de Claudia Soneira, Ángela. «Artículo de análisis literario y psicología clínica: poesía y psicología del duelo. procesos de elaboración del duelo en “existencial” de ángel jesús martín gonzález». EXISTENCIAL. Spain: Zenodo, 31 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.18111393
POESÍA Y PSICOLOGÍA DEL DUELO: PROCESOS DE ELABORACIÓN DEL DUELO EN EXISTENCIAL DE ÁNGEL JESÚS MARTÍN GONZÁLEZ
Resumen
El presente artículo aplica teorías psicológicas del duelo de Elisabeth Kübler-Ross, John Bowlby, J. William Worden y Sigmund Freud al análisis del poemario Existencial (2025) de Ángel Jesús Martín González. Mediante el análisis de poemas que documentan múltiples pérdidas (muerte de niña en “Cuna vacía”, muerte de madre en “Madre”, muerte de perro en “Ladrido en la noche”, pérdida de capacidades físicas, muerte simbólica del yo anterior a la enfermedad), se establece que el poemario no solo representa experiencias de duelo sino que funciona como proceso terapéutico de elaboración del duelo mediante la escritura. Se identifican las cinco fases del duelo de Kübler-Ross (negación, ira, negociación, depresión, aceptación) en diferentes poemas, se analizan las cuatro tareas del duelo de Worden (aceptar la realidad de la pérdida, procesar el dolor, adaptarse al mundo sin el ser querido, encontrar conexión duradera), y se establece distinción freudiana entre duelo normal (que se elabora y concluye) y melancolía patológica (que permanece sin resolver). La aportación principal es demostrar que la escritura poética cumple función de “trabajo de duelo” (Trauerarbeit) permitiendo al yo lírico transformar pérdidas traumáticas en narrativa coherente que integra las pérdidas en identidad reconstruida.
Introducción
El duelo es proceso psicológico complejo que se desencadena ante pérdidas significativas. La psicología contemporánea ha desarrollado múltiples modelos teóricos para comprender cómo los seres humanos procesan pérdidas, cómo se adaptan a ausencias irreversibles, y qué factores facilitan u obstaculizan elaboración saludable del duelo. Estos modelos, aunque fueron desarrollados originalmente en contexto clínico para tratamiento de pacientes en duelo, pueden aplicarse productivamente al análisis de textos literarios que documentan experiencias de pérdida.
El poemario Existencial (2025) de Ángel Jesús Martín González documenta múltiples experiencias de duelo que el yo lírico ha atravesado. La dedicatoria establece desde el inicio: “Dedicado a mis tres hijos Ángel, Laura y Lola / y a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido”. Esta dedicatoria sitúa la pérdida (“han perdido a un ser querido”) como eje central del poemario. Las pérdidas documentadas incluyen: muerte de una niña (presumiblemente hija del autor según poema “Cuna vacía”), muerte de la madre Mercedes (poema “Madre”), muerte del perro compañero (poema “Ladrido en la noche”), y pérdida de capacidades físicas debido a discapacidad que el autor convive desde hace veinticinco años.
Además de estas pérdidas objetivas (muerte de seres amados, pérdida de capacidades físicas), el poemario documenta pérdida simbólica más compleja: la muerte del yo anterior a la enfermedad. El poema “Corazón sin latido” articula esta muerte simbólica: el yo lírico experimenta su corazón como muerto aunque continúe viviendo biológicamente. Esta muerte en vida constituye forma de duelo particular: duelo por el yo que fue y ya no puede ser.
El presente estudio parte de la hipótesis de que Existencial funciona simultáneamente como representación de experiencias de duelo y como proceso de elaboración terapéutica del duelo mediante la escritura. La escritura poética no es mera descripción pasiva de pérdidas sino actividad transformadora que permite al yo lírico procesar pérdidas, integrarlas en narrativa coherente, reconstruir identidad fragmentada por trauma.
El marco teórico se articula sobre cuatro pilares principales. Primero, el modelo de cinco fases del duelo de Elisabeth Kübler-Ross (negación, ira, negociación, depresión, aceptación) desarrollado en On Death and Dying (1969). Segundo, la teoría del apego de John Bowlby aplicada al duelo en Attachment and Loss, Volume III: Loss (1980), que explica el duelo como respuesta a ruptura de vínculos de apego. Tercero, el modelo de cuatro tareas del duelo de J. William Worden desarrollado en Grief Counseling and Grief Therapy (1982). Cuarto, la distinción freudiana entre duelo normal y melancolía patológica establecida en “Duelo y melancolía” (1917).
El análisis se estructura en cinco secciones principales. La primera examina las múltiples pérdidas documentadas en el poemario estableciendo tipología (pérdidas por muerte, pérdidas por enfermedad). La segunda aplica el modelo de fases de Kübler-Ross identificando cómo diferentes poemas representan diferentes fases del proceso de duelo. La tercera analiza las tareas del duelo de Worden examinando cómo el poemario cumple o no cumple cada tarea. La cuarta estudia la distinción freudiana entre duelo y melancolía estableciendo qué pérdidas han sido elaboradas y cuáles permanecen sin resolver. La quinta sección sintetiza cómo la escritura poética funciona como trabajo de duelo que permite transformar trauma en narrativa.
Las múltiples pérdidas en Existencial: Tipología del duelo
Duelo por muerte de seres queridos
El poemario documenta tres pérdidas por muerte de seres queridos que generan duelo explícito: la muerte de una niña (poema “Cuna vacía”), la muerte de la madre Mercedes (poema “Madre”), y la muerte del perro compañero (poema “Ladrido en la noche”). Estas tres pérdidas corresponden a lo que Bowlby denomina “pérdidas por muerte”: situaciones donde el vínculo de apego se rompe definitivamente por muerte del ser amado.
La pérdida de la niña documentada en “Cuna vacía” es la más traumática del poemario. El poema no especifica si la niña es hija del yo lírico o de otro familiar, pero la intensidad emocional y la dedicatoria del poemario a los tres hijos del autor sugieren pérdida de hija. El poema evita la palabra “muerte” y recurre a eufemismos: la niña “estaba serena / Con su sonrisa quieta”, “profundo sueña”, fue llevada por “Los angelitos del cielo”. Esta evitación léxica replica lo que Kübler-Ross identifica como mecanismo de negación inicial: la imposibilidad de nombrar directamente la muerte.
La pérdida de la madre Mercedes documentada en “Madre” genera duelo de tipo diferente. La madre es figura adulta que ha vivido vida completa (“toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños” ) y cuya muerte, aunque dolorosa, puede integrarse en ciclo natural de la vida. El poema la imagina continuando su labor de enseñanza en el cielo, lo que sugiere que el duelo ha avanzado hacia fase de aceptación donde el muerto continúa existiendo simbólicamente.
La pérdida del perro en “Ladrido en la noche” introduce dimensión de culpa ausente en las otras dos pérdidas. El yo lírico no escuchó cuando el perro lo llamaba (“Mi perro me llama y yo en mis sueos no escucho sus penas” ) y el perro murió. Esta culpa del superviviente es componente frecuente del duelo que Freud identifica: el doliente se reprocha no haber hecho suficiente para salvar al muerto.
Duelo por pérdida de capacidades físicas
Además del duelo por muerte de seres amados, el poemario documenta duelo por pérdida de capacidades físicas debido a enfermedad y discapacidad. La nota biográfica del autor establece que “convive con discapacidades físicas desde hace 25 años”. Esta pérdida de capacidades genera duelo de tipo particular que Worden denomina “pérdidas no-muerte”: pérdidas que no implican muerte física pero que requieren proceso de duelo similar.
El poema “Viajo solo” documenta reconocimiento de esta pérdida: “me quedé quizás a mitad del camino”. El yo lírico no ha completado trayectorias normalizadas (carrera profesional exitosa, movilidad física completa) debido a limitaciones impuestas por enfermedad. Esta incompleción genera duelo por vida que pudo haber sido pero no fue.
El poema “Existencial” articula alienación derivada de la discapacidad: “A menudo pienso que éste no es mi mundo”. El yo lírico no puede participar plenamente en mundo social normalizado debido a hipersensibilidad al ruido (“ruidos de este mundo que no puedo soportar” ) y a limitaciones de movilidad. Esta exclusión genera duelo por pertenencia social perdida.
Duelo por muerte simbólica del yo anterior
La tercera categoría de pérdida documentada en el poemario es la más compleja: la muerte simbólica del yo anterior a la enfermedad. El poema “Corazón sin latido” articula esta muerte simbólica con claridad extrema:
Que una noche se perdió en la noche oscura
de mi alma
Alma errante que vaga por el mundo de los vivos
Mi corazón ya no late, vive sólo relegado al olvido
Mi corazón está enfermo, sabe de su incierto destino
y vaga por su mundo de color gris oscuro
Mi corazón ya no recuerda quién soy, con quien vivimos y a
quién
hemos querido
Corazón sin latido
El poema describe estado donde el corazón (metáfora del yo emocional) ha muerto aunque el cuerpo continúe viviendo. La expresión “vaga por el mundo de los vivos” sugiere que el yo lírico es muerto viviente, fantasma que habita entre vivos sin pertenecer plenamente a ese mundo. El corazón “ya no recuerda quién soy”: ha olvidado la identidad anterior, ha perdido memoria de sí.
Esta muerte simbólica del yo genera forma particular de duelo que algunos psicólogos denominan “duelo ambiguo”: duelo por pérdida que no es definitiva (el yo todavía vive) pero que es irreversible (el yo anterior no puede ser recuperado). Pauline Boss en Ambiguous Loss (1999) establece que este tipo de duelo es especialmente difícil de elaborar porque la pérdida no es clara: el sujeto está presente físicamente pero ausente psicológicamente, o viceversa.
