{"id":50,"date":"2026-10-03T17:30:09","date_gmt":"2026-10-03T15:30:09","guid":{"rendered":"https:\/\/nuestrosescritores.com\/alejandro-lama-prada\/?p=50"},"modified":"2026-10-03T17:32:54","modified_gmt":"2026-10-03T15:32:54","slug":"masculinidad-la-respuesta-alejandro-lama-prada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nuestrosescritores.com\/alejandro-lama-prada\/2026\/10\/03\/masculinidad-la-respuesta-alejandro-lama-prada\/","title":{"rendered":"Masculinidad y cuidado: el hijo que acompa\u00f1a al padre en La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida), de Alejandro Lama Prada"},"content":{"rendered":"<p><em>Art\u00edculo acad\u00e9mico<\/em><\/p>\n<p><strong>Ana Mar\u00eda Olivares<\/strong> \u2014 Grupo Editorial P\u00e9rez-Ayala<br \/>\nORCID: <a href=\"https:\/\/orcid.org\/0009-0003-6861-3196\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">0009-0003-6861-3196<\/a><\/p>\n<p>Estudio sobre <em>La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida)<\/em>, de Alejandro Lama Prada (Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa, Madrid, 2026. ISBN 979-13-87806-51-4).<\/p>\n<h2>1. Introducci\u00f3n: un hijo en la habitaci\u00f3n del hospital<\/h2>\n<p>La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida), publicado por la Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa en Madrid en 2026, es el primer poemario de Alejandro Lama Prada. El autor naci\u00f3 en Sevilla en 1978, se licenci\u00f3 en Derecho en 2001 y, despu\u00e9s de m\u00e1s de veinte a\u00f1os en el comercio deportivo, trabaja desde 2021 en la administraci\u00f3n de la Universidad de Sevilla. Su obra previa pertenece a otros registros: Cicatrices mojadas (2021) y Theia y sus g\u00e9neros (2023) relatan lo que el propio autor denomina la aventura de Theia, y Erteado y acovidado: nivelao (2022) es un libro autobiogr\u00e1fico que combina cuento y poes\u00eda. En 2026 colabor\u00f3 en la antolog\u00eda A veces t\u00fa, a veces nada I, de Ediciones Caleidoscopio. Estos son los datos biogr\u00e1ficos verificados de que dispone este trabajo; cualquier otro extremo de la vida del autor queda fuera de su alcance, y se indicar\u00e1 como &#8220;sin datos verificados disponibles&#8221; cuando la argumentaci\u00f3n roce ese terreno. En particular, no se identifica aqu\u00ed a las figuras que el libro deja sin nombre, como el \u00e1ngel y la mariposa del agradecimiento preliminar.<\/p>\n<p>El volumen re\u00fane veintisiete poemas distribuidos en tres secciones, Aproximaci\u00f3n, En tr\u00e1nsito y Seguimos, y su n\u00facleo argumental, seg\u00fan declara el propio autor en la presentaci\u00f3n de la obra, es el paso por la muerte de su padre. La secci\u00f3n central concentra la escena cl\u00ednica: la mano fr\u00eda, los cables, las m\u00e1quinas, los m\u00e9dicos que corren, el rosario cantado, la cara sin dentadura en la cama del hospital. Los estudios ya dedicados a este libro han le\u00eddo esa materia desde la tradici\u00f3n de la eleg\u00eda y el paradigma de los v\u00ednculos continuos, desde el an\u00e1lisis del ritmo versal y desde la rese\u00f1a cr\u00edtica. El presente art\u00edculo propone otro \u00e1ngulo, procedente de los estudios de g\u00e9nero: la pregunta por el tipo de masculinidad que habla en estos poemas. Quien dice los versos es un hijo var\u00f3n que acompa\u00f1a la agon\u00eda de su padre, que le coge la mano, le hace re\u00edr, le dice que lo quiere, le pide perd\u00f3n, declara su miedo y su desamparo, y recuerda al padre por su colonia, por el humo de su cigarro y por una copa compartida. Esa figura, la del hombre que cuida a otro hombre en el final de la vida, es precisamente la que las ciencias sociales han descrito como marginal, infrarrepresentada o mal teorizada.<\/p>\n<p>La tesis de este trabajo es que La respuesta construye una voz masculina que se define por pr\u00e1cticas de cuidado y no por pr\u00e1cticas de dominio, y que esa construcci\u00f3n se apoya en tres operaciones textuales verificables: la primac\u00eda del cuerpo que toca sobre el cuerpo que act\u00faa, la legitimaci\u00f3n del lenguaje afectivo como forma de conocimiento y la reescritura de la herencia paterna, que en el libro no se transmite como autoridad sino como servicio, humor y ternura. El poemario no formula esta tesis de manera program\u00e1tica; no hay en \u00e9l una reflexi\u00f3n expl\u00edcita sobre el g\u00e9nero. Es en la gram\u00e1tica de sus escenas, en qui\u00e9n toca a qui\u00e9n, qui\u00e9n habla y qui\u00e9n calla, qu\u00e9 se hereda y qu\u00e9 se deja, donde puede leerse una masculinidad cuidadora en el sentido que la sociolog\u00eda cr\u00edtica ha dado a esa expresi\u00f3n.<\/p>\n<p>El m\u00e9todo combina la lectura atenta del texto con un marco te\u00f3rico expl\u00edcito. Todas las citas entre comillas angulares reproducen literalmente el texto del libro; las par\u00e1frasis, los conceptos te\u00f3ricos y las f\u00f3rmulas cr\u00edticas se marcan con comillas rectas. El art\u00edculo se organiza en doce apartados: tras la presentaci\u00f3n del marco te\u00f3rico y de la tradici\u00f3n de la eleg\u00eda filial desde la perspectiva de g\u00e9nero, se analizan sucesivamente el tacto como forma de cuidado, la palabra afectiva, la escena ritual y t\u00e9cnica del hospital, la herencia invertida entre padre e hijo, el elogio dom\u00e9stico, la vulnerabilidad declarada, la inversi\u00f3n de la dependencia y la genealog\u00eda de hijos e hijas que atraviesa el libro. Un apartado final expone los l\u00edmites de esta lectura antes de las conclusiones.<\/p>\n<h2>2. Marco te\u00f3rico: masculinidades, hegemon\u00eda y \u00e9tica del cuidado<\/h2>\n<p>El punto de partida es la noci\u00f3n de masculinidades en plural formulada por Raewyn Connell. En Masculinities, cuya segunda edici\u00f3n apareci\u00f3 en 2005, Connell sostiene que no existe una masculinidad \u00fanica sino una pluralidad de configuraciones de la pr\u00e1ctica de g\u00e9nero, ordenadas jer\u00e1rquicamente en torno a una forma hegem\u00f3nica que se presenta como la manera leg\u00edtima de ser hombre en un contexto determinado. La masculinidad hegem\u00f3nica no describe al var\u00f3n medio, sino un ideal normativo que la mayor\u00eda no encarna pero frente al cual todos se miden. Connell y Messerschmidt, en su revisi\u00f3n del concepto publicada en Gender &amp; Society en 2005, precisaron dos aspectos decisivos para este estudio: la hegemon\u00eda no es una lista de rasgos fijos, sino una relaci\u00f3n din\u00e1mica sujeta a disputa, y en su interior existen contradicciones que abren la posibilidad de un movimiento hacia formas de masculinidad m\u00e1s democr\u00e1ticas. Leer un poemario desde este marco no consiste, por tanto, en clasificar a su hablante en una tipolog\u00eda, sino en observar qu\u00e9 pr\u00e1cticas afirma, cu\u00e1les suspende y con qu\u00e9 ideal dialogan.<\/p>\n<p>Pierre Bourdieu ofrece un complemento necesario. En La dominaci\u00f3n masculina, traducida al castellano por Joaqu\u00edn Jord\u00e1 en 2000, el soci\u00f3logo describe el orden de g\u00e9nero como una construcci\u00f3n simb\u00f3lica que se ha naturalizado hasta parecer evidente, inscrita en los cuerpos en forma de disposiciones duraderas. Entre esas disposiciones figura la divisi\u00f3n que asigna a los varones el espacio p\u00fablico, la acci\u00f3n y el honor, y a las mujeres el espacio dom\u00e9stico, la atenci\u00f3n a los otros y el trabajo emocional. Bourdieu insiste en que los propios hombres pagan un precio por esa asignaci\u00f3n: la obligaci\u00f3n de afirmar su virilidad en todo momento es tambi\u00e9n una servidumbre. Esa observaci\u00f3n permite leer como un gesto cargado de sentido cualquier texto en el que un var\u00f3n ocupe, sin justificaci\u00f3n ni disculpa, el lugar tradicionalmente asignado al cuidado.