviota (ave salvaje, liberadora). Nunca es completamente domesticada. Habita frontera entre cielo y mar. Su función es enseñar a volar, liberar de miedos. Representa la posibilidad de trascendencia emocional.

Nivel 5: El ciervo (animal salvaje, símbolo de pureza). Es el más distante, el más sagrado. No hay posesivo “mi” ciervo (como “mi perro”, “mi gaviota”, “mi caballo”). Es simplemente “Ciervo rojo”. Su función es inspirar contemplación. Representa la trascendencia espiritual.

Esta jerarquía va desde la inmanencia (perro que guía en calles concretas) hacia la trascendencia (ciervo que habita bosques del más allá). El yo lírico necesita todos los niveles: guía práctica, compañía alegre, confesión, liberación emocional, contemplación espiritual. Ningún animal es suficiente por sí solo. El bestiario funciona como sistema completo.

El bestiario en la poesía española contemporánea: Contexto y singularidad

Tradición del animal simbólico en poesía española del siglo XX

La poesía española del siglo XX ha utilizado animales simbólicamente con frecuencia. Federico García Lorca construyó bestiario complejo donde caballos, toros y pájaros funcionaban como símbolos de fuerza vital y muerte. Rafael Alberti dedicó poemas a animales marinos y terrestres. Miguel Hernández escribió elegía a su caballo muerto. En la poesía de posguerra, Claudio Rodríguez utilizó animales para explorar relación entre naturaleza y conciencia.

En la poesía española contemporánea (últimas tres décadas), el uso de animales simbólicos ha seguido principalmente dos líneas:

Primera línea: El animal como símbolo ecológico. Poetas preocupados por crisis ambiental utilizan animales para denunciar destrucción de naturaleza. El animal representa lo que estamos perdiendo como especie.

Segunda línea: El animal como alter ego urbano. Poetas que escriben desde experiencia urbana utilizan animales callejeros (gatos, palomas, ratas) como símbolos de marginalidad, resistencia, supervivencia en hostilidad urbana.

El bestiario de Martín González no encaja completamente en ninguna de estas líneas. No es bestiario ecológico (no hay denuncia de destrucción ambiental) ni bestiario urbano (aunque el perro camina por calles, la mayoría de animales habitan espacios naturales: praderas, bosques, mar).

La singularidad del bestiario martingonzaliano reside en su función existencial-terapéutica. Los animales no representan causas políticas ni estéticas sino que cumplen funciones psicológicas para sujeto que sufre. Esta función terapéutica conecta el bestiario con tradición más antigua: los animales de compañía que acompañan a santos en hagiografías medievales (el león de San Jerónimo, el lobo de San Francisco).

Pero mientras los animales de los santos eran milagros (fieras domesticadas por santidad), los animales de Martín González son compañeros naturales de quien sufre. No hace falta santidad para que el perro guíe o el gorrión ofrezca compañía. Basta con necesidad y con capacidad de reconocer que los animales pueden ofrecer lo que los humanos no ofrecen: presencia sin juicio, compañía sin exigencia, guía sin palabra.

Psicología arquetipal: Los animales como proyecciones de la sombra

La psicología analítica de Carl Gustav Jung ofrece marco teórico para entender la función de los animales en el poemario. Jung estableció que los animales en sueños y en mitos frecuentemente funcionan como símbolos de aspectos instintivos de la psique que la conciencia no puede integrar directamente. Estos aspectos forman lo que Jung denominó “la sombra”: el lado oscuro, reprimido o no reconocido de la personalidad.

En el bestiario de Martín González, los animales pueden interpretarse como proyecciones de aspectos del yo lírico que no pueden expresarse directamente en primera persona:

El perro representa el instinto de supervivencia que guía al yo lírico incluso cuando la conciencia está abrumada. Es el aspecto que sabe encontrar camino seguro sin razonamiento consciente.

La gaviota representa el deseo de libertad y trascendencia que el cuerpo doliente no puede realizar. Es el aspecto del yo que quiere volar pero está atrapado en cuerpo pesado.

Los gorriones representan la capacidad de sentir alegría simple que el dolor no ha destruido totalmente. Son el aspecto del yo que aún puede ser feliz con migajas.

El caballo representa el aspecto del yo que necesita hablar, confesar, rumiar palabras. Es la voz interna que dialoga consigo misma.

El ciervo representa el aspecto espiritual del yo que busca pureza, contemplación, paz. Es el anhelo de trascendencia que sobrevive al sufrimiento.