Elisabeth Kübler-Ross: Las cinco fases del duelo en Existencial
El modelo de Kübler-Ross: Descripción y limitaciones
Elisabeth Kübler-Ross en On Death and Dying (1969) propuso modelo de cinco fases que los pacientes terminales (y por extensión, las personas en duelo) atraviesan: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Kübler-Ross aclaró posteriormente que estas fases no son lineales ni obligatorias: no todos pasan por todas las fases, no necesariamente en ese orden, y puede haber retrocesos.
La negación es rechazo inicial de la realidad de la pérdida. El doliente no puede creer que el ser amado ha muerto, busca evidencia de que es error, espera que el muerto regrese. Esta fase cumple función protectora: permite al yo procesar gradualmente información traumática que sería insoportable si se asimilara completamente de golpe.
La ira emerge cuando la negación ya no puede sostenerse. El doliente se pregunta “¿por qué a mí?” y puede dirigir rabia hacia Dios, hacia médicos, hacia el muerto (por haberlo abandonado), hacia sí mismo. Esta ira, aunque puede parecer irracional, es parte normal del proceso de duelo.
La negociación es intento de revertir la pérdida mediante pactos (frecuentemente con Dios): “si hago X, entonces el muerto volverá” o “si hubiera hecho Y, el muerto no habría muerto”. Esta fase implica culpa y sensación de que la pérdida podría haberse evitado.
La depresión emerge cuando la realidad de la pérdida se asienta completamente. El doliente experimenta tristeza profunda, pérdida de interés en actividades, retraimiento social. Esta fase es la más prolongada y la más dolorosa.
La aceptación no es felicidad sino reconocimiento sereno de la realidad: el ser amado ha muerto, no volverá, debo aprender a vivir con esa ausencia. La aceptación permite reinvertir energía emocional en nuevas relaciones y proyectos.
Negación: “Cuna vacía” y la imposibilidad de nombrar la muerte
El poema “Cuna vacía” puede interpretarse como representación de la fase de negación. El poema evita sistemáticamente la palabra “muerte” y recurre a eufemismos múltiples:
Mamá, me acerqué a su cuna y estaba serena
Con su sonrisa quieta, me dio pena
Quizás la noche invernal le secó sus lágrimas frías
Canción de cuna para mi niña que quizás en esta noche,
profundo sueña
Los angelitos del cielo se la llevaron para que durmiese con ellos
y así siempre, entre estrellas y nubes, los acompañasen
La niña “estaba serena”, “profundo sueña”, fue llevada por ángeles “para que durmiese con ellos”. El verbo “dormir” se repite en tres variaciones (serena, sueña, durmiese) estableciendo equivalencia muerte-sueño que es forma clásica de negación: la muerte es temporalizada como sueño del que eventualmente se despierta.
La expresión “Quizás la noche invernal le secó sus lágrimas frías” contiene incertidumbre radical (“Quizás”) que replica incertidumbre de la negación: el yo lírico no sabe con certeza qué pasó, no puede aceptar completamente la realidad. La “Canción de cuna para mi niña” es acto que niega la muerte: se canta canción de cuna a niño vivo que debe dormir, no a niño muerto.
La explicación teológica del verso final (“Los angelitos del cielo se la llevaron” ) cumple función psicológica de suavizar la muerte: la niña no ha sido destruida sino elevada, no ha perdido sino ganado. Esta narrativa consolatoria permite al yo lírico procesar gradualmente realidad insoportable de muerte infantil.
Ira: “Me arrepiento” y el reproche del doliente
La fase de ira en el proceso de duelo se manifiesta como reproche dirigido hacia otros, hacia el destino, hacia el muerto, o hacia el yo mismo. El poema “Me arrepiento” articula forma particular de ira: la auto-recriminación del doliente que se reprocha acciones pasadas que ahora no pueden rectificarse:
De no haber dicho lo que siento
de muchas veces callar y dañar mi alma blanca
y de querer llorar sin poder llorar
lgrimas que se quedaron pegadas en las retinas
para al final perecer congeladas en ellas
Sufrimientos en vano
lgrimas atrapadas en jaula de cristal
Me arrepiento de haber dado tanto
y no, de igual manera, ser correspondido
Como luces de velas que a solas se quedan
y con el tiempo poco a poco se apagan
Dolor amargo en mi alma que se resiste a morir
Sí, me arrepiento de tanto sufrir
música suave inyecto en mi corazón abierto
notas que sanan con el paso del tiempo
Aprendí entonces, que no debí dejar descuidada
tanto tiempo mi alma, a personas extrañas
El poema se estructura sobre repetición del verbo “arrepentirse” que aparece tres veces. El arrepentimiento es forma de ira dirigida hacia el yo pasado: el yo presente se enfada con el yo pasado por no haber actuado correctamente. Los reproches específicos son: “no haber dicho lo que siento”, “muchas veces callar y dañar mi alma”, “haber dado tanto / y no, de igual manera, ser correspondido”.
La expresión “de querer llorar sin poder llorar / lágrimas que se quedaron pegadas en las retinas” documenta represión emocional que genera dolor adicional. Las lágrimas “congeladas” son metáfora de duelo bloqueado: el dolor no puede expresarse, queda atrapado dentro generando “Sufrimientos en vano”. Worden establece que llorar es parte esencial del trabajo de duelo; la incapacidad de llorar obstaculiza elaboración saludable.
El verso “Me arrepiento de haber dado tanto / y no, de igual manera, ser correspondido” puede interpretarse como reproche dirigido hacia el muerto (o hacia personas que el yo lírico ha perdido por otras circunstancias). El doliente se siente abandonado, no correspondido, traicionado. Esta sensación de abandono genera ira legítima que debe reconocerse para poder procesarse.
El verso final introduce giro hacia elaboración del duelo: “Aprendí entonces, que no debí dejar descuidada / tanto tiempo mi alma, a personas extrañas”. El aprendizaje indica movimiento desde ira hacia aceptación: el yo lírico extrae lección de experiencias pasadas, transforma dolor en conocimiento. Esta transformación es señal de progreso en elaboración del duelo.
Negociación: “Razones para vivir” y el pacto con la vida
La fase de negociación en el modelo de Kübler-Ross implica intentos de revertir la pérdida mediante pactos o de postergar pérdidas futuras mediante promesas. El poema “Razones para vivir” puede interpretarse como negociación entre el yo lírico (que se encuentra en situación límite) y fuerzas que determinan vida y muerte:
Ahora escucho una canción sin letra
Música que me lleva a lo más profundo de mi ser
No hay palabras, no hay mensajes, sólo el que tú quieras ver
Entonces viajo a mi infancia, a mi vida, a mi ser
Momentos de fuerte lucha de pensamientos grises
que se entremezclan con otros azules
Vuelvo a reflexionar, ahora con más profundidad
Ahora estoy en esa línea delgada que cruza el precipicio entre
dos grandes montañas, con el cielo azul como esperanza
Tengo fuerzas para cruzarlas, quiero cruzarlas, y estar con los
que
más quiero
Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir y
seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti
El poema documenta momento de crisis donde el yo lírico se encuentra “en esa línea delgada que cruza el precipicio entre / dos grandes montañas”. Esta imagen representa situación límite entre dos opciones radicales: rendirse (caer al precipicio) o continuar (cruzar hacia la otra montaña). La negociación implícita es: si encuentro razones suficientes para vivir, entonces continuaré; si no las encuentro, me dejaré caer.
La expresión “Tengo fuerzas para cruzarlas, quiero cruzarlas, y estar con los / que / más quiero” establece los términos del pacto: el yo lírico se compromete a usar sus fuerzas para continuar viviendo con la condición de que pueda “estar con los / que / más quiero”. Esta condición es crucial: la vida vale la pena solo si permite conexión con seres amados. El duelo por pérdidas pasadas se negocia mediante promesa de conexiones futuras.
El título del poema (“Razones para vivir”) y el verso “Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir” afirman existencia de razones sin especificarlas completamente. Esta afirmación sin especificación replica estructura de la negociación: el yo lírico se convence a sí mismo de que existen razones suficientes aunque no pueda articularlas todas. La convicción (“seguro que la luz saldrá algún día para mí” ) es acto de fe necesario para continuar.
Depresión: “Corazón sin latido” y la muerte del yo
La fase de depresión es la más prolongada y dolorosa del proceso de duelo. El doliente experimenta tristeza profunda, pérdida de vitalidad, sensación de que la vida ha perdido sentido. El poema “Corazón sin latido” articula esta fase con intensidad extrema:
Que una noche se perdió en la noche oscura
de mi alma
Alma errante que vaga por el mundo de los vivos
Mi corazón ya no late, vive sólo relegado al olvido
Mi corazón está enfermo, sabe de su incierto destino
y vaga por su mundo de color gris oscuro
Mi corazón ya no recuerda quién soy, con quien vivimos y a
quién
hemos querido
Corazón sin latido
El poema describe estado de muerte emocional que replica la depresión mayor: el corazón “ya no late” (pérdida de vitalidad), “vive sólo relegado al olvido” (pérdida de conexión social), vaga “por su mundo de color gris oscuro” (pérdida de intensidades emocionales), “ya no recuerda quién soy” (pérdida de identidad).
El “mundo de color gris oscuro” es descripción precisa de la experiencia depresiva tal como la psicología la documenta: pérdida de capacidad de experimentar colores emocionales, reducción de toda experiencia a gris uniforme. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) lista “incapacidad de experimentar placer” (anhedonia) como síntoma central de depresión mayor. El mundo gris es mundo sin placer, sin intensidad, sin vida.
La expresión “Alma errante que vaga por el mundo de los vivos” establece que el yo lírico experimenta su propia existencia como fantasmal: está técnicamente vivo pero no pertenece al mundo de los vivos. Esta despersonalización es síntoma grave de depresión que puede acompañar duelos complicados. El yo lírico se experimenta a sí mismo como muerto viviente, como zombie emocional que continúa funcionando mecánicamente sin estar verdaderamente presente.