<\/p>\n<p>V\u00edctor J. Seidler, en La sinraz\u00f3n masculina, publicado en M\u00e9xico en 2000, a\u00f1ade una dimensi\u00f3n epistemol\u00f3gica. Su argumento central es que la modernidad identific\u00f3 la masculinidad con la raz\u00f3n y defini\u00f3 la raz\u00f3n por oposici\u00f3n a las emociones, de modo que los varones aprendieron a desconfiar de sus propios sentimientos como formas de conocimiento. El resultado, seg\u00fan Seidler, es una dificultad aprendida para hablar de s\u00ed mismo en primera persona, para nombrar la intimidad y para reconocer la dependencia. La compilaci\u00f3n de \u00c0ngels Carab\u00ed y Marta Segarra, Nuevas masculinidades (Icaria, 2000), reuni\u00f3 en castellano buena parte de estos debates y los proyect\u00f3 sobre el an\u00e1lisis literario y cultural, lo que la convierte en una referencia natural para un estudio escrito en espa\u00f1ol.<\/p>\n<p>El segundo eje del marco procede de la \u00e9tica del cuidado. Carol Gilligan, en In a Different Voice (1982), identific\u00f3 una orientaci\u00f3n moral centrada en la responsabilidad y en las relaciones, distinta de la orientaci\u00f3n centrada en derechos y reglas abstractas que la psicolog\u00eda del desarrollo hab\u00eda tomado como norma. Joan Tronto, en Moral Boundaries (1993), desplaz\u00f3 la discusi\u00f3n desde la psicolog\u00eda hacia la teor\u00eda pol\u00edtica y propuso entender el cuidado como una pr\u00e1ctica con fases diferenciables: preocuparse por algo o por alguien, hacerse cargo, prestar el cuidado concreto y recibirlo. Tronto advirti\u00f3 adem\u00e1s de que la asociaci\u00f3n del cuidado con las mujeres ha servido para desvalorizarlo. Eva Feder Kittay, en Love&#8217;s Labor (1999), centr\u00f3 la reflexi\u00f3n en la dependencia: todo ser humano atraviesa periodos de dependencia inevitable, en la infancia, en la enfermedad y en la vejez, y quien cuida a un dependiente queda a su vez en una posici\u00f3n de vulnerabilidad que las teor\u00edas de la justicia suelen ignorar.<\/p>\n<p>La convergencia de ambos ejes produce el concepto que articula este art\u00edculo. Karla Elliott, en un art\u00edculo publicado en Men and Masculinities en 2016, defini\u00f3 las masculinidades cuidadoras como identidades masculinas que rechazan la dominaci\u00f3n y sus rasgos asociados y adoptan los valores del cuidado, entre ellos la emoci\u00f3n positiva, la interdependencia y la relacionalidad. Elliott construye su marco desde la pr\u00e1ctica: no basta con que un var\u00f3n declare actitudes igualitarias; lo significativo es lo que hace. Niall Hanlon, en Masculinities, Care and Equality (2012), estudi\u00f3 la relaci\u00f3n ambigua de los hombres con el trabajo \u00edntimo de cuidado y mostr\u00f3 que implicarse en \u00e9l choca con expectativas masculinas ampliamente compartidas, como la del var\u00f3n proveedor, y que esa tensi\u00f3n se resuelve de maneras diversas.<\/p>\n<p>Dos l\u00edneas de investigaci\u00f3n emp\u00edrica completan el marco. La primera se ocupa de los hijos que cuidan a padres mayores. Lori D. Campbell y Michael P. Carroll, en un art\u00edculo publicado en Men and Masculinities en 2007, entrevistaron a cincuenta y ocho hijos cuidadores y encontraron en ellos una visi\u00f3n de la masculinidad distinta en varios aspectos del ideal hegem\u00f3nico; advirtieron, sin embargo, que la existencia de esa visi\u00f3n alternativa no amenazaba por s\u00ed misma el ideal dominante. Campbell, en un trabajo posterior publicado en el Canadian Journal on Aging en 2010, subray\u00f3 la diversidad de las experiencias de cuidado filial masculino y la insuficiencia de las explicaciones que homogeneizan a los varones cuidadores. La segunda l\u00ednea se refiere al duelo. Kenneth J. Doka y Terry L. Martin, en Grieving Beyond Gender (edici\u00f3n revisada de 2010), propusieron distinguir entre un patr\u00f3n de duelo intuitivo, que se expresa sobre todo mediante la vivencia y la comunicaci\u00f3n de los afectos, y un patr\u00f3n instrumental, que canaliza la p\u00e9rdida mediante la acci\u00f3n y el pensamiento. Su tesis es que estos patrones est\u00e1n influidos por el g\u00e9nero pero no determinados por \u00e9l, y que muchos dolientes combinan ambos. Tom Lutz, en Crying (1999), document\u00f3 la historia cultural de las l\u00e1grimas y la variaci\u00f3n hist\u00f3rica de su permisividad para los varones. Judith Butler, en Vida precaria (edici\u00f3n castellana de 2006), sostuvo que el duelo revela la dependencia constitutiva de unos sujetos respecto de otros y puede fundar una comunidad pol\u00edtica basada en la vulnerabilidad compartida.<\/p>\n<p>Con estos instrumentos, la pregunta por la masculinidad en La respuesta se desglosa en cuatro preguntas operativas: qu\u00e9 pr\u00e1cticas de cuidado realiza el hablante y en qu\u00e9 fases del proceso descrito por Tronto se sit\u00faan; qu\u00e9 relaci\u00f3n mantiene con el lenguaje de los afectos, en di\u00e1logo con el diagn\u00f3stico de Seidler; qu\u00e9 se transmite de padre a hijo y en qu\u00e9 direcci\u00f3n; y qu\u00e9 forma adopta el duelo, en los t\u00e9rminos de Doka y Martin. El an\u00e1lisis que sigue intenta responder a cada una de ellas desde el texto.<\/p>\n<h2>3. La eleg\u00eda por el padre y la cuesti\u00f3n del g\u00e9nero<\/h2>\n<p>La eleg\u00eda por el padre es una de las formas m\u00e1s antiguas y prestigiosas de la poes\u00eda en lengua espa\u00f1ola. Eduardo Camacho Guizado, en La eleg\u00eda funeral en la poes\u00eda espa\u00f1ola (1969), describi\u00f3 la estructura ideal del g\u00e9nero como la combinaci\u00f3n de tres elementos: la lamentaci\u00f3n, el elogio del muerto y la consolaci\u00f3n. Su lectura de las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, situada en el cap\u00edtulo dedicado a la eleg\u00eda cortesana del siglo XV, mostr\u00f3 c\u00f3mo el elogio del padre se articula all\u00ed en t\u00e9rminos p\u00fablicos: el maestre es celebrado por sus virtudes guerreras, pol\u00edticas y cristianas, por su condici\u00f3n de amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos. La figura paterna se construye como modelo de un ideal masculino y nobiliario que el hijo hereda y que el poema fija para la memoria colectiva.<\/p>\n<p>La cr\u00edtica anglosajona ha le\u00eddo la eleg\u00eda tambi\u00e9n como escena de transmisi\u00f3n masculina. Peter M. Sacks, en The English Elegy (1985), interpret\u00f3 el trabajo eleg\u00edaco como un proceso en el que el doliente acepta la p\u00e9rdida y la sustituye por un objeto simb\u00f3lico, y subray\u00f3 el papel de la herencia y la sucesi\u00f3n en las eleg\u00edas escritas por varones: el poeta recibe del muerto una vocaci\u00f3n, un instrumento o una autoridad. Jahan Ramazani, en Poetry of Mourning (1994), estudi\u00f3 la eleg\u00eda moderna como un duelo que se resiste a la consolaci\u00f3n y dedic\u00f3 una parte relevante de su an\u00e1lisis a la eleg\u00eda familiar, en la que los poetas del siglo XX escribieron sobre sus padres con una ambivalencia desconocida para la tradici\u00f3n anterior. Melissa F. Zeiger, en Beyond Consolation (1997), examin\u00f3 las transformaciones del g\u00e9nero a la luz de los cambios hist\u00f3ricos en la pol\u00edtica del g\u00e9nero y de la sexualidad, y mostr\u00f3 c\u00f3mo la eleg\u00eda hab\u00eda sido durante siglos una forma en la que el duelo masculino por otro var\u00f3n encontraba un cauce socialmente aceptado para expresar afectos que en otros contextos quedaban censurados.<\/p>\n<p>Estos tres enfoques permiten situar La respuesta con precisi\u00f3n. El libro de Lama Prada conserva los tres componentes descritos por Camacho Guizado, pero los redistribuye. La lamentaci\u00f3n no adopta la forma del ap\u00f3strofe solemne, sino la de la escena cl\u00ednica narrada desde la cercan\u00eda f\u00edsica. El elogio no enumera virtudes p\u00fablicas, sino rasgos dom\u00e9sticos y sensoriales. La consolaci\u00f3n no procede de la fama ni de la vida eterna en su formulaci\u00f3n doctrinal, sino de una permanencia afectiva que el libro formula en t\u00e9rminos de presencia. Frente a la herencia de autoridad que describe Sacks, el hijo de este poemario hereda una disposici\u00f3n de servicio y una tarea de escritura. Frente a la ambivalencia moderna que estudia Ramazani, no hay en el libro reproche al padre ni ajuste de cuentas. Y, en la l\u00ednea de lo que observa Zeiger, la eleg\u00eda vuelve a funcionar como un espacio donde un var\u00f3n puede decir su ternura hacia otro var\u00f3n sin que ese decir necesite justificarse.