Esta lectura junguiana no invalida la lectura literal (el yo lírico realmente tiene o tuvo estos animales como compañeros) sino que la complementa. Los animales son simultáneamente presencias reales y proyecciones simbólicas. Esta doble naturaleza es característica de la experiencia poética: el símbolo poético no niega la realidad material sino que la expande hacia significado.

Conclusiones

El análisis realizado permite establecer las siguientes conclusiones sobre la función y significado del bestiario en Existencial de Ángel Jesús Martín González:

Primera conclusión: El bestiario martingonzaliano actualiza la tradición del bestiario medieval desplazando el foco desde el significado moral abstracto hacia la función existencial concreta. Los animales no representan virtudes o vicios sino que cumplen funciones específicas para sujeto que sufre: guiar (perro), liberar (gaviota), acompañar (gorriones), escuchar (caballo), inspirar contemplación (ciervo). Este desplazamiento seculariza el bestiario: no hace falta interpretación teológica para entender qué hace cada animal.

Segunda conclusión: Los animales funcionan como proyecciones de aspectos del yo lírico que no pueden expresarse directamente en primera persona. Desde perspectiva de psicología arquetipal junguiana, cada animal representa aspecto de la sombra: instinto de supervivencia (perro), deseo de trascendencia (gaviota), capacidad de alegría (gorriones), necesidad de confesión (caballo), anhelo espiritual (ciervo). Esta función proyectiva permite al yo lírico explorar dimensiones de su experiencia sin caer en introspección narcisista.

Tercera conclusión: El bestiario establece jerarquía implícita que va desde animales domésticos cercanos (perro, gorriones) hasta animales salvajes que habitan territorios liminales (gaviota en frontera cielo-mar, ciervo en bosques del más allá). Esta jerarquía replica tránsito desde necesidades inmediatas de supervivencia hasta anhelo de trascendencia espiritual. El yo lírico necesita todos los niveles simultáneamente: no puede alcanzar contemplación (ciervo) sin antes tener guía cotidiana (perro).

Cuarta conclusión: La relación entre yo lírico y animales es horizontal, no jerárquica. La expresión “almas gemelas” aplicada tanto a perro como a gaviota establece igualdad ontológica. En varios momentos, los animales poseen cualidades superiores a las humanas (el ciervo tiene paz que humanos no alcanzan, el perro tiene sabiduría práctica que el yo lírico no posee). Esta inversión de jerarquía tradicional antropocéntrica es característica de todo el poemario.

Quinta conclusión: El bestiario martingonzaliano se singulariza en contexto de poesía española contemporánea por su función terapéutica. No es bestiario ecológico ni urbano sino bestiario existencial: los animales acompañan en travesía del dolor, ofrecen lo que humanos no pueden ofrecer (presencia sin juicio, compañía sin exigencia, guía sin palabra). Esta función conecta el poemario con tradición más antigua (animales que acompañan a santos) pero secularizada.

Sexta conclusión: La muerte del perro en “Ladrido en la noche” introduce dimensión trágica en el bestiario: los compañeros animales también mueren, también abandonan. La culpa del yo lírico (no escuchó cuando el perro lo llamaba) establece que la relación con animales implica responsabilidad. No son símbolos abstractos sino seres vulnerables que dependen del cuidado humano igual que el humano depende de su compañía.

La aportación principal de este estudio es demostrar que el bestiario de Martín González representa renovación significativa de tradición literaria antigua. Mientras el bestiario medieval utilizaba animales para enseñar moral cristiana y el bestiario romántico utilizaba animales para simbolizar emociones humanas, el bestiario existencial martingonzaliano utiliza animales para acompañar en el dolor sin promesa de redención. Los animales no redimen al yo lírico, no lo sanan completamente, no eliminan el dolor. Solo acompañan, guían, ofrecen momentos de tregua. Esta modestia en las promesas (acompañar versus redimir) es coherente con la honestidad del poemario completo: no hay salvación definitiva del dolor crónico, solo estrategias de supervivencia cotidiana.

Futuras investigaciones podrían explorar la ausencia de ciertos animales en el bestiario (no hay serpientes, no hay lobos, no hay animales tradicionalmente asociados con el mal), la función de los animales domésticos versus salvajes, y la comparación con bestiarios en poesía latinoamericana contemporánea donde animales frecuentemente funcionan como símbolos de resistencia política.

 

 

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