La pérdida de memoria (“ya no recuerda quién soy, con quien vivimos y a / quién / hemos querido” ) es particularmente devastadora. La identidad se construye sobre memoria de experiencias pasadas, relaciones pasadas, amores pasados. Si el corazón olvida todo esto, el yo se disuelve. Esta disolución del yo es lo que Freud denomina en “Duelo y melancolía” la característica distintiva de la melancolía patológica versus duelo normal: en duelo normal, el mundo se empobrece; en melancolía, el yo se empobrece.
Aceptación: “Madre” y la continuidad simbólica
La fase de aceptación no es felicidad ni superación completa del dolor sino reconocimiento sereno de la realidad: el ser amado ha muerto, no volverá, debo aprender a vivir con esa ausencia. El poema “Madre” articula forma de aceptación donde el muerto continúa existiendo simbólicamente:
Mercedes, toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños
Que en algún lugar del cielo reposas serena
Que a tus niños pequeños les enseñas allí lo bonito que es el mar y las estrellas
Que res y juegas con ellos hasta que las nubes se encelan
Que les cuentas cuentos hasta que caen rendidos
dormidos en tus brazos
por favor sol, no te despiertes!…
que los niños ahora con ella duermen en su regazo
El poema comienza nombrando a la madre (Mercedes) y resumiendo su vida (“toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños” ). Este resumen biográfico es tarea crucial del duelo según Worden: construir narrativa coherente de la vida del muerto que permita honrar esa vida sin negar la muerte. La madre no es reducida a su muerte sino recordada por su labor vital.
La imaginación de la continuidad de esa labor en el cielo (“Que a tus niños pequeños les enseñas allí lo bonito que es el mar y las estrellas” ) cumple función psicológica de mantener vínculo con el muerto sin negar la muerte. Worden denomina esto “Tarea IV del duelo: encontrar una conexión duradera con el fallecido mientras se embarca en una nueva vida”. La madre continúa enseñando (su identidad esencial se preserva) pero en otro lugar (se acepta que ya no está físicamente presente).
Los verbos en presente (“reposas”, “enseñas”, “res y juegas”, “les cuentas”, “duermen”) establecen que la madre continúa existiendo en tiempo presente. Esta persistencia en presente es diferente de la negación (que niega completamente la muerte): aquí se acepta que la madre ha muerto físicamente pero se afirma que continúa existiendo en memoria, en imaginación, en influencia que ejerció sobre vivos.
El tono sereno del poema contrasta dramáticamente con el tono desesperado de “Cuna vacía”. La serenidad indica que este duelo ha avanzado hacia aceptación: el yo lírico puede hablar de la madre muerta sin colapsar emocionalmente, puede imaginarla feliz en el cielo, puede desearle descanso (“reposas serena” ). Esta capacidad de desear bien al muerto es señal de duelo saludablemente elaborado.
- William Worden: Las cuatro tareas del duelo
El modelo de tareas versus el modelo de fases
- William Worden en Grief Counseling and Grief Therapy (1982, revisado múltiples veces hasta 2018) propone modelo alternativo al de Kübler-Ross. Mientras Kübler-Ross conceptualiza el duelo como secuencia de fases que el doliente atraviesa pasivamente, Worden conceptualiza el duelo como serie de tareas activas que el doliente debe realizar. Esta reconceptualización tiene implicación terapéutica crucial: si el duelo son tareas, entonces el doliente tiene agencia, puede trabajar activamente en elaborar el duelo.
Las cuatro tareas del duelo según Worden son:
Tarea I: Aceptar la realidad de la pérdida. El doliente debe reconocer que el ser amado ha muerto realmente y no volverá. Esta tarea implica superar negación inicial.
Tarea II: Procesar el dolor del duelo. El doliente debe experimentar completamente el dolor emocional generado por la pérdida, no reprimirlo ni evitarlo. Esta tarea implica permitirse llorar, sentir rabia, sentir tristeza.
Tarea III: Adaptarse a un mundo sin el fallecido. El doliente debe aprender a funcionar en mundo donde el muerto ya no está presente. Esta tarea implica ajustes externos (reorganizar vida cotidiana), ajustes internos (reconstruir sentido de identidad), y ajustes espirituales (reconstruir sistema de significados).
Tarea IV: Encontrar una conexión duradera con el fallecido mientras se embarca en una nueva vida. El doliente debe encontrar forma de mantener vínculo simbólico con el muerto (memoria, legado, influencia continuada) sin que ese vínculo impida invertir energía emocional en nuevas relaciones y proyectos.
Tarea I: Aceptar la realidad de la pérdida en “Dejaron de caer”
El poema “Dejaron de caer” documenta momento preciso de reconocimiento irreversible de una pérdida:
Esas hojas dejaron de caer un día, al amanecer
Se las llevó el viento al jardín de los recuerdos
Mi corazón se partió en dos y mis lágrimas bañaron ese dolor
Hojas al caer, música para mi ser
Frío viento recorre ahora mi alma
que ni la leña logra calentarla
Dejaron de caer y con ellas mi alma se fue
El poema usa metáfora de hojas que caen para representar vida que se extingue gradualmente. El verso “Esas hojas dejaron de caer un día, al amanecer” marca momento preciso donde el proceso gradual de morir (caer) se detiene definitivamente: la muerte ha ocurrido. El tiempo verbal pasado (“dejaron de caer”) establece irreversibilidad: no caen ahora, no caerán en futuro, dejaron de caer permanentemente.
La metáfora del “jardín de los recuerdos” como lugar donde el viento lleva las hojas es forma de aceptar la pérdida transformándola en memoria. Las hojas (el ser querido) ya no están presentes físicamente pero han sido depositadas en jardín de memoria donde pueden ser visitadas simbólicamente. Esta transformación de presencia física en presencia simbólica es parte de aceptación de la realidad de la pérdida.
La reacción emocional del yo lírico (“Mi corazón se partió en dos y mis lágrimas bañaron ese dolor” ) documenta que la aceptación de la realidad no elimina el dolor sino que lo intensifica. Worden establece que aceptar la realidad de la pérdida es prerequisito para procesar el dolor: solo cuando se acepta que el muerto no volverá puede comenzar verdadero trabajo de duelo.
El verso final (“Dejaron de caer y con ellas mi alma se fue” ) introduce complicación: el yo lírico no solo ha perdido al ser amado sino que ha perdido parte de su propia alma. Esta pérdida del yo replica lo que Freud describe en “Duelo y melancolía”: en duelo normal, el mundo se empobrece (las hojas han caído); en melancolía, el yo se empobrece (mi alma se fue). El poema sugiere que esta pérdida ha derivado en melancolía.
Tarea II: Procesar el dolor del duelo en “Llanto”
La Tarea II del duelo según Worden requiere que el doliente experimente completamente el dolor emocional generado por la pérdida. El poema “Llanto” documenta paradoja dolorosa: el yo lírico necesita llorar para procesar el dolor pero el llanto no llega:
Esquivo te muestras con mi corazón hecho pedazos
cruzas veredas sin llegar nunca a mi camino
señales de auxilio caídas en el olvido
Mis lágrimas ya no soportan más la espera
y congeladas se quedan en las puertas de mi alma
Angustia amarga
lágrimas rotas sin poder emanar
Rezo y suplico que pronto conmigo llegues
aunque sea al final de mi sueño eterno
El poema personifica el llanto como entidad esquiva que no llega al yo lírico: “Esquivo te muestras”, “cruzas veredas sin llegar nunca a mi camino”. Esta personificación establece que el yo lírico desea llorar pero no puede: las lágrimas están bloqueadas. La expresión “Mis lágrimas ya no soportan más la espera / y congeladas se quedan en las puertas de mi alma” documenta duelo bloqueado: el dolor existe pero no puede expresarse.
Las “lágrimas congeladas” son metáfora precisa de duelo no elaborado. Freud en “Duelo y melancolía” establece que el trabajo de duelo (Trauerarbeit) requiere expresión gradual del dolor: cada recuerdo del muerto debe ser hipercatectizado (investido de energía emocional) y luego desinvestido mediante reconocimiento de que el muerto ya no existe. Este proceso requiere tiempo y requiere permitir que el dolor se experimente completamente. Si el dolor se congela (se reprime, se bloquea), el trabajo de duelo no puede realizarse.
El verso “lágrimas rotas sin poder emanar” introduce imagen de lágrimas que están rotas: no solo bloqueadas sino dañadas en su capacidad de fluir. Esta imagen sugiere que el mecanismo normal de procesamiento emocional (llorar cuando se experimenta dolor) ha sido dañado. Las causas de este daño pueden ser múltiples: depresión que bloquea todas las emociones, trauma que congela respuesta emocional, socialización masculina que enseña que llorar es debilidad.
El verso final (“Rezo y suplico que pronto conmigo llegues / aunque sea al final de mi sueño eterno” ) establece que el yo lírico desea el llanto incluso si llega solo al morir (“al final de mi sueño eterno”). Esta desesperación por llorar invierte la lógica social normal (que considera llorar como debilidad a evitar): el yo lírico reconoce que llorar es necesidad, es liberación, es salud emocional. La incapacidad de llorar es tortura, no fortaleza.
Tarea III: Adaptarse a un mundo sin el fallecido en “Y te quiero decir”
La Tarea III del duelo según Worden requiere que el doliente se adapte a vivir en mundo donde el muerto ya no está presente. Esta adaptación requiere ajustes múltiples: externos (reorganizar vida cotidiana), internos (reconstruir identidad), espirituales (reconstruir sistema de significados). El poema “Y te quiero decir” documenta momento de cierre de relación donde el yo lírico se despide del muerto y se compromete a continuar viviendo:
Que mis lágrimas se secaron en el mes de Abril
con sol de Primavera, mis lágrimas al fin se fueron
Caminos ahora por descubrir
No existe ya motivo por el que sufrir
Mi corazón ahora se siente feliz
y descansa con la brisa de mi alma
navega por mares donde la oscuridad no existe
y donde las olas amainan
Y te quiero decir que, gracias por lo vivido
Y sin rencor decirte que estas palabras, al final,
se las llevar el viento del norte, hacia su viaje a nuestros
recuerdos
Y que esas palabras en paz descansen
El poema comienza estableciendo que el período de llanto intenso ha terminado: “Que mis lágrimas se secaron en el mes de Abril / con sol de Primavera, mis lágrimas al fin se fueron”. La especificidad temporal (“mes de Abril”) y la asociación con primavera (renacimiento, renovación) sugieren que el duelo ha atravesado invierno (muerte, oscuridad) y ha emergido en primavera. El secarse de las lágrimas no es represión (como en “Llanto”) sino completitud: el yo lírico ha llorado suficiente, el trabajo de duelo mediante llanto se ha completado.