<\/p>\n<p>La comparaci\u00f3n con el modelo manrique\u00f1o resulta especialmente reveladora. En las Coplas, el padre muere en su casa, rodeado de su familia, tras un di\u00e1logo con la Muerte personificada, y su final es ejemplar. En La respuesta, el padre muere en un hospital, entre m\u00e1quinas y cables, y su final no es ejemplar sino fr\u00e1gil. La distancia entre ambos textos no es solo hist\u00f3rica; es tambi\u00e9n una distancia entre dos formas de representar la masculinidad del padre y del hijo. En el primer caso, el padre es un modelo que el hijo debe imitar; en el segundo, es un cuerpo que el hijo debe acompa\u00f1ar. Esa diferencia de posici\u00f3n, del elogio que eleva al cuidado que sostiene, es el objeto de los apartados siguientes.<\/p>\n<h2>4. La mano como \u00f3rgano del cuidado<\/h2>\n<p>El primer poema de la secci\u00f3n En tr\u00e1nsito se titula \u00abTu mano\u00bb y se abre con una constataci\u00f3n f\u00edsica: \u00abTu mano estaba fr\u00eda\u00bb. La escena entera est\u00e1 organizada en torno a ese contacto. El hablante no describe la enfermedad, ni el diagn\u00f3stico, ni el pron\u00f3stico; describe una temperatura y su cambio: \u00aby antes de irme su temperatura cambi\u00f3.\u00bb La consecuencia que extrae el hijo de ese cambio no es m\u00e9dica, sino afectiva: \u00abAhora siento que no marchar\u00e1s con fr\u00edo.\u00bb El verbo que organiza el conocimiento es sentir, no saber, y lo que se siente es el resultado de un gesto de cuidado prolongado en el tiempo. La mano del hijo ha calentado la mano del padre.<\/p>\n<p>El poema desarrolla esa acci\u00f3n en t\u00e9rminos que merecen atenci\u00f3n desde la perspectiva de Tronto. La fase del cuidado concreto, la que la autora distingue de la mera preocupaci\u00f3n y del hacerse cargo, aparece en los versos \u00abMi mano arropaba el sonido en tu mano.\u00bb El verbo arropar pertenece al l\u00e9xico dom\u00e9stico de la crianza: se arropa a un ni\u00f1o en la cama, se lo cubre para que no pase fr\u00edo. Su aparici\u00f3n en boca de un hijo adulto que se dirige a su padre anciano invierte la direcci\u00f3n habitual del gesto y lo traslada del cuerpo al sonido. Lo que el hijo cubre no es solo la piel, sino la palabra que acompa\u00f1a a la piel. El poema lo anticipa en los versos precedentes: \u00abY las palabras daban calor a tu coraz\u00f3n.\u00bb Palabra y tacto forman un \u00fanico gesto de cuidado.<\/p>\n<p>La imagen b\u00e9lica que cierra el poema, \u00abUn pulso a la muerte\u00bb, seguida de la afirmaci\u00f3n de que de las batallas \u00absaldr\u00eda siempre victoriosa la vida.\u00bb, podr\u00eda leerse como una concesi\u00f3n al imaginario masculino de la lucha. Conviene observar, sin embargo, a qui\u00e9n se atribuye esa lucha. El padre es descrito como sostenido por la t\u00e9cnica, con los \u00abCables de vida\u00bb que manten\u00edan su cuerpo, y la estrofa lo califica de resistente y luchador. El hijo no lucha: arropa. La met\u00e1fora del pulso corresponde al cuerpo del padre y a su relaci\u00f3n con la muerte; la pr\u00e1ctica del hijo es de otro orden. En la terminolog\u00eda de Connell, el poema no suprime el repertorio simb\u00f3lico de la masculinidad tradicional, pero lo desplaza hacia el cuerpo que se va y reserva para el cuerpo que se queda un conjunto de gestos asociados hist\u00f3ricamente al cuidado.<\/p>\n<p>Esta primac\u00eda del tacto no es exclusiva de \u00abTu mano\u00bb. La secci\u00f3n Aproximaci\u00f3n incluye un poema, \u00abDesde el tacto\u00bb, que formula como programa lo que la secci\u00f3n central desarrolla como escena. El texto se construye en imperativo y en primera persona del plural: \u00abVamos a poner piel a quien ya no tiene,\u00bb y concluye con una petici\u00f3n: \u00abDame tu mano, pongamos contacto.\u00bb Lo que aqu\u00ed se propone es una continuidad del gesto de cuidado m\u00e1s all\u00e1 de la muerte, una forma de seguir tocando a quien ya no tiene cuerpo. La mano, que en \u00abTu mano\u00bb era el lugar del cuidado f\u00edsico, se convierte en \u00abDesde el tacto\u00bb en el lugar del v\u00ednculo que persiste.<\/p>\n<p>El motivo reaparece en \u00abMaderas\u00bb, en la \u00faltima secci\u00f3n del libro, con una variaci\u00f3n decisiva que se analizar\u00e1 m\u00e1s adelante: la mano paterna recordada en la infancia. Y culmina en \u00abUmbral de pasi\u00f3n\u00bb, donde el hablante ofrece sus sentidos a otro: \u00abTe doy mis ojos, mis o\u00eddos.\u00bb, \u00abMis dedos son tu tacto.\u00bb, \u00abMi piel es tu calor.\u00bb La secuencia de la mano recorre as\u00ed el libro entero: mano fr\u00eda del padre, mano que se pide, mano que se recuerda, mano que se entrega. Desde la perspectiva de Elliott, esta insistencia en el contacto corporal como pr\u00e1ctica central es significativa, porque las masculinidades cuidadoras se definen precisamente por la adopci\u00f3n de valores de interdependencia y relacionalidad que se expresan en actos. El tacto es el acto de cuidado por excelencia, y en este poemario es tambi\u00e9n el principal instrumento de conocimiento del hablante.<\/p>\n<p>La elecci\u00f3n tiene una dimensi\u00f3n que Bourdieu permitir\u00eda subrayar. En el orden simb\u00f3lico que describe La dominaci\u00f3n masculina, el contacto f\u00edsico entre varones est\u00e1 fuertemente regulado y se admite sobre todo en contextos codificados, como el deporte, la guerra o la celebraci\u00f3n. La caricia, el arropar, la mano que calienta otra mano pertenecen a un registro que ese orden asigna a la madre y a la esposa. La respuesta no discute esa asignaci\u00f3n; simplemente la ignora. El hijo toca a su padre del modo en que se toca a quien se cuida, y el poema no presenta ese gesto como transgresi\u00f3n ni como excepci\u00f3n, sino como lo evidente. Esa naturalidad es quiz\u00e1 el rasgo m\u00e1s interesante del libro desde la perspectiva de g\u00e9nero: el cuidado masculino no se reivindica, se practica.<\/p>\n<h2>5. La palabra afectiva: la broma, el \u00abte quiero\u00bb y el perd\u00f3n<\/h2>\n<p>Si el tacto es el primer instrumento de cuidado del hablante, la palabra es el segundo. \u00abLa risa que no escuch\u00e9\u00bb es el poema en el que esa palabra se despliega con mayor riqueza de registros. La escena es doble: por un lado, un recuerdo del padre en su casa, donde su risa todav\u00eda resuena \u00aben el pasillo\u00bb; por otro, el presente del hospital. En el recuerdo, el hijo gasta una broma y el padre r\u00ede: \u00abmi broma sentiste y tu risa encogi\u00f3 la habitaci\u00f3n.\u00bb En el presente, la escena se repite en condiciones de extrema fragilidad: \u00abHoy, en la cama del hospital se desfigura tu cara sin dentadura y vuelves a re\u00edr,\u00bb y a esa risa responde el hijo con una declaraci\u00f3n: \u00aby yo a soltar mi te quiero.\u00bb<\/p>\n<p>El humor es una de las formas de intimidad masculina m\u00e1s estudiadas. La broma permite a los varones expresar afecto de manera indirecta, a trav\u00e9s de un c\u00f3digo compartido que no compromete la imagen de autocontrol. Seidler observa que la dificultad masculina para hablar de la intimidad se compensa a menudo con formas oblicuas de comunicaci\u00f3n, entre ellas el humor. Lo notable de este poema es que la broma no sustituye a la declaraci\u00f3n afectiva, sino que la precede y la hace posible. El hijo hace re\u00edr al padre y, en el mismo movimiento, le dice que lo quiere. El poema registra la forma coloquial de esa declaraci\u00f3n, con el posesivo antepuesto a una expresi\u00f3n verbal sustantivada, \u00abmi te quiero\u00bb, que convierte la frase en un objeto que se da y se lleva. El verso siguiente lo confirma: \u00abQue lo lleves contigo.