La declaración “No existe ya motivo por el que sufrir” marca transición crucial: el yo lírico ha aceptado la pérdida y ha decidido que continuar sufriendo indefinidamente no honra al muerto sino que desperdicia la vida del superviviente. Esta decisión de dejar de sufrir es ejercicio de agencia que Worden considera esencial: el doliente debe elegir activamente continuar viviendo.
El verso “Mi corazón ahora se siente feliz” contrasta dramáticamente con “Corazón sin latido” donde el corazón estaba muerto. Este contraste documenta trayectoria completa del duelo: desde muerte simbólica del yo hasta resurrección simbólica. El corazón ha revivido, puede sentir felicidad nuevamente. La metáfora de navegar “por mares donde la oscuridad no existe / y donde las olas amainan” sugiere que el yo lírico ha encontrado paz después de tormenta.
El cierre del poema es despedida formal al muerto: “Y te quiero decir que, gracias por lo vivido”. El agradecimiento por lo vivido (en lugar de recriminación por el abandono) es señal de duelo saludable. El verso “Y sin rencor decirte” establece que el yo lírico ha elaborado la ira que es parte normal del duelo: ya no siente rencor hacia el muerto por haberlo abandonado.
La expresión final (“se las llevará el viento del norte, hacia su viaje a nuestros / recuerdos / Y que esas palabras en paz descansen” ) documenta lo que Worden denomina “reubicación emocional del muerto”: el muerto ya no ocupa el centro de la vida emocional del doliente sino que ha sido reubicado en memoria. Las palabras de despedida viajan “a nuestros recuerdos”, estableciendo que el muerto ahora habita el pasado (recuerdos) no el presente. El deseo de que “esas palabras en paz descansen” sugiere que el yo lírico también desea descansar del trabajo agotador del duelo.
Tarea IV: Encontrar conexión duradera con el fallecido en “Un día yo volaré”
La Tarea IV del duelo según Worden requiere que el doliente encuentre forma de mantener vínculo simbólico con el muerto sin que ese vínculo impida invertir energía en nueva vida. El poema “Un día yo volaré” articula esta conexión duradera mediante metáfora de reunión futura:
Con mis amigas golondrinas, volaré algún día
con ellas, largo y seguro camino tendré
Cuando llegue ese día, dejaré bien labrado mi amor
en vuestros tiernos corazones
Con buena tierra escogida y las mejores semillas,
ese amor, germinará de por vida
Yo seguiré dentro de poco a las alegres golondrinas
que me lleven con su música al lugar que ellas mejor elijan
Ellas saben bien dónde estaremos seguros y bien protegidos
al finalizar el largo recorrido
El poema anticipa la propia muerte del yo lírico (“Con mis amigas golondrinas, volaré algún día” ) pero esta anticipación no es morbosa sino serena. Las golondrinas son aves migratorias que viajan grandes distancias, metáfora tradicional del alma que viaja hacia el más allá. El yo lírico imagina que “algún día” emprenderá ese viaje, pero la temporalidad es indefinida: no es inminente ni urgente.
Lo crucial del poema es el verso “Cuando llegue ese día, dejaré bien labrado mi amor / en vuestros tiernos corazones”. El yo lírico se preocupa por el legado que dejará: su amor debe quedar “bien labrado” (cuidadosamente cultivado) en corazones de los que quedan vivos. La metáfora agrícola (“Con buena tierra escogida y las mejores semillas, / ese amor, germinará de por vida” ) establece que el amor no muere cuando muere el amante sino que continúa creciendo en los sobrevivientes.
Esta preocupación por el legado replica lo que el yo lírico ha hecho con sus propios muertos: mantenerlos vivos simbólicamente mediante memoria, mediante continuación de su labor (la madre que continúa enseñando en el cielo), mediante amor que persiste. El poema sugiere reciprocidad: así como el yo lírico mantiene vivos a sus muertos, así los supervivientes del yo lírico lo mantendrán vivo cuando él muera.
La expresión “Yo seguiré dentro de poco a las alegres golondrinas” puede referirse a seguir a los que ya han muerto (las golondrinas que ya emprendieron el viaje). Esta anticipación de reunión con los muertos es forma de conexión duradera: el yo lírico no se despide definitivamente sino que dice “hasta pronto”. La confianza en que las golondrinas saben “dónde estaremos seguros y bien protegidos / al finalizar el largo recorrido” es confianza en que existe lugar (cielo, más allá, memoria colectiva) donde muertos y vivos eventualmente se reúnen.
Sigmund Freud: Duelo versus melancolía en Existencial
“Duelo y melancolía” (1917): Distinción fundamental
Sigmund Freud en “Duelo y melancolía” (1917) establece distinción fundamental entre dos respuestas a la pérdida: el duelo normal (Trauer) y la melancolía patológica (Melancholie). Ambas comparten características: estado de ánimo profundamente dolorido, pérdida de interés en mundo externo, pérdida de capacidad de amar, inhibición de actividad. Pero la melancolía añade síntoma crucial que el duelo normal no presenta: extraordinaria disminución del sentimiento de sí (Selbstgefühl), empobrecimiento del yo.
Freud escribe: “En el duelo el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la melancolía, eso le ocurre al yo mismo”. En duelo normal, el doliente reconoce qué ha perdido (sabe quién murió, qué representaba esa persona). En melancolía, el doliente no sabe claramente qué ha perdido: “Esto significaría que la melancolía estaría conectada de algún modo con una pérdida de objeto sustraída de la consciencia”.
La dinámica del duelo normal según Freud implica “trabajo de duelo” (Trauerarbeit): proceso gradual donde cada recuerdo y expectativa vinculada al muerto debe ser hipercatectizado (investido de energía) y luego abandonado mediante reconocimiento de que el objeto ya no existe. Este trabajo es lento, doloroso, pero eventualmente se completa: “Cuando el trabajo del duelo se ha consumado, el yo queda otra vez libre y desinhibido”.
La dinámica de la melancolía es distinta: en lugar de desinvestir al objeto perdido, el yo lo introyecta (lo incorpora dentro de sí mismo). La sombra del objeto cae sobre el yo. Los reproches que el melancólico dirige contra sí mismo son en realidad reproches dirigidos contra el objeto introyectado. El yo se identifica con el objeto perdido y luego se ataca a sí mismo atacando al objeto.
Melancolía en “Corazón sin latido”: El yo empobrecido
El poema “Corazón sin latido” articula precisamente la dinámica melancólica que Freud describe: no es el mundo el que se ha empobrecido sino el yo:
Mi corazón ya no late, vive sólo relegado al olvido
Mi corazón está enfermo, sabe de su incierto destino
y vaga por su mundo de color gris oscuro
Mi corazón ya no recuerda quién soy, con quien vivimos y a
quién
hemos querido
Corazón sin latido
El corazón “relegado al olvido” documenta la disminución del sentimiento de sí que Freud identifica como característica distintiva de melancolía. El yo no solo ha perdido al objeto amado sino que se ha perdido a sí mismo. La expresión “Mi corazón ya no recuerda quién soy” es literal: el yo ha olvidado su propia identidad.
El “mundo de color gris oscuro” podría interpretarse como empobrecimiento del mundo (característico de duelo normal), pero el contexto establece que es “su mundo”, el mundo del corazón enfermo, el mundo interior. Es el yo el que se ha vuelto gris, no el mundo externo. Esta distinción es crucial para diferenciar duelo de melancolía.
El verso “Mi corazón está enfermo, sabe de su incierto destino” documenta la auto-recriminación que Freud identifica en melancolía. El melancólico se experimenta a sí mismo como enfermo, como defectuoso, como condenado a “incierto destino”. Freud establece que estos reproches aparentemente dirigidos al yo son en realidad reproches dirigidos al objeto perdido que ha sido introyectado.
Duelo normal en “Madre”: El mundo empobrecido, el yo preservado
En contraste con la melancolía de “Corazón sin latido”, el poema “Madre” articula duelo normal saludablemente elaborado. El mundo se ha empobrecido (la madre ya no está presente) pero el yo se preserva intacto y puede honrar al muerto:
Mercedes, toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños
Que en algún lugar del cielo reposas serena
El yo lírico puede nombrar a la madre (Mercedes), puede resumir su vida con claridad (“toda una vida dedicada a la enseñanza” ), puede imaginarla serenamente en el cielo. Esta capacidad de pensar sobre el muerto sin colapsar emocionalmente, de honrar su vida sin negar la muerte, de mantener conexión simbólica sin fusionarse patológicamente, es característica de duelo normal según Freud.
No hay auto-recriminación en el poema, no hay empobrecimiento del yo. El yo lírico no se siente culpable por la muerte de la madre, no se ataca a sí mismo. El dolor es por la ausencia de la madre (duelo), no por defectos del yo (melancolía). Esta diferencia es crucial: el duelo es respuesta saludable a pérdida real; la melancolía es patología que requiere intervención terapéutica.
La transición de melancolía a duelo normal: Trayectoria del poemario
Una lectura cronológica del poemario (aunque no conocemos el orden de composición de los poemas) sugiere trayectoria desde melancolía hacia duelo normal. Los poemas que documentan melancolía (“Corazón sin latido”, “Llanto”) coexisten con poemas que documentan duelo elaborado (“Madre”, “Y te quiero decir”). Esta coexistencia puede interpretarse de dos maneras.
Primera interpretación: el poemario documenta múltiples duelos en diferentes fases de elaboración. El duelo por la madre ha sido elaborado saludablemente; el duelo por pérdida de identidad anterior (documentado en “Corazón sin latido”) permanece en fase melancólica. Esta interpretación reconoce que una persona puede estar elaborando múltiples duelos simultáneamente, cada uno en fase diferente.
Segunda interpretación: el poemario documenta trayectoria temporal desde melancolía hacia elaboración saludable. Los poemas melancólicos fueron escritos en momentos de crisis aguda; los poemas de aceptación fueron escritos posteriormente cuando el trabajo de duelo había avanzado. Esta interpretación ve el poemario como documento de curación gradual.
Ambas interpretaciones son compatibles y probablemente ambas son parcialmente correctas. Lo crucial es reconocer que el poemario no está atrapado en melancolía sino que documenta movimiento hacia elaboración. La presencia de poemas como “Y te quiero decir” demuestra que el yo lírico es capaz de completar trabajo de duelo, de despedirse de muertos, de reinvertir energía emocional en vida.
La escritura poética como trabajo de duelo
Freud: El trabajo de duelo (Trauerarbeit)
Freud en “Duelo y melancolía” introduce concepto de “trabajo de duelo” (Trauerarbeit) para enfatizar que el duelo no es proceso pasivo que simplemente ocurre sino actividad que requiere esfuerzo psíquico considerable. Este trabajo consiste en examinar cada recuerdo del muerto, cada expectativa vinculada al muerto, y gradualmente desinvestirlo mediante reconocimiento de que el objeto ya no existe.
Freud escribe: “La realidad pone de manifiesto que el objeto amado ya no existe más, y de ella emana ahora la exhortación de quitar toda la libido de sus enlaces con ese objeto. Contra esto se alza una resistencia natural Esta oposición puede ser tan intensa que sobreviene un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria de deseo. Lo normal es que prevalezca el respeto por la realidad. Pero su mandato no puede cumplirse enseguida”.
El trabajo de duelo es lento porque cada enlace libidinal con el objeto debe ser deshecho individualmente. Cada recuerdo debe ser revivido y luego abandonado. Este proceso genera dolor intenso pero es necesario para eventualmente liberar al yo de la absorción en el objeto perdido.
La escritura como proceso de desinvestimiento
El poemario Existencial puede leerse como documento del trabajo de duelo en proceso. Cada poema que tematiza una pérdida es ejercicio de desinvestimiento: el yo lírico revive el recuerdo del muerto (o de la capacidad perdida), lo examina poéticamente, lo articula verbalmente, y mediante esta articulación gradualmente se separa de él.
El poema “Cuna vacía” es ejemplo paradigmático. El yo lírico revive la escena traumática: acercarse a la cuna, encontrar a la niña muerta. Esta escena debe ser traumática extremadamente (muerte de hijo es pérdida más dolorosa que puede experimentarse). Pero el acto de escribir el poema transforma trauma en narrativa: la escena caótica y fragmentada se organiza en versos con métrica, con rima, con estructura. Esta organización formal es ya forma de control, de dominio sobre material traumático.
La repetición de eufemismos en el poema (“serena”, “sueña”, “durmiese”) documenta la dificultad de nombrar directamente la muerte, pero el hecho de que el poema exista documenta que el yo lírico ha podido articular la experiencia aunque sea mediante eufemismos. La teoría del trauma establece que las experiencias traumáticas inicialmente no pueden narrarse (permanecen fragmentadas, sin palabras); la capacidad de narrar el trauma es señal de que está siendo procesado.
El poema “Dejaron de caer” articula explícitamente el proceso de desinvestimiento: “Se las llevó el viento al jardín de los recuerdos”. Las hojas (el ser querido) son retiradas de presencia inmediata y depositadas en memoria. Este movimiento desde presente hacia pasado es precisamente lo que el trabajo de duelo requiere: reconocer que el objeto pertenece ahora al pasado, no al presente.
La construcción de narrativa coherente: Función terapéutica de la poesía
La psicología narrativa contemporánea (desarrollada por autores como Jerome Bruner, Dan McAdams, y otros) establece que los seres humanos construyen identidad mediante narrativas: contamos historias sobre quiénes somos, de dónde venimos, qué nos ha pasado. Las experiencias traumáticas amenazan la coherencia narrativa: son eventos que no pueden integrarse en historia de vida porque contradicen expectativas fundamentales (los niños no deben morir antes que los padres, el yo no debe perder capacidades fundamentales en juventud).
El trabajo de duelo requiere reconstruir narrativa de vida que integre la pérdida. El poemario Existencial cumple precisamente esta función: construye narrativa coherente que integra múltiples pérdidas en historia de vida. La narrativa que emerge no es “a pesar de las pérdidas sigo adelante” sino “mediante las pérdidas he aprendido, he cambiado, he descubierto significados”.
El poema “Dolor” articula explícitamente esta construcción de significado:
Sé que me elegiste para que con mi dolor
transmitiese a los demás amor y compasión
El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón
El yo lírico transforma sufrimiento aparentemente absurdo en misión significativa: fue elegido para “transmitir amor y compasión” mediante el dolor. Esta narrativa teleológica (el dolor tiene propósito) permite integrar experiencias de sufrimiento en identidad coherente. El yo lírico no es víctima pasiva del dolor sino agente activo que usa el dolor para generar compasión.
La metáfora “El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón” invierte completamente la valencia del dolor: lo que debería destruir (dolor) en realidad nutre (savia). Esta inversión es logro terapéutico extraordinario que Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido identifica como capacidad de encontrar significado incluso en sufrimiento extremo.
La función de lector imaginado: Elaboración mediante comunicación
Muchos poemas del poemario se dirigen a un “tú” que puede ser el lector, el muerto, o el yo mismo. Esta estructura dialógica cumple función terapéutica crucial: transformar experiencia privada en comunicación pública. El duelo patológico frecuentemente implica aislamiento: el doliente se retrae, deja de comunicarse, permanece atrapado en mundo privado de dolor.
El poema “Y te quiero decir” es explícitamente comunicativo:
Y te quiero decir que, gracias por lo vivido
Y sin rencor decirte que estas palabras, al final,
se las llevará el viento del norte, hacia su viaje a nuestros
recuerdos
El yo lírico necesita decir algo al muerto: agradecer, despedirse, cerrar la relación. Este decir transforma relación bilateral (yo y tú) que fue interrumpida por muerte en comunicación unilateral (yo hablo aunque tú no puedas responder). Pero el acto de hablar en sí mismo es terapéutico: permite al doliente expresar lo que quedó sin decir, completar conversaciones interrumpidas, resolver asuntos pendientes.
La dedicatoria del poemario establece lector implícito más amplio: “a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido”. El yo lírico no escribe solo para sí mismo sino para otros dolientes. Esta orientación hacia comunidad de dolientes transforma experiencia individual en experiencia compartida. El dolor ya no es únicamente mío sino dolor que otros también han experimentado. Esta universalización del dolor es forma de consuelo: no estoy solo en mi sufrimiento.
Duelos específicos: Análisis de poemas clave
“Cuna vacía”: Duelo por muerte de niña
El poema “Cuna vacía” documenta la pérdida más devastadora: muerte de niña (presumiblemente hija del autor). La muerte infantil genera duelo particularmente complicado porque contradice orden natural esperado (los padres deben morir antes que los hijos), porque los padres sienten responsabilidad de proteger al hijo, y porque muerte infantil frecuentemente genera culpa del superviviente (“¿qué hice mal?”, “¿pude haberla salvado?”).
El poema evita sistemáticamente la palabra “muerte” y utiliza tres eufemismos principales: sueño, serenidad, y elevación angelical. La niña “estaba serena”, “profundo sueña”, fue llevada por “Los angelitos del cielo” “para que durmiese con ellos”. Esta evitación léxica cumple función protectora: permite al yo lírico acercarse al trauma sin colapsar completamente.
La voz que habla en el poema no es el padre directamente sino un hermano que informa a la madre: “Mamá, me acerqué a su cuna”. Este desplazamiento de perspectiva (hablar desde voz de hijo que descubre a hermana muerta en lugar de desde voz de padre) puede ser estrategia de distanciamiento que permite al autor abordar material traumático indirectamente.
El detalle “Con su sonrisa quieta, me dio pena” es devastador: la niña murió sonriendo, quizás en sueño, sin sufrimiento aparente. Esta serenidad de la muerte genera ambivalencia: alivio de que no sufrió, pero simultáneamente extrañeza de muerte sin agonía. La “sonrisa quieta” es oxímoron: las sonrisas vivas se mueven, esta sonrisa está congelada, es máscara mortuoria.
“Ladrido en la noche”: Duelo por muerte de perro y culpa del superviviente
El poema “Ladrido en la noche” documenta muerte del perro compañero. Aunque pérdida de mascota puede parecer menos significativa que pérdida de humano, la teoría del apego establece que los vínculos con animales domésticos pueden ser tan intensos como vínculos con humanos, especialmente para personas con movilidad reducida que dependen del animal como compañero constante.
Mi perro ladra en la noche que acaba
Ser que la oscuridad hoy lo asusta?
Mi perro me llama y yo en mis sueos no escucho sus penas
Qu le pasa a mi perro si es ya primavera?
Mi perro se fue y me dijo en mis sueos,
que se fue sin pena
El poema introduce elemento de culpa ausente en otros poemas de duelo: el yo lírico no escuchó cuando el perro lo llamaba. El verso “Mi perro me llama y yo en mis sueños no escucho sus penas” documenta fracaso de cuidado: el perro necesitaba ayuda, el yo lírico estaba dormido y no respondió. Esta culpa es componente frecuente del duelo que Worden identifica: los dolientes se recriminan no haber estado presentes en momento de muerte, no haber hecho suficiente.
La pregunta “¿Qué le pasa a mi perro si es ya primavera?” documenta confusión: la primavera es tiempo de renovación, no de muerte. Esta incomprensión de la muerte fuera de temporada (muerte en primavera en lugar de en invierno) replica incomprensión más amplia: ¿por qué mueren los que amamos cuando no esperamos que mueran?