\u00bb<\/p>\n<p>La sustantivaci\u00f3n tiene consecuencias. El te quiero deja de ser un acto de habla puntual para convertirse en algo que se posee, se entrega y permanece. El poema termina con una inversi\u00f3n: \u00abY sentir que mi te quiero vives.\u00bb La construcci\u00f3n es gramaticalmente an\u00f3mala, porque el verbo vivir se usa como transitivo con el te quiero como objeto directo. El efecto es que el padre, ya muerto o a punto de morir, habita la declaraci\u00f3n del hijo. La palabra afectiva, que seg\u00fan el diagn\u00f3stico de Seidler la masculinidad moderna ha aprendido a desconfiar, se convierte aqu\u00ed en el lugar mismo de la permanencia.<\/p>\n<p>\u00abEl umbral de la muerte\u00bb, el poema que sigue en la secci\u00f3n, lleva la palabra afectiva a otro registro. En nueve versos, el texto enuncia las condiciones de una despedida: \u00abquedar en paz\u00bb, y a continuaci\u00f3n: \u00abPedir perd\u00f3n con coraz\u00f3n de ni\u00f1o.\u00bb El perd\u00f3n es una pr\u00e1ctica que en el orden masculino tradicional resulta problem\u00e1tica, porque implica reconocer una falta y colocarse en posici\u00f3n de dependencia respecto del otro, que puede concederlo o negarlo. El poema no dice qui\u00e9n pide perd\u00f3n a qui\u00e9n; la forma infinitiva deja la acci\u00f3n abierta y permite leerla en ambas direcciones. Lo que s\u00ed precisa es la disposici\u00f3n: con coraz\u00f3n de ni\u00f1o. El hijo adulto no pide perd\u00f3n como un igual, sino desde la posici\u00f3n del hijo peque\u00f1o, y esa posici\u00f3n, que la masculinidad hegem\u00f3nica asociar\u00eda a la debilidad, se presenta como condici\u00f3n de la paz. El poema la vincula con dos t\u00e9rminos de fuerte carga religiosa y emocional: \u00abEs la misericordia y el tsunami de gratitud que inunda eternamente.\u00bb<\/p>\n<p>La combinaci\u00f3n de broma, declaraci\u00f3n y perd\u00f3n dibuja una competencia comunicativa que el marco de Doka y Martin permite describir con precisi\u00f3n. En su modelo, el duelo de patr\u00f3n intuitivo se caracteriza por la vivencia intensa de los afectos y por la necesidad de expresarlos y compartirlos, mientras que el patr\u00f3n instrumental se orienta hacia la acci\u00f3n y la resoluci\u00f3n de problemas. Los autores subrayan que la socializaci\u00f3n masculina ha favorecido tradicionalmente el segundo patr\u00f3n, pero que la correlaci\u00f3n con el g\u00e9nero es parcial. El hablante de La respuesta combina rasgos de ambos: expresa sus afectos de manera abierta, pero tambi\u00e9n act\u00faa, toca, bromea, escribe. Esa combinaci\u00f3n, que Doka y Martin consideran frecuente y adaptativa, desmiente la identificaci\u00f3n autom\u00e1tica entre masculinidad y duelo silencioso.<\/p>\n<p>El libro ofrece adem\u00e1s una reflexi\u00f3n metapo\u00e9tica que conecta con el diagn\u00f3stico de Seidler sobre la separaci\u00f3n entre raz\u00f3n y emoci\u00f3n. En \u00abHorizonte unido\u00bb, la poes\u00eda se define por negaci\u00f3n de la idea: \u00abno es una idea la poes\u00eda\u00bb, y el mismo poema culmina con una f\u00f3rmula de conciliaci\u00f3n: \u00abSentimiento y raz\u00f3n la fuerza inusitada de su alma fusionada.\u00bb En \u00abEl lienzo\u00bb se declara que \u00abHay cosas imposibles de describir, solo sentir.\u00bb Estas formulaciones no constituyen una teor\u00eda del g\u00e9nero, pero s\u00ed una toma de posici\u00f3n respecto de la jerarqu\u00eda entre raz\u00f3n y emoci\u00f3n que Seidler identifica como n\u00facleo de la masculinidad moderna. El hablante no renuncia a la raz\u00f3n; la fusiona con el sentimiento y otorga a este \u00faltimo un valor de conocimiento.<\/p>\n<h2>6. Rito, t\u00e9cnica y presencia: el hijo entre m\u00e1quinas y rosario<\/h2>\n<p>\u00abDuelo de amor\u00bb es el poema del libro que condensa de manera m\u00e1s densa la escena de la agon\u00eda. Sus quince versos yuxtaponen elementos de dos \u00f3rdenes: el religioso y el t\u00e9cnico. Por un lado, \u00abRosario cantado,\u00bb y \u00abel Cristo de tus pies\u00bb; por otro, \u00abM\u00e1quinas avisan,\u00bb y \u00ablos m\u00e9dicos corren.\u00bb Entre ambos \u00f3rdenes se repite un estribillo dirigido al padre: \u00abT\u00fa sobrevolabas.\u00bb La escena termina con una imagen de desplazamiento a\u00e9reo: \u00abAvioneta vuela.\u00bb<\/p>\n<p>Desde la perspectiva de este estudio interesa la posici\u00f3n del hablante en esa escena. Los m\u00e9dicos corren: act\u00faan, intervienen, intentan resolver. El rosario se canta: es un rito colectivo, con su propia forma de acci\u00f3n. El hijo no corre ni reza en el poema; mira y nombra. Su funci\u00f3n es la de testigo. En la terminolog\u00eda de Tronto, el hijo ya no puede prestar el cuidado t\u00e9cnico, que corresponde a los profesionales, pero mantiene la fase que la autora denomina preocuparse por el otro, la atenci\u00f3n que precede y acompa\u00f1a a cualquier acci\u00f3n. Kittay recuerda que la relaci\u00f3n de cuidado incluye una dimensi\u00f3n de presencia que no se reduce a las tareas: estar con quien depende de nosotros es ya una forma de cuidado.<\/p>\n<p>La elecci\u00f3n de esa posici\u00f3n tiene implicaciones de g\u00e9nero. El modelo de duelo instrumental que Doka y Martin asocian con la socializaci\u00f3n masculina se caracteriza por la b\u00fasqueda de acci\u00f3n, por la necesidad de hacer algo ante la p\u00e9rdida. En la escena del hospital, esa necesidad queda desplazada hacia los m\u00e9dicos. El hijo permanece en una posici\u00f3n de pasividad activa, de presencia atenta que no interviene. Esa posici\u00f3n, que la cultura ha asociado a las mujeres que velan a los enfermos y a los muertos, la ocupa aqu\u00ed un var\u00f3n sin que el poema lo se\u00f1ale como anomal\u00eda. La escena reproduce, adem\u00e1s, una forma de sociabilidad femenina tradicional del duelo, el rosario cantado junto al lecho, en la que el hablante est\u00e1 incluido como un participante m\u00e1s.<\/p>\n<p>\u00abEl lienzo\u00bb retoma la escena cl\u00ednica con mayor explicitud y la reelabora mediante una met\u00e1fora pict\u00f3rica. El hijo imagina que pinta la muerte de su padre: \u00abTintes de un tumor se cuelan en el cuadro,\u00bb y la enfermedad avanza, seg\u00fan los versos siguientes, en el deterioro de cada \u00f3rgano. Frente a esa destrucci\u00f3n, el poema opone otro trazo: \u00abPinceladas de paz, misericordia y humildad fijan la arcilla al hospital.\u00bb Los valores que se atribuyen a la escena final son paz, misericordia y humildad; ninguno de ellos pertenece al repertorio de la masculinidad heroica. El padre, adem\u00e1s, es descrito en una forma que redefine la lucha: \u00abLuchando no por estar, sino por ser.\u00bb La lucha ya no es por sobrevivir, sino por una forma de existencia que el poema asocia con la entrega a las part\u00edculas de amor que menciona a continuaci\u00f3n. La masculinidad del padre se reescribe en el momento de su muerte en t\u00e9rminos que la aproximan a la del hijo que la acompa\u00f1a.<\/p>\n<h2>7. La herencia invertida: \u00abHola hijo\u00bb y el orgullo de padre<\/h2>\n<p>\u00abMar de nubes\u00bb es el poema m\u00e1s extenso de la secci\u00f3n central y el que formula con mayor claridad la relaci\u00f3n de transmisi\u00f3n entre padre e hijo. Su primera estrofa es una larga enumeraci\u00f3n de antes, que retrasa la aparici\u00f3n de las \u00faltimas palabras del padre: \u00abel eco de tu \u00faltima conciencia humana, dos palabras tiemblan en las paredes de mi coraz\u00f3n:\u00bb y, en verso aislado, \u00abHola hijo.