El verso final introduce consuelo: “Mi perro se fue y me dijo en mis sueños, / que se fue sin pena”. El perro aparece en sueños para consolar al yo lírico, para comunicarle que murió sin sufrimiento (“sin pena”). Esta comunicación onírica es forma común de elaboración del duelo: el muerto aparece en sueños para despedirse, para perdonar, para dar permiso al doliente de continuar viviendo.
“Viajes de ida y vuelta”: Duelo anticipado por observación de otra persona moribunda
El poema “Viajes de ida y vuelta” documenta forma diferente de duelo: duelo anticipado generado por observación de otra persona que está muriendo gradualmente. El poema describe mujer en tren que evidencia enfermedad terminal:
Sus venas marcadas con sangre helada
y extrema delgadez, denotan la lucha diaria con su ser
El tren es su nico compaero en sus viajes de ida y vuelta
sentada siempre junto a la ventana
y sin quitar la vista al paisaje
La descripción física detallada (“Sus venas marcadas con sangre helada / y extrema delgadez” ) documenta cuerpo deteriorado por enfermedad. El yo lírico reconoce en esta mujer imagen de su propio deterioro futuro o pasado. Esta identificación genera duelo anticipado: duelo por muerte que todavía no ha ocurrido pero que se anticipa como inevitable.
El verso “Paradas de tren, paradas de corazón” establece equivalencia entre viaje en tren y viaje hacia muerte: cada parada es pequeña muerte, ensayo de muerte final. Los “viajes de ida y vuelta” sugieren que todavía hay retorno (ida y vuelta), pero el poema documenta que eventualmente habrá solo ida sin vuelta.
La reacción del yo lírico oscila entre deseo de ayudar (“Quisiera ayudarla, quizás con una palabra de aliento” ) y reconocimiento de impotencia (“pero pienso que no es mi cometido ni ser su consuelo” ). Esta impotencia replica la impotencia fundamental ante la muerte: no podemos salvar a los moribundos, solo acompañarlos.
“Ave Fénix”: Duelo como muerte y renacimiento
El poema “Ave Fénix” articula el duelo como proceso de muerte simbólica seguida de renacimiento. La figura mitológica del ave fénix (que muere en llamas y renace de sus cenizas) es metáfora tradicional de transformación radical mediante destrucción:
Tu sombra alargada oscurece al cielo
y se expande hasta llegar a mi corazón
Lágrimas derramas para ir curando mi alma,
y que ésta se dé cuenta de tu inexorable llegada
Tus lágrimas bañan mi alma
para que entre pura y limpia en el jardín oscuro de la vida
Sin miedo, te espero en el jardín sin flores de la esperanza
Resurgir contigo quiero, a regazo de tus alas púrpuras y doradas
El poema personifica la muerte (o el duelo, o la transformación radical) como entidad que se acerca al yo lírico. La “sombra alargada” que “oscurece al cielo” sugiere presencia masiva, amenazante, que bloquea la luz. Esta sombra se expande “hasta llegar a mi corazón”: la muerte no permanece externa sino que penetra la interioridad más profunda.
La función de las “lágrimas” que la entidad derrama es paradójica: estas lágrimas curan (“para ir curando mi alma” ). Las lágrimas del duelo, que en otros poemas se experimentan como dolor puro, aquí se reconocen como agentes terapéuticos. Esta inversión replica lo que la psicología del duelo establece: el llanto no es debilidad sino mecanismo de curación emocional.
El verso “Tus lágrimas bañan mi alma / para que entre pura y limpia en el jardín oscuro de la vida” establece que el duelo purifica. El alma debe ser bañada (purificada mediante lágrimas) antes de entrar en “el jardín oscuro de la vida”. Este jardín oscuro puede interpretarse como vida transformada por pérdidas: ya no es jardín luminoso de inocencia sino jardín oscuro de experiencia, pero para habitarlo el alma debe estar purificada.
La declaración “Sin miedo, te espero en el jardín sin flores de la esperanza” documenta aceptación activa de la transformación. El yo lírico no huye de la muerte/transformación sino que la espera “sin miedo”. El “jardín sin flores de la esperanza” es oxímoron extraordinario: un jardín sin flores normalmente representa desesperanza, pero aquí es precisamente “jardín de la esperanza”. La esperanza no reside en flores presentes sino en posibilidad de renacimiento.
El verso final (“Resurgir contigo quiero, a regazo de tus alas púrpuras y doradas” ) articula deseo explícito de renacimiento. El yo lírico no solo acepta la muerte simbólica sino que desea activamente resurgir transformado. Las “alas púrpuras y doradas” del ave fénix son alas regias, sagradas (el púrpura es color de realeza, el dorado es color divino). El renacimiento no será regreso a estado anterior sino elevación a estado superior.
“Dolor”: Transformación del sufrimiento en sabiduría
El poema “Dolor” es central para comprender cómo el poemario transforma experiencia de duelo en proceso de crecimiento espiritual. El poema articula relación compleja con el dolor crónico que el autor ha experimentado durante veinticinco años:
Sé que me elegiste para que con mi dolor
transmitiese a los demás amor y compasión
El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón
Ríos de lágrimas de tristeza fluyeron durante años por mi
interior
Tanto dolor, físico y emocional
que me llevaron al más allá, y que me hicieron temblar
Entonces sentí la paz y sabiduría de tu ser
que guiaron mi camino
Recorrí senderos con altos precipicios
donde tu luz me guio y acompañó
sin conocer el destino
Tú sabes bien qué es el dolor
y me enseñaste que hace grande el corazón
Caminos de espinas, noches frías y oscuras
que contigo de azul se ilumina
El poema comienza con narrativa teleológica: el yo lírico fue “elegido” para experimentar dolor con propósito específico (“para que con mi dolor / transmitiese a los demás amor y compasión” ). Esta narrativa transforma sufrimiento aparentemente absurdo en misión significativa. Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido establece que los seres humanos pueden soportar casi cualquier sufrimiento si encuentran significado en él.
La metáfora “El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón” invierte completamente la valencia del dolor. La savia es líquido vital que transporta nutrientes en las plantas; el dolor (que debería destruir) se reconceptualiza como nutriente que genera vida. Esta inversión es logro terapéutico extraordinario que requiere años de trabajo psicológico.
El verso “Ríos de lágrimas de tristeza fluyeron durante años por mi / interior” documenta duración sostenida del sufrimiento: no fueron momentos puntuales sino “años”. La metáfora de ríos (no gotas, no lágrimas individuales sino ríos) establece magnitud del llanto. Este reconocimiento de la magnitud del sufrimiento es importante: el yo lírico no minimiza su dolor sino que lo honra reconociéndolo plenamente.
El verso “Tanto dolor, físico y emocional / que me llevaron al más allá, y que me hicieron temblar” documenta que el dolor fue tan extremo que generó experiencia límite. El “más allá” puede referirse a experiencia cercana a la muerte, a estado alterado de consciencia, o a dimensión espiritual. El verbo “temblar” documenta vulnerabilidad extrema del cuerpo ante dolor insoportable.
La transformación ocurre en el verso “Entonces sentí la paz y sabiduría de tu ser / que guiaron mi camino”. En momento de máximo dolor, el yo lírico experimenta presencia (presumiblemente divina) que otorga “paz y sabiduría”. Esta experiencia mística replica lo que muchas narrativas de supervivencia documentan: en momentos de máximo sufrimiento puede emerger sentido de presencia acompañante que hace el sufrimiento soportable.
El cierre del poema establece que el dolor “hace grande el corazón”. El corazón agrandado por dolor es corazón capaz de mayor compasión, mayor empatía, mayor amor. Esta es inversión final: el dolor que debería empequeñecer (generar amargura, resentimiento, cierre emocional) en realidad agranda cuando se elabora saludablemente.
Recursos poéticos al servicio del trabajo de duelo
Metáfora y símbolo: Mediación del trauma
El poemario utiliza extensivamente metáforas y símbolos para mediar experiencias traumáticas que serían insoportables si se nombraran directamente. La teoría del trauma establece que las experiencias traumáticas inicialmente no pueden narrarse directamente: son demasiado dolorosas, demasiado fragmentadas, demasiado abrumadoras. La metáfora permite acercarse al trauma indirectamente.
Las metáforas naturales son particularmente frecuentes: hojas que caen (muerte), ríos de lágrimas (duelo), jardines (memoria), viento (paso del tiempo), mar (infinitud), estrellas (esperanza). Estas metáforas naturales conectan experiencias humanas con ciclos naturales, sugiriendo que muerte y pérdida son parte del orden natural, no aberraciones.
El poema “Dejaron de caer” utiliza metáfora de hojas para representar vida que se extingue:
Esas hojas dejaron de caer un día, al amanecer
Se las llevó el viento al jardín de los recuerdos
Las hojas que caen son metáfora tradicional del envejecimiento y muerte (especialmente en otoño). Pero el poema especifica que las hojas “dejaron de caer”: el proceso gradual de morir (caer) se ha detenido porque la muerte ha ocurrido. El viento que “Se las llevó” es agente de transición: mueve las hojas desde presencia física hacia “jardín de los recuerdos”. Esta metáfora permite al yo lírico articular irreversibilidad de la muerte sin nombrarla directamente.
Repetición y ritual: Estructura que contiene el caos
Muchos poemas del poemario utilizan repetición como recurso estructurante. La repetición cumple función psicológica importante en contexto de duelo: genera sensación de orden, control, ritual en situación que es caótica y descontrolada.
El poema “Silencios” repite la palabra “silencios” cuatro veces en cinco versos:
Silencios que en calma espero
Tan sólo, sonidos del aire suave y del mar quiero
Silencios que mi alma pequeña quiere y que por ellos muere
Silencios que duermen a la luna en noche de escarcha
Y que, a mi niña, en su cuna, la arropan suaves
Esta repetición genera efecto casi hipnótico, meditativo. La palabra “silencios” se convierte en mantra que el yo lírico repite para calmarse, para generar mediante repetición verbal el silencio que busca en mundo ruidoso. La repetición también enfatiza: los silencios no son mera preferencia sino necesidad existencial.
El poema “Deja pasar” utiliza imperativo “deja pasar” tres veces, generando estructura de letanía o plegaria:
Las prisas, el ruido y el mal que de lejos se huele
deja pasar
Deja pasar la avaricia, la soberbia y a la envidia
Deja pasar y tu alma lo agradecerá
Esta estructura de letanía replica estructuras religiosas (oraciones, rosarios, mantras) que históricamente han servido para procesar dolor mediante repetición ritual. La repetición transforma consejo psicológico en mandato casi sagrado.
Voz lírica: Entre lo autobiográfico y lo universal
La voz lírica del poemario oscila productivamente entre especificidad autobiográfica (referencias a experiencias concretas del autor) y universalidad (experiencias que cualquier doliente podría reconocer como propias). Esta oscilación permite que el poemario funcione simultáneamente como documento personal de duelo del autor y como texto con el que otros dolientes pueden identificarse.
Algunos poemas son claramente autobiográficos: “Camino seguro” describe experiencia de caminar con perro guía, situación específica del autor con discapacidad visual. “Carlos El chicharrero” narra historia de persona específica (Carlos Bacallado) que el autor conoció en Cádiz. Estos poemas documentan experiencia particular, no generalizable.
Otros poemas son deliberadamente universales: “Nos equivocamos” enumera errores que “nosotros” (plural inclusivo) cometemos. “Razones para vivir” concluye con “seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti”, dirigiéndose directamente a lector y sugiriendo que lector y autor comparten situación (ambos necesitan encontrar razones para vivir).
Esta oscilación entre lo particular y lo universal es característica de literatura testimonial exitosa. Si el texto fuera solo particular (solo sobre experiencia única del autor), lectores no podrían identificarse; si fuera solo universal (solo verdades generales sobre duelo), perdería fuerza emocional de experiencia vivida. El poemario logra balance: documenta experiencias específicas pero las articula de modo que revela estructura universal.
El silencio como recurso poético y existencial
El silencio funciona en el poemario simultáneamente como tema (múltiples poemas tematizarán búsqueda del silencio), como recurso poético (pausas, elipsis, lo no-dicho), y como respuesta existencial al trauma.
Como tema, el silencio aparece explícitamente en poemas como “Silencios”, “Existencial” (que rechaza “ruidos de este mundo” ), “Camino seguro” (donde el perro guía “en silencio” ), “Convento” (que celebra “Olor a silencio en los patios del convento” ). Estos poemas establecen que el silencio no es mera ausencia de sonido sino bien positivo que el yo lírico busca activamente.
Como recurso poético, el silencio se manifiesta en lo que los poemas no dicen explícitamente. El poema “Cuna vacía” nunca dice “mi hija murió”: esta información crucial permanece silenciada, debe ser inferida por lector. Esta elipsis no es defecto sino recurso: lo traumático permanece en silencio porque nombrarlo directamente sería insoportable.
Como respuesta existencial, el silencio es forma de resistencia ante saturación de estímulos, ante demandas de comunicación constante, ante presión de explicar el dolor. El poema “Existencial” establece que ante gentes que interrumpen y alzan la voz, el yo lírico responde “sin contestar”. Este silencio no es pasividad sino agencia: elegir no participar en ruido, retirarse a silencio protector.
Duelo complicado y factores de riesgo
Teoría de Worden: Factores que complican el duelo
- William Worden en Grief Counseling and Grief Therapy identifica múltiples factores que pueden complicar elaboración del duelo. Estos factores incluyen:
Factores relacionados con la persona que murió: muerte de niño (contradice orden natural), muerte de cónyuge (pérdida de compañero de vida), relación ambivalente con el muerto (amor mezclado con resentimiento no resuelto).
Factores relacionados con circunstancias de muerte: muerte súbita (sin preparación), muerte violenta (suicidio, homicidio, accidente), múltiples pérdidas simultáneas, pérdida no reconocida socialmente (muerte de amante secreto, muerte de mascota).
Factores relacionados con el doliente: historia previa de depresión, pérdidas anteriores no elaboradas, falta de apoyo social, responsabilidades que impiden elaboración (debe cuidar a otros, debe continuar trabajando inmediatamente).
El poemario Existencial documenta múltiples factores de riesgo que complican elaboración del duelo. Primero, pérdida de niña es tipo de pérdida más difícil de elaborar. Segundo, el autor experimenta simultáneamente múltiples pérdidas (niña, madre, perro, capacidades físicas), lo que Worden denomina “sobrecarga de duelo”. Tercero, el dolor crónico que el autor experimenta puede funcionar como depresión orgánica que obstaculiza elaboración emocional.
Duelo ambiguo: La pérdida de capacidades físicas
Pauline Boss en Ambiguous Loss: Learning to Live with Unresolved Grief (1999) introduce concepto de “duelo ambiguo” para describir pérdidas que no son claras ni definitivas. Boss distingue dos tipos de duelo ambiguo:
Tipo 1: La persona está físicamente ausente pero psicológicamente presente. Ejemplos: desapariciones forzadas, soldados desaparecidos en guerra, secuestros. Los familiares no saben si la persona está viva o muerta, no pueden completar duelo porque la muerte no es confirmada.
Tipo 2: La persona está físicamente presente pero psicológicamente ausente. Ejemplos: demencia de Alzheimer, adicciones severas, trastornos mentales graves. Los familiares experimentan pérdida de la persona que conocieron aunque el cuerpo continúe vivo.
La pérdida de capacidades físicas debido a enfermedad crónica genera tipo particular de duelo ambiguo que Boss no categoriza explícitamente pero que comparte características: la persona (el yo anterior a la enfermedad) está ausente aunque el cuerpo continúe presente. El yo lírico en “Corazón sin latido” experimenta esta ausencia del yo: “Mi corazón ya no recuerda quién soy”.
Boss establece que el duelo ambiguo es particularmente difícil de elaborar porque no permite cierre: no hay cuerpo que enterrar, no hay funeral que realizar, no hay momento definido donde se pueda decir “ahora comenzaré a elaborar el duelo”. La pérdida permanece suspendida en incertidumbre. El yo lírico que ha perdido capacidades físicas no puede elaborar completamente este duelo porque continúa viviendo en cuerpo disminuido: la pérdida no es pasado sino presente continuo.
La escritura como intervención terapéutica en duelo complicado
La terapia contemporánea de duelo (desarrollada por autores como Therese Rando, Robert Neimeyer, y otros) reconoce que algunos duelos requieren intervención profesional. Los indicadores de duelo complicado incluyen: duelo prolongado (continúa sin mejoría después de año o más), duelo intenso que impide funcionamiento cotidiano, pensamientos suicidas persistentes, incapacidad de hablar del muerto sin colapsar emocionalmente.
Una de las intervenciones terapéuticas utilizadas en duelo complicado es la escritura terapéutica. James Pennebaker en Writing to Heal (2004) ha documentado beneficios de escribir sobre experiencias traumáticas: mejora salud física, reduce síntomas de depresión, mejora funcionamiento inmunológico. El mecanismo terapéutico es transformar experiencia fragmentada y caótica en narrativa coherente.
El poemario Existencial puede interpretarse como forma de auto-terapia mediante escritura. El autor, que experimenta múltiples duelos complicados (pérdida de niña, pérdida de capacidades físicas, dolor crónico que genera depresión), utiliza escritura poética para procesar pérdidas. La transformación de dolor caótico en poemas estructurados (con métrica, con rima, con imágenes coherentes) es ya forma de control, de dominio sobre material traumático.
El hecho de que el poemario sea publicado (no permanezca como diario privado) sugiere que el autor ha logrado suficiente elaboración para compartir públicamente experiencias que inicialmente eran demasiado privadas, demasiado dolorosas. La publicación es acto de cierre parcial: estas experiencias ya no son secreto vergonzoso sino testimonio público que puede ayudar a otros.
Conclusiones
El análisis realizado permite establecer las siguientes conclusiones sobre la aplicación de teorías psicológicas del duelo al poemario Existencial de Ángel Jesús Martín González:
Primera conclusión: El poemario documenta múltiples tipos de duelo que requieren elaboración diferenciada. El duelo por muerte de seres queridos (niña en “Cuna vacía”, madre en “Madre”, perro en “Ladrido en la noche”) coexiste con duelo por pérdida de capacidades físicas y con duelo por muerte simbólica del yo anterior a la enfermedad. Esta multiplicidad de duelos genera sobrecarga emocional que complica elaboración, pero el poemario demuestra que el yo lírico está trabajando activamente en procesar todas estas pérdidas.
Segunda conclusión: Se identifican en el poemario las cinco fases del duelo propuestas por Elisabeth Kübler-Ross, aunque no de manera lineal sino distribuidas en diferentes poemas. La negación aparece en “Cuna vacía” mediante evitación léxica de la palabra “muerte”. La ira aparece en “Me arrepiento” como auto-recriminación. La negociación aparece en “Razones para vivir” como pacto con la vida. La depresión aparece en “Corazón sin latido” como muerte simbólica del yo. La aceptación aparece en “Madre” y “Y te quiero decir” como reconocimiento sereno de pérdidas. Esta distribución no-lineal confirma la aclaración posterior de Kübler-Ross: las fases no son secuencia obligatoria sino posibles respuestas que pueden coexistir.
Tercera conclusión: El poemario realiza las cuatro tareas del duelo propuestas por J. William Worden con grados variables de completitud. La Tarea I (aceptar la realidad de la pérdida) se cumple en poemas como “Dejaron de caer” que reconocen irreversibilidad de pérdidas. La Tarea II (procesar el dolor) se intenta en “Llanto” aunque el poema documenta bloqueo emocional que obstaculiza expresión completa del dolor. La Tarea III (adaptarse al mundo sin el fallecido) se cumple en “Y te quiero decir” que documenta decisión de continuar viviendo. La Tarea IV (encontrar conexión duradera con el fallecido) se cumple en “Madre” y “Un día yo volaré” que mantienen vínculo simbólico con muertos sin negar la muerte.