\u00bb<\/p>\n<p>La elecci\u00f3n de esas dos palabras como \u00faltimas palabras del padre tiene un peso considerable en una lectura de g\u00e9nero. En la tradici\u00f3n de la eleg\u00eda que describe Sacks, las \u00faltimas palabras del muerto suelen transmitir un mandato, una ense\u00f1anza o una bendici\u00f3n: son el momento en que se transfiere la autoridad. En \u00abMar de nubes\u00bb, las \u00faltimas palabras son un saludo y un nombre de parentesco. No hay mandato ni ense\u00f1anza; hay reconocimiento. El padre, en su \u00faltimo momento de conciencia, identifica al hijo y lo nombra como tal. Lo que se transmite no es una ley, sino una relaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La segunda estrofa desarrolla la herencia en t\u00e9rminos que merecen una lectura detenida: \u00abUn cuerpo vital, valiente y servicial en mi mano sigue escribiendo;\u00bb y, a continuaci\u00f3n, \u00abpues estoy vivo y amando est\u00e1s.\u00bb Los tres adjetivos atribuidos al cuerpo del padre, vital, valiente y servicial, combinan dos rasgos del ideal masculino tradicional, la vitalidad y el valor, con un tercero que pertenece al registro del cuidado: el servicio. Es este conjunto el que, seg\u00fan el poema, sigue vivo en la mano del hijo que escribe. La escritura aparece as\u00ed como el lugar de la herencia, y lo heredado incluye, de manera expl\u00edcita, la disposici\u00f3n a servir a otros.<\/p>\n<p>El poema culmina en una formulaci\u00f3n que invierte la direcci\u00f3n habitual de la herencia paterna: \u00abIr\u00e9 construyendo tu orgullo de padre en esas nubes que se lleva el viento.\u00bb En el modelo tradicional, el padre construye y el hijo hereda: el patrimonio, el nombre, la reputaci\u00f3n. Aqu\u00ed es el hijo quien asume la tarea de construir el orgullo del padre, y lo hace en un material tan fr\u00e1gil como las nubes. El orgullo paterno, que en el orden masculino tradicional se asocia con los logros p\u00fablicos del hijo, se construye en el poema mediante la escritura de un libro de duelo, es decir, mediante un acto de amor y no de conquista. El hijo no se propone estar a la altura del padre en los t\u00e9rminos de la competencia masculina, sino hacer del amor por el padre la materia misma de ese orgullo.<\/p>\n<p>La despedida del poema tiene la forma de una carta: tras el verso \u00abTe quiero.\u00bb, aparece una posdata, \u00abPd: All\u00e1, al final de las nubes, donde se pierde la luz s\u00e9 que brillas m\u00e1s.\u00bb La elecci\u00f3n del g\u00e9nero epistolar \u00edntimo, con su posdata, refuerza la dimensi\u00f3n dom\u00e9stica y afectiva de la herencia. El hijo no dedica al padre un monumento sino una carta, y lo que en la tradici\u00f3n manrique\u00f1a era elogio p\u00fablico se convierte aqu\u00ed en correspondencia privada.<\/p>\n<p>La imagen a\u00e9rea que atraviesa el poema, con sus h\u00e9lices y su motor, merece un comentario. En \u00abMar de nubes\u00bb, el padre se asocia con el vuelo: \u00abSuenan las h\u00e9lices de tu motor no quieto.\u00bb y las nubes son descritas como el surco de sus alas. El libro no aclara el origen biogr\u00e1fico de esta imagen, y este estudio no dispone de datos verificados sobre ella. Desde la lectura de g\u00e9nero basta con observar que el poema asocia al padre con una m\u00e1quina, un motor, un vuelo, es decir, con un imaginario t\u00e9cnico y de movimiento tradicionalmente masculino, y que ese imaginario se convierte en el soporte de la ternura filial. La avioneta de \u00abDuelo de amor\u00bb y las h\u00e9lices de \u00abMar de nubes\u00bb no son s\u00edmbolos de dominio sino de libertad y de presencia: el padre sigue volando y el hijo lo reconoce en las nubes.<\/p>\n<h2>8. El elogio dom\u00e9stico: colonia, cigarro, solera y rizos<\/h2>\n<p>La tradici\u00f3n de la eleg\u00eda funeral, tal como la describe Camacho Guizado, reserva un lugar central al elogio del muerto. En La respuesta, ese elogio se concentra en \u00abRecuerdo\u00bb, el poema que cierra la secci\u00f3n En tr\u00e1nsito. Su forma es la enumeraci\u00f3n sensorial. El hijo recuerda al padre por el gusto: \u00abEl sabor de una copa de solera compartida.\u00bb; por el olfato: \u00abHuelo tu colonia paseando por el pasillo.\u00bb; de nuevo por el olfato, en una imagen que atraviesa la intimidad del dormitorio: \u00abel humo de tu cigarro me acompa\u00f1a a la cama impregnando mi almohada.\u00bb; por el o\u00eddo: \u00abEscucho a tu voz decir mi nombre,\u00bb; y por la vista y el tacto, en la imagen final: \u00abde tus rizos serpenteando el cielo con la suavidad del amor.\u00bb<\/p>\n<p>Varios de estos objetos pertenecen al repertorio de una masculinidad tradicional: la copa de vino generoso compartida, la colonia, el cigarro. Son signos de sociabilidad y de presencia corporal asociados hist\u00f3ricamente a los varones de una determinada generaci\u00f3n. Lo significativo es la funci\u00f3n que cumplen en el poema. Ninguno de ellos se asocia a la autoridad, al trabajo o a los logros p\u00fablicos del padre. Todos se asocian a la cercan\u00eda: la copa es compartida, la colonia se huele en el pasillo de la casa, el humo del cigarro llega a la almohada del hijo. Los signos de la masculinidad paterna se convierten en signos de intimidad.<\/p>\n<p>Esta operaci\u00f3n puede describirse con el vocabulario de Connell y Messerschmidt como una resignificaci\u00f3n de las pr\u00e1cticas. Los objetos que en otro contexto funcionar\u00edan como emblemas de una masculinidad convencional se integran en una memoria del cuidado. El poema no los critica ni los depura; los conserva y les da otro sentido. La copa compartida es menos un signo de virilidad que un momento de encuentro entre padre e hijo; el humo del cigarro es menos un h\u00e1bito que una presencia que acompa\u00f1a al hijo a dormir. La memoria del padre se construye, as\u00ed, como la memoria de alguien que estuvo cerca.<\/p>\n<p>El verso final, con los rizos que serpentean el cielo con la suavidad del amor, introduce un rasgo f\u00edsico del padre, su pelo, en un registro de suavidad que la tradici\u00f3n asociar\u00eda a la descripci\u00f3n femenina. La suavidad es aqu\u00ed un atributo del padre y, a la vez, del amor que lo recuerda. El elogio dom\u00e9stico de \u00abRecuerdo\u00bb se opone al elogio p\u00fablico de la tradici\u00f3n manrique\u00f1a no por rechazo, sino por desplazamiento: lo que merece ser recordado del padre es lo que el hijo comparti\u00f3 con \u00e9l en el espacio de la casa.<\/p>\n<h2>9. Vulnerabilidad declarada: miedo, desamparo y l\u00e1grimas<\/h2>\n<p>Una de las prescripciones m\u00e1s persistentes de la masculinidad hegem\u00f3nica es la ocultaci\u00f3n de la vulnerabilidad. El var\u00f3n debe mostrarse entero, capaz de controlar sus emociones y de sostener a los dem\u00e1s. Seidler vincula esta prescripci\u00f3n con la identificaci\u00f3n entre masculinidad y autocontrol racional, y Bourdieu la describe como una de las servidumbres que el orden de g\u00e9nero impone a los propios hombres. La respuesta contradice esta prescripci\u00f3n de manera sistem\u00e1tica.<\/p>\n<p>\u00abInstante largo\u00bb, en la secci\u00f3n Seguimos, es el poema en el que la vulnerabilidad se declara de forma m\u00e1s expl\u00edcita. El hablante enuncia su estado con una precisi\u00f3n que distingue entre miedo y dolor: \u00abNo tengo miedo, me duele, mas sin miedo.\u00bb La distinci\u00f3n es significativa. El poema no presenta al hijo como alguien que ha superado el dolor, sino como alguien que lo acepta sin que la aceptaci\u00f3n implique temor. A continuaci\u00f3n, el hablante se ofrece a la mirada de otros en su fragilidad: \u00abAbierto a que mires mi desamparo.\u00bb y \u00abMi desgarro y que mimes mi desencanto.\u00bb El verbo mimar, del l\u00e9xico de la crianza, reaparece aqu\u00ed en posici\u00f3n de demanda: el hijo adulto pide ser mimado. La vulnerabilidad no se oculta; se expone y se ofrece como ocasi\u00f3n de cuidado rec\u00edproco.<\/p>\n<p>El poema se cierra con una apertura hacia una comunidad de dolientes: \u00abcorazones m\u00edos que os hab\u00e9is acercado.\u00bb y, a continuaci\u00f3n, \u00abAqu\u00ed ten\u00e9is el m\u00edo, es vuestro de sobrado.