Cuarta conclusión: El poemario documenta tránsito desde melancolía patológica (según definición freudiana) hacia duelo normal. El poema “Corazón sin latido” articula melancolía pura: el yo se ha empobrecido, ha olvidado su identidad, vaga en mundo gris. Esta melancolía cumple criterios freudianos: extraordinaria disminución del sentimiento de sí, pérdida sustraída de consciencia (el yo lírico “ya no recuerda quién soy”), auto-recriminación. Sin embargo, la presencia de otros poemas que documentan aceptación (“Madre”, “Y te quiero decir”) establece que la melancolía no es estado permanente sino fase que puede superarse mediante trabajo de duelo.
Quinta conclusión: La escritura poética funciona como trabajo de duelo (Trauerarbeit freudiano) permitiendo al yo lírico transformar experiencias traumáticas fragmentadas en narrativas coherentes. Cada poema que tematiza una pérdida es ejercicio de desinvestimiento: el yo lírico revive el recuerdo doloroso, lo articula verbalmente, lo organiza formalmente (mediante métrica, rima, estructura), y mediante esta organización gradualmente se separa de él. La transformación de trauma en poema es ya forma de control, de dominio sobre material que inicialmente era caótico e incontrolable.
Sexta conclusión: El poemario utiliza recursos poéticos específicos (metáfora, repetición, silencio, elipsis) que cumplen funciones terapéuticas en elaboración del duelo. Las metáforas naturales (hojas que caen, ríos de lágrimas, jardines de memoria) permiten acercarse indirectamente a experiencias traumáticas que serían insoportables si se nombraran directamente. La repetición (de palabras, de estructuras, de imperativos) genera sensación de orden ritual que contiene el caos emocional del duelo. El silencio (lo no-dicho, lo elidido) protege al yo lírico de sobrecarga emocional permitiendo que lo más traumático permanezca implícito.
Séptima conclusión: El poemario transforma sufrimiento aparentemente absurdo en narrativa teleológica con significado. El poema “Dolor” articula explícitamente esta transformación: el yo lírico fue “elegido” para experimentar dolor con propósito de “transmitir amor y compasión”. Esta narrativa replica lo que Viktor Frankl identifica como logoterapia: capacidad de encontrar significado incluso en sufrimiento extremo. La construcción de significado no elimina el dolor pero lo hace soportable transformándolo de castigo arbitrario en misión significativa.
Octava conclusión: El poemario documenta múltiples factores de riesgo que complican elaboración del duelo según teoría de Worden: muerte de niña (tipo de pérdida más devastadora), múltiples pérdidas simultáneas (sobrecarga de duelo), dolor crónico que genera depresión orgánica, duelo ambiguo por pérdida de capacidades físicas. A pesar de estos factores de riesgo, el poemario demuestra que el yo lírico está realizando trabajo activo de elaboración: el duelo no está bloqueado permanentemente sino en proceso de resolución gradual.
Novena conclusión: La distinción entre duelo por muerte real (niña, madre, perro) y duelo por pérdida simbólica (yo anterior a enfermedad) es crucial para comprender complejidad del poemario. El duelo por muerte real, aunque doloroso, puede elaborarse mediante proceso establecido: aceptar la muerte, procesar el dolor, adaptarse a ausencia, mantener conexión simbólica. El duelo por pérdida simbólica es más complicado porque la pérdida no es definitiva: el yo anterior ha muerto pero el yo continúa viviendo en cuerpo disminuido. Este duelo ambiguo genera melancolía que es más difícil de resolver que duelo normal.
Décima conclusión: El poemario funciona simultáneamente como documento personal de duelo del autor y como texto terapéutico para otros dolientes. La dedicatoria “a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido” establece que el autor reconoce su experiencia como universal: otros también sufren, otros también pierden. Esta universalización transforma dolor privado en experiencia compartida, lo que Boss y otros teóricos del duelo identifican como factor protector crucial: el reconocimiento de que no estamos solos en nuestro sufrimiento.
Implicaciones terapéuticas y recomendaciones
La poesía como intervención complementaria en duelo complicado
Los hallazgos de este estudio sugieren que la escritura poética puede funcionar como intervención terapéutica complementaria en casos de duelo complicado. La terapia formal de duelo (psicoterapia individual, grupos de apoyo, terapia farmacológica cuando es necesaria) sigue siendo tratamiento primario para duelos patológicos, pero la escritura poética puede complementar estas intervenciones.
Las ventajas específicas de la escritura poética versus otras formas de escritura terapéutica incluyen: la estructura formal (métrica, rima) genera sensación de orden y control; la metáfora permite acercarse indirectamente a material traumático; la condensación poética permite expresar complejidad emocional en espacio breve; la ambigüedad productiva permite múltiples niveles de significado simultáneos.
Los terapeutas que trabajan con pacientes en duelo podrían considerar sugerir escritura poética como tarea entre sesiones. Esta sugerencia debe adaptarse al paciente: algunos encontrarán la escritura liberadora, otros la encontrarán frustrante o bloqueante. La escritura poética no debe imponerse como obligación sino ofrecerse como posibilidad.
Lectura de poesía sobre duelo como forma de acompañamiento
Además de escribir poesía, la lectura de poesía sobre duelo puede cumplir función terapéutica. Los dolientes frecuentemente experimentan aislamiento: sienten que nadie comprende su dolor, que su experiencia es única. La lectura de poemas que articulan experiencias similares puede reducir este aislamiento mediante identificación: “este poeta experimentó lo que yo experimento, no estoy solo”.
El poemario Existencial podría funcionar como texto de acompañamiento para dolientes que han experimentado pérdidas similares: padres que han perdido hijos, personas con enfermedades crónicas que han perdido capacidades, personas que atraviesan duelos múltiples simultáneos. La lectura del poemario no elimina el dolor pero puede validarlo: el dolor es real, es legítimo, otros lo han experimentado y han sobrevivido.
Los grupos de apoyo para dolientes podrían incorporar lectura y discusión de poesía como parte de sus actividades. La discusión grupal de un poema permite a los participantes articular sus propias experiencias en respuesta al poema, generando narrativas personales que son parte del trabajo de duelo.
Limitaciones del estudio y direcciones futuras
Este estudio tiene varias limitaciones que deben reconocerse. Primera limitación: el análisis es puramente textual, no incluye información sobre proceso de composición (¿en qué orden fueron escritos los poemas?, ¿cuánto tiempo transcurrió entre composición de diferentes poemas?, ¿hubo versiones anteriores significativamente diferentes?). Esta información podría enriquecer comprensión de cómo la escritura funcionó como proceso de elaboración.
Segunda limitación: no se ha realizado entrevista con el autor para verificar interpretaciones. Algunos poemas son deliberadamente ambiguos y admiten múltiples interpretaciones. Una entrevista permitiría aclarar intenciones autorales, aunque la teoría literaria contemporánea reconoce que intención autoral no determina completamente significado textual.
Tercera limitación: el estudio se centra en elaboración individual del duelo mediante escritura, no examina dimensión social del duelo (rituales funerarios, apoyo comunitario, reconocimiento social de pérdida). Futuros estudios podrían examinar cómo el poemario se inserta en contextos sociales más amplios.
Cuarta limitación: el marco teórico utilizado (Kübler-Ross, Worden, Freud, Bowlby) representa principalmente psicología occidental desarrollada en siglo XX. Otras tradiciones culturales conceptualizan el duelo diferentemente. Futuros estudios podrían explorar cómo tradiciones no-occidentales de elaboración del duelo iluminan el poemario.
Direcciones futuras de investigación podrían incluir: estudios comparativos entre Existencial y otros poemarios contemporáneos sobre duelo; análisis de recepción del poemario por parte de lectores en duelo (¿encuentran el poemario terapéutico?, ¿con qué poemas se identifican más?); estudios longitudinales que sigan a escritores que utilizan poesía para elaborar duelo a lo largo de años.
Reflexión final: El duelo como proceso creativo
Una conclusión meta-teórica que emerge de este estudio es que el duelo, cuando se elabora saludablemente, es proceso inherentemente creativo. El doliente no simplemente “supera” la pérdida (como si fuera obstáculo a eliminar) sino que crea nueva identidad, nuevo mundo de significados, nueva forma de relacionarse con muertos y vivos.
Freud en “Duelo y melancolía” enfatiza el trabajo (Arbeit) del duelo: duelo es actividad, no pasividad. Pero Freud conceptualiza este trabajo principalmente como desinvestimiento: retirar energía del objeto perdido. Esta conceptualización es limitada porque sugiere que el objetivo final es olvidar, desapegarse completamente.
Worden, Boss, Neimeyer y otros teóricos contemporáneos reconocen que el objetivo del duelo no es olvidar sino transformar la relación con el muerto: de relación física a relación simbólica, de presencia a memoria, de interacción cotidiana a legado duradero. Esta transformación es acto creativo que requiere imaginación, que requiere construir narrativas, que requiere generar nuevos significados.
El poemario Existencial documenta precisamente esta creatividad del duelo. El yo lírico no simplemente sufre pasivamente sino que transforma activamente el sufrimiento: en poemas (creación estética), en significado (narrativa teleológica del dolor como misión), en compasión hacia otros dolientes (dedicatoria a “todas las personas que han sufrido”). Esta transformación creativa es el logro mayor del poemario.
La lección final es que la poesía y el duelo comparten estructura profunda: ambos transforman experiencia caótica en forma significativa, ambos encuentran belleza en dolor, ambos mantienen presentes a los ausentes mediante palabra. El poeta en duelo es doblemente creativo: crea poemas y simultáneamente se recrea a sí mismo después de devastación de pérdida.
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