\u00bb Esta apertura puede leerse a la luz del argumento de Butler en Vida precaria: el duelo revela que los sujetos est\u00e1n constituidos por sus v\u00ednculos con otros y que la p\u00e9rdida de uno de esos v\u00ednculos expone una dependencia que no es accidental sino constitutiva. El hablante de \u00abInstante largo\u00bb no se presenta como un sujeto aut\u00f3nomo que atraviesa la p\u00e9rdida en soledad, sino como alguien sostenido por otros corazones a los que entrega el suyo. La autonom\u00eda que la masculinidad hegem\u00f3nica exige queda sustituida por la interdependencia que Elliott sit\u00faa en el centro de las masculinidades cuidadoras.<\/p>\n<p>La cuesti\u00f3n de las l\u00e1grimas ocupa un lugar espec\u00edfico en esta vulnerabilidad declarada. Tom Lutz document\u00f3 en Crying la variaci\u00f3n hist\u00f3rica de la permisividad del llanto masculino, m\u00e1s aceptado en unas \u00e9pocas y en unos contextos que en otros, y el modo en que las culturas modernas han asociado las l\u00e1grimas a la feminidad. En La respuesta, el llanto del hablante no se nombra de manera directa, pero aparece por met\u00e1fora en varios poemas. En \u00abDesolaci\u00f3n\u00bb, el hablante habla de un oc\u00e9ano de amor que espera sus l\u00e1grimas bajo la forma de una imagen marina: \u00abesperando mis gotas de agua salada de emoci\u00f3n.\u00bb En \u00abLuna de sangre\u00bb, la luna llora y sus heridas se describen con una expresi\u00f3n que coincide con el t\u00edtulo del primer libro del autor: \u00abde cicatrices mojadas\u00bb. La met\u00e1fora no oculta las l\u00e1grimas; las traslada a un paisaje que les da dimensi\u00f3n c\u00f3smica. Las l\u00e1grimas del hijo son del mismo orden que el mar y la luna.<\/p>\n<p>\u00abMaderas\u00bb, el poema que abre la segunda mitad de la secci\u00f3n Seguimos, formula la vulnerabilidad con una imagen de desnudez: \u00abDescamado como el \u00e1rbol seco quedo descubierto,\u00bb y el hablante a\u00f1ade: \u00aby no es solo madera.\u00bb El \u00e1rbol sin corteza es una imagen de exposici\u00f3n total: el hijo ha perdido su protecci\u00f3n y se muestra tal como es. Pero el poema no se detiene en la p\u00e9rdida. A continuaci\u00f3n describe un proceso de reconstrucci\u00f3n: \u00abLa estructura de mi coraz\u00f3n se va componiendo d\u00eda a d\u00eda\u00bb. La vulnerabilidad no es el final del proceso sino su condici\u00f3n: solo quien se reconoce descubierto puede recomponerse. Este movimiento, de la exposici\u00f3n a la reconstrucci\u00f3n, es coherente con el concepto de masculinidades cuidadoras, que no exige que el var\u00f3n sea invulnerable sino que integre su vulnerabilidad en una relaci\u00f3n de cuidado.<\/p>\n<h2>10. La inversi\u00f3n de la dependencia: la infancia en la mano<\/h2>\n<p>La relaci\u00f3n entre un hijo adulto y su padre anciano est\u00e1 marcada por una inversi\u00f3n de la dependencia que Kittay ha descrito como una de las experiencias humanas m\u00e1s universales y menos teorizadas. Quien fue cuidado se convierte en cuidador; quien sostuvo pasa a ser sostenido. \u00abMaderas\u00bb elabora esta inversi\u00f3n con una precisi\u00f3n notable. Tras la imagen del \u00e1rbol descamado, el poema introduce un recuerdo de la mano paterna: \u00abLuz clara llenaba tu mano.\u00bb y, a continuaci\u00f3n, \u00abA ella agarrada noto el sudor infantil, el calor joven.\u00bb La mano del padre aparece aqu\u00ed en su funci\u00f3n original: la de sostener al ni\u00f1o. El sudor infantil y el calor joven son los del hijo peque\u00f1o agarrado a la mano paterna.<\/p>\n<p>El poema marca a continuaci\u00f3n el paso del tiempo: \u00abHa pasado la infancia y tu juventud.\u00bb Y enuncia un desplazamiento que puede leerse como la inversi\u00f3n misma: \u00abYa no estoy.\u00bb La frase es ambigua; puede referirse al ni\u00f1o que el hablante fue y que ya no existe, o al padre, en una confusi\u00f3n deliberada de las posiciones. Lo que sigue disuelve la ambig\u00fcedad en una afirmaci\u00f3n de continuidad: \u00abSigo de tu mano porque siempre est\u00e1s conmigo.\u00bb y \u00abSiempre me llevas contigo.\u00bb El poema concluye con una f\u00f3rmula m\u00ednima: \u00abEn ti sigo.\u00bb La relaci\u00f3n de dependencia no se ha invertido para anularse, sino para convertirse en reciprocidad. El padre que llevaba al hijo de la mano es llevado por el hijo, y el hijo sigue siendo llevado por el padre.<\/p>\n<p>Esta reciprocidad puede ponerse en relaci\u00f3n con la investigaci\u00f3n emp\u00edrica sobre los hijos cuidadores. Campbell y Carroll documentaron en ellos una visi\u00f3n de la masculinidad distinta en varios aspectos del ideal hegem\u00f3nico, y el trabajo posterior de Campbell insisti\u00f3 en la diversidad de significados que los hijos atribuyen al cuidado filial y en la insuficiencia de las explicaciones que los reducen a agentes pasivos empujados por las circunstancias. El poemario de Lama Prada ofrece una formulaci\u00f3n literaria de un cuidado filial asumido como propio: la mano que el hijo tom\u00f3 de ni\u00f1o es la misma mano que calienta en el hospital. La circularidad del gesto, del padre al hijo y del hijo al padre, sustituye la jerarqu\u00eda generacional por una continuidad de cuidados.<\/p>\n<p>El libro contiene otras huellas de la infancia del hablante. En \u00abOscuridad sentida\u00bb, el poema se abre con una evocaci\u00f3n: \u00abDe peque\u00f1o ya entraba luz de luna por mi ventana\u00bb. La memoria de la infancia aparece asociada a la percepci\u00f3n sensible, a la noche y al descanso, y el poema termina con un agradecimiento por la vida sentida. El hablante adulto que acompa\u00f1a a su padre no ha dejado de ser, en cierto modo, el ni\u00f1o que fue; y esa persistencia de la infancia, que el orden masculino tradicional considera algo que debe superarse, es en el poemario una fuente de conocimiento y de ternura. Ya en \u00abEl umbral de la muerte\u00bb el perd\u00f3n se ped\u00eda con coraz\u00f3n de ni\u00f1o. La infancia no es una etapa superada, sino una disposici\u00f3n afectiva que el hijo conserva y que le permite cuidar.<\/p>\n<h2>11. Genealog\u00eda: el hijo que es tambi\u00e9n padre<\/h2>\n<p>La respuesta no presenta solo la relaci\u00f3n entre un hijo y su padre. En varios momentos, el hablante aparece tambi\u00e9n como padre. \u00abHuellas de amor\u00bb, en la secci\u00f3n Aproximaci\u00f3n, recoge una escena en la que una ni\u00f1a explica qu\u00e9 son las nubes, y el poema identifica la fuente: \u00abdice mi hija ser eso las nubes.\u00bb La explicaci\u00f3n infantil, que convierte las nubes en algodones de az\u00facar sobrantes de los \u00e1ngeles, es acogida por el hablante con una reflexi\u00f3n: \u00abBonita bondad cuando la infancia siente verdad.\u00bb y una sentencia: \u00abAdultos sin ni\u00f1os demasiado mayores.\u00bb<\/p>\n<p>Esta escena tiene una importancia considerable para la lectura de g\u00e9nero. El hablante no es solo el hijo que cuida al padre, sino tambi\u00e9n el padre que escucha a la hija. La posici\u00f3n paterna que ocupa en \u00abHuellas de amor\u00bb se caracteriza por la escucha y por la valoraci\u00f3n de la palabra infantil, no por la autoridad. El padre aprende de la hija. Y lo que aprende tiene que ver precisamente con el duelo: el poema afirma que \u00abEscuchar la muerte tambi\u00e9n es vivir.\u00bb y el hablante declara a continuaci\u00f3n: \u00abNo pierdo el tiempo observando las nubes.\u00bb Las nubes, que en \u00abMar de nubes\u00bb y en \u00abEl lienzo\u00bb ser\u00e1n el lugar de la presencia del padre muerto, aparecen primero como objeto de la mirada infantil de la hija. La genealog\u00eda del duelo recorre tres generaciones: el abuelo que muere, el padre que lo llora, la hija que da nombre a las nubes.<\/p>\n<p>Desde la perspectiva de Hanlon, que dedica uno de los cap\u00edtulos de su libro a las historias de cuidado recibidas en la infancia, esta genealog\u00eda es significativa porque muestra la transmisi\u00f3n intergeneracional de un modelo de masculinidad. El hablante hereda de su padre, seg\u00fan \u00abMar de nubes\u00bb, un cuerpo servicial; y ejerce con su hija una paternidad basada en la escucha. El libro no tematiza esta transmisi\u00f3n, pero la hace visible: el cuidado recibido y el cuidado dado se enlazan en una cadena que atraviesa las generaciones.<\/p>\n<p>El libro incluye adem\u00e1s un poema que introduce el trabajo textil, hist\u00f3ricamente feminizado, en el campo sem\u00e1ntico del amor. \u00abEl cuarto de la costura\u00bb, que cierra el volumen, se dirige a un t\u00fa que borda: \u00abA punto de cruz coses amor en mi vida\u00bb y a quien el hablante atribuye un rasgo de car\u00e1cter: \u00aby no te gusta dejar hilo suelto.\u00bb El poema no identifica a su destinatario, y este estudio no dispone de datos verificados para hacerlo. Lo que interesa aqu\u00ed es que el libro cierra con una pr\u00e1ctica de cuidado dom\u00e9stico que la divisi\u00f3n sexual del trabajo ha asignado a las mujeres, y que el hablante la valora como forma de amor. La promesa final, \u00abTe confiar\u00e9 un secreto, despu\u00e9s de morir te voy a seguir amando.\u00bb, y el imperativo que la sigue, \u00abB\u00f3rdalo a tu coraz\u00f3n.\u00bb, trasladan al hablante el lenguaje de la costura. El hijo que ha cuidado aprende tambi\u00e9n a coser.<\/p>\n<p>Una din\u00e1mica semejante aparece en \u00abEl hilo amarillo\u00bb, en la secci\u00f3n Aproximaci\u00f3n. El hablante asume all\u00ed la tarea textil en primera persona: \u00abDesenmara\u00f1o la bobina de hilo y te voy enredando.\u00bb, y el poema asocia el trabajo con una liberaci\u00f3n: \u00abMe libero de ataduras pasadas\u00bb y la promesa \u00abser\u00e1s libre.\u00bb Sin forzar una lectura biogr\u00e1fica que el texto no autoriza, cabe observar que la liberaci\u00f3n de ataduras pasadas se formula mediante una pr\u00e1ctica tradicionalmente femenina, lo que refuerza la coherencia del libro en su apropiaci\u00f3n de un l\u00e9xico del cuidado que la masculinidad tradicional ha rechazado.<\/p>\n<h2>12. L\u00edmites y cautelas de esta lectura<\/h2>\n<p>Es necesario delimitar el alcance de las afirmaciones anteriores. En primer lugar, La respuesta no es un libro sobre el g\u00e9nero ni formula una posici\u00f3n expl\u00edcita sobre la masculinidad. Su materia es el duelo por el padre, y la lectura que aqu\u00ed se propone extrae de esa materia una dimensi\u00f3n que el texto no nombra. Esa operaci\u00f3n es leg\u00edtima dentro de los estudios de g\u00e9nero, que se interesan precisamente por lo que los textos hacen sin decirlo, pero obliga a distinguir con cuidado entre la descripci\u00f3n de lo que el texto contiene y la interpretaci\u00f3n que se le aplica.<\/p>\n<p>En segundo lugar, el hallazgo de Campbell y Carroll constituye una advertencia metodol\u00f3gica. Los hijos cuidadores que entrevistaron articulaban una visi\u00f3n de la masculinidad distinta del ideal hegem\u00f3nico, pero esa visi\u00f3n alternativa no amenazaba el ideal dominante: pod\u00eda coexistir con \u00e9l. Del mismo modo, la presencia en un poemario de una voz masculina cuidadora no demuestra por s\u00ed sola una transformaci\u00f3n del orden de g\u00e9nero. Lo que el libro ofrece es una representaci\u00f3n, y su eficacia social depende de su recepci\u00f3n, que este art\u00edculo no estudia.<\/p>\n<p>En tercer lugar, este trabajo no dispone de datos biogr\u00e1ficos verificados m\u00e1s all\u00e1 de los consignados en la introducci\u00f3n. No se afirma, por tanto, que el hablante de los poemas coincida en todos sus rasgos con el autor, aunque el propio autor presente el libro como un tr\u00e1nsito por la muerte de su padre; tampoco se identifican las figuras que el libro deja sin nombre, como el \u00e1ngel del agradecimiento, la mariposa o el destinatario de \u00abEl cuarto de la costura\u00bb. Las lecturas propuestas se apoyan en el texto y en su organizaci\u00f3n, no en hip\u00f3tesis sobre la vida del autor.<\/p>\n<p>Por \u00faltimo, el marco de las masculinidades cuidadoras procede en gran parte de la sociolog\u00eda europea y anglosajona. Su aplicaci\u00f3n a un texto literario espa\u00f1ol exige tener en cuenta las especificidades culturales del contexto, entre ellas el peso de la religiosidad popular que aparece en el rosario cantado o en el Cristo de la escena del hospital. La compilaci\u00f3n de Carab\u00ed y Segarra ya advert\u00eda de la necesidad de pensar las nuevas masculinidades desde contextos culturales concretos, y esta lectura asume esa advertencia.<\/p>\n<h2>13. Conclusiones<\/h2>\n<p>El an\u00e1lisis de La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida) desde la perspectiva de los estudios de g\u00e9nero permite sostener que el poemario construye una voz masculina definida por pr\u00e1cticas de cuidado. Esa construcci\u00f3n no se formula como programa ni como reivindicaci\u00f3n; se despliega en la gram\u00e1tica de las escenas y en la selecci\u00f3n de los gestos. El hijo que habla en estos poemas toca, arropa, bromea, declara su amor, pide perd\u00f3n, vela, recuerda, confiesa su miedo y su desamparo, escucha a su hija y aprende el lenguaje de la costura. Ninguna de estas pr\u00e1cticas pertenece al repertorio de la masculinidad hegem\u00f3nica tal como la describen Connell y Bourdieu, y todas ellas encajan en el concepto de masculinidades cuidadoras propuesto por Elliott: identidades masculinas que rechazan la dominaci\u00f3n y adoptan los valores de la interdependencia, la relacionalidad y la emoci\u00f3n positiva.<\/p>\n<p>El primer hallazgo del estudio se refiere al tacto. La mano es en el libro el \u00f3rgano principal del cuidado y del conocimiento. En \u00abTu mano\u00bb, el hijo calienta la mano fr\u00eda del padre y deduce de ese cambio de temperatura un saber afectivo; en \u00abDesde el tacto\u00bb, el gesto se proyecta m\u00e1s all\u00e1 de la muerte; en \u00abMaderas\u00bb, la mano recordada de la infancia se convierte en el lugar de la continuidad entre generaciones; en \u00abUmbral de pasi\u00f3n\u00bb, el hablante entrega sus sentidos a otro. Esta secuencia desplaza el centro de la experiencia masculina desde la acci\u00f3n hacia el contacto, y lo hace sin presentar el desplazamiento como transgresi\u00f3n. La naturalidad con la que el hijo ocupa el lugar del cuidado corporal, hist\u00f3ricamente asignado a las mujeres, es el rasgo m\u00e1s significativo del libro desde la perspectiva de g\u00e9nero.<\/p>\n<p>El segundo hallazgo se refiere a la palabra afectiva. Frente al diagn\u00f3stico de Seidler sobre la dificultad masculina para hablar de la intimidad, el hablante de La respuesta convierte la declaraci\u00f3n afectiva en materia de permanencia. La broma no sustituye al te quiero, sino que lo prepara; la declaraci\u00f3n sustantivada se entrega al padre como un objeto que puede llevarse; el perd\u00f3n se pide con coraz\u00f3n de ni\u00f1o. La metapo\u00e9tica del libro, que define la poes\u00eda como emoci\u00f3n y no como idea y que fusiona sentimiento y raz\u00f3n, confirma que la jerarqu\u00eda entre raz\u00f3n y emoci\u00f3n que Seidler identifica como n\u00facleo de la masculinidad moderna queda aqu\u00ed suspendida. En t\u00e9rminos de Doka y Martin, el duelo del hablante combina rasgos del patr\u00f3n intuitivo y del instrumental, lo que desmiente la identificaci\u00f3n autom\u00e1tica entre masculinidad y duelo silencioso.<\/p>\n<p>El tercer hallazgo se refiere a la herencia. La tradici\u00f3n de la eleg\u00eda filial, desde las Coplas de Manrique hasta la eleg\u00eda moderna estudiada por Sacks y Ramazani, concibe la relaci\u00f3n entre padre e hijo en t\u00e9rminos de transmisi\u00f3n de autoridad o de ajuste de cuentas. En \u00abMar de nubes\u00bb, las \u00faltimas palabras del padre son un saludo y un nombre de parentesco, y lo que se hereda es un cuerpo vital, valiente y servicial que sigue escribiendo en la mano del hijo. El hijo asume, adem\u00e1s, la tarea de construir el orgullo del padre, invirtiendo la direcci\u00f3n habitual de la herencia: no es el padre quien construye para el hijo, sino el hijo quien construye para el padre, y lo hace mediante un acto de amor y no de conquista. La eleg\u00eda deja de ser un monumento para convertirse en una carta, con su posdata incluida.<\/p>\n<p>El cuarto hallazgo se refiere al elogio. \u00abRecuerdo\u00bb conserva los signos de una masculinidad tradicional, la copa de solera, la colonia, el cigarro, pero los resignifica como signos de cercan\u00eda. El padre no es elogiado por sus virtudes p\u00fablicas sino por su presencia en la casa, y los objetos que en otro contexto funcionar\u00edan como emblemas de virilidad se integran en una memoria de la intimidad. Esta operaci\u00f3n permite describir el libro no como una ruptura con la masculinidad del padre, sino como una lectura de esa masculinidad desde el cuidado.<\/p>\n<p>El quinto hallazgo se refiere a la vulnerabilidad. El hablante declara su dolor, distingue entre dolor y miedo, se expone a la mirada ajena en su desamparo, pide ser mimado y entrega su coraz\u00f3n a una comunidad de dolientes. Sus l\u00e1grimas aparecen por met\u00e1fora, en la sal del mar y en las cicatrices mojadas de la luna. En la l\u00ednea de Butler, el duelo revela en estos poemas la dependencia constitutiva del sujeto respecto de otros, y la autonom\u00eda que la masculinidad hegem\u00f3nica exige queda sustituida por una interdependencia asumida como condici\u00f3n de la reconstrucci\u00f3n.<\/p>\n<p>El sexto hallazgo se refiere a la genealog\u00eda. El hablante es a la vez hijo y padre: acompa\u00f1a la muerte de su padre y escucha a su hija, que le ense\u00f1a a mirar las nubes. La paternidad que ejerce se caracteriza por la escucha, y la herencia que recibe de su padre incluye el servicio. El libro dibuja as\u00ed una cadena de cuidados que atraviesa tres generaciones y que, aunque no se tematiza, resulta visible en la organizaci\u00f3n de sus im\u00e1genes. Las nubes, primero objeto de la mirada infantil y despu\u00e9s lugar de la presencia del padre muerto, son el hilo que une esas tres generaciones.<\/p>\n<p>Estas conclusiones deben leerse con las cautelas expuestas en el apartado anterior. El libro no es un texto sobre el g\u00e9nero, y la lectura que aqu\u00ed se propone extrae de \u00e9l una dimensi\u00f3n que el autor no nombra. La advertencia de Campbell y Carroll, seg\u00fan la cual una visi\u00f3n alternativa de la masculinidad puede coexistir con el ideal hegem\u00f3nico sin amenazarlo, obliga a no confundir la representaci\u00f3n con la transformaci\u00f3n social. Lo que La respuesta ofrece es una representaci\u00f3n literaria de una masculinidad cuidadora, veros\u00edmil y coherente, en un g\u00e9nero, la eleg\u00eda filial, que hist\u00f3ricamente ha sido uno de los pocos cauces aceptados para la expresi\u00f3n de la ternura masculina.<\/p>\n<p>La aportaci\u00f3n de este art\u00edculo consiste en mostrar que esa representaci\u00f3n no es incidental, sino que organiza el libro en todos sus niveles: en la selecci\u00f3n de las escenas, en el l\u00e9xico del cuidado, en la gram\u00e1tica de la declaraci\u00f3n afectiva, en la inversi\u00f3n de la herencia y en la genealog\u00eda familiar. Queda abierta, para investigaciones posteriores, la cuesti\u00f3n de la recepci\u00f3n: c\u00f3mo leen este libro lectores y lectoras en duelo, y si la voz del hijo cuidador que en \u00e9l se construye contribuye a legitimar, en el campo m\u00e1s amplio de la cultura, una forma de ser hombre que las ciencias sociales han descrito como emergente. Tambi\u00e9n queda abierta la comparaci\u00f3n con otros poemarios espa\u00f1oles contempor\u00e1neos de duelo filial escritos por varones, que permitir\u00eda determinar si el rasgo aqu\u00ed descrito es singular o forma parte de una tendencia. La respuesta, en todo caso, ofrece un testimonio literario de lo que Elliott llama la reelaboraci\u00f3n de las masculinidades en identidades de cuidado en lugar de dominaci\u00f3n: un hijo que no hereda el mando, sino la mano.<\/p>\n<h2>Bibliograf\u00eda<\/h2>\n<p>Bourdieu, P. (2000). La dominaci\u00f3n masculina (J. Jord\u00e1, Trad.). Anagrama. ISBN 84-339-0589-9.<\/p>\n<p>Butler, J. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia (F. Rodr\u00edguez, Trad.). Paid\u00f3s. ISBN 950-12-6557-9.<\/p>\n<p>Camacho Guizado, E. (1969). La eleg\u00eda funeral en la poes\u00eda espa\u00f1ola. Gredos.<\/p>\n<p>Campbell, L. D. (2010). Sons who care: Examining the experience and meaning of filial caregiving for married and never-married sons. 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Gender &amp; Society, 19(6), 829-859. <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.1177\/0891243205278639\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">https:\/\/doi.org\/10.1177\/0891243205278639<\/a><\/p>\n<p>Doka, K. J., y Martin, T. L. (2010). Grieving beyond gender: Understanding the ways men and women mourn (ed. rev.). Routledge. ISBN 978-0-415-99572-6.<\/p>\n<p>Elliott, K. (2016). Caring masculinities: Theorizing an emerging concept. Men and Masculinities, 19(3), 240-259. <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.1177\/1097184X15576203\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">https:\/\/doi.org\/10.1177\/1097184X15576203<\/a><\/p>\n<p>Gilligan, C. (1982). In a different voice: Psychological theory and women&#8217;s development. Harvard University Press. ISBN 0-674-44544-9.<\/p>\n<p>Hanlon, N. (2012). Masculinities, care and equality: Identity and nurture in men&#8217;s lives. Palgrave Macmillan. <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.1057\/9781137264879\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">https:\/\/doi.org\/10.1057\/9781137264879<\/a><\/p>\n<p>Kittay, E. F. (1999). Love&#8217;s labor: Essays on women, equality, and dependency. Routledge.<\/p>\n<p>Lama Prada, A. (2026). La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida). Editorial Poes\u00eda eres t\u00fa. ISBN 979-13-87806-51-4.<\/p>\n<p>Lutz, T. (1999). Crying: The natural and cultural history of tears. W. W. Norton. ISBN 0-393-04756-3.<\/p>\n<p>Ramazani, J. (1994). Poetry of mourning: The modern elegy from Hardy to Heaney. University of Chicago Press. ISBN 978-0-226-70340-4.<\/p>\n<p>Sacks, P. M. (1985). The English elegy: Studies in the genre from Spenser to Yeats. Johns Hopkins University Press.<\/p>\n<p>Seidler, V. J. (2000). La sinraz\u00f3n masculina: masculinidad y teor\u00eda social. Paid\u00f3s; UNAM-PUEG; CIESAS. ISBN 968-853-454-4.<\/p>\n<p>Tronto, J. C. (1993). 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Cornell University Press.<\/p>\n<hr \/>\n<p><strong>DOI:<\/strong> <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.5281\/zenodo.22975375\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">10.5281\/zenodo.22975375<\/a><br \/>\nRegistro en Zenodo: <a href=\"https:\/\/zenodo.org\/records\/22975375\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">https:\/\/zenodo.org\/records\/22975375<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Art\u00edculo acad\u00e9mico que lee La respuesta (el amor es m\u00e1s que la vida) como la construcci\u00f3n de una voz masculina definida por pr\u00e1cticas de cuidado y no de dominio: un hijo que acompa\u00f1a al padre en la habitaci\u00f3n del hospital.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":25,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[4,26,6,8,5,25,16],"class_list":["post-50","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-la-respuesta-el-amor-es-mas-que-la-vida-estudios-academicos","tag-alejandro-lama-prada","tag-cuidado","tag-editorial-poesia-eres-tu","tag-elegia","tag-la-respuesta","tag-masculinidad","tag-zenodo"],"acf":[],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO Premium plugin v26.5 (Yoast SEO v28